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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 59.
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Decían los antiguos que el alma
Tenía forma humana, aunque más chica
Y mucho más sutil que el carnal cuerpo,
Y así vagabundeaba por los aires
Cuando le apetecía. ¡Mira pues!
Al lado de su cara de querube
Flota una forma pálida y aérea,
Que a ella le dicta sus sugerencias
En la menuda concha de su oído.

A menudo las noticias se extienden tan impensada y eficazmente como el polen que llevan las abejas (ajenas a la cantidad que acarrean cuando vuelan en busca de su néctar preferido). Esta buena comparación hace referencia a Fred Vincy quien aquel atardecer en la rectoría de Lowick escuchó una animada conversación entre las damas sobre las noticias que su vieja criada había recibido de Tantripp respecto de la extraña mención que el señor Casaubon hiciera del señor Ladislaw en un codicilo añadido a su testamento poco antes de morir. La señorita Winifred se quedó muy asombrada al descubrir que su hermano ya conocía el hecho y comentó que Camden era el hombre más maravilloso en cuanto a conocer cosas y no contarlas; y Mary Garth dijo que tal vez el codicilo se hubiera quedado confundido con los hábitos de las arañas, de las cuales la señorita Winifred jamás quería saber nada. La señora Farebrother opinó que la noticia tenía algo que ver con el hecho de que sólo hubieran visto al señor Ladislaw una vez en Lowick y la señorita Noble profirió varios maullidos compasivos.

Fred sabía poco y le importaba aún menos Ladislaw y los Casaubon, y no reparó en aquella conversación hasta que al visitar a Rosamond un día, a petición de la madre de ésta para que le llevara un recado de paso, vio salir a Ladislaw. Fred y Rosamond tenían poco que decirse desde que el matrimonio la alejara del choque con las molestias que suponen los hermanos, y sobre todo ahora que él se había decidido a dar el paso que ella consideraba necio e incluso reprochable de renunciar a la Iglesia y dedicarse a una profesión como la del señor Garth. Así pues, Fred prefería hablar de lo que él consideraba noticias sin importancia y, «a propósito del joven Ladislaw» mencionó lo que oyera en la rectoría.

Lydgate, al igual que el señor Farebrother, sabía mucho más de lo que contaba y una vez que empezó a pensar en la relación entre Will y Dorothea, sus conjeturas rebasaron los hechos. Imaginó que existía un mutuo y apasionado afecto y esto se le antojó como demasiado serio como para airearlo. Recordó la irritabilidad de Will cuando le habló de la señora Casaubon y se volvió más circunspecto. En general, sus deducciones, unidas a los hechos que conocía, aumentaron su amistad y su tolerancia hacia Ladislaw, y le hicieron comprender las dudas que aún le retenían en Middlemarch tras haber anunciado su partida. Era sintomático de la distancia entre las mentes de Lydgate y Rosamond el que el médico no se hubiera sentido impulsado a hablar de ello con su mujer, lo cierto era que desconfiaba un tanto de sus reticencias con Will. Y en ese punto tenía razón, aunque no conociera la forma en la que la mente de su mujer la induciría a hablar.

Cuando ella le repitió las noticias de Fred, Lydgate dijo: -Ten cuidado de no hacerle a Ladislaw ni la menor insinuación, Rosy. Es probable que se enfureciera como si le hubieras insultado. Es un asunto muy penoso.

Rosamond giró un poco el cuello y se tocó el pelo, dando la imagen de la más plácida indiferencia. Pero la siguiente vez que llegó Will en ausencia de Lydgate, ironizó acerca de que no se había marchado a Londres como amenazara.

-Lo sé todo. Tengo un pajarillo confidente -dijo, dejando ver su hermosa cabeza por encima de la labor que sostenía en alto entre unos activos dedos-. Hay un poderoso imán en el vecindario.

-Por supuesto. Nadie lo sabe mejor que usted -dijo Will con ágil galantería, pero interiormente disponiéndose a enfadarse.

-Es verdaderamente un romance encantador, el señor Casaubon celoso y previendo que no habría nadie más con quien la señora Casaubon prefiriera casarse, y nadie a quien le gustara tanto casarse con ella como cierto caballero, y a continuación urdiendo un plan para estropearlo todo obligándola a ella a renunciar a sus propiedades si llegara a casarse con ese caballero... y luego... y luego..., no tengo ninguna duda de que el final será totalmente romántico.

-¡Santo cielo! ¿Qué está usted diciendo? -dijo Will ruborizándose hastas las orejas, y mudándosele las facciones como si hubiera recibido una violenta sacudida-. No bromee; dígame lo que quiere decir.

-¿Es que de verdad no lo sabe? -dijo Rosamond dejando a un lado el tono juguetón y con el único deseo de contar todo para ver los efectos.

-¡No! -contestó él con impaciencia.

-¿Desconoce que el señor Casaubon ha dejado escrito en testamento que si la señora Casaubon se casa con usted deberá renunciar a todos sus bienes?

-¿Cómo sabe que es cierto? -preguntó Will con interés.

-Mi hermano Fred lo oyó en casa de los Farebrother. Will se levantó de la silla y cogió el sombrero.

-Me atrevería a afirmar que le gusta usted más que sus bienes -dijo Rosamond mirándole desde lejos.

-Le ruego no diga nada más -dijo Will con un ronco susurro muy distinto de su tono habitualmente ligero-. Es un detestable insulto hacia ella y hacia mí -se sentó con aire ausente, mirando al frente sin ver nada.

-Ahora se ha enojado usted conmigo -dijo Rosamond-. Eso no es justo. Debería estarme agradecido por decírselo.

-Y lo estoy -dijo Will bruscamente, hablando con esa especie de doble alma propia de los soñadores que responden a preguntas.

-Espero oír hablar de boda -dijo Rosamond juguetonamente.

-¡Jamás! ¡Jamás oirá hablar de esa boda!

Con esas palabras impetuosas Will se levantó, extendió la mano a Rosamond, con el mismo aire sonámbulo y salió de la habitación.

Cuando se hubo marchado, Rosamond abandonó su silla y caminó hasta el extremo opuesto de la habitación, apoyándose allí en una cómoda y mirando por la ventana con aire cansino. Se sentía apremiada por el aburrimiento y por esa insatisfacción que en las mentes de las mujeres se torna continuamente en celos triviales, que no tienen fundamentos, que no procede de pasiones más profundas que las vagas exigencias del egoísmo, y sin embargo es capaz de impulsar tanto acción como palabras. «Realmente hay poco que merezca la pena», se dijo Rosamond a sí misma, pensando en la familia de Quallingham, que no escribía, y que tal vez Tertius, cuando llegara a casa, la incordiara con los gastos. En secreto ya le había desobedecido pidiéndole ayuda a su padre, quien había concluido la conversación diciendo: «Es harto probable que sea yo el que precise de ayuda.»