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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 60.
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Las frases buenas son, y siempre han sido, dignas de elogio.
JUEZ SHALLOW (1)

Pocos días después -era finales de agosto- hubo un acontecimiento que produjo cierta conmoción en Middlemarch: el público, si lo deseaba, iba a tener la oportunidad de comprar, bajo los distinguidos auspicios del señor Borthrop Trumbull, el mobiliario, los libros, y los cuadros, que según constaba en los catálogos eran los mejores de su especie, pertenecientes al señor Edwin Larcher. No era ésta una de las subastas indicadoras de la crisis del comercio: al contrario, obedecía al enorme éxito obtenido por el señor Larcher en los negocios de transportes, que le permitía la adquisición de una mansión cerca de Riverston, ya amueblada con gran lujo por un ilustre médico de un balneario en cuyo comedor colgaba tal montonera de costosos cuadros de desnudeces que la señora Larcher no se calmó hasta descubrir que representaban motivos bíblicos. De aquí esta magnífica oportunidad para los compradores que tan bien describían los catálogos del señor Borthrop Trumbull, cuya familiaridad con la historia del arte le permitía afirmar que el mobiliario del vestíbulo, que salía a subasta sin un precio mínimo, incluía una talla de un contemporáneo de Gibbons.

(1) Personaje de las obras de Shakespeare Enrique IV, segunda parte, y Las alegres comadres de Windsor

En el Middlemarch de entonces una subasta era algo así como un festejo. Se ponía una mesa con las mejores viandas frías, como en un funeral de primera; asimismo se ofrecían facilidades para el ingerimiento generoso de bebidas euforizantes que pudiera propiciar la alegre puja por objetos indeseados. La subasta del señor Larcher resultaba aún más atractiva con el buen tiempo, dado que la casa se alzaba justo en el límite de la ciudad, con jardín y establos anexos, en la agradable salida de Middlemarch denominada la carretera de Londres, que también era el camino que conducía al hospital nuevo y a The Shrubs, la apartada residencia del señor Bulstrode. En resumen, la subasta era casi una feria, y atraía a todas las clases sociales que disponían de tiempo, y para algunos, que se arriesgaban a pujar simplemente por elevar los precios, era casi como apostar en las carreras. El segundo día, cuando iban a salir los mejores muebles, «todo el mundo» estaba allí; incluso el señor Thesiger, el rector de St. Peter, se había pasado por allí, deseoso de comprar la mesa tallada, y estuvo codo con codo con el señor Bambridge y el señor Horrock. Un grupo de damas de Middlemarch se había sentado en torno a la amplia mesa del comedor, donde estaba instalado el señor Borthrop Trumbull, con escritorio y martillo; pero las filas posteriores, llenas en su mayor parte de rostros masculinos, variaban a menudo con las entradas y salidas que se efectuaban tanto por la puerta como por el amplio ventanal que daba al césped.

«Todo el mundo» aquel día no incluía al señor Bulstrode, cuya salud soportaba mal la muchedumbre y las corrientes. Pero la señora Bulstrode tenía especial interés por un cuadro, una Cena de Emaús atribuida en el catálogo a Guido2, y en el último momento, el día anterior a la subasta, el señor Bulstrode había ido a las oficinas del Pioneer, del cual era ahora uno de los dueños, para pedirle al señor Ladislaw el enorme favor de que aplicara su gran conocimiento de cuadros en favor de la señora Bulstrode y juzgara el valor de éste en particular «siempre y cuando», añadió el banquero escrupulosamente educado, «la asistencia a la subasta no interfiera

2 Probablemente Guido Reni, pintor italiano de finales del siglo XVI.

con sus planes de marcharse, lo que tengo entendido piensa hacer en breve».

Aquella salvedad pudiera haberle sonado a sátira de haber estado Will de humor para sarcasmos. Se refería a un acuerdo con los propietarios del periódico varias semanas atrás por mor del cual tenía la libertad de traspasarle la administración, en cuanto quisiera, al subdirector que había estado formando, puesto que finalmente había decidido abandonar Middlemarch. Pero las vagas imágenes acerca de las aspiraciones son débiles al lado de la comodidad de hacer lo que es costumbre o agradable, y todos conocemos la dificultad de cumplir una resolución cuando íntimamente deseamos que resulte ser innecesaria. En estados mentales como éste, las personas más incrédulas tienden al milagro: es imposible concebir cómo podrían cumplirse nuestros deseos, pero... ¡han sucedido cosas maravillosas! Will no se confesaba a sí mismo esta debilidad, pero remoloneaba. ¿De que servía partir hacia Londres en esa época del año? Los antiguos alumnos de Rugby; que podrían recordarle no se hallarían allí, y respecto a escribir de política, prefería seguir con el Pioneer durante unas semanas. Sin embargo, en este momento, mientras el señor Bulstrode hablaba con él, estaba tan decidido a marcharse como a no hacerlo hasta no haber visto una vez más a Dorothea. Por lo tanto, respondió que tenía motivos para retrasar su ida un poco y estaría encantado de asistir a la subasta.

Will se encontraba en ánimo desafiante, consciente de que cuantos le vieran probablemente conocieran un hecho equivalente a una acusación: ser un individuo de abyectos propósitos que se iban a ver frustrados por un codicilo que distribuía unos bienes. Como muchas personas que defienden su libertad contra clasificaciones convencionales, estaba preparado para una pronta y rápida pelea con cualquiera que insinuara que tenía motivos personales para defender esa postura; que había algo en su sangre, en su comportamiento o en su carácter que él encubría con la máscara de una opinión. Cuando se encontraba preso de esta irritante impresión, solía tener durante días un gesto desafiante, mudado el color de su prestigioso internado inglés.

En la subasta acusaba especialmente esta expresión, y quienes sólo le conocían en estados de ánimo ligeramente excéntricos o de radiante alegría se hubieran sorprendido del contraste. No lamentó tener esta oportunidad de aparecer en público ante las tribus de Middlemarch: los Toller, los Hackbutt y demás, que le despreciaban por aventurero, y se encontraban en un estado de brutal ignorancia respecto a Dante, que se reían de su sangre polaca y pertenecían a una raza harto necesitada de cruces de sangre. Se colocó en un lugar conspicuo no lejos del subastador, con un dedo en cada bolsillo y la cabeza echada hacia atrás, sin ganas de hablar con nadie, aunque el señor Trumbull, que disfrutaba enormemente ejercitando al máximo sus grandes facultades, le había saludado cordialmente como a un experto.

Y sin duda, entre quienes su vocación les exige el empleo de su capacidad de oratoria, el más feliz es un próspero subastador de provincias, consciente de sus propios chistes y su conocimiento enciclopédico. Algunas personas saturninas y agrias tal vez se opongan a la necesidad de insistir constantemente sobre los méritos de cada uno de los artículos, desde un sacabotas hasta un cuadro de Berghem4, pero por las venas del señor Borthrop Trumbull corría un líquido amable; era un entusiasta por naturaleza, y le hubiera gustado tener el universo bajo su maza, convencido de que obtendría una cifra más elevada gracias a sus recomendaciones.

Entretanto, el mobiliario del salón de la señora Larcher le bastaba. Cuando Will Ladislaw entró, un segundo guardafuegos, supuestamente olvidado entre el lote que le correspondía, atrajo el entusiasmo repentino del subastador, entusiasmo que repartió aplicando el equitativo principio de alabar más los artículos que más lo necesitaban. El guardafuegos era de acero bruñido, con mucho calado de lancetas y bordes afilados.

4 C. P. Berghem (1620-83), paisajista holandés.

-Y ahora, señoras -dijo-, me dirijo a ustedes. Aquí tenemos un guardafuegos que en cualquier otra subasta saldría con un precio mínimo, por ser, permítanme decirlo, dado la calidad del acero y lo especial del diseño, algo -aquí el señor Trumbull bajó la voz, nasalizó el tono y se atusó la raíz del pelo con el dedo izquierdo- que quizá no encaje con los gustos corrientes. Permítanme decirles que con el tiempo, este tipo de trabajo artesanal será el único de moda... ¿dijo media corona?, gracias... media corona por este guardafuegos tan especial; y tengo información particular de que este estilo antiguo es muy apreciado en las altas esferas. Tres chelines... tres y medio ¡levántalo bien, Joseph! Observen, señoras, la nitidez del diseño... no me cabe la menor duda de que es del siglo pasado! ¿Cuatro chelines, señor Mawmsey?... cuatro chelines.

-No es algo que yo pusiera en mi salón -dijo bien alto la señora Mawmsey para advertencia del osado esposo-. Me sorprende la señora Larcher. Cada vez que un pobre crío se dé contra él se abrirá la cabeza. Tiene los bordes como un cuchillo.

-Cierto -dijo el señor Trumbull prestamente-, y bien útil que es tener a mano un guardafuegos que corte si tiene usted un cordón o una cuerda que haya que cortar y no dis-ponga del cuchillo: muchos hombres se han quedado colgando por falta de un cuchillo para cortar la cuerda. Señores, he aquí un guardafuegos que, si tuvieran la desgracia de colgarse, les libraría en un pis pas... con asombrosa rapidez... cuatro con seis... cinco... cinco con seis... algo muy apropiado para un cuarto de huéspedes donde hubiera una cama de cuatro columnas y un invitado algo trastornado... seis chelines... gracias señor Clintup... seis chelines... seis chelines... ¡adjudicado! -y aquí, la mirada del subastador que había ido escudriñando con sensibilidad preternatural cualquier indicio de oferta, descansó sobre el papel que tenía delante y su voz también adquirió un tono de trámite indiferente al decir-: señor Clintup. Ayúdale, Joseph.

-Merecía la pena seis chelines por tener un guardafuegos que te de pie a ese chiste -dijo el señor Clintup, riéndose y como disculpándose con su vecino. Era un hombre desconfiado, aunque distinguido, dueño de un vivero, y temía que el público pudiera considerar ridícula su oferta.

Mientras tanto, Joseph había aparecido con una bandeja llena de pequeños objetos.

-Y ahora, señoras -dijo el señor Trumbull cogiendo uno de los artículos-, esta bandeja contiene un lote refinadísimo... una colección de menudencias para la mesa del salón... y las menudencias conforman las cosas humanas... nada más importante que las menudencias... (sí, señor Ladislaw, a la larga sí)..., pero Joseph, pasa la bandeja... estas joyas las tienen que examinar, señoras. Esto que tengo en la mano es un ingenioso artilugio... una especie de jeroglífico práctico podríamos llamarlo: vean, así parece una elegante caja portátil, de bolsillo, en forma de corazón; y ahora lo hemos transformado en una doble flor espléndida... un adorno para la mesa; y aquí -el señor Trumbull dejó que la flor se desmantelara de forma alarmante en sartas de pétalos con forma de corazón- ¡un libro de acertijos! Lo menos quinientos de ellos, impresos en un magnífico color rojo. Señores, si tuviera una conciencia menos escrupulosa, no quisiera que pujaran mucho por este lote, me gustaría quedármelo yo. ¿Qué mejor que un buen acertijo para provocar la alegría inocente, incluso la virtud diría yo?... evita el lenguaje profano y propicia la amistad con mujeres refinadas. Este ingenioso objeto por sí mismo, incluso sin el anexo del dominó y la cesta para cartas, etcétera, debería subir el precio del lote. Llevado en el bolsillo le abriría las puertas a cualquiera en cualquier reunión social. ¿Cuatro chelines, señor? Cuatro chelines por esta asombrosa colección de acertijos y todo lo demás. Un ejemplo: «Verde por fuera, blanca por dentro, si quieres que te lo diga espera.» ¿Respuesta?, la pera, ¿lo entienden?, espera. Es pera. Es una diversión que agudiza el entendimiento; tiene su miga, tiene lo que llamamos sátira e inventiva sin indecencia. Cuatro con seis... cinco chelines.

Las pujas se sucedieron con creciente competencia. El se.ñor Bowyer era un pujador nato y resultaba exasperante. Bowyer no podía permitirse el lujo de comprarlo y sólo quería impedir que otros destacaran. La corriente arrastró incluso al señor Horrock, pero aquel comprometerse se produjo con tan leve sacrificio de su expresión neutral, que la puja podría no haberle sido atribuida a él de no ser por las amistosas increpancias del señor Bambridge, que quería saber qué iba a hacer Horrock con las malditas cosas, sólo aptas para merceros en ese estado de perdición que el tratante de caballos delectaba con cordialidad en la mayoría de las existencias humanas. El lote se le adjudicó por fin al señor Spilkins, un joven mentecato de la zona, un cabeza loca con el dinero y consciente de su corta memoria para los acertijos.

-Vamos, Trumbull esto es demasiado... ya ha metido suficientes chucherías de solterona -murmuró el señor Toller, acercándose al subastador-. Me interesa saber cómo van los grabados y tengo que irme pronto.

-Ahora mismo, señor Toller. Sólo era un acto de compasión que su noble corazón aprobará. ¡Joseph! Venga los grabados, lote doscientos treinta y cinco. Y ahora caballeros, ustedes que son unos entendidos, van a poder disfrutar. He aquí un grabado del duque de Welfngton rodeado de sus oficiales en el campo de Waterloo: y, pese a los acontecimientos recientes que han enturbiado, por así decirlo, la fama de nuestro gran héroe, me atreveré a decir, porque un hombre de mi profesión no debe dejarse influir por los vientos de la política, que el entendimiento humano apenas puede concebir... dentro del orden moderno, perteneciente a nuestra propia época... tema más noble que éste: tal vez los ángeles lo concebirían, pero los hombres no; señores, los hombres no.

-¿Quién lo ha pintado? -preguntó el señor Powderell muy impresionado.

-Es una primera prueba, señor Powderell, y... se desconoce el pintor -respondió el señor Trumbull, ahogándose un poco con las últimas palabras, tras las cuales frunció los labios y miró a su alrededor.

-¡Una libra! -dijo el señor Powderell, en tono de contenida emoción, como quien está dispuesto a lanzarse al ruedo. Bien por temor, bien por compasión, nadie pujó más.

A continuación salieron dos grabados holandeses que el señor Toller esperaba con impaciencia y tras adquirirlos se marchó. Otros grabados y después algunos cuadros se vendieron a eminentes personas de Middlemarch que habían venido directamente por ellos, y se produjo una mayor actividad del público que entraba y salía: salían los que habían adquirido lo que querían y entraban otros, algunos de nuevas, algunos regresaban tras una breve visita a las viandas que se encontraban bajo los toldos dispuestos en el césped. Eran estos toldos los que el señor Bambridge estaba empeñado en comprar y parecía que le gustaba visitarlos con frecuencia, como anticipando su posesión. La última vez que regresó a la subasta vino con un nuevo acompañante, un desconocido para el señor Trumbull y para todos los demás, cuyo aspecto, no obstante, les indujo a suponer que sería un pariente del tratante de caballos, también dado a «la extravagancia». Sus grandes patillas, andares contoneantes y basculación de piernas le convertían en una figura chocante: pero su traje negro, bastante raído por los bordes, produjo la perjudicial deducción de que no se podía permitir tanta extravagancia como quisiera.

-¿A quién has recogido, Bam? -dijo el señor Horrock en voz baja.

-Pregúntele usted mismo -respondió el señor Bambridge-. Dice que acaba de llegar.

El señor Horrock observó al desconocido que se apoyaba en su bastón con una mano, usaba un mondadientes con la otra, y miraba a su alrededor con cierta inquietud, al parecer por el silencio que le imponían las circunstancias.

Por fin, vino la Cena de Emaús, para alivio de Will que se estaba cansando tanto de aquellos trámites que se había retirado un poco y se apoyaba en la pared justo detrás del subastador. Ahora se adelantó de nuevo y vio al conspicuo desconocido, quien ante su sorpresa, le miraba fijamente. Pero el señor Trumbull reclamó la atención de Will.

-Sí, señor Ladislaw, sí; esto le interesa a usted, creo, como entendido que es. Es un gran placer -continuó el subastador con creciente entusiasmo-, poderles mostrar a ustedes señoras y señores un cuadro como éste... un cuadro merecedor de cualquier suma para alguien cuyos medios estuvieran a razón de su criterio. Es un cuadro de la escuela italiana... del célebre Guydo, el pintor más grande del mundo, el mejor de los antiguos maestros, como se les llama... supongo que será porque conocían una cosa o dos más que la mayoría de nosotros... poseedores de secretos perdidos ahora para el grueso de la humanidad. Permítanme que les diga, caballeros, que he visto un sinfín de cuadros de los antiguos maestros y no llegan ni de lejos a la calidad de éste... algunos son más sombríos de lo que se quisiera y de temas poco adecuados para una familia. Pero aquí tenemos un Guydo... el marco sólo ya vale varias libras... que cualquier dama se sentiría orgullosa de colgar... algo adecuado para lo que denominamos el refectorio de una institución caritativa, si algún caballero de la corporación deseara demostrar su munificencia. ¿Que lo gire un poco, caballero? Sí; Joseph, vuélvelo un poco hacia el señor Ladislaw... observarán que el señor Ladislaw, que ha estado en el extranjero, valora estas cosas.

Todas las miradas se posaron durante un minuto sobre Will, que dijo con temple:

-Cinco libras.

El subastador profirió diversas recriminaciones.

-¡Ah! ¡Señor Ladislaw! Si el marco sólo ya las vale. Señoras y señores, ¡por el prestigio de esta ciudad! Supongan que se descubriera con el tiempo que hemos tenido entre nosotros una joya del arte y nadie en Middlemarch lo había advertido. Cinco guineas... cinco libras con siete chelines y seis peniques, cinco libras diez. ¡Suban, señoras, suban! Es una joya, y «tantas joyas» como dice el poeta se han comprado por un precio simbólico porque el público no estaba informado..., porque se ofrecieron en círculos donde existía... iba a decir pocos sentimientos, pero ¡no!... Seis libras... seis guineas... un Guydo de primer orden por seis guineas... es un insulto a la religión, señoras... Nos conmueve a todos como cristianos, señores, que un tema como éste obtenga un precio tan bajo... seis libras diez... siete...

La puja iba rápida y Will continuó participando en ella recordando que la señora Bulstrode tenía un gran interés en el cuadro, y pensando que podía llegar hasta las doce libras. Pero le bastaron diez guineas, tras lo cual se dirigió hacia el ventanal y salió. Se encaminó hacia los toldos para procurarse un vaso de agua, pues tenía sed y calor. No había nadie y le pidió a la mujer que atendía que le trajera un poco de agua fresca; pero antes de que ésta se hubiera ido a buscarla, le molestó ver que entraba el llamativo desconocido que le mirara anteriormente. Se le antojó a Will en ese momento que el hombre podría ser uno de esos parásitos políticos del tipo abotargado que en un par de ocasiones habían dicho conocerle, puesto que le habían oído hablar sobre el tema de la reforma, y que tal vez pensaría sacarle un chelín a cambio de alguna noticia. A la luz de este pensamiento, aquella persona, que ya de por sí daba calor de ver en un día de verano, resultaba aún más desagradable y Will, medio sentado sobre el brazo de una silla de jardín, desvió la mirada cuidadosamente. Pero esto no perturbó a nuestro señor Raffles, que no sentía el menor reparo en dirigirse a los demás si le convenía hacerio. Dio uno o dos pasos hasta colocarse delante de Will y dijo aceleradamente:

-Disculpe, señor Ladislaw... ¿su madre se llamaba Sarah Dunkirk?

Will, poniéndose en pie, dio un paso atrás y frunciendo el ceño dijo con cierta fiereza:

-Sí, señor, así se llamaba. ¿Y eso a usted qué le importa?

Era el carácter de Will que el primer chispazo que lanzaba fuera una respuesta directa a la pregunta y un desafío de las consecuencias. Haber dicho en primer lugar «¿Y eso a usted qué le importa?» hubiera parecido como si escurriera el bulto... ¡como si a él le importara lo que se conociera acerca de sus orígenes!

Por su parte, Raffles no tenía el mismo interés en el enfrentamiento que parecía desprenderse del aire amenazante de Ladislaw. El joven esbelto de tez delicada parecía un gato montés dispuesto a abalanzarse sobre él. En tales circunstancias, el placer que sentía el señor Raffles molestando a los demás se veía frenado.

-¡No era mi intención ofenderle! Es sólo que me acuerdo de su madre... la conocí de pequeña. Pero es a su padre a quien se parece usted. También tuve el placer de conocerle a él. ¿Siguen vivos, señor Ladislaw?

-¡No! -tronó Will, con la misma actitud de antes.

-Me gustaría poder serle de utilidad, señor Ladislaw, ¡vaya que sí me gustaría! Espero que nos volvamos a ver. Y aquí, Raffles, que se había quitado el sombrero mientras pronunciaba las últimas palabras, se dio la vuelta basculando las piernas y se alejó. Will le siguió con la mirada y vio que no regresaba a la sala de la subasta sino que parecía dirigirse hacia la carretera. Por un momento pensó que había sido un necio por no dejar que aquel hombre continuara hablando, ¡pero no!, en general prefería prescindir de conocimientos de ese tipo.

Sin embargo, a última hora de la tarde, Raffles lo alcanzó por la calle y pareciendo haber olvidado la agresividad con que Will le acogiera, o intentando resarcirse de ella con una indulgente familiaridad, le saludó alegremente y caminó a su lado, comentando en un principio sobre lo agradable de la ciudad y la zona. Will sospechó al principio que el hombre habría estado bebiendo y cavilaba sobre cómo quitárselo de encima, cuando Raffles dijo:

-Yo también he estado en el extranjero, señor Ladislaw... he visto mundo... llegué a hablar un poco de franchute. Fue en Boulogne donde vi a su padre... ¡tiene usted un increíble parecido con él, demonios!... la boca, la nariz... los ojos... el pelo echado hacia atrás igual que él... un poco al estilo extranjero. Los ingleses no suelen llevarlo así. Pero su padre estaba muy enfermo cuando le vi. ¡Dios mío! Tenía unas manos transparentes. Era usted un pipiolo entonces. ¿Se recuperó su padre?

-No -dijo Will secamente.

-¡En fin! A menudo me he preguntado lo que habría sido de su madre. Se escapó de casa cuando era una jovencita... una joven altiva, y ¡muy bonita, sí señor! Sé por qué se escapó -dijo Raffles, guiñando el ojo calmosamente mientras miraba a Will de soslayo.

-No sabe nada deshonroso de ella, señor mío -dijo Will encarándose a él con fiereza. Pero en este momento el señor Raffles no estaba receptivo a los matices de actitud.

-¡En absoluto! -respondió con un gesto decisivo de la cabeza-. Era un poco demasiado noble para que le gustara su familia... ¡eso era! -y Raffles volvió a guiñar el ojo lentamente-. ¡Válgame Dios! Yo conocía un poco a la familia... estaban un poco en la línea de lo que se puede llamar el robo respetable... peristas de estilo... nada chapucero ni cutre... todo de primera. Una tienda elegante, buenos beneficios y nada de errores. ¡Pero cielos! Sarah no sabría nada de todo aquello... era una joven despampanante... buenos internados... digna de ser la esposa de un lord.... pero Archie Duncan se lo contó todo por despecho, porque no quiso saber nada de él. Así que se escapó de casa. Yo viajaba para ellos, como un caballero... me daban un buen sueldo. Al principio no les importó que se marchara de casa... era gente muy religiosa, muy religiosa... y ella quería dedicarse al teatro. El hijo estaba vivo entonces y a la hija la ignoraban. ¡Hombre! Ya estamos en el Toro Azul. ¿Qué me dice, señor Ladislaw? ¿Entramos a echarnos un trago?

-No, debo despedirme -dijo Will, precipitándose hacia un callejón que daba a Lowick Gate y casi que corriendo para alejarse de Raffles.

Caminó largo rato por la carretera de Lowick, agradeciendo la estrellada oscuridad cuando cayó la noche. Se sentía como si le hubieran llenado de basura entre gritos de desprecio. Una cosa confirmaba las palabras de aquel individuo: su madre nunca había querido decirle los motivos que la hicieran escaparse de su casa.

¡Muy bien! ¿En qué salía él, Will Ladislaw, perjudicado suponiendo que la verdad sobre su familia fuera la más fea? Su madre se había enfrentado a penalidades para alejarse de ella. Pero si los familiares de Dorothea hubieran conocido esta historia... si la supieran los Chettam... podrían reforzar sus sospechas, tendrían una buena razón para creerle indigno de acercarse a Dorothea. Pero... que sospecharan lo que quisieran, terminarían sabiéndose equivocados. Descubrirían que la sangre que corría por las venas de Will estaba tan libre como la suya de vileza.