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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 58.
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Puesto que no cabe en tus ojos el odio, No puedo en ellos conocer tu cambio: En el mirar de muchos está escrita La historia de su falso corazón,
En raros gestos, ceños y humores; Pero el cielo al crearte decretó
Que el amor en tu faz siempre habitara; Cualquiera que sea tu pensamiento
O el movimiento de tu corazón, Tus ojos no muestran sino dulzura.
SHAKESPEARE, SOPIOTOS.

Cuando el señor Vincy manifestó sus presentimientos respecto de Rosamond, a ella misma no se le había ocurrido que se vería abocada a hacer el tipo de petición que él preveía. A pesar de que su vida doméstica era cara y estaba llena de acontecimientos, aún no había experimentado ninguna angustia económica. Su hijo había nacido prematuramente y hubo que guardar los faldones bordados y los gorros. Esta desgracia se atribuyó por completo a su insistencia en salir a caballo un día cuando su marido le había pedido que no lo hiciera; pero no debe pensarse que Rosamond se había enfadado en aquella ocasión o le había dicho bruscamente a su esposo que haría lo que quisiera.

Lo que la indujo a querer montar a caballo fue una visita del capitán Lydgate, el tercer hijo del baronet, al cual, lamento decir, detestaba nuestro Tertius del mismo apellido por insulso mentecato «que se peinaba con una raya desde la frente hasta el cogote según una moda ridícula» (no seguida por Tertius) y por mostrar la convicción ignorante de saber qué decir en todo momento. Lydgate maldecía interiormente su propia estupidez al haber propiciado esta visita cuando accedió a pasar a saludar a su tío durante el viaje de novios, disgustando a Rosamond al así manifestárselo en privado. Porque para ella esta visita constituía una fuente de exaltación sin precedentes, aunque elegantemente disimulada. Era tan intensamente consciente de que hospedaba a un primo que era hijo de un baronet, que imaginaba que las implicaciones de su presencia se expandían por todas las mentes, y cuando presentó al capitán Lydgate a sus invitados, tuvo la plácida sensación de que el rango de éste les penetraba como un aroma. La satisfacción bastó por algún tiempo para disipar parte de la decepción respecto de las condiciones de haberse casado con un médico, aunque fuera de buena cuna: se le antojó que su matrimonio la alzaba, tanto visible como idealmente, por encima del nivel de Middlemarch y el futuro aparecía brillante, con cartas y visitas a Quallingham y desde Quallingham y, en consecuencia, progresos indefinidos en la situación de Tertius. Sobre todo, puesto que, seguramente a instancias del capitán, su hermana casada, la señora Mengan, acompañada de su sirvienta se había quedado a pasar dos noches a su regreso de Londres. Por ende, quedaba claro que los esfuerzos de Rosamond en cuanto a su música y su esmerada elección de encajes merecían la pena.

Por lo que hace al propio capitán Lydgate, su frente estrecha, la nariz aguileña un poco torcida y su habla más bien tediosa, hubieran resultado una desventaja en cualquier joven carente del porte militar y el bigote que confieren lo que algunas delicadas cabezas rubias idolatran como «estilo». Poseía, además, esa especie de educación aristocrática que consiste en estar libre de esos nimios cuidados propios de la clase media, y era un gran entendido en encantos femeninos. Rosamond se deleitaba ahora en su admiración más incluso que cuando estuvo en Quallingham, y a él le resultaba fácil pasar varias horas del día flirteando con ella. En conjunto, la visita le resultó al capitán una de las juergas más agradables de su vida, tal vez influido por la sospecha de que su extraño primo Tertius deseaba verle marchar, aunque Lydgate, quien (hablando hiperbólicamente) antes hubiera preferido morir que mostrarse falto de hospitalidad, reprimía su desagrado y se limitaba a simular que no oía los comentarios del galante oficial, dejándole a Rosamond la tarea de contestarle. Pues no era un marido celoso y prefería dejar a un cabeza de chorlito solo con su mujer antes que aguantar su compañía.

-Deberías hablar más con el capitán durante la cena, Tertius -dijo Rosamond una noche cuando el importante huésped se había marchado a Loamford para ver a algunos compañeros destinados allí-. Hay veces que tienes un aspecto tan ausente... es como si miraras a través de su cabeza a algo que hay detrás en lugar de mirarle a él.

-Mi querida Rosy, espero que no pretendas que hable mucho con un asno tan engreído como ése -dijo Lydgate con brusquedad-. Si se rompiera la cabeza quizá le mirara con interés, pero antes no.

-No puedo comprender por qué tienes que hablar con tanto desprecio de tu primo -dijo Rosamond, siguiendo con su costura mientras hablaba en un tono de apacible gravedad que albergaba un punto de desdén.

-Pregúntale a Ladislaw si no cree que tu capitán es el mayor pelmazo que ha conocido en toda su vida. Apenas viene por aquí desde que llegó mi primo.

Rosamond creía saber perfectamente por qué al señor Ladislaw le desagradaba el capitán: estaba celoso y eso la complacía.

-Es imposible saber lo que contenta a las personas excéntricas -respondió-, pero en mi opinión, el capitán Lydgate es un perfecto caballero y pienso que, por respeto a Sir Godwin, no debieras desairarle.

-No, mi amor; pero hemos dado cenas en su honor... entra y sale a su antojo... No me necesita.

-De todos modos, cuando está en la habitación, podrías hacerle un poco más de caso. Puede que no sea un fénix de la inteligencia según tus parámetros; tiene una profesión distinta; pero te vendría bien hablar un poco de sus temas. A mí me resulta muy agradable su conversación. Y puede ser cualquier cosa menos carente de principios.

-Lo que pasa, Rosy, es que te gustaría que yo fuera un poco más como él -dijo Lydgate, con una especie de murmullo de resignación y una sonrisa que no era exactamente tierna y en absoluto alegre: Rosamond guardó silencio y no volvió a sonreír, pero las hermosas curvas de su rostro no precisaban de la sonrisa para parecer dulces.

Las palabras de Lydgate eran como un triste hito que indicaban la distancia a que se hallaba de su antigua tierra de ensueño, en la que Rosamond Vincy aparecía como el ejemplo perfecto de feminidad que reverenciaría la mente de su esposo como si fuera una consumada sirena utilizando el peine y el espejo y cantando sus canciones con el único fin de relajar su adorada inteligencia. Había empezado a distinguir entre aquella adoración imaginaria y la atracción que ejercía el talento de un hombre porque le proporcionaba prestigio, como si fuera una condecoración en la solapa o un Ilustrísimo delante de su nombre.

Se podría suponer que Rosamond también había viajado mucho desde que encontrara perfectamente aburrida la insulsa conversación del señor Ned Plymdale; pero para la mayoría de los mortales existe una necedad insoportable y otra totalmente aceptable -de lo contrario, ¿qué sería de los vínculos sociales? La necedad del capitán Lydgate exudaba un delicado aroma, se erguía con «estilo», hablaba con buen acento y estaba muy relacionada con Sir Godwin. Rosamond la encontraba bastante agradable y adoptó muchas de sus frases.

Por lo tanto, puesto que, como sabemos, a Rosamond le gustaba montar a caballo, hubo muchas razones que la indujeran a reanudar su equitación cuando el capitán Lydgate, que había ordenado a su criado que viniera con dos caballos y se alojara en el Dragón Verde, le rogó que montara el tordo, del cual garantizaba su mansedumbre y costumbre de llevar a una dama... de hecho lo había comprado para su hermana y lo llevaba a Quallingham. Rosamond salió la primera vez sin decírselo a su marido, y volvió antes de que éste regresara a casa; pero el paseo había resultado un éxito tan rotundo y Rosamond se encontró tantísimo mejor a consecuencia del mismo que Lydgate fue informado del evento con la absoluta seguridad de que consentiría en que su mujer lo repitiera.

Por el contrario, Lydgate se mostró más que dolido -estaba absolutamente perplejo de que Rosamond se hubiera arriesgado a montar un caballo desconocido sin consultarle a él. Tras las primeras y casi atronadoras exclamaciones de sorpresa, que advirtieron suficientemente a Rosamond de lo que se avecinaba, Lydgate guardó unos minutos de silencio.

-Pero bueno, no ha habido ningún percance -dijo finalmente en tono concluyente-. No hay ni qué decir, Rosy, que no volverás a montar. Aunque fuera el caballo más tranquilo y que mejor conocieras del mundo, siempre existiría el riesgo de un accidente. Y sabes muy bien que ésa fue la razón de que te pidiera que no montaras el ruano.

-Pero también hay la posibilidad de un accidente dentro de casa, Tertius.

-Mi amor, no digas tonterías -dijo Lydgate en tono suplicante-. ¿No crees, que yo debiera ser el más indicado para juzgar en este caso? Creo que es suficiente que te diga que no debes volver a hacerlo.

Rosamond se estaba peinando antes de la cena y el reflejo de su cabeza en el espejo no mostró alteración alguna en su hermosura salvo por un pequeño ladeamiento de su esbelto cuello. Lydgate había estado andando de un lado a otro con las manos en los bolsillos y ahora se detuvo ante ella como esperando alguna respuesta.

-¿Me puedes sujetar las trenzas, amor? -dijo Rosamond dejando caer los brazos con un leve suspiro de forma que su marido se sintió avergonzado de quedarse allí plantado como un bruto. Lydgate le había sujetado las trenzas con frecuencia, los dedos largos y bien formados convirtiéndole en uno de los hombres más diestros. Recogió los suaves cabellos trenzados y los sujetó con la peineta (¡tales tareas llegan a hacer los hombres!) y ¿qué podía hacer entonces sino besar la exquisita nuca que se le ofrecía con todas sus delicadas curvas? Pero aun cuando hacemos cosas que ya hemos hecho anteriormente, a menudo existen diferencias. Lydgate seguía enfadado y no había olvidado su argumento.

-Le diré al capitán que debía haber tenido más sentido común y no ofrecerte el caballo -dijo alejándose.

-Te ruego que no hagas nada por el estilo, Tertius -dijo Rosamond, mirando a su marido y con más énfasis en su tono que el habitual-. Sería tratarme como a una niña. Prométeme que me dejarás el asunto a mí.

La objeción parecía encerrar algo de verdad. Lydgate dijo «Está bien» con arisca obediencia y así, la discusión quedó cerrada, con una promesa de Tertius a su esposa en lugar de habérsela hecho Rosamond a él.

Lo cierto es que la señora Lydgate había decidido no hacer ninguna promesa. Rosamond poseía esa victoriosa terquedad que jamás desperdicia su energía en resistencias impetuosas. Lo que ella quería hacer era lo que consideraba correcto y toda su inteligencia se orientaba a la manera de hacerlo. Tenía la intención de volver a montar el tordo y lo hizo a la primera oportunidad brindada por la ausencia de su esposo, con la idea de que no lo supiera hasta que fuera demasiado tarde como para tener importancia. Sin duda la tentación era muy grande: le gustaba mucho la equitación, y lo gratificante de montar un buen caballo, con el capitán Lydgate, el hijo de Sir Godwin, a su lado en otro hermoso ejemplar, y de que cualquiera salvo su marido la viera, era algo tan magnífico como sus sueños de soltera: además, afianzaba las relaciones con la familia de Quallingham, lo que seguro era cosa muy sensata.

Mas el dócil tordo, al que la caída de un árbol que estaban talando en las inmediaciones del bosque de Halsell cogió desprevenido, se asustó causándole a Rosamond un mayor susto aún que concluyó finalmente en la pérdida del niño. Lydgate no podía mostrar con ella su ira, pero sí su rabia con el capitán, cuya visita naturalmente terminó al poco.

En las conversaciones futuras sobre el tema, Rosamond se mostraba apaciblemente convencida de que el paseo no había influido y de que de haber permanecido en casa hubieran aparecido los mismos síntomas y el final hubiera sido el mismo, porque ya anteriormente había notado algo parecido.

Lydgate únicamente decía «¡Pobre, pobrecilla mía!», pero íntimamente le asombraba la terrible tenacidad de esta dócil criatura. Iba creciendo en él una asombrada convicción de su propia impotencia ante Rosamond. En lugar de que, como imaginara, su superior conocimiento y su fuerza mental fueran un altar al que consultar en toda ocasión, quedaban de lado con toda sencillez ante cualquier cuestión práctica. Había considerado la inteligencia de Rosamond como precisamente del tipo receptivo, adecuado a una mujer. Empezaba ahora a descubrir cuál era exactamente, cuál era la forma que había adoptado; una tupida red altiva e independiente. Nadie más rápida que Rosamond para advertir causas y efectos que coincidían con sus propios gustos e intereses: detectó con claridad la preeminencia de Lydgate en la sociedad de Middlemarch y siguió trazando con imaginación efectos s-ciales aún más agradables cuando su talento le hubiera hecho ascender; pero para ella la ambición profesional y científica de su marido no guardaban más relación con estos efectos deseables que si hubieran sido el feliz descubrimiento de un aceite hediondo. Y al margen del aceite, con el que no tenía nada que ver, por supuesto le merecía más confianza su propia opinión que la de su esposo. A Lydgate le resultó asombroso descubrir que en numerosas cuestiones nimias, además de en este último caso grave del montar a caballo, el efecto no hacía sumisa a Rosamond. No dudaba de que el afecto existía, ni se le ocurría pensar que él hubiera hecho algo para disiparlo. Por su parte, se decía a sí mismo que la amaba tan-to como siempre, y que podría acostumbrarse a sus negati-vas; pero... ¡en fin! Lydgate estaba muy preocupado y era consciente de elementos nuevos en su vida tan nocivos para él como la aparición del cieno para una criatura acostumbra-da a respirar y bañarse y lanzarse en pos de su presa ilumi-nada en las aguas más cristalinas.

Pronto Rosamond volvió a su mesita de trabajo, más hermosa que nunca disfrutando de los paseos en el faetón de su padre y pensando que era probable que se la invitara a Quallingham. Sabía que era un adorno mucho más exquisito en el salón que cualquiera de las hijas de la familia y, al reflexionar sobre el hecho de que los caballeros lo sabían, tal vez no consideró con suficiente atención si las damas querrían verse eclipsadas.

Lydgate, una vez superada la preocupación por su mujer, volvió a caer en lo que ella interiormente denominaba su mal humor, nombre que para ella significaba tanto el esmerado interés de su marido por temas que no eran ella, como el gesto inquieto de la frente y disgusto por todas las cosas corrientes como si estuvieran mezcladas con hierbas amargas, que en realidad constituían una especie de barómetro de su irritación y malos presentimientos. Estos estados de ánimo de Lydgate tenían, entre otras, una causa que él, generosa, pero equivocadamente, había ocultado a Rosamond a fin de que no afectaran la salud o el ánimo de su mujer. Entre él y ella existía esa ignorancia acerca del proceso mental del otro que es sin duda posible incluso entre personas que piensan constantemente la una en la otra. Lydgate tenía la intención de haberse pasado mes tras mes sacrificando más de la mitad de sus mejores intenciones y energías a su ternura por Rosamond; soportando sin impaciencia las pequeñas exigencias e interrupciones de su mujer y, sobre todo, sobrellevando sin manifestación de amargura y con creciente falta de ilusión, la superficie vacía y opaca que la mente de Rosamond presentaba frente a su entusiasmo por los fines más desinteresados de su profesión y de sus trabajos científicos, entusiasmo que él había imaginado que la esposa ideal debería adorar por sublime, aun sin saber la razón. Pero su aguante se mezclaba con un descontento de sí mismo que, si somos sinceros, deberemos confesar que constituye más de la mitad de nuestra amargura ante los agravios, esposa o marido incluidos. Siempre es verdad que, de poseer nosotros más grandeza, las circunstancias hubieran pesado menos en nuestra contra. Lydgate sabía muy bien que sus concesiones a Rosamond con frecuencia no eran más que el fruto de la vacilación de su voluntad, la incipiente parálisis de un entusiasmo en desajuste con una gran parte de nuestra vida. Y sobre el entusiasmo de Lydgate existía continuamente no sólo el simple peso del dolor, sino la punzante presencia de una mezquina y degradante preocupación del tipo de las que tiñen de ironía los esfuerzos más nobles.

Éste era el pesar que hasta el momento se había abstenido de mencionarle a Rosamond y creía, con cierto asombro, que a ella no se le había pasado por la imaginación, aunque ninguna dificultad pudiera ser menos misteriosa. Era una deducción con apéndices evidentes, y que muchos observadores indiferentes habían sacado: Lydgate estaba endeudado.

Y no conseguía apartar por mucho tiempo de su pensamiento el hecho de que cada día se hundía más en la ciénaga, esa ciénaga que tienta a los hombres con un hermoso disfraz de flores y verdor. Es asombrosa la rapidez con la que uno se puede hundir en ella hasta el cuello... encontrándose en una situación en la que, a su pesar, se ve obligado a pensar principalmente en la liberación, aunque llevara en el alma un proyecto del universo.

Dieciocho meses atrás Lydgate era pobre, pero desconocía totalmente la imperiosa necesidad de pequeñas cantidades, y experimentaba cierto desprecio ardiente por cualquiera que descendiera un escalón a fin de obtenerlas. En estos momentos pasaba por algo peor que un simple déficit: le asediaban las odiosas y vulgares tribulaciones de un hombre que ha comprado y ha usado un montón de cosas de las que hubiera podido prescindir, y que no puede pagar, aunque la exigencia de pago es ya apremiante.

Cómo había llegado a este punto es fácil de entender, y no precisa de mucha aritmética ni grandes conocimientos sobre precios. Cuando un hombre que abre una casa y se prepara para el matrimonio descubre que el mobiliario y otros gastos iniciales superan el capital que posee en unas cuatrocientas o quinientas libras; cuando al finalizar el año resulta que sus gastos domésticos, caballos y demás suman casi mil, mientras que los ingresos de la consulta que los anteriores libros estimaban en ochocientas libras anuales se han reducido como un estanque de verano y proporcionan apenas quinientas, en su mayor parte en recibos por cobrar, la deducción evidente es, tanto si le importa como si no, que está endeudado. Eran aquellos tiempos más baratos que los nuestros y la vida de provincias era comparativamente modesta, pero la facilidad con la que un médico que acababa de comprar su consulta, que se creía en la obligación de mantener dos caballos, cuya mesa no conocía la tacañería, y que pagaba un seguro de vida y un alquiler alto por la casa y jardín, descubría que sus gastos duplicaban sus ingresos, cabe en la mente de cualquiera que no considere que estos detalles son indignos de su atención. Rosamond, acostumbrada desde la niñez al derroche, creía que el llevar bien una casa consistía en encargar lo mejor, lo demás «no era de recibo»; y Lydgate suponía que «si las cosas se hacían, se hacían bien»... y no veía cómo podían vivir de otro modo. Si le hubieran comunicado de antemano cada capítulo de los gastos de la casa, probablemente hubiese comentado que «no podrá subir mucho», y si alguien hubiera sugerido ahorrar en un determinado punto -por ejemplo, sustituir pescado caro por otro más barato- se le hubiera antojado como una idea tacaña y mezquina. Rosamond, aún sin necesidad de una ocasión como la visita del capitán Lydgate, gustaba de recibir en casa, y Lydgate, aunque en ocasiones considerara que los invitados eran una molestia, no se oponía. Aquel recibir parecía ser una parte necesaria de la prudencia profesional, y el agasajo debía estar a la altura. Es cierto que Lydgate visitaba constantemente los hogares pobres y ajustaba la dieta que les prescribía a sus reducidos medios; pero ¡Dios mío! ¿acaso hoy en día no ha dejado de ser... o, mejor dicho, acaso no esperamos de los hombres, que posean múltiples hebras de experiencia, una al lado de la otra, sin que jamás las comparen entre sí? El gasto -como la fealdad y los errores- se convierte en algo totalmente nuevo cuando unimos a él nuestra propia personalidad, midiéndolo por esa gran diferencia que existe (a nuestro juicio) entre nosotros y los demás. Lydgate se creía poco preocupado por su vestir y despreciaba a quien calculaba el efecto de su indumentaria; le parecía algo tan natural tener ropa limpia en abundancia... ese tipo de prendas se encargaban por docenas. Debe recordarse que hasta el momento no había sentido nunca el freno de una deuda inoportuna, y los pasos que daba eran por costumbre, no por autocrítica. Pero el freno había llegado.

La novedad hizo que resultara aún más irritante. Le asombró y le asqueó que circunstancias tan ajenas a sus propósitos, tan odiosamente desvinculadas de todo cuanto le importaba, le hubieran tendido una emboscada en la cual, desprevenidamente, había caído. Y no se trataba ya de la propia deuda, sino de la certeza de que, en su situación presente, no podía menos que aumentarla. Dos comerciantes de muebles de Brassing, cuyas facturas eran anteriores a su matrimonio, y a quienes gastos imprevistos le habían impedido pagar, le habían cursado repetidas cartas desagradables que se había visto obligado a atender. A pocas personas podría resultar esto más humillante que a Lydgate, de carácter altivo, poco dado a pedir favores o a tener que sentirse agradecido. Incluso había desdeñado hacer conjeturas acerca de las intenciones del señor Vincy en materia monetaria y nada salvo la indigencia le hubiera podido inducir a acudir a su suegro, aún en el caso de que no se le hubiera hecho saber indirectamente desde su boda que los asuntos del propio señor Vincy distaban de ser florecientes y que no recibiría bien una solicitud de ayuda. Hay hombres que confían con facilidad en la buena disposición de sus amigos; a Lydgate no se le había ocurrido anteriormente que pudiera verse obligado a hacerlo: jamás había pensado en lo que para él supondría pedir prestado, pero ahora que la idea había entrado en su mente, prefería enfrentarse a cualquier otra dificultad. Entretanto, carecía de dinero así como de la perspectiva de tenerlo, y la consulta no tenía visos de proporcionarle mayores lucros.

No era, pues de extrañar, que Lydgate hubiera sido incapaz de disimular todo síntoma de problema interno durante los últimos meses, y ahora que Rosamond recobraba su vigorosa buena salud, contempló la idea de sincerarse con ella. Una mayor familiaridad con las facturas de los comerciantes le habían obligado a razonar utilizando un nuevo canal de comparación: había empezado a considerar desde otro punto de vista lo que resultaba necesario o innecesario comprar, y a comprender que había que cambiar las costumbres. ¿Cómo iba a producirse este cambio sin la participación de Rosamond? La ocasión para comunicarle este desagradable hecho le vino dada.

Al carecer de dinero, y tras haber pedido consejo privadamente respecto de qué garantías podía ofrecer un hombre en su posición, Lydgate le había ofrecido el único valor que tenía al acreedor menos imperioso, un platero y joyero, que había accedido a hacerse también cargo de la deuda con el tapicero, aceptando intereses por un plazo determinado. La garantía requerida era el mobiliario de su casa lo que podía tranquilizar a un acreedor durante un periodo razonable respecto de una deuda que no llegaba a las cuatrocientas libras; y el platero, el señor Dover, estaba dispuesto a reducirla aceptando la devolución de parte de la cubertería y cualquier otro artículo que estuviera casi por estrenar. «Cualquier otro artículo» era una frase que incluía con delicadeza piezas de joyería, y más en concreto unas amatistas malvas que costaban treinta libras y que Lydgate había comprado como regalo de bodas.

La opinión estará dividida respecto a lo sensato del regalo: algunos pensarán que fue un detalle elegante, propio de un hombre como Lydgate, y que la culpa de cualquier consecuencia problemática residía en la pequeñez de la vida de provincias de aquella época, que no ofrecía comodidades a aquellos profesionales cuya fortuna no guardaba proporción con sus gustos; y también en la ridícula puntillosidad de Lydgate de no pedirles dinero a sus familiares.

Sin embargo, aquella hermosa mañana en la que fuera a confirmar la compra de la cubertería, le pareció un gasto sin importancia: ante otras joyas carísimas y junto a encargos cuyo importe no se había calculado exactamente, treinta libras por unos adornos tan exquisitamente apropiados para el cuello y los brazos de Rosamond apenas podían parecer un exceso cuando no existía cantidad en metálico que fijara límites. Pero en este momento de crisis, la imaginación de Lydgate no podía por menos que recrearse en la posibilidad de permitir que las amatistas volvieran a ocupar un lugar entre las existencias del señor Dover, aunque le horrorizara la idea de proponérselo a Rosamond. Alertado para discernir consecuencias que no había solido rastrear, se disponía a actuar con los nuevos datos con parte del rigor (en modo alguno todo) que hubiera aplicado en un experimento. Se iba preparando para este rigor mientras regresaba de Brassing meditando sobre cómo debía presentarle la situación a Rosamond.

Caía la tarde cuando llegó a casa. Aquel hombre fuerte de veintinueve años y muchos talentos se sentía profundamente triste. No se decía con rabia que había cometido un grave error; pero el error trabajaba en su interior como una enfermedad crónica diagnosticada, entremezclando sus molestias con cualquier perspectiva y debilitando todo pensamiento. Mientras recorría el pasillo hasta el salón oyó el piano y voces que cantaban. Claro, Ladislaw estaba allí. Hacía algunas semanas que Will se había despedido de Dorothea, pero seguía en Middlemarch. A Lydgate no le molestaban las visitas de Ladislaw, pero en ese momento le molestó no encontrar libre su hogar. Cuando abrió la puerta ambos cantantes prosiguieron con su música, levantando la vista y mirándole, desde luego, pero sin considerar su entrada como una interrupción. Para un hombre apremiado como el pobre Lydgate, no resulta reconfortante ver a dos personas gorgoriteando cuando llega a casa con la sensación de que le quedan por hacer aún ciertas tareas antes de que concluya su penoso día. Su rostro, ya más pálido que de costumbre, se ensombreció mientras cruzaba la habitación y se dejaba caer en una butaca.

Los cantantes, sintiéndose disculpados por el hecho de que sólo les quedaban tres compases para terminar, se volvieron hacia él.

-¿Qué tal, Lydgate? -dijo Will acercándose para darle la mano.

Lydgate le estrechó la mano, pero no creyó necesario contestar.

-¿Has cenado, Tertius? Te esperaba mucho antes -dijo Rosamond que ya había percibido que su marido estaba «de pésimo humor», sentándose en su sitio habitual mientras hablaba.

-Sí, he cenado. Querría un poco de té, por favor -dijo Lydgate lacónicamente, aún con el ceño fruncido y fijando la mirada en las piernas que tenía extendidas.

Will era demasiado ágil como para precisar más. -Me voy -dijo, cogiendo el sombrero.

-Está, a punto de venir el té -dijo Rosamond-. Quédese.

-No, Lydgate está harto -dijo Will, que conocía mejor que Rosamond al médico y no se sentía ofendido por su comportamiento, imaginándose con facilidad causas externas para su mal humor.

-Razón de más para que se quede -dijo Rosamond retozona y superficialmente-, no me hablará en toda la noche.

-Sí, Rosamond, sí que lo haré -dijo Lydgate, con su voz sonora-. Tengo algo importante que decirte.

Ninguna introducción al tema se podría parecer menos a lo que Lydgate había planeado, pero la actitud indiferente de su esposa había resultado demasiado provocadora.

-¡Ya lo decía yo!, ¿lo ve? -dijo Will-. Me voy a la reunión sobre el instituto de trabajadores. Adiós -y salió con paso rápido de la habitación.

(1) En la década de 1820 se crearon una serie de centros para la educación de los trabajadores, medida social que cundió con rapidez. [N. de la T.]

Rosamond no miró a su esposo, pero al poco se levantó y se sentó junto a la bandeja de té. Pensó que nunca le había visto en actitud tan desagradable. Lydgate volvió hacia ella sus ojos oscuros y la observó mientras sus dedos finos preparaban el té delicadamente al tiempo que fijaba su mirada en los objetos que tenía delante sin que una sola curva alterara su rostro, pero con un aire de protesta contra toda persona de modales enojosos. Por un momento perdió la noción de su pesar en una repentina especulación acerca de esta nueva forma de impasibilidad femenina que se manifestaba en aquella figura silfídea que en otros tiempos él interpretara como señal de una sensibilidad pronta e inteligente. Recordando a Laure mientras contemplaba a Rosamond, se preguntó interiormente «¿Me mataría si la tediara?», y a continuación se dijo «todas las mujeres son así». Pero esta facultad de generalización que otorga a los hombres tanta superioridad en el error sobre los animales, se vio inmediatamente contrarrestada por el vago recuerdo de las impresiones que le proporcionaran el comportamiento de otra mujer: el aspecto de Dorothea y el tono angustiado en el que se refería a su esposo cuando Lydgate empezó a asistirle, el desgarrado grito por que se le enseñara lo que más consolaría a aquel hombre por el que parecía que debía acallar todo impulso salvo el de fidelidad y compasión. Aquellas imágenes revividas se alzaron rápida y nebulosamente ante Lydgate mientras se iba haciendo el té. Había cerrado los ojos en el último momento del recuerdo, cuando oía decir a Dorothea, «Aconséjeme, piense qué puedo hacer, ha pasado toda su vida trabajando y esperando. No le importa nada más, y a mí tampoco».

Aquella voz de una feminidad hondamente espiritual había permanecido dentro de él como lo habían hecho las concepciones avivadoras de genios muertos y consagrados (¿es que no existe un genio de los sentimientos nobles que reina también sobre los espíritus humanos así como sus conclusiones?); el tono de la voz iba convirtiéndose en una música cada vez más distante... y realmente estaba un poco adormilado cuando Rosamond dijo en su acostumbrada voz nítida y neutral:

-Aquí tienes el té, Tertius -dejándolo en la mesa a su lado y volviendo a su sitio sin mirarle. Lydgate se precipitaba al tachar a su esposa de insensibilidad; a su manera, Rosamond era suficientemente sensible y solía mantener las impresiones que recibía. En aquel momento se sentía ofendida y rechazaba a su marido. Pero como ni ponía malas caras ni levantaba jamás la voz, estaba convencida de que nadie podía censurarla.

Tal vez Lydgate y ella nunca se habían sentido tan distantes; pero había poderosas razones para no posponer la revelación, aún en el caso de que no la hubiera ya iniciado con su abrupto anuncio; es más, parte del airado deseo por provocar en ella una mayor sensibilidad hacia él que le había empujado a hablar prematuramente seguía entremezclándose con el dolor que sentía ante la perspectiva de cuánto iba a herir a su mujer. Pero esperó hasta que se hubieran llevado la bandeja del té, a que se encendieran los candelabros y a poder contar con la quietud del anochecer: el intervalo dio tiempo a que la ternura repelida reocupara su viejo cauce. Lydgate habló con afecto.

-Rosy, mi amor, deja la labor y siéntate a mi lado -dijo dulcemente, apartando la mesa y alargando un brazo para acercar una silla.

Rosamond obedeció. Al ir hacia él, con su vestido de muselina transparente y ligeramente coloreada, su figura esbelta, pero redondeada nunca había aparecido más airosa; cuando se sentó junto a él y reposó una mano sobre el brazo de la butaca, por fin mirándole a los ojos, su delicado cuello y su mejilla y sus labios bien perfilados nunca habían tenido una mayor proporción de esa inmaculada belleza que nos emociona en la primavera y en la infancia y en todo cuanto tiene un dulce frescor. Le emocionó a Lydgate en ese momento y mezcló los primeros momentos de su amor por ella con todos los otros recuerdos que afloraban en estos instantes de crisis. Puso suavemente su mano grande sobre la de su esposa y dijo:

-¡Mi amor! -con ese eco prolongado que el afecto confiere a las palabras. Rosamond también seguía bajo el influjo del mismo pasado y su marido seguía siendo en parte el Lydgate cuya aprobación la había deleitado. Le apartó con dulzura el pelo de la frente y poniendo su otra mano sobre la de él fue consciente de que le estaba perdonando-. Me veo obligado a decirte algo que te va a doler, Rosy. Pero hay cosas que los esposos deben decidir juntos. Me atrevería a afirmar que ya se te ha ocurrido que voy mal de dinero.

Lydgate hizo una pausa, pero Rosamond volvió la cabeza y miró un jarrón en la repisa de la chimenea.

-No pude pagar todo lo que tuvimos que comprar antes de casarnos y desde entonces ha habido gastos que he tenido que afrontar. El resultado es que en Brassing tengo una deuda importante, trescientas ochenta libras, que me lleva apremiando una buena temporada, y la verdad es que nos endeudamos cada vez más ya que la gente no me paga con mayor rapidez sólo porque otros quieran el dinero que les debo. No quise decírtelo mientras estuviste enferma, pero ahora debemos pensar en ello juntos, y tú debes ayudarme.

-¿Y qué puedo hacer yo, Tertius? -dijo Rosamond, volviendo de nuevo sus ojos sobre él. Ese pequeño párrafo de cinco palabras, como tantos otros en otras lenguas, puede expresar, mediante diversas inflexiones, todos los estados mentales, desde la total incomprensión hasta una absoluta percepción razonada, desde la solidaridad más abnegada hasta la neutralidad más distante. El hilo de voz con el que Rosamond pronunció «¿Y qué puedo hacer yo?» confirió a las palabras cuanta neutralidad podían contener. Cayeron como un frío mortal sobre la ternura reavivada de Lydgate. No bramó de ira, el corazón se le encogió demasiado. Y cuando volvió a hablar lo hizo en el tono de quien se está obligando a cumplir una tarea.

-Tienes que saberlo porque debo proporcionar una garantía durante un tiempo, y vendrá un hombre a hacer inventario de los muebles.

-¿No le has pedido dinero a papá? -dijo en cuanto fue capaz de hablar.

-No.

-¡Entonces tendré que hacerlo yo! -dijo, soltando las manos de Lydgate y levantándose para alejarse un poco.

-No, Rosy -dijo Lydgate en tono decisivo-. Es demasiado tarde para eso. El inventario comienza mañana. Recuerda que es sólo una garantía, no quiere decir nada: es algo temporal. Insisto en que tu padre no debe saberlo a no ser que yo crea pertinente decírselo -añadió Lydgate con aún mayor énfasis.

Fueron palabras duras, pero Rosamond le había empujado a temer lo que ella pudiera hacer en la línea de la desobediencia tenaz y silenciosa. Aquella dureza le pareció imperdonable: no estaba dada a las lágrimas y le desagradaba llorar, pero empezaron a temblarle los labios y la barbilla, y los ojos se le humedecieron. Tal vez no le fuera posible a Lydgate, presionado tanto por las dificultades materiales como por su altiva resistencia a consecuencias humillantes, imaginarse plenamente lo que esta prueba repentina suponía para una joven que sólo había conocido el mimo, y cuyos sueños habían consistido en nuevos caprichos, aún más cercanos a sus gustos. Pero Lydgate quería apenar lo menos posible a su mujer y sus lágrimas le llegaron al corazón. No pudo seguir hablando de inmediato; pero Rosamond dejó de llorar; intentó vencer su agitación y se secó las lágrimas, con la mirada aún fija en la repisa de la chimenea.

-Procura no entristecerte, cariño -dijo Lydgate, levantando los ojos hacia su esposa. El hecho de que Rosamond se hubiera alejado unos pasos en estos momentos de tribulación hacían que todo resultara más difícil de decir, pero Lydgate tenía que llegar al final-. Tenemos que prepararnos para hacer cuanto sea preciso. Yo tengo la culpa, debí haber visto que no podíamos mantener este tren de vida. Pero muchas cosas se han vuelto contra mí en la consulta y en estos momentos tengo pocos pacientes. Puede que la levante, pero entretanto debemos frenar un poco... debemos cambiar nuestro modo de vida. Sabremos capear el temporal. Cuando haya dado esta garantía tendré tiempo para reflexionar sobre la situación, y tú eres tan inteligente que si te aplicas a llevar la casa me enseñarás a tener más cuidado. He sido un irresponsable en cuanto a las cuentas..., pero ven, cariño, siéntate a mi lado y perdóname.

Lydgate bajaba la cabeza ante el yugo como una criatura con garras, pero también dotada de razón, lo que a menudo nos hace mansos. Cuando hubo proferido las últimas palabras en tono suplicante Rosamond volvió a sentarse junto a él. Que reconociera su culpa le daba esperanzas de que la escuchara y dijo:

-¿Por qué no posponemos el inventario? Puedes decirles a los hombres que se marchen cuando vengan mañana.

-No lo haré -dijo Lydgate, surgiendo en él de nuevo la imperiosidad. ¿Servía de algo explicarle a su mujer las cosas?

-Si nos fuéramos de Middlemarch, tendríamos que vender, y eso equivaldría a lo mismo.

-Pero es que no nos vamos a marchar de Middlemarch.

-Estoy convencida, Tertius de que sería lo mejor. Por qué no nos vamos a Londres? ¿O cerca de Durham, donde tu familia es conocida?

-No podemos ir a ningún sitio sin dinero, Rosamond.

-Tu familia no querría que te faltara dinero. Y seguro que a esos odiosos comerciantes se les podría hacer entrar en razón y esperar si les dieras las explicaciones adecuadas.

-Todo esto sobra, Rosamond -dijo Lydgate enfadado-. Debes aprender a aceptar mi criterio en asuntos que no comprendes. He hecho los arreglos convenientes y deben llevarse a cabo. En cuanto a mis familiares, no espero nada en absoluto de ellos y no les pediré nada.

Rosamond permaneció inmóvil. Su único pensamiento era que de haber sabido cómo se comportaría Lydgate, nunca se habría casado con él.

-No podemos perder tiempo, cariño, en palabras estériles -dijo Lydgate, intentando volver a recobrar la dulzura-. Hay algunos detalles que quisiera examinar contigo. Dover dice que está dispuesto a quedarse con buena parte de la cubertería, y las joyas que nos parezca. Se está portando estupendamente.

-¿Tendremos, pues, que prescindir de cucharas y tenedores? -dijo Rosamond cuyos labios parecían afilarse al son de sus palabras. Estaba decidida a no oponer más resistencia o hacer ninguna sugerencia más.

-¡Pues claro que no, cariño! -dijo Lydgate-. Mira -continuó, desdoblando un papel que sacó del bolsillo-, aquí está el recibo de Dover. Mira, he marcado una serie de artículos que, si los devolviéramos, rebajaríamos la cantidad que debemos en treinta libras o más. No he marcado ninguna joya -a Lydgate le amargaba especialmente el punto de las joyas, pero se había impuesto al sentimiento con firmes argumentos. No podía proponerle a Rosamond que devolviera ningún regalo suyo en concreto, pero se había dicho a sí mismo que tenía la obligación de exponerle a su mujer la oferta de Dover y quizá su impulso interior facilitaría la tarea.

-Es inútil que mire, Tertius -dijo Rosamond con mucha calma-, devolverás lo que te parezca -se negaba a mirar el papel y Lydgate, con el rostro sonrojado, lo retiró, descansándolo en su rodilla.

Mientras tanto, Rosamond salió en silencio de la habitación, dejando a Lydgate impotente y atónito. ¿Es que su esposa no iba a volver? Tenía la impresión de que no se hubiera identificado menos con él de ser criaturas de distintas especies e intereses encontrados. Sacudió la cabeza y hundió las manos en los bolsillos con una especie de revancha. Quedaba la ciencia... quedaban nobles objetivos por los que trabajar. Tenía que seguir luchando... tanto más, puesto que las demás satisfacciones se desvanecían.

Pero la puerta se abrió y Rosamond volvió a entrar. Llevaba la caja de cuero con las amatistas y una minúscula cestita de adorno que tenía otras cajitas en el interior, y, dejándolo todo sobre la silla que había ocupado, dijo, con absoluta corrección:

-Estas son cuantas joyas me has regalado. Puedes devolver las que te parezca, y te digo lo mismo de los cubiertos. Supongo que no esperarás que me quede en casa mañana. Me iré a la de mi padre.

Para muchas mujeres, la mirada que Lydgate le lanzó hubiera resultado más terrible que si se hubiera enfurecido: contenía la desesperada aceptación de la distancia que Rosamond estaba abriendo entre ellos.

-Y ¿cuándo volverás? -dijo, con acritud.

-Bueno, pues, al atardecer. Quede claro que no le diré nada a mamá -Rosamond estaba convencida de que ninguna mujer hubiera tenido un comportamiento más irreprochable, y fue a sentarse junto a su mesa de labor. Lydgate permaneció unos minutos meditando y el resultado fue que, con algo de la antigua ternura en su voz, dijo:

-Ahora que estamos casados, Rosy, no debieras abandonarme ante la primera dificultad que se nos presenta.

-Por supuesto que no -dijo Rosamond-; haré cuanto sea apropiado.

-No está bien que la cosa quede en manos del servicio o que yo tenga que explicárselo. Y además, mañana tendré que salir, no sé cuándo. Comprendo tu rechazo ante la humillación de estas cuestiones de dinero. Pero, mi querida Rosamond, como asunto de amor propio, que me afecta tanto como te pueda afectar a ti, ¿no será mejor que nos encarguemos nosotros personalmente y que los criados vean lo menos posible? Y, puesto que tú eres mi esposa, es imposible evitar tu cuota en mi deshonra... caso de existir.

Rosamond no respondió inmediatamente, pero por fin dijo:

-Está bien. Me quedaré en casa.

-No pienso tocar las joyas, Rosy. Llévatelas. Pero haré una lista de los cubiertos que podemos devolver y eso se puede empaquetar y mandar enseguida.

-Los criados se enterarán de eso -dijo Rosamond con un mínimo toque de sarcasmo.

-Bueno, habremos de encajar ciertas cosas desagradables como necesarias. ¿Dónde estará la tinta -dijo Lydgate, levantándose y dejando la lista encima de una mesa más grande sobre la que pensaba escribir.

Rosamond fue en busca del tintero, y tras dejarlo en la mesa, se disponía a marcharse cuando Lydgate, que estaba junto a ella, la rodeó con su brazo y atrayéndola hacia sí, dijo:

-Vamos, cariño, saquemos el mejor partido de las cosas. Espero que no tengamos que ser tacaños durante mucho tiempo. Dame un beso.

Hacía falta mucho para apagar su afectuosidad natural, y forma parte de la hombría de un marido el percibir que una joven inocente se ha metido en problemas por su culpa. Rosamond aceptó su beso y se lo devolvió débilmente, y así, por el momento se recuperó una apariencia de acuerdo mutuo. Pero Lydgate no podía por menos que temer las inevitables discusiones futuras sobre los gastos y la necesidad de un cambio absoluto en su forma de vivir.