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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 57.
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Apenas tenían ocho veranos cuando un nombre
Se levantó en sus almas, excitando impulsos tales
Como la penetración viva del aire
Estremece los pimpollos y cuaja su oculta forma:
Él era quien contaba hazañas de Evan Dhu,
Del raro Bradwardine, y Vich Ian Vor,
Transformando su reducido mundo de niñez
En algo grande de montes, lagos y roquedales,
Y aún más grande de maravilla, amor y confianza
Hacia Walter Scott, que viviendo tan lejos
Les enviaba esta riqueza de alegría y dolor noble.
El libro y ellos se deben despedir, mas día a día,
En líneas que sesgaban como gruesas arañas,
Escribieron el cuento de Tully Veolan.

La tarde en la que Fred Vincy caminó hasta la rectoría de Lowick (había empezado a comprobar que éste era un mundo en el que incluso un joven animoso a veces debía andar por falta de un caballo) salió a las cinco y de paso, se detuvo a ver a la señora Garth, pues quería asegurarse de que aceptaba su nueva relación de buen grado. Encontró al grupo familiar, gatos y perros incluidos, bajo el manzano grande del huerto. Era un festival para la señora Garth, pues su hijo mayor, Christy, su mayor orgullo y alegría, había venido a casa a pasar unas cortas vacaciones -Christy, para quien lo más deseable en este mundo era ser profesor, estudiar todas las literaturas y convertirse en un nuevo Porson, y que constituía una viva crítica para el pobre Fred, una especie de lección andante que le daba aquella pedagógica madre. El propio Christy, una versión masculina de la madre, con frente cuadrada y anchas espaldas y que le llegaba a Fred por el hombro -lo que hacía más difícil que se le considerara superior- se mostraba siempre muy sencillo y no daba más importancia al desinterés de Fred por los estudios que a los deseos de una jirafa por que el propio Christy tuviera su altura. Se encontraba tumbado en el suelo junto a la silla de su madre, el sombrero de paja sobre los ojos, mientras Jim, al otro lado, leía en alto a ese escritor tan querido que tanto ha contribuido a la felicidad de muchas vidas jóvenes. El libro era Ivanhoe, y Jim se encontraba en la escena del tiro al arco del torneo, pero se veía frecuentemente interrumpido por Ben, quien había traído su viejo arco y sus flechas y se estaba poniendo desagradable, a juicio de Letty, exigiendo a todos los presentes que se fijaran en sus erráticos disparos, lo cual nadie quería hacer salvo Brownie, el activo, pero probablemente torpe perro cruzado, mientras el grisáceo terranova tumbado al sol observaba con la cansina neutralidad de la vejez extrema. La propia Letty, mostrando ciertos signos en la boca y el delantal de haber colaborado en la recolección de las cerezas que se encontraban ahora amontonadas como un coral sobre la mesa, estaba sentada en la hierba escuchando la lectura con los ojos muy abiertos.

Pero el centro de interés cambió para todos con la llegada de Fred Vincy. Cuando, sentándose en un taburete, dijo que iba de camino a la rectoría de Lowick, Ben, que había tirado el arco, se montó sobre la pierna que Fred tenía extendida y dijo:

-¡Llévame a mí!

-¡Y a mí también! -dijo Letty.

-No nos puedes seguir a Fred y a mí -dijo Ben.

-Sí puedo. Madre, diles por favor que yo también voy -imploró Letty, cuya vida se veía muy mermada por su resistencia a verse relegada por el hecho de ser una niña.

-Yo me quedaré con Christy -observó Jim, como insinuando que tenía ventaja frente a estos simplones, ante lo cual Letty se llevó la mano a la cabeza y miró a uno y otro con pelusona indecisión.

-Vayamos todos a ver a Mary -dijo Christy, abriendo los brazos.

-No, hijo, no debemos ir en manada a la rectoría. Y ese viejo traje tuyo no serviría. Además, pronto llegará vuestro padre. Debemos dejar que Fred vaya solo. El le dirá a Mary que estás aquí y ella vendrá mañana.

Christy observó sus desgastadas rodilleras y a continuación los preciosos pantalones blancos de Fred. Sin duda el corte del atuendo de Fred dejaba ver las ventajas de la universidad inglesa, e incluso en su acaloramiento y en su forma de echarse el pelo hacia atrás con el pañuelo, tenía elegancia.

-Niños, marcharos -dijo la señora Garth-, hace demasiado calor para apiñarnos en torno a los amigos. Llevaros a vuestro hermano a ver los conejos.

El mayor entendió y se llevó a los niños inmediatamente. Fred comprendió que la señora Garth quería darle la oportunidad de decir lo que tuviera que decir, pero sólo acertó a empezar comentando:

-¡Debe estar muy contenta de tener a Christy aquí!

-Sí. Ha regresado antes de lo que esperaba. Le dejó la diligencia a las nueve, justo después de marcharse su padre. Es-oy deseando que llegue Caleb y se entere de cuánto está progresando Christy. Ha pagado sus gastos del año pasado dando clases al tiempo que estudiaba. Espera poder ser pronto tutor particular y marcharse al extranjero.

-Es un gran chico -dijo Fred para quien estas alegres verdades tenían cierto regusto a medicina-, y no resulta una carga para nadie -tras una pequeña pausa añadió-: Pero me temo que usted piense que yo le voy a traer problemas al señor Garth.

-A Caleb le gusta asumir problemas: es uno de ésos hombres que siempre hacen más de lo que nadie les hubiera pedido -respondió la señora Garth. Estaba haciendo punto por lo que podía mirar o no a Fred a su antojo, algo siempre ventajoso cuando uno está empeñado en dotar sus palabras de significado útil y, aunque la señora Garth tenía el propósito de mantenerse debidamente reservada, quería transmitirle a Fred algo de provecho.

-Sé que usted me considera muy indigno, señora Garth, y no le faltan razones para ello -dijo Fred, animándose un poco ante la disposición de la señora Garth de amonestarle-. Me he comportado muy mal precisamente con quien más interés tengo por agradar. Pero si dos personas como el señor Garth y el señor Farebrother no han desesperado de mí, no veo por qué habría de hacerlo yo -Fred pensó que estaría bien mencionarle estos dos ejemplos masculinos a la señora Garth.

-Naturalmente -respondió ésta con creciente énfasis-. Un joven por el que se han desvelado dos mayores como éstos sería muy culpable si se echara a perder e hiciera inútiles sus sacrificios.

Fred se extrañó un poco ante estas duras palabras, pero se limitó a decir:

-Espero que no sea ese mi caso, señora Garth, puesto que tengo algún motivo para creer que puedo conquistar a Mary. ¿Se lo ha dicho el señor Garth? Supongo que no la sorprendería -concluyó Fred, refiriéndose tan sólo, inocentemente, a su manifiesto cariño por Mary.

-¿Que no me sorprendería el que Mary te hubiera dado ánimos? -respondió la señora Garth, que pensaba que no estaría de más que Fred supiera que la familia de Mary no hubiera deseado esto, supusieran los Vincy lo que quisieran-. Pues sí, confieso que me sorprendió.

-No me alentó lo más mínimo cuando yo hablé con ella -dijo Fred deseoso de defender a Mary-. Pero cuando le pedí al señor Farebrother que le hablara por mí, le permitió comunicarme que tenía alguna esperanza.

La fuerza admonitoria que se removía en la señora Garth aún no se había agotado. Resultaba un poco demasiado irritante incluso para su capacidad de autodominio, que este joven lozano floreciera gracias a los desengaños de personas más apagadas y sabias que él -comiéndose un ruiseñor sin saberlo- y que su familia, entretanto, imaginara que los Garth estaban necesitados de aquel retoño; por otro lado, el enojo de la señora Garth había fermentado más dada su absoluta represión ante su marido. Esposas ejemplares en ocasiones encuentran chivos expiatorios de esta forma, y en aquella ocasión la señora Garth dijo con enérgica decisión.

-Cometiste un grave error, Fred, al pedirle al señor Farebrother que hablara por ti.

-¿Sí? -dijo Fred sonrojándose al instante. Se sintió alarmado, pero ignoraba lo que la señora Garth quería decir y añadió en tono de disculpa-: El señor Farebrother ha sido siempre un gran amigó nuestro, yo sabía que Mary le escucharía con atención. El aceptó de buen grado.

-Sí, los jóvenes a menudo están ciegos a todo salvo sus propios deseos, y no suelen imaginarse cuánto les cuestan a otros esos deseos -dijo la señora Garth. No tenía la intención de traspasar esta saludable doctrina general y volcó su indignación en un innecesario deshacer de unas vueltas, frunciendo el ceño con aire solemne.

-No se me alcanza el por qué habría de resultarle doloroso al señor Farebrother -dijo Fred quien, no obstante, observaba que empezaban a formarse en él extrañas concepciones.

-Exactamente, no se te alcanza -dijo la señora Garth pronunciando las palabras con la mayor nitidez posible.

Fred miró al horizonte un instante con angustia y, a continuación, girándose con rapidez dijo casi bruscamente: -¿Me quiere decir, señora Garth, que el señor Farebrother está enamorado de Mary?

-Y de ser así, Fred, creo que deberías ser el último en sorprenderte -replicó la señora Garth dejando el punto a un lado y cruzando los brazos. Era un insólito síntoma de turbación por su parte que no tuviera la labor entre las manos. De hecho sus sentimientos estaban divididos entre la satisfacción de darle una lección a Fred y la sensación de haber ido un poco demasiado lejos. Fred cogió su sombrero y su bastón y se puso en pie precipitadamente.

-Y por lo tanto usted piensa que me estoy interponiendo en su camino y también en el de Mary, ¿verdad? -dijo en un tono que parecía exigir una respuesta.

La señora Garth no pudo hablar inmediatamente. Se había buscado la desagradable situación de tener que decir lo que realmente pensaba y sin embargo sabía que razones de peso la obligaban a ocultarlo. Por otra parte, la conciencia de haberse excedido en sus palabras le resultaba especialmente humillante. Además, Fred había despedido una inesperada electricidad y ahora añadió:

-El señor Garth parecía contento de que Mary me quisiera. No podía saber nada de esto.

La señora Garth sintió un vivo remordimiento ante esta referencia a su esposo; le resultaba difícilmente soportable la idea de que Caleb la creyera equivocada y su respuesta quiso mitigar unas consecuencias no deseadas.

-Hablo sólo por deducción. No me consta que Mary sepa nada de esto.

Pero, poco acostumbrada a rebajarse, titubeó en suplicarle a Fred que mantuviera un silencio absoluto respecto del tema que ella había mencionado innecesariamente, y mientras dudaba, se precipitaron ya las consecuencias no deseadas bajo el manzano donde estaban preparadas las cosas para el té. Ben, que saltaba por la hierba con Brownie en los talones, empezó a gritar y a palmotear cuando vio que el gatito arrastraba el punto por un cabo de lana que se iba alargando más y más; Brownie ladró, el gato, desesperado, saltó sobre la mesa derramando la leche y, al bajarse, se llevó consigo la mitad de las cerezas; Ben, cogió el calcetín a medio tejer y se lo calzó al gato en la cabeza, dándole otro motivo de enloquecimiento mientras Letty, que apareció en aquel momento, le gritaba a su madre para que detuviera toda aquella crueldad -una escena tan llena de ajetreo como una verbena. La señora Garth se vio obligada a intervenir, se acercaron los restantes pequeñuelos de la familia y concluyó el tête-à-tête con Fred, quien se marchó en cuanto pudo. La señora Garth tan sólo pudo suavizar un tanto su aspereza diciéndole «Dios te bendiga» cuando le estrechó la mano.

Tenía la desagradable sensación de haber estado a punto de hablar como las mujeres necias que después de contar algo ruegan silencio respecto de lo que han dicho. Pero no había llegado a pedir ese mutismo y a fin de evitar la reprimenda de Caleb, decidió culparse a sí misma y confesarle todo a su esposo aquella misma noche. Resultaba curioso que el dócil Caleb fuera para ella un tribunal tan terrible cuando se erigía como tal. Pero tenía la intención de señalarle que aquella revelación podría venirle bien a Fred Vincy.

Sin duda aquellas palabras estaban teniendo un fuerte efecto sobre el joven mientras caminaba hacia Lowick. Tal vez el carácter optimista y despreocupado de Fred no se había visto nunca tan magullado como ante esta sugerencia de que de no ser por él, Mary se podría haber casado muy bien. También le incomodaba el haber sido tan zafio como para pedirle al señor Farebrother que interviniera. Pero no va con la naturaleza de enamorado -al menos no con la de Fred- que la nueva preocupación suscitada respecto de los sentimientos de Mary, no se impusiera a las demás. A pesar de su confianza en la generosidad del señor Farebrother, a pesar de cuanto Mary le había dicho, Fred no podía por menos que sentir que tenía un rival: era una sensación nueva, que le incomodaba en grado sumo, pues no estaba dispuesto a renunciar a Mary, ni siquiera por el bien de ésta, sino más bien a luchar por ella contra cualquier hombre. Pero la lucha contra el señor Farebrother debía ser de tipo metafórico, lo cual resultaba para Fred algo mucho más difícil que si hubiera sido de índole muscular. Sin duda esta experiencia fue para Fred una lección apenas menos punzante que la decepción que sufriera con el testamento de su tío. El hierro no le había llegado al alma, pero empezaba a imaginarse lo afilado que podría resultar su filo. No se le ocurrió a Fred que la señora Garth pudiera estar equivocada respecto del señor Farebrother, pero sospechaba que tal vez sí lo estuviera respecto a Mary, quien últimamente vivía en la rectoría por lo que tal vez su madre estuviera poco al tanto de los pensamientos de su hija.

No se tranquilizó cuando la encontró en el salón con las tres damas y un aspecto muy animado. Hablaban con vivacidad sobre algún tema que abandonaron cuando Fred hizo su entrada y Mary copiaba, con la diminuta letra en la que tanto destacaba, los rótulos de una pila de pequeños cajoncitos. El señor Farebrother se encontraba en el pueblo y las tres damas desconocían por completo la especial relación de Fred con Mary: resultaba imposible que ninguno de los dos propusiera un paseo por el jardín y Fred se predijo que habría de marcharse sin haber cruzado una palabra en privado. Primero le contó la llegada de Christy y luego que se había empleado con su padre, consolándole la emoción con que Mary recibió esta última noticia.

-Cuánto me alegro -dijo precipitadamente, inclinándose de nuevo sobre su tarea para que nadie pudiera verle el rostro. Pero éste era un tema que la señora Farebrother no podía dejar pasar.

-No querrá usted decir, mi querida señorita Garth, que se alegra de que un joven renuncie a entrar en la Iglesia, para lo que ha sido educado: querrá decir que, dado el estado de las cosas, se alegre de que trabaje con un hombre tan excelente como su padre de usted.

-Pues, la verdad, señora Farebrother, me temo que me alegro por ambas cosas -dijo Mary, deshaciéndose habilidosamente de una lágrima rebelde-. Tengo una mente terriblemente laica. Nunca me gustó ningún clérigo salvo el vicario de Wakefield y el señor Farebrother.

-¿Y eso por qué, hija? -dijo la señora Farebrother descansando sus grandes agujas de madera y mirando a Mary-. Siempre tiene muy buenas razones para todas sus opiniones, pero esto me sorprende. Por supuesto descarto a los que predican las nuevas doctrinas. Pero ¿Por qué le disgustan los clérigos?

-Dios mío -dijo Mary, con una expresión divertida en el rostro mientras parecía reconsiderar unos instantes-. No me gustan los cuellos que llevan,

-Entonces, ¿tampoco los de Camden? -dijo la señorita Winifred con un atisbo de angustia.
-Sí -respondió Mary-. Los que no me gustan son los de los otros clérigos porque son ellos quienes les llevan. -¡Qué sorprendente! -dijo la señorita Noble, imaginándose que era su propia capacidad intelectual la que era deficiente.

-Hija, está bromeando. Tendrá mejores razones para menospreciar a un estamento tan respetable -dijo la señora Farebrother majestuosamente.

-La señorita Garth tiene unas ideas tan severas sobre lo que debieran ser las personas que resulta difícil satisfacerla -dijo Fred.

-Bueno, me alegro de que al menos haga una excepción con mi hijo -dijo la anciana.

Mary se estaba preguntando por el tono amohinado de Fred cuando entró el señor Farebrother, quien hubo de escuchar las noticias del contrato de Fred con el señor Garth. A su conclusión, dijo con sereno agrado: «Eso está bien», y se inclinó para mirar los rótulos de Mary y alabar su caligrafía.

Fred se sintió tremendamente celoso; por supuesto se alegraba de que el señor Farebrother fuese una persona tan valiosa, pero le hubiera preferido gordo y feo como son a veces los hombres a los cuarenta. El desenlace era evidente puesto que Mary anteponía públicamente a Farebrother a todos los demás y las tres señoras apoyaban la relación. Estaba seguro de que no tendría oportunidad de hablar con Mary, cuando el señor Farebrother dijo:

-Fred, ayúdame a llevar estos cajones a mi estudio... aún no has visto el estudio nuevo tan estupendo que tengo. Y venga usted también señorita Garth. Quiero que vea una magnífica araña que encontré esta mañana.

Mary vio al momento la intención del vicario. Desde aquel atardecer memorable nunca se había desviado de su antigua amabilidad pastoral para con ella y su sorpresa y duda momentánea se habían adormilado. Mary estaba acostumbrada a pensar con bastante rigor sobre lo que era probable, y si una opinión halagaba su vanidad tendía a rechazarla por ridícula, teniendo desde muy joven una gran experiencia de renuncias. Sucedió como había previsto: una vez cumplida la petición del señor Farebrother de que Fred admirara el mobiliario y ella la araña, el vicario dijo:

-Esperadme aquí un par de minutos. Voy a buscar un grabado para que Fred, que es lo bastante alto, me lo cuelgue. Vuelvo en seguida -y salió de la habitación. No obstante, las primeras palabras que Fred dirigió a Mary fueron:

-Es inútil lo que yo haga, Mary. Te acabarás casando con Farebrother -había cierta rabia en su tono.

-¿Qué quieres decir, Fred? -exclamó Mary con indignación, sonrojándose profundamente y desprevenida para contestar con su habitual acierto.

-Es imposible que no lo veas así de claro, tú que te das cuenta de todo.

-Lo único que veo es que te estás portando muy mal, Fred al hablar así del señor Farebrother cuando él ha abogado tanto por ti. ¿Cómo se te ha ocurrido semejante idea?

A pesar de su irritación Fred estuvo hábil. Si Mary no abrigaba ninguna sospecha, ¿de qué iba a servir contarle lo que le había dicho la señora Garth?

-Porque es lo más lógico -respondió-. Cuando constantemente tienes delante a un hombre que me aventaja en todo y al que admiras más que a nadie, yo no puedo tener ninguna oportunidad.

-Eres muy desagradecido, Fred -dijo Mary-. Me arrepiento mucho de haberle dicho al señor Farebrother que sentía el menor interés por ti.

-No, no soy desagradecido; sería el tipo más feliz de la tierra de no ser por esto. Le conté todo a tu padre y estuvo muy cordial, tratándome como si fuera su hijo. Podría dedicarme al trabajo con afán, caligrafía y demás, si no fuera por esto.

-¿Por esto? ¿Y qué es esto? -dijo Mary, imaginándose que se había dicho o hecho algo en concreto.

-Esta horrible certeza de que Farebrother me va a desbancar.

Una inclinación a reírse aplacó a Mary.

-Fred -dijo, intentando captar la mirada del joven que torvamente la rehuía-, eres deliciosamente ridículo. Si no fueras un tontaina tan encantador ¡qué tentación supondría jugar a coqueta malvada y hacerte creer que hay otra persona que también me corteja!

-¿De verdad, Mary, me prefieres a mí? -dijo Fred mirándola con los ojos llenos de afecto e intentando cogerle la mano.

-No me gustas ni pizca en estos momentos -dijo Mary, retrocediendo y poniendo las manos a la espalda-. Sólo dije que ningún mortal salvo tú me ha hecho jamás la corte. Y eso no significa que un hombre muy sabio no vaya a hacerlo nunca -terminó jocosamente.

-Quisiera que me dijeras que nunca podrías pensar en él -dijo Fred.

-No se te ocurra volver a hablarme de esto, Fred -dijo Mary poniéndose seria de nuevo-. No sé si es necedad o egoísmo lo que te impide ver que el señor Farebrother nos ha dejado solos a propósito para que pudiéramos hablar con libertad. Me disgusta que estés tan ciego respecto de su delicadeza.

No hubo tiempo de decir más antes de que el señor Farebrother regresara con su grabado, y Fred tuvo que volver al salón con el miedo de los celos en el corazón, si bien con el consuelo de las palabras y la actitud de Mary. El resultado de la conversación fue, en general, más penoso para Mary; inevitablemente su atención había adquirido una nueva actitud y vio la posibilidad de nuevas interpretaciones. Estaba en una situación en la que le parecía que desairaba al señor Farebrother, lo cual, en relación con un hombre muy respetado, siempre resulta peligroso para la firmeza de una mujer agradecida. Fue un alivio tener un motivo para irse a casa al día siguiente, pues Mary quería tener siempre la seguridad de que a quien más amaba era a Fred. Cuando un tierno afecto se ha ido almacenando en nosotros durante muchos años, la idea de que podamos aceptar otra cosa en su lugar parece abaratar nuestra existencia. Y podemos vigilar nuestros afectos y nuestra constancia como vigilamos otros tesoros.

-Fred ha perdido todas las demás esperanzas; debe retener ésta- se dijo Mary, con una sonrisa en los labios. Era imposible evitar las fugaces visiones de otra índole, nuevos honores y el reconocimiento de una valía, algo cuya ausencia con frecuencia había acusado. Pero estas cosas sin Fred, un Fred olvidado y entristecido por falta de ella, nunca tentarían el pensamiento consciente de Mary.