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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 64.
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PRIMER CABALLERO:
Donde está el poder está también la culpa.

SEGUNDO CABALLERO:
De ningún modo, el poder es relativo;
No puedes asustar la peste con murallas,
O pescar carpas con finos argumentos.
Toda fuerza es doble en sí: una causa
No es una causa si no contiene el efecto;
Y la acción misma lleva su pasividad.
La orden no existe sin la obediencia.

Incluso aunque Lydgate se hubiera sentido inclinado a sincerarse acerca de su situación, sabía que el señor Farebrother apenas habría tenido en su mano la posibilidad de ofrecerle la ayuda que necesitaba de inmediato. Con las facturas anuales de los proveedores que empezaban a llegar, la amenaza de Dover sobre el mobiliario y contando con sólo el pequeño goteo de pagos de pacientes a quienes no se podía ofender como fuente de ingresos (los excelentes honorarios que recibiera de Freshitt Hall y Lowick Manor pronto quedaron absorbidos), nada inferior a mil libras le hubiera librado de su apuro, dejando un remanente que, según una frase predilecta en semejantes circunstancias, le hubiera dado holgura para «examinar su situación».

Lógicamente, la alegre Navidad había traído el feliz Año Nuevo, momento en el que los conciudadanos esperan el pago por el desvelo y las mercancias que sonrientemente han proporcionado a sus vecinos, lo que había de tal forma acrecentado la presión de sórdidas preocupaciones en la mente de Lydgate que apenas podía pensar ininterrumpidamente en otro tema, ni siquiera los más habituales y absorbentes. No era un hombre malhumorado; su actividad intelectual, la solícita bondad de su corazón así como su constitución fuerte, en condiciones relativamente tolerables, siempre le hubieran mantenido por encima de las susceptibilidades pequeñas e incontroladas que forjan un mal carácter. Pero ahora era presa de la peor de las irritabilidades, la que surge no ya de las molestias sino de una segunda conciencia que subyace en esas molestias, la de la energía desperdiciada y la preocupación degradante, que era lo inverso de sus anteriores metas. «Esto es lo que estoy pensando y aquello es en lo que pensaría» era el incesante y amargo murmullo interno, convirtiendo cada dificultad en una doble puya para la impaciencia.

Algunos caballeros han constituido una extraordinaria figura en la literatura haciendo de la disconformidad general con el universo una trampa de monotonía en la cual han caído sus grandes almas por error, pero la sensación de un espléndido yo y un mundo insignificante puede tener su consuelo. El descontento de Lydgate le resultaba mucho más difícil de sobrellevar: era la sensación de que a su alrededor había una gran existencia dedicada al pensamiento y a la acción efectiva mientras él se estaba reduciendo a un aislamiento miserable de miedos egoístas y vulgares angustias por sucesos que podrían apaciguar tales miedos. Tal vez sus preocupaciones parezcan terriblemente sórdidas e indignas de la atención de personas excelsas que nada pueden conocer de las deudas salvo a una escala soberbia. Indudablemente eran sórdidas, y la mayoría, que no es excelsa, no puede escapar de la sordidez salvo estando libre del ansia de dinero, con todas sus rastreras esperanzas y tentaciones, su atención a las muertes, sus insinuadas peticiones, su deseo de comerciante de caballos de dar malo por bueno, su búsqueda de funciones que debían ser para otros, su frecuente anhelar la Fortuna bajo la forma de una gran calamidad.

Era debido a que Lydgate se revolvía contra la idea de poner el cuello bajo este vil yugo el que hubiera caído en un estado de amargo mal humor que abría de continuo un distanciamiento con Rosamond. Tras la primera noticia del embargo, había hecho muchos esfuerzos para que su esposa colaborara con él acerca de las posibles maneras de reducir sus gastos, y con la amenazadora cercanía de las Navidades sus sugerencias se concretaban cada vez más. «Podemos arreglarnos con una sola criada, y mantenernos con muy poco» -dijo-, «y yo me apañaré con un caballo». Pues, como hemos visto, Lydgate había empezado a razonar con visión más lúcida sobre los gastos, y el orgullo que sintiera en las apariencias de ese tipo era ínfimo comparado con el orgullo que le hacía repudiar el verse expuesto como deudor, o pedir a otros ayuda económica.

-Claro que puedes despedir a los otros dos criados si quieres -dijo Rosamond-; pero yo diría que es perjudicial para tu profesión el que vivamos como pobretones. Disminuirá tu clientela.

-Mi querida Rosamond, no es problema de elección. Hemos empezado gastando demasiado. Sabes que Peacock vivía en una casa mucho más pequeña que ésta. Es culpa mía, debí tener más sentido común y me merezco un revolcón -si hubiera alguien con derecho a dármelo- por obligarte a vivir peor de lo que has estado acostumbrada. Pero supongo que nos casamos porque nos queríamos. Y eso nos ayudará a seguir adelante hasta que las cosas mejoren. Vamos, mi amor, deja la costura y ven aquí.

Lydgate estaba descorazonado respecto a Rosamond en aquel momento pero le horrorizaba un futuro sin afecto y estaba decidido a hacer frente a la separación que se avecinaba entre ellos. Rosamond le obedeció y él la sentó sobre sus rodillas pero en el fondo de su alma Rosamond se sentía muy distante. La pobre criatura sólo veía que el mundo no se adaptaba a sus gustos y Lydgate formaba parte de ese mundo. Pero su marido le rodeó la cintura con un brazo y puso la otra mano suavemente sobre las suyas pues este hombre un tanto brusco tenía mucha ternura en su trato con las mujeres, pareciendo tener siempre presente la debilidad de sus constituciones y el delicado equilibrio de su salud tanto corporal como mental. Y de nuevo empezó a hablar con persuasión.

-Ahora que me he metido un poco en las cosas, Rosy, descubro que es asombrosa la cantidad de dinero que se nos escapa en el manejo de la casa. Supongo que los criados son descuidados y ha venido a visitarnos mucha gente. Pero deben ser muchos los de nuestra misma posición que se apañan con menos; me imagino que se conforman con cosas más corrientes y están pendientes de las sobras. Y es como si el dinero tuviera poco que ver en estas cuestiones, pues Wrench lleva una vida muy modesta y tiene una consulta muy grande.

-Bueno, si quieres vivir como los Wrench... -dijo Rosamond girando el cuello levemente-. Pero he oído tus expresiones de desagrado ante esa manera de vivir.

-Sí, tienen muy mal gusto para todo... hacen que la economía resulte algo feo. Nosotros no tenemos por qué hacer lo mismo. Me refiero tan sólo a que ellos evitan los gastos aunque Wrench tiene una clientela magnífica.

-¿Y tú por qué no tienes una buena consulta, Tertius? El señor Peacock la tenía. Deberías tener más cuidado de no ofender a la gente, y deberías hacer lo mismo que los demás en cuanto a las medicinas. Yo diría que empezaste bien y tuviste varias familias buenas. No es bueno ser demasiado excéntrico; debieras pensar en lo que va a gustar a la mayoría -dijo Rosamond en tono suave pero de franca reprimenda.

Lydgate bullía de rabia; estaba dispuesto a mostrarse indulgente con la debilidad femenina pero no con la dictadura femenina. La frivolidad del alma de una ondina puede tener su encanto en tanto no se torna didáctica. Pero se controló y se limitó a decir, con un toque de despótica firmeza:

-Lo que yo hago en mi consulta, Rosy, lo decidiré yo. Ese no es el tema que tenemos que tratar tú y yo. Te basta con saber que es probable que nuestros ingresos sean muy exiguos... apenas cuatrocientas libras, tal vez incluso menos, durante mucho tiempo y debemos modificar nuestra vida de acuerdo con esa realidad.

Rosamond guardó silencio un par de minutos, mirando al frente y luego dijo:

-Mi tío Bulstrode debiera darte un suelo por el tiempo que le dedicas al hospital: no está bien que trabajes gratis.

-Quedó claro desde el principio que prestaría gratis mis servicios. Una vez más, eso no forma parte de nuestra discusión. Ya he señalado cuál es la única solución -dijo Lydgate con impaciencia. Luego, refrenándose, continuó más tranquilamente:

-Creo que veo un medio que nos sacaría bastante de las dificultades actuales. He oído que el joven Ned Plymdale se va a casar con la señorita Sophy Toller. Son ricos y no es frecuente que una buena casa quede vacía en Middlemarch. Estoy seguro de que estarían encantados de quedarse con ésta y con la mayoría de los muebles, y estarían dispuestos a pagar un buen alquiler. Puedo decirle a Trumbull que hable de ello con Plymdale.

Rosamond abandonó las rodillas de su esposo y caminó lentamente hasta el otro lado de la habitación: cuando se volvió y regresó hacia él era evidente que se mordía el labio y apretaba las manos para reprimir las lágrimas que asomaban a sus ojos. Lydgate se sintió desesperado, sacudido por la rabia y sin embargo considerando que sería una cobardía sucumbir a ella en ese momento.

-Lo siento mucho, Rosamond; sé que es muy doloroso. -Cuando consentí en que se devolviera la cubertería y que aquel hombre hiciera un inventario de los muebles, pensé... pensé que habría sido suficiente.

-Te lo expliqué en su momento, mi amor. Eso sólo era una garantía, y detrás de la garantía hay una deuda. Y esa deuda debe saldarse en los próximos meses, de lo contrario tendremos que vender los muebles. Si el joven Plymdale se queda con nuestra casa y la mayoría de los muebles, podremos pagar esa deuda y también alguna otra, y nos desharemos de un sitio demasiado caro para nosotros. Cogeremos una casa más pequeña: sé que Trumbull tiene una muy digna por treinta libras al año y ésta cuesta noventa -Lydgate profirió este parlamento con el tono cortante y machacón con el que solemos emplear para que una mente dispersa entienda bien unos hechos incontrovertibles. Las lágrimas cayeron en silencio por las mejillas de Rosamond; tan sólo se las secó con el pañuelo, la mirada fija en el gran jarrón de la repisa. Era el momento más amargo que había vivido jamás. Finalmente dijo, sin prisa y con minuciosa precisión:

-Nunca hubiera pensado que podría gustarte comportarte así.

-¿Gustarme? -exclamó levantándose de la silla, hundiendo las manos en el bolsillo y alejándose a zancadas de la chimenea-; no se trata de gustos. Claro que no me gusta; es lo único que puedo hacer -giró en redondo y se volvió hacia ella.

-Yo hubiese pensado que cabían otros muchos medios -dijo Rosamond-. Montemos una subasta y marchémonos de Middlemarch.

-¿Para hacer qué? ¿De qué serviría que abandonara mi trabajo en Middlemarch para ir donde no lo tengo? Seríamos igual de pobres que aquí -dijo Lydgate aún más enfadado.

-Si llegamos a eso, será enteramente por tu culpa Tertius -dijo Rosamond volviéndose y hablando con gran convicción-. Te niegas a comportarte como es debio con tu propia familia. Ofendiste al capitán Lydgate. Sir Godwin fue muy amable conmigo cuando estuvimos en Quallingham y estoy convencida de que si demostraras el debido respeto y le explicaras tus problemas haría por ti cualquier cosa. Pero prefieres darle al señor Ned Plymdale nuestra casa y nuestros muebles.

Había algo parecido a la fiereza en los ojos de Lydgate cuando respondió con renovada agresividad.

-Bien, puesto que así lo quieres, de acuerdo, me gusta. Admito que lo prefiero a hacer el ridículo yendo a mendigar donde es inútil. Quede claro, pues, que eso es lo que me gusta hacer.

El tono de sus últimas palabras equivalía a la presión de su mano fuerte en el delicado brazo de Rosamond. Pero a pesar de ello su voluntad no era ni un ápice más fuerte que la de su esposa. Rosamond abandonó al instante la habitación en silencio pero decidida a impedir que se hiciera lo que Lydgate quería.

Lydgate salió de su casa pero a medida que se iba serenando sintió que el principal resultado de la discusión era un cúmulo de espanto en él ante la idea de abrir en el futuro con su esposa temas qué le impulsaran de nuevo al discurso violento. Era como si se hubiera iniciado una fractura en un cristal delicado y temía cualquier movimiento que resultara ser fatal. Su matrimonio se convertiría en una amarga ironía si no podían seguir queriéndose. Hacía tiempo que había aceptado lo que Lydgate llamaba el caracter negativo de su mujer, su falta de sensibilidad que se demostraba en su falta de consieración tanto de los deseos concretos de su esposo como de sus objetivos en general. Había aguantado el primer desengaño: hubo de renunciar a la tierna devoción y adoración de la mujer ideal, y aceptar la vida a un menor nivel de esperanza, como lo hacen quienes han perdido una extremidad. Pero la esposa real no sólo tenía sus exigencias sino que también retenía su corazón y era el ferviente deseo de Lydgate que aquel dominio continuara siendo fuerte. En el matrimonio, la certeza de que «Nunca me querrá demasiado», se soporta mejor que el miedo de que «Ya no la querré». Por lo tanto, tras aquel exabrupto, sus esfuerzos internos se encaminaban a disculpar a Rosamond y a culpar a las difíciles circunstancias que en parte eran responsabilidad de él. Esa noche, intentó curar las heridas abiertas esa mañana acariciándola, y no era el carácter de Rosamond el rechazar o mostrarse de malhumor; de hecho recibió con agrado las muestras de que su marido la amaba y estaba controlado. Pero esto era algo muy diferente de quererle a él.

Lydgate hubiera preferido no insistir en el plan de desprenderse de la casa: estaba decidido a ponerlo en práctica y hablar de él lo menos posible. Pero la propia Rosamond lo abordó durante el desayuno diciendo suavemente:

-¿Has hablado ya con Trumbull?

-No -dijo Lydgate-, pero pasaré a verle esta mañana-. Interpretó la pregunta de Rosamond como una señal de que le retiraba su oposición y besó la cabeza de su esposa cariñosamente al marcharse.

En cuanto fue lo bastante tarde para ir de visita, Rosamond fue a casa de la señora Plymdale, la madre de Ned, y con las felicitaciones a modo de introdución, abordó el tema de la próxima boda. El maternal punto de vista de la señora Plymdale era que tal vez ahora Rosamond vislumbrara retrospectivamente su propia necedad, y segura de que las ventajas caían de momento todas del lado de su hijo, era mujer demasiado bondadosa como para no portarse con amabilidad.

-Sí, tengo que decir que Ned está muy contento. Y Sophy Toller es cuanto pudiera desear de una nuera. Por supuesto que su padre puede permitirse el lujo de ser generoso con ella... es natural con una fábrica de cerveza como la que tiene. Y en cuanto a relaciones, es todo cuanto hubiéramos podido desear. Pero eso no es lo que me importa. Es una chica encantadora... sin aires de grandeza ni pretensiones aunque está a la altura de la mejor. No me refiero a la aristocracia con títulos. Veo poco de positivo en quienes aspiran a salirse de su propia esfera. Quiero decir que Sophy está a la altura de lo mejorcito de la ciudad y está satisfecha con eso.

-Siempre la he considerado una joven muy agradable -dijo Rosamond.

-Es como una recompensa para Ned, que nunca fue un presuntuoso, el que se haya vinculado a una de las mejores familias -continuó la señora Plymdale, suavizando su natural mordacidad con el ferviente convencimiento de que adoptaba un punto de vista adecuado-. Y siendo los Toller una gente tan especial, podían haber puesto pegas porque algunos de nuestros amigos no lo son de ellos. Es bien sabido que tu tía Bulstrode y yo somos íntimas desde la juventud y el señor Plymdale siempre ha estado de parte del señor Bulstrode. Y yo mismo prefiero la seriedad. Pero de todos modos los Toller han recibido encantados a Ned.

-Estoy segura de que es un joven muy digno y de excelentes principios -dijo Rosamond, con un pulcro aire patrocinador, respondiendo a las sanas puntualizaciones de la señora Plymdale.

-Bueno, no tiene el porte de un capitán del ejército ni el aire de estar por encima de todo el mundo, ni una vistosa forma de hablar y cantar ni gran capacidad intelectual. Pero doy gracias que así sea. Es una pobre preparación tanto para este mundo como para el más allá.

-Por supuesto que sí, las apariencias tienen muy poco que ver con la felicidad -dijo Rosamond-. Creo que tienen todas las probabilidades de ser una pareja feliz. ¿Dónde van a vivir?

-Bueno, tendrán que conformarse con lo que encuentren. Han estado viendo la casa de St. Peter's Place, al lado del señor Hackbutt; es suya y la está arreglando muy bien. No creo que sepan de otra mejor. Creo que Ned pensaba ultimar el asunto hoy.

-Debe ser una casa bonita; a mí me gusta St. Peter's Place.

-Bueno, está cerca de la iglesia y es una zona elegante. Pero las ventanas son muy estrechas y hay que subir y bajar mucho. ¿No sabrás de alguna otra que estuviera disponible? -dijo la señora Plymdale clavando sus ojos negros y redondos en Rosamond con la animación de un pensamiento repentino reflejado en ellos.

-Pues, no. Estoy muy poco al corriente de esas cosas. Rosamond no había previsto aquella pregunta y la respuesta al salir a hacer su visita: simplemente quería recabar cualquier información que la permitiera evitar dejar su casa en circunstancias que le resultaban sumamente desagradables. En cuanto a la no verdad de su respuesta, no lo pensó más de lo que había pensado en la falsedad de responder que las apariencias tenían poco que ver con la felicidad. Estaba convencida de que su objetivo era de todo punto justificable; eran las intenciones de Lydgate las que no tenían excusa y tenía un plan que, cuando lo hubiera ejecutado en su totalidad, probaría el mal paso que hubiera resultado para su marido descender de su posición.

De regreso a casa pasó por la oficina del señor Trumbull. Era la primera vez en su vida que Rosamond había pensado en hacer algo relacionado con los negocios, pero se sentía a la altura de la circunstancia. El que se viera obligada a hacer lo que aborrecía era una idea que convertía su pausada tenacidad en invención activa. Este era un caso en el que no podía bastar con simplemente desobedecer y mantener una serena terquedad: debía actuar según su criterio, y su criterio, se dijo, era el acertado, «de no serlo, no lo hubiera seguido».

El señor Trumbull estaba en la trastienda de su oficina y recibió a Rosamond con sus mejores modales, no sólo porque era sensible a sus encantos sino porque su fibra de bondad se veía conmovida ante la certeza de que Lydgate se encontraba en apuros y que esta mujer extraordinariamente bonita, esta joven dama de enormes atractivos personales, probablemente acusara el embite del infortunio y se encontrara envuelta en circunstancias que escapaban a su control. Le rogó que le hiciera el honor de sentarse y se quedó en pie ante ella, atusándose y comportándose con afanosa solicitud que en su mayor parte era benevolencia. La primera pregunta de Rosamond fue si su esposo había visitado al señor Trumbull esa mañana para hablar de dejar su casa.

-Sí, señora, sí, me ha hablado de ello -dijo el bueno del subastador intentando dotar de tranquilidad sus reiteraciones-. Estaba a punto de llevar a cabo su encargo esta tarde, si era posible. El señor Lydgate no quería que me demorara.

-He venido a decirle que no siga adelante con ello, señor Trumbull, y le ruego que no mencione lo dicho hasta ahora sobre el tema. ¿Podrá complacerme?

-Por supuesto, señora Lydgate, por supuesto. Las confidencias son algo sagrado para mí tanto en lo referente a los negocios como a cualquier otro tema. ¿Debo entonces entender que queda retirado el encargo? -dijo el señor Trumbull colocándose las puntas de su corbatín azul con ambas manos y mirando con deferencia a Rosamond.

-Sí, si me hace el favor. He sabido que el señor Ned Plymdale ha cogido la casa de St. Peter's Place, la de al lado del señor Hackbutt. Al señor Lydgate le molestaría que se llevaran a cabo sus órdenes inútilmente. Y además, existen otras circunstancias que hacen innecesaria la propuesta.

-Muy bien, señora Lydgate, muy bien. Estoy a sus órdenes, para lo que me necesite -dijo el señor Trumbull, que se alegraba de pensar que hubieran surgido nuevas soluciones-. Le ruego que confíe en mí. El asunto se parará aquí.

Esa noche Lydgate se sintió un tanto aliviado al ver que Rosamond estaba más animada de lo que se había venido mostrando últimamente e incluso parecía sentir interés por hacer lo que a él le agradaba sin necesidad de que se lo pidiera. Pensó «Si puede ser feliz y yo logro salir adelante, ¿qué importancia tiene todo esto? No es más que una angosta ciénaga que tenemos que cruzar en un largo viaje: Si consigo volver a tener la, mente despejada, todo saldrá bien».

Tan animado estaba que empezó a buscar una relación de experimentos que hacía tiempo tenía intención de comprobar y que había abandonado ante la insidiosa desesperación que llega en la estela de las ansiedades mezquinas. Volvió a sentir parte del antiguo y fascinador abstraimiento en la investigación profunda, mientras Rosamond tocaba al piano la dulce música que le ayudaba tanto en su meditación como el chapoteo de un remo en el lago al anochecer. Era bastante tarde, había retirado los libros y miraba el fuego con las manos asidas detrás de la cabeza, olvidado de todo salvo la construcción de un nuevo experimento controlador, cuando Rosamond que había dejado el piano y se encontraba reclinada en su butaca observándole dijo:

-Ned Plymdale ya tiene casa.

Lydgate, sorprendido y alterado, alzó la vista en silencio por un momento, como un hombre a quien le perturban el sueño. A continuación, y, sintiéndose enrojecer desagradablemente, dijo:

-¿Cómo lo sabes?

-Fui a ver a la señora Plymdale esta mañana y me dijo que había cogido la casa contigua a la del señor Hackbutt en St. Peter's Place.

Lydgate permaneció en silencio. Retiró las manos de detrás de la cabeza y se las apretó contra el pelo que, como era usual en él le caía, espeso, sobre la frente, mientras descansaba los codos en las rodillas. Sentía una acre desilusión, como si hubiera abierto la puerta de un lugar sofocante y encontrara una tapia, pero también estaba seguro de que Rosamond se complacía en la causa de su desencanto. Prefirió no mirarla ni hablar con ella hasta que no hubiera pasado el primer pronto de contrariedad. Después de todo, ¿qué le puede importar más a una mujer que la casa y los muebles?..., sin eso, un marido es un absurdo. Cuando alzó la vista y se apartó el pelo, sus ojos oscuros reflejaban el doloroso fruto de la incomprensión, pero sólo dijo con frialdad:

-Tal vez surja alguien más. Le dije a Trumbull que estuviera al tanto si fallaba Plymdale.

Rosamond no hizo comentario. Confió en que el azar mantuviera separados a su marido y al subastador hasta que algún acontecimiento justificara su intervención; en cualquier caso, había impedido lo que más temía de inmediato. Tras una pausa dijo:

-¿Cuánto dinero necesitan esas desagradables personas?

-¿Qué desagradables personas?

-Las que hicieron aquella lista... y los otros. Quiero decir, que cuánto les dejaría satisfechos para que no tuvieras que preocuparte.

Lydgate la observó un instante, como si buscara síntomas y luego dijo:

-Bueno, si hubiera obtenido seiscientas de Plymdale por los muebles y el traspaso, me hubiera podido arreglar. Hubiera pagado a Dover, y a los otros les hubiera dado lo suficiente a cuenta para hacerles esperar pacientemente..., si reducíamos gastos.

-Pero lo que digo es ¿cuánto necesitarías si nos quedáramos en esta casa?

-Más de lo que puedo conseguir en ninguna aparte -dijo Lydgate con sarcasmo en la voz. Le irritaba ver que la mente de Rosamond consideraba deseos ilusorios en lugar de enfrentarse con esfuerzos posibles.

-¿Por qué no dices la cantidad? -preguntó Rosamond con leve indicación de que la disgustaba su actitud. -Bueno -dijo Lydgate, como calculando-, necesitaría al menos mil libras para estar tranquilo. Pero -añadió en tono incisivo-, he de pensar en lo que haré sin ellas, no con ellas.

Rosamond no dijo más.

Pero al día siguiente llevó a cabo su plan de escribir a Sir Godwin Lydgate. Desde la visita del capitán, había recibido una carta de él, así como una de la señora Mengan, su hermana casada, dándole el pésame por la pérdida del niño, y expresando vagamente el deseo de verla de nuevo en Quallingham. Lydgate le había dicho que esta cortesía no significaba nada, pero ella estaba íntimamente convencida de que cualquier reticencia de la familia de Lydgate se debía al comportamiento altivo y frío de su marido, y había contestado las cartas con todo su esmero y encanto, confiando en que llegaría una invitación concreta. Pero sólo llegó el silencio. Estaba claro que el capitán no era dado a escribir y Rosamond pensó que tal vez las hermanas estuvieran en el extranjero. Sin embargo, había llegado la época de pensar en los parientes que estaban en casa y al menos Sir Godwin, que le había acariciado la barbilla y dicho que se parecía a la señora Croly, la célebre beldad que le conquistara en 1790, se conmovería al ver que recurría a él y disfrutaría, por ella, comportándose como debía con su sobrino. Rosamond estaba ingenuamente convencida de lo que debía hacer un anciano caballero para impedir que ella sufriera malestar alguno. Y escribió lo que a su juicio era la carta más juiciosa, que sin duda le demostraría su excelente sentido común a Sir Godwin, señalando lo deseable de que Tertius abandonara un lugar como Middlemarch por uno más adecuado a su talento, cómo el carácter desagradable de los habitantes había impedido su éxito profesional, y cómo, consecuentemente, se encontraba en dificultades económicas, para salir de las cuales se precisarían mil libras. No mencionó que Tertius no estaba al corriente de la carta, pues creía que su supuesta objeción a la misma sería acorde con el grado de respeto que ella dijera que sentía su marido por el tío Godwin, de entre todos los familiares su mejor amigo. Esta era la fuerza de las tácticas de Rosamond que ahora aplicaba a los asuntos del mundo. Esto había tenido lugar antes de la fiesta del día de Año Nuevo, y aún no había llegado respuesta alguna de Sir Godwin. Pero aquel mismo día por la mañana Lydgate hubo de saber que Rosamond había revocado la orden que diera a Borthrop Trumbull. Pensando que sería conveniente que su esposa se fuera acostumbrando a la idea de dejar su casa de Lowick Gate, venció su aversión por hablar de nuevo del tema con ella y dijo durante el desayuno:

-Procuraré ver a Trumbull esta mañana para decirle que anuncie la casa en el Pioneer y el Trumpet. Si se anuncia, tal vez la coja alguien que de otro modo no hubiera pensado en cambiarse. En estos sitios de privincias muchas personas siguen en sus casas aún quedándoseles pequeñas por desconocimiento de cómo encontrar otra. Y no parece que Trumbull haya tenido mucho éxito.

Rosamond supo que había llegado el momento inevitable. -Le dije a Trumbull que no prosiguiera con el tema -dijo con un deliberado sosiego que sin duda resultaba defensivo.

Lydgate la miró con mucho asombro. Hacía sólo media hora que la había estado sujetando las trenzas y dirigiéndole esas pequeñas frases de afecto, que Rosamond, aunque no devolviera, había aceptado como si fuera una hermosa y serena imagen que de vez en cuando sonreía milagrosamente a su adorador. Con estas sensaciones aún latentes, la sopresa que recibió no pudo de momento ser de enfado claro: fue de dolor confuso. Dejó el cuchillo y el tenedor con que trinchaba la carne y echándose hacia atrás en la silla dijo finalmente con fría ironía en el tono:

-¿Puedo preguntar cuándo y por qué lo hiciste?

-Cuando supe que los Plymdale ya tenían casa, pasé a decirle que no les dijera nada de la nuestra; y al mismo tiempo le dije que parara el asunto. Sabía que sería muy nocivo para ti que se supiera que querías desprenderte de la casa y los muebles y yo me oponía mucho a ello. Creo que eran suficientes motivos.

-Carecía de importancia el que yo te hubiera dado razones imperativas de otra índole; carecía de importancia que yo hubiera llegado a una conclusión diferente y hubiera dado la orden pertinente, ¿verdad? -dijo Lydgate cáusticamente, acumulando truenos y centellas en los ojos y la frente. La cólera ajena siempre hacía que Rosamond se retrajera con fría respulsión, acentuando su corrección y su calma, decidida a no ser ella la que no se supiera comportar, hicieran lo que hicieran los demás.

-Creo -respondió- que tenía todo el derecho a hablar de un tema que me afecta a mí al menos tanto como a ti.

-Naturalmente..., tenías derecho a hablar, pero sólo conmigo. No tenías derecho a contravenir mis órdenes en secreto, y tratarme como si fuera un necio -dijo Lydgate en el mismo tono de antes..., para continuar con nuevo desdén-: ¿Será posible hacerte comprender las consecuencias? ¿Servirá de algo que te diga una vez más el por qué es necesario que intentemos desprendernos de la casa?

-No es necesario que me lo digas de nuevo -dijo Rosamond en un tono que cayó como frías gotas de agua-. Recuerdo lo que dijiste. Hablaste con la misma agresividad que ahora. Pero eso no varía mi opinión de que debías intentar cualquier otro medio antes de dar un paso tan doloroso para mí. En cuanto a lo de poner un anuncio de la casa, pienso que sería absolutamente degradante para ti.

-¿Y suponte que yo hago el mismo caso de tus opiniones que tú de las mías?

-Puedes hacerlo, naturalmente. Pero creo que debieras haberme dicho antes de casarnos que me pondrías en la peor de las situaciones antes que renunciar a tu opinión.

Lydgate guardó silencio, pero ladeó la cabeza y frunció con desesperación las comisuras de los labios. Rosamond, viendo que no la miraba, se levantó y puso ante él la taza de café; pero él no se fijó, y continuó con su drama interior y sus pensamientos, moviéndose de vez en cuando en la butaca, descansando un brazo sobre la mesa y mesándose el pelo con la mano. Experimentaba una mezcla de emociones y pensamientos que le impedían dar rienda suelta a su ira o perseverar en su decisión con simple rigidez. Rosamond se aprovechó de su silencio.

-Cuando nos casamos todos pensaron que tenías una alta situación. No me pude imaginar entonces que querrías vender nuestros muebles y vivir en Bride Street, donde las habitaciones de las casas son como jaulas. Si hemos de vivir así, al menos vayámonos de Middlemarch.

-Todo esto sería muy importante... -dijo Lydgate medio irónicamente (persistía el pálido ajamiento en sus labios mientras contemplaba el café sin tocarlo)-, sería muy importante si no diera la casualidad de que estoy endeudado.

-Muchas personas lo habrán estado igual que tú, pero si son respetables, la gente confía en ellas. Estoy segura de haber oído a papá hablar de que los Torbit tenían deudas y siguieron adelante perfectamente. No puede ser bueno actuar precipitadamente -dijo Rosamond con pacífica sabiduría.

A Lydgate le paralizaban impulsos contrarios: puesto que ningún razonamiento parecía poder conquistar el asentimiento de Rosamond, sentía deseos de destruir y triturar algún objeto en el que pudiera al menos producir alguna impresión, o decirle a su esposa brutalmente que él era el amo y ella debía obedecer. Pero no sólo le aterraba el efecto de una medida tan extrema sobre sus vidas sino que sentía un pánico creciente ante la terquedad tranquila e intangible de Rosamond, que no permitía que ninguna afirmación de poderío fuera decisiva; por otro lado Rosamond le había herido donde más le dolía al sugerir que se había casado con él engañada por una falsa visión de felicidad. En cuanto a decir que era el amo, no respondía a la realidad. La resolución impuesta por fuerza de la lógica y el sentido del honor empezaba a ceder ante el torpedeo de su esposa. Bebió media taza de café y se levantó para marcharse.

-Al menos podré pedir que no veas a Trumbull por ahora... hasta que se vea que no hay otros medios -dijo Rosamond. Aunque no era temerosa, pensó que no era momento para revelar que había escrito a Sir Godwin-. Prométeme que esperarás unas semanas, o que me lo dirás antes.

Lydgate lanzó una brusca carcajada.

-Creo que soy yo el que debiera exigirte la promesa de no hacer nada sin decírmelo -dijo, dirigiéndole una punzante mirada y encaminándose luego hacia la puerta.

-Recordarás que cenamos en casa de papá ¿no? -dijo Rosamond pretendiendo que su marido se volviera e hiciera una concesión más precisa. Pero éste se limitó a contestar, «Sí», con impaciencia y salió. A su mujer se le antojó que era muy odioso que su marido no considerara que bastaban las dolorosas proposiciones que había tenido que hacer sin necesidad de demostrar tan mal carácter. Era también muy cruel por su parte, que ante la modesta petición de que retrasara su visita a Trumbull, no la tranquilizara respecto a sus intenciones. Estaba convencida de haber actuado bien, y cada palabra encolerizada o hiriente de Lydgate sólo alargaba su registro mental de ofensas. Hacía meses que la pobre Ro-samond había empezado a vincular a su marido con sentimientos de desencanto, y la relación terriblemente inflexible del matrimonio había perdido el encanto de fomentar sueños maravillosos. La había liberado de las cosas desagradables de la casa de su padre, pero su matrimonio no le había proporcionado todo cuanto había esperado y deseado. El Lydgate del que se había enamorado era un conjunto de condiciones abstractas, la mayoría de las cuales habían desaparecido, viéndose sustituidas por detalles cotidianos que había que vivir lentamente, hora a hora, en lugar de flotar fugazmente a través de ellos seleccionando los aspectos favorables. Los hábitos profesionales de Lydgate, su preocupación cuando estaba en casa por los temas científicos, que a ella se le antojaba como casi el gusto morboso de un vampiro, sus peculiares puntos de vista que jamás habían formado parte del lenguaje del noviazgo... todas estas influencias constantemente alienadoras, aún obviando el hecho de que se había colocado en una posición desventajosa en la ciudad y prescindiendo del sobresalto que le produjo la revelación sobre la deuda a Dover, hubieran bastado para que a Rosamond le aburriera la presencia de su esposo. Existía otra presencia que desde los primeros días de su matrimonio y hasta hacía cuatro meses, había resultado una animación agradable, pero había desaparecido: Rosamond se negaba a confesarse cuánto tenía que ver el vacío dejado con su tedio; y le parecía (tal vez estuviera en lo cierto) que una invitación a Quallingham y la posibilidad de que Lydgate se marchara de Middlemarch y se estableciera en otro lugar -Londres, o cualquier otro sitio libre de preocupaciones- le resultarían satisfactorias, reconciliándola con la ausencia de Will Ladislaw por quien sentía cierto resentimiento por sus alabanzas de la señora Casaubon.

Así estaban las cosas entre Lydgate y Rosamond aquel día de Año Nuevo cuando cenaron en casa del señor Vincy, ella mirándole con suave neutralidad en recuerdo de su comportamiento malhumorado del desayuno y él sufriendo una turbación mucho más honda fruto del conflicto interno en el cual la escena matutina era tan sólo una de sus muchas manifestaciones. Su acalorado esfuerzo al hablar con el señor Farebrother, sus esfuerzos por simular cínicamene que todas las formas de obtener dinero eran básicamente iguales, y que el azar posee un imperio que reduce la elección a la ilusión de un necio, no eran más que el síntoma de una resolución indecisa, una respuesta entumecida a los antiguos estímulos del entusiasmo.

¿Qué podía hacer? Veía con aún mayor nitidez que Rosamond la sordidez de llevársela a una casa pequeña de Bride Street, donde dispondría de pocos muebles a su alrededor y de su descontento interior; una vida de privaciones y una vida con Rosamond eran dos imágenes que se habían ido haciendo cada vez más irreconciliables desde que hiciera su aparición la amenaza de la carencia. Pero aunque sus decisiones hubieran obligado a la combinación de ambas imágenes, los preliminares útiles para cambio tan rudo no parecían estar a mano. Y pese a no haber otorgado la promesa que su esposa le requiriera, no volvió a la oficina de Trumbull. Incluso empezó a pensar en hacer un breve viaje al norte para ver a su tío Sir Godwin. Anteriormente había creído que nada le empujaría a pedirle dinero a su tío, pero desconocía entonces la presión tan absoluta de alternativas aún más desagradables. No podía confiar en el efecto de una carta; sólo en un encuentro personal, por incómodo que le resultara, podría ofrecer una explicación total y comprobar la efectividad del parentesco. No bien había empezado a considerar este paso como el más fácil que brotó en él una colérica reacción ante el hecho de que él, que hacía mucho tiempo decidiera vivir al margen de cálculos tan abyectos, de angustias egoístas acerca de las inclinaciones y los bolsillos de aquellos con quienes se enorgullecía de no tener objetivos en común, hubiera descendido no sólo a su mismo nivel, sino al de pedirles ayuda.