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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 63.
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Estas pequeñeces son mucho para el hombre pequeño.
(GOLDSMITH.)

¿A visto usted mucho últimamente a Lydgate, su fénix científico? -dijo el señor Toller al señor Farebrother, que estaba a su derecha en una de sus cenas de Navidad.

-Siento tener que decir que no mucho -contestó el vicario, acostumbrado a parar las bromas del señor Toller acerca de su opinión sobre las nuevas luces de la medicina-. Vivo un poco lejos y él está demasiado ocupado.

-¿De veras? Me alegro de saberlo -dijo el doctor Minchin con una mezcla de amabilidad y sorpresa.

-Le dedica mucho tiempo al hospital nuevo -dijo el señor Farebrother, que tenía sus razones para proseguir el tema-; lo sé por mi vecina, la señora Casaubon que va allí a menudo. Dice que Lydgate es incansable y está convirtiendo la institución de Bulstrode en algo bueno. Está preparando una nueva sala por si el cólera llega hasta aquí.

-Y supongo que también estará preparando nuevas teorías sobre cómo tratar a los pacientes para poderlas ensayar -dijo el señor Toller.

-Vamos, Toller, sea usted sincero -dijo el señor Farebrother-. Es usted demasiado inteligente como para no ver lo positivo de una mente audaz y fresca en la medicina, así como en todo lo demás; y en cuanto al cólera, me imagino que ninguno de ustedes debe estar muy seguro de lo que hay que hacer. Si un hombre va demasiado lejos por un camino nuevo, suele dañarse más a sí mismo que a otros. -Estoy seguro de que usted y Wrench deberían estarle agradecido -dijo el doctor Minchin mirando a Toller-, pues les ha enviado la flor y nata de los pacientes de Peacock.

-Lydgate lleva un ritmo de vida muy alto para ser un joven principiante -dijo el señor Harry Toller, el cervecero-. Supongo que tiene el respaldo de sus parientes del norte.

-Eso espero -dijo el señor Chichely-, de lo contrario no se debería haber casado con esa jovencita tan agradable de la que estábamos todos tan prendados. ¡Caray! se le coge manía al hombre que se hace con la joven más hermosa de la ciudad.

-¡Vaya que sí! y la mejor también -dijo el señor Standish.

-A mi amigo Vincy no le gustó demasiado esa boda, eso lo sé bien -dijo el señor Chichely-. Él no haría mucho por ellos. Lo que no sé es cómo habrán respondido los familiares del otro lado -había una recalcada reticencia en su forma de hablar.

-Bueno, yo diría que Lydgate no contó nunca con su clientela para ganarse la vida -dijo el señor Toller, con ligero sarcasmo, y ahí se cerró el tema.

No era ésta la primera vez que el señor Farebrother oía insinuaciones de este tipo respecto de que los gastos de Lydgate eran a todas luces demasiado elevados como para poderlos afrontar con la consulta, pero pensó que no era improbable que hubiera recursos o expectativas que disculparan el gran despliegue con motivo de su boda y que impidieran las nocivas consecuencias de una clientela exigua. Una noche, cuando se tomó la molestia de ir a Middlemarch para charlar con Lydgate como antaño, observó en él un aire de agitado esfuerzo muy diferente de su relajado modo habitual de guardar silencio o de romperlo bruscamente cuando tenía algo que decir. Lydgate habló incansablemente cuando se hallaban en su despacho, exponiendo argumentos en pro y en contra de la probabilidad de determinadas hipótesis biológicas: pero no aportó ni verbal ni experimentalmente esas cosas concretas que constituyen los mojones de una investigación paciente y sostenida, y que él mismo solía considerar imprescindibles, diciendo que «en toda investigación tiene que haber un sístole y un diástole», y que «la mente de un hombre debe estar en una continua expansión y contracción entre todo el horizonte humano y el horizonte del objetivo de un microscopio». Esa noche parecía estar hablando extensamente sin más motivo que el de evitar referencias personales, y al poco rato se dirigieron al salón donde Lydgate, tras pedirle a Rosamond que tocara para ellos, se hundió en su butaca con una luz extraña en los ojos. «Tal vez haya estado tomando algún opiato», fue el pensamiento que cruzó la mente del señor Farebrother..., «una neuralgia facial... o preocupaciones médicas».

No se le había ocurrido que el matrimonio de Lydgate no fuera maravilloso: creía, como todo el mundo, que Rosamond era una criatura amable y dócil si bien siempre la había considerado poco interesante... demasiado ajustada al modelo perfecto resultado de un internado para señoritas; y la señora Farebrother no perdonaba a Rosamond porque parecía obviar siempre la presencia de Henrietta Noble. «De todos modos, Lydgate se enamoró de ella», se dijo el vicario, «debe ser de su gusto».

El señor Farebrother sabía bien que Lydgate era hombre orgulloso, pero como poseía poca fibra de esa clase, y tal vez demasiada poca preocupación por la dignidad personal, salvo la de no ser mezquino o necio, difícilmente podía comprender la manera en que Lydgate rehuía como si le quemara, cualquier referencia a sus asuntos privados. Y poco después de aquella conversación en casa del señor Toller, el vicario conoció algo que le hizo estar más atento a una oportunidad para comunicarle a Lydgate indirectamente que si quería sincerarse sobre sus dificultades, un oído amigo estaba presto a escucharle.

La oportunidad se presentó en casa de los Vincy, donde el día de Año Nuevo se celebraba una fiesta a la que el señor Farebrother se vio obligado a asistir ante la suplica de que no debía abandonar a sus amigos el primer Año Nuevo de hombre importante, de rector además de vicario. Y esta fiesta resultó del todo acogedora: todas las damas de la familia Farebrother estaban presentes; todos los hijos de los Vincy cenaron en la mesa y Fred había convencido a su madre de que si no invitaba a Mary Garth, los Farebrother se lo tomarían como una ofensa personal, si bien el gozo en el triunfo de que su madre comprobara la importancia de Mary entre los principales invitados a la fiesta se vio muy teñido de celos cuando el señor Farebrother se sentó junto a ella. Fred solía estar mucho más tranquilo respecto de sus propias cualidades en los días en que aún no temía quedar desplazado por Farebrother y ese miedo aún no se había disipado. La señora Vincy, pletórica de esplendor matronil, contemplaba la figura pequeña de Mary, pelo áspero y rizado, y rostro carente de lirios y rosa y se admiraba, inútilmente, intentando imaginarse a sí misma preocupándose por el aspecto de Mary vestida de novia o complaciéndose en unos nietos «réplicas» de los Garth. De todos modos la fiesta fue muy alegre y Mary estuvo particularmente brillante y contenta por Fred de que su familia se fuera ablandando con ella y dispuesta también a que vieran cuánto la apreciaban quienes evidentemente debían ser los jueces.

El señor Farebrother observó que Lydgate parecía estar aburrido y que el señor Vincy habló lo indispensable con su yerno. Rosamond estuvo encantadora y serena y sólo una sutil observación, que ella no había suscitado en el vicario, hubiera delatado la total ausencia de interés por la presencia de su marido que una mujer amante siempre revela, aún cuando el protocolo la mantiene apartada de él. Cuando Lydgate tomaba parte en la conversación no le dirigía la mirada más que si hubiera sido ella una Psique esculpida para mirar en otra dirección; y después, cuando regresó a la habitación tras haberse tenido que ausentar durante un par de horas, pareció no darse cuenta de lo que dieciocho meses antes hubiera tenido el efecto de un numeral delante de los ceros. La verdad era que tenía muy presentes la voz y los movimientos de Lydgate y su aire de desenfadada inconsciencia era un estudiado castigo mediante el cual satisfacía su oposición interna a él sin renunciar a la cortesía. Cuando las damas se hallaban en el cuarto de estar después de que Lydgate se viera llamado durante el postre, la señora Farebrother le dijo a Rosamond cuando la tuvo a su lado:

-Debe tener que renunciar mucho a la compañía de su esposo, señora Lydgate.

-Sí, la vida de un médico es ardua, sobre todo cuando es tan vocacional como el señor Lydgate -dijo Rosamond, que estaba de pie y pudo alejarse fácilmente al finalizar esta correcta respuesta.

-Le resulta muy tedioso cuando no tiene invitados -dijo la señora Vincy, que se encontraba sentada junto a la anciana dama-. Al menos eso pensé cuando estuve cuidando a Rosamond durante su enfermedad. Hágase cargo, señora Farebrother, la nuestra es una casa alegre. Yo tengo un carácter alegre y al señor Vincy le gusta que haya actividad en casa. Eso es a lo que Rosamond ha estado acostumbrada. Muy distinto de un marido que sale a horas exóticas y no sabes nunca cuándo volverá, y, además tiene, a mi entender, una personalidad reservada y orgullosa -la indiscreta señora Vincy bajó la voz ligeramente durante este paréntesis-. Pero Rosamond siempre ha tenido un carácter angelical; a menudo la disgustaban sus hermanos pero nunca mostró mal humor; desde la cuna fue siempre buenísima y con un cutis incomparable. Pero gracias a Dios, todos mis hijos tienen buen carácter.

Esto no era difícil de creer para cualquiera que mirara a la señora Vincy echando hacia atrás las grandes cintas de su bonete y sonriendo a sus tres hijas pequeñas de entre siete y once años. Pero en esa mirada sonriente se vio obligada a incluir a Mary Garth, a quien las tres niñas se habían llevado a una esquina para que les contara cuentos. Mary concluía en ese momento el delicioso cuento del enano saltarín que se sabía de memoria porque Letty no se cansaba de leerselo a sus ignorantes mayores de un libro rojo predilecto. Louisa, el amor de su madre, llegaba ahora corriendo, presa de emoción y con los ojos muy abiertos, gritando.

-¡Mamá, mamá, el hombrecillo pateó con tanta fuerza que no pudo sacar la pierna del suelo!

-¡Bendita seas, angel mío! -dijo su madre-, mañana me lo contarás todo. ¡Vete y escucha! -y al seguir a su hija con la mirada hasta el atractivo rincón pensó que si Fred quería que volviera a invitar a Mary no pondría pegas, viendo lo encantados que estaban los niños con ella.

Pero de pronto, la esquina se animó aún más pues entró el señor Farebrother quien, sentándose detrás de Louisa la puso sobre sus rodillas; las niñas insistieron en que debía oír el cuento y que Mary tenía que empezar de nuevo. Él también insistió y Mary, sin hacerse rogar, comenzó con su precisión habitual y las mismas palabras de antes. Fred, que también se había sentado cerca, hubiera experimentado un triunfo absoluto ante el éxito de Mary de no ser porque el señor Farebrother la observaba con evidente admiración, al tiempo que exteriorizaba un enorme interés por el cuento para complacer a las niñas.

-Ya no te interesará Loo, mi gigante con un solo ojo -dijo Fred al final.

-Sí, sí me interesará. Cuéntalo ahora -dijo Louisa. -Pues no sé si estoy preparado. Pídeselo al señor Farebrother.

-Sí -añadió Mary-, pedidle al señor Farebrother que os cuente de las hormigas cuya preciosa casa fue destruida por un gigante llamado Tom que pensó que no les importaba porque no las oía llorar ni las veía usar sus pañuelos.

-Por favor -dijo Louisa, levantando la vista hacia el vicario.

-No, no, soy un rector viejo y serio. Si intento sacar de la bolsa un cuento me saldrá un sermón en vez. ¿Queréis que os dé un sermón? -dijo, calándose las gafas y frunciendo los labios.

-Sí -dijo Louisa titubeando.

-Veamos, pues; un sermón contra los pasteles. cómo son algo malo, sobre todo si son dulces y tienen ciruelas. Louisa se tomó el asunto bastante en serio y se bajó de las rodillas del vicario para acercarse a Fred.

-Veo que no es cosa de predicar el día de Año Nuevo -dijo el señor Farebrother, levantándose y marchándose. Había descubierto recientemente que Fred sentía celos de él así como que él mismo no perdía la preferencia que sentía por Mary.

-Una joven encantadora, la señorita Garth -dijo la señora Farebrother, que había observado los movimientos de su hijo.

-Sí -dijo la señora Vincy, obligada a responder ante la mirada expectante de la anciana dama-. Es una pena que no sea más guapa.

-Yo no diría eso -dijo la señora Farebrother con firmeza-. Me gusta su expresión. No debemos pedir siempre belleza cuando al buen Dios le ha parecido oportuno crear una magnífica joven sin ella. Yo antepongo la buena educación a todo y la señorita Garth sabe comportarse en cualquier situación.

La anciana señora empleó un tono un poco afilado ya que tenía referencias de la posibilidad de que Mary se convirtiera en su nuera, pues al existir el problema de que no convenía hacer pública la posición de Mary con respecto a Fred, las tres damas de la rectoría de Lowick aún confiaban en que Camden escogiera a la señorita Garth.

Entraron nuevos invitados y el salón se inundó de música y juegos mientras en la tranquila habitación al otro lado del vestíbulo se preparaban las mesas de whist. El señor Farebrother jugó una partida para complacer a su madre que considerada su propio jugar ocasional una protesta contra el escándalo y las nuevas opiniones, a la luz de lo cual incluso una renuncia tenía su dignidad. Pero al final consiguió que el señor Chichely ocupara su lugar y abandonó la habitación. Al cruzar el vestíbulo Lydgate, que acababa de entrar, se estaba quitando el abrigo.

-Es usted el hombre a quien buscaba -dijo el vicario, y en lugar de entrar al salón caminaron por el vestíbulo hasta detenerse junto a la chimenea, donde al aire frío ayudaba a la formación de una nube resplandeciente-. Verá que puedo dejar la mesa de whist con toda facilidad -prosiguió sonriendo a Lydgate-, ahora que ya no juego por dinero. Dice la señora Casaubon que eso se lo debo a usted.

-¿Cómo es eso? -dijo Lydgate con frialdad.

-Ah, no quería usted que se supiera; a eso le llamo yo discreción poco generosa. Debería permitir que un hombre sintiera el placer de que le ha hecho un favor. No comparto el disgusto de algunos por sentirse en deuda, le puedo asegurar que prefiero estar en deuda con todo el mundo por portarse bien conmigo.

-No sé qué quiere decir -dijo Lydgate-, como no se refiera a que en una ocasión le hablé a la señora Casaubon. Pero no pensé que ella rompiera su promesa de no mencionarlo -Lydgate se apoyó contra una esquina de la repisa de la chimenea y mostró un rostro desanímado.

-Se le escapó a Brooke el otro día. Me hizo el cumplido de decirme que estaba muy contento de que el beneficio hubiera sido para mí aunque usted le había desbaratado sus maniobras, alabándome como un Ken y un Tillotson y todo eso hasta que la señora Casaubon no quiso ni oír hablar de nadie más.

-Bueno, Brooke es un botarate y un charlatán -dijo Lydgaté con desdén.

-Pues yo me alegro de su charlatanería. No entiendo por qué usted no quiere que sepa que me ha hecho un favor, mi querido amigo. Me lo ha hecho y grande. Frena bastante la vanidad descubrir cuánto influye en nuestro bienhacer el no estar apremiado de dinero. Nadie que no precise de los servicios del diablo se verá tentado de decir el Padre Nuestro al revés para complacer al demonio. No necesito depender ahora de las sonrisas de la fortuna.

-No creo que se pueda ganar dinero sin ayuda de la fortuna -dijo Lydgate-: si alguien lo obtiene con su profesión, es muy probable que sea por casualidad.

El señor Farebrother creía poderse explicar aquellas palabras, que tanto contrastaban con la antigua forma de hablar de Lydgate, como la perversidad que a menudo surge del mal humor de un hombre poco a gusto con sus asuntos. Respondió en tono de admisión jovial:

-Hay que tener muchísima paciencia con el mundo. Pero resulta más fácil esperar pacientemente cuando se tienen amigos que le quieren a uno y no piden más que poder servir de ayuda si es que ésta está en su mano.

-Es cierto -dijo Lydgate en tono despreocupado, cambiando de postura y mirando el reloj-. La gente exagera sus dificultades más de lo necesario.

Sabía perfectamente que el señor Farebrother le estaba brindando su ayuda y no podía soportarlo. Tan extrañamente estamos configurados los mortales que, tras la gran satisfacción que sintió por haberle hecho un favor al vicario, la insinuación de que éste percibía la necesidad de Lydgate de un favor recíproco le sumía en un silencio invencible. Además, ¿qué vendría tras un ofrecimiento de ese tipo?... la obligación de «exponer su caso», de sugerir que necesitaba cosas concretas. En ese momento, el suicidio parecía más fácil.

El señor Farebrother era un hombre demasiado perceptivo como para no entender el significado de aquella respuesta, y la actitud y el tono de Lydgate encerraban cierta solidez muy en consonancia con su físico, que, si de principio rechazaba los ofrecimientos, parecía descartar totalmente cualquier estrategia de persuasión.

-¿Qué hora tiene? -dijo el vicario, devorándose sus sentimientos heridos.

-Las once pasadas -dijo Lydgate. Y entraron al salón.