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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 47.
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El verdadero amor jamás se amó en vano,
Porque el amor verdadero es la mayor ganancia.
Ningún arte puede crearlo: debe brotar
Donde los elementos lo fomentan.
Así en el lugar y hora del cielo
Nace esta pequeña flor silvestre,
Abajo las raíces y hacia arriba el tallo,
Formada por la tierra y por el cielo.

Era un sábado por la noche cuando Will Ladislaw tuvo la pequeña discusión con Lydgate. El resultado al llegar a su alojamiento fue que se quedó despierto media noche pensando una y otra vez, con renovada irritación, todo cuanto había ya pensado acerca de haberse asentado en Middlemarch y vincularse al señor Brooke. Las dudas anteriores a dar ese paso se habían convertido en susceptibilidad ante cada insinuación de que habría hecho mejor no dándolo; de ahí su acaloramiento con Lydgate, un acaloramiento que le mantenía desvelado. ¿Estaría haciendo el tonto?..., ¿y precisamente en un momento en el que era más consciente que nunca de ser algo mejor que un tonto? ¿Y con qué finalidad?

Pues para ninguna en especial. Era cierto que tenía fantasías de posibilidades: no hay ser humano que, poseedor tanto de pasión como de pensamiento, no piense en las consecuencias de sus pasiones -que no le surjan imágenes en la mente que calmen su pasión con esperanza o la aguijoneen con el temor. Pero esto, que nos ocurre a todos, les pasa a algunos con una amplia diferencia, y Will no era de aquellos cuya sensatez «les mantiene en el camino recto»: tenía sus desvíos donde se encontraban pequeñas alegrías de su propia elección que los caballeros que galopaban por el camino principal hubieran tachado de bastante necias. Un ejemplo de ello era la forma en la que transformaba en felicidad sus sentimientos por Dorothea. Es un hecho, aunque parezca extraño, que la visión corriente y vulgar que le atribuía el señor Casaubon, es decir, que Dorothea pudiera enviudar y que el interés que en ella había despertado Will pudiera tornarse en un aceptarle por esposo, ni le tentaba ni le cautivaba; no vivía con la posibilidad de ese suceso ni lo desarrollaba, como solemos hacer todos con esa imaginaria «disyuntiva» que constituye nuestro paraíso práctico. No era sólo que rehuía cultivar pensamientos que pudieran tildarse de abyectos y que ya se sentía incómodo por tener que justificarse contra la acusación de ingratitud, sino que la conciencia latente de las muchas barreras que se levantaban entre él y Dorothea, además de la existencia de su marido, habían contribuido a desviar su atención de la especulación sobre qué podría ocurrirle al señor Casaubon. Y aún había otras razones. Will, como sabemos, no soportaba la posibilidad de que apareciera ninguna tacha en su cristal; le exasperaba al tiempo que le encantaba la serena libertad con la que Dorothea le miraba y le hablaba, y había algo tan exquisito en pensar en ella tal como era, que no podía desear un cambio que de alguna forma habría de modificarla. ¿Acaso no rechazamos la versión callejera de una hermosa melodía? ¿No rehuimos la noticia de que esa pieza exótica -una escultura o un grabado tal vez ante la que nos hemos detenido casi con exultación dado lo costoso que ha resultado vislumbrarla, no es en realidad nada insólito y puede adquirirse como una posesión cotidiana? Nuestro bienestar depende de la calidad y amplitud de nuestra emoción y para Will, un ser a quien importaban poco las llamadas cosas sólidas de la vida y mucho sus influencias más sutiles, el poseer un sentimiento como el que experimentaba por Dorothea era como si hubiera heredado una fortuna. Lo que otros denominarían inutilidad de su pasión constituía un placer adicional para su imaginación: era consciente de un movimiento generoso, así como de verificar con su propia experiencia esa sublime poesía amorosa que había encandilado su imaginación. Dorothea, se decía a sí mismo, estaría por siempre entronizada en su alma: ninguna otra mujer podría ocupar más que su escabel y de haber podido escribir en sílabas inmortales el efecto que desencadenaba en él, habría dicho satisfecho, siguiendo el ejemplo del viejo Drayton, que A partir de aquí podían vivir felices Las reinas con las limosnas del elogio Que para ella resulta superfluo.

Pero este resultado era dudoso. ¿Y qué más podía hacer por Dorothea? ¿Qué valor le daba ella a su devoción? Imposible saberlo. Se resistía a alejarse de ella. No veía entre sus amistades a nadie con quien pensara que Dorothea hablaba con la misma confianza y sencillez que mostraba con él. En una ocasión había dicho que le gustaría que se quedara, y eso haría, por muchos amedrentadores dragones que la rodearan.

Ésta había sido siempre la conclusión de las dudas de Will. Pero el espíritu de contradicción y rebelión no estaba ausente ni de su propia decisión. A menudo se había irritado, como esta noche, a causa de alguna demostración externa de que sus esfuerzos públicos con el señor Brooke como cabeza podían no parecer tan heroicos como a Will le gustaría, lo cual iba siempre acompañado de otro motivo de irritación: que a pesar de estar sacrificando su dignidad por ella, casi nunca podía ver a Dorothea. Ante lo cual, al no poder contradecir estos desagradables hechos, contradecía sus inclinaciones más fuertes y decía: «Soy un imbécil.»

Sin embargo, dado que el debate interno forzosamente giraba en torno a Dorothea, sólo acabó, como en ocasiones anteriores, teniendo una conciencia más viva de lo que su presencia suponía para él, y recordando que al día siguiente era domingo, decidió ir a la iglesia de Lowick para verla. Se durmió con esa idea, pero cuando se vestía a la luz racional de la mañana, la Objeción dijo:

-Eso significaría casi un desafío a la prohibición del señor Casaubon de visitar Lowick, y Dorothea se disgustará. -¡Bobadas! -arguyó la Inclinación-, sería demasiado monstruoso que Casaubon me impidera ir a una bonita iglesia rural una mañana de primavera. Y Dorothea se alegrará. -Le quedará muy claro al señor Casaubon que has ido allí o para molestarlo o para ver a Dorothea.

-No es cierto que vaya para molestarlo y ¿por qué no iba a ir a ver a Dorothea? ¿Acaso tiene que acapararlo todo y sentirse siempre a gusto? Que sufra un poco, como tenemos que hacer los demás. Siempre me ha gustado lo pintoresco de la iglesia y los feligreses; además, conozco a los Tucker me sentaré en su banco.

Tras silenciar a la Objeción con la fuerza de la sinrazón, Will caminó hasta Lowick como si se dirigiera hacia el paraíso, cruzando Halsell Common y bordeando el bosque, donde los rayos del sol iluminaban el camino bajo las ramas a punto de brotar, haciendo resaltar la hermosura del musgo y los líquenes y de los tiernos brotes verdes que traspasaban lo pardusco. Todo parecía saber que era domingo y aprobar su ida a la iglesia de Lowick. A Will le resultaba fácil sentirse feliz cuando nada contrariaba su humor y a estas alturas, la idea de amohinar al señor Casaubon se le antojaba más bien divertida, haciendo que apareciera en su rostro su alegre sonrisa, tan grata a la vista como el estallido de la luz sobre el agua, aunque la ocasión nada tuviera de ejemplar. Pero la mayoría de nosotros tendemos a convenir con nosotros mismos que el hombre que tapona nuestro camino es odioso y a que no nos importe causarle un poco de la repulsión que su personalidad despierta en nosotros. Will caminaba con un librito bajo el brazo y las manos en los bolsillos, sin leer, pero tatareando un poco, mientras se imaginaba las escenas que tendrían lugar en la iglesia y a la salida. Experimentaba melodías que se acoplaran a una letra suya, unas veces probando con una melodía existente, otras improvisando. La letra no era exactamente un himno, pero encajaba con su experiencia dominical:

¡Ay de mí, de qué escasa alegría Se nutre mi amor!
Un contacto, un rayo que no está presente, Una sombra que se fue:
Un aliento soñado que pudiera estar cerca, El sonido de un eco interior.
El pensamiento de que alguien me quiera, El lugar donde me conoció.
El temblor de un temor desterrado, Un daño que no se hizo jamás
¡Ay de mí, de qué escasa alegría Se nutre mi amor!

Había momentos en los que, al quitarse el sombrero y sacudir la cabeza hacia atrás mostrando al cantar la delicada garganta, parecía una encarnación de la primavera cuyo hálito llenaba la atmósfera, una criatura luminosa, pletórica de inciertas promesas.

Aún repicaban las campanas cuando llegó a Lowick y se colocó en el banco del vicario antes de que llegara nadie. Pero cuando los fieles se habían ya congregado, seguía solo. El banco del vicario estaba frente al del rector a la entrada del pequeño presbiterio y Will tuvo tiempo de temer que Dorothea no fuera mientras observaba el conjunto de rostros rurales que componían la congregación, año tras año, entre paredes encaladas y viejos y oscuros bancos, reflejando apenas más cambios que los que vemos en las ramas de un árbol que se quiebra aquí y allí con la edad, pero continúa produciendo nuevos brotes. El rostro de batráceo del señor Rigg era algo extraño e inexplicable, pero a pesar de este atropello en el orden de las cosas, allí seguían en sus bancos unos junto a otros los Waule, y la reserva rural de los Powderell; la mejilla del hermano Samuel tenía la misma marca morada de siempre, y las tres generaciones de nobles granjeros venían como antaño con un sentimiento de obligación para con sus superiores, los niños más pequeños considerando al señor Casaubon, que vestía el ropón negro y se situó en el lugar más elevado, como el jefe de todos ellos y el más terrible si se le ofendía. Incluso en 1831 Lowick vivía en paz, sin verse más agitado por la reforma que por el solemne tono del sermón dominical. Los feligreses habían estado acostumbrados en otro tiempo a la presencia de Will en la iglesia y nadie le prestó mucha atención salvo el maestro del coro que esperaba que se destacara durante los cánticos.

En este pintoresco escenario apareció por fin Dorothea, caminando por el corto pasillo con su sombrero blanco de castor y la capa gris, lo mismo que vistiera en el Vaticano. Como desde la entrada tuviera el rostro vuelto hacia el presbiterio, a pesar de su miopía pronto discernió a Will, pero no hubo muestras externas de sus sentimientos a excepción de una ligera palidez y una grave inclinación al pasar junto a él. Will se sorprendió al notarse repentinamente incómodo, y no se atrevió a mirarla después del mutuo saludo. Dos minutos más tarde, cuando el señor Casaubon salió de la sacristía y se sentó frente a Dorothea, Will fue presa de una parálisis total. Sólo podía mirar al maestro del coro, situado en la pequeña galería sobre la sacristía: tal vez Dorothea estuviera dolida y había cometido una lamentable torpeza. Ya no resultaba divertido molestar al señor Casaubon, que probablemente tuviera la ventaja de poderle observar a él y ver que no osaba volver la cabeza. ¿Por qué no se habría imaginado esto de antemano? Pero no podía prever que estaría sentado en aquel banco solo, sin el arropamiento de ninguno de los Tucker, quienes parecían haberse ido de Lowick, porque ante el atril había un clérigo nuevo. Continuó llamándose estúpido por no haber previsto que le sería imposible mirar a Dorothea..., incluso tal vez ella interpretara su asistencia como un despropósito.

Sin embargo, no podía salir de aquella jaula así que encontró los pasajes y se concentró en el libro como si fuera una maestra de escuela, con la sensación de que el servicio nunca había sido tan largo, de que estaba haciendo el ridículo, estaba de mal humor y no era feliz. ¡Esta era la recompensa por idolatrar la mera visión de una mujer! El maestro del coro observó con sorpresa que el señor Ladislaw no se unió al himno de Hannover y pensó que estaría resfriado.

El señor Casaubon no predicó aquella mañana y no hubo cambios en la situación de Will hasta una vez dada la bendición, cuando todo el mundo se levantó. Era costumbre en Lowick que primero salieran la «gente importante». Con una repentina decisión de romper el hechizo que le envolvía, Will miró directamente al señor Casaubon. Pero los ojos de este caballero estaban clavados en el tirador de la puerta que abría el banco, la cual abrió, dejando salir a Dorothea, a la que procedió a seguir sin tan siquiera levantar las cejas. La mirada de Will se había cruzado con la de Dorothea al salir ésta del banco, de nuevo le saludó con una inclinación de la cabeza, pero en esta ocasión con gesto alterado, como si reprimiera las lágrimas. Will salió tras ellos, pero el matrimonio continuó hacia la pequeña verja que separaba el patio de la iglesia de los matorrales sin volver la vista atrás.

Era imposible seguirles y Will sólo pudo desandar con tristeza el mismo camino que con tanta esperanza recorriera por la mañana. Las luces habían cambiado totalmente, tanto interna como exteriormente.