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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 65.
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«Uno de nosotros dos sin duda alguna
Debe ceder, y puesto que el hombre
Es más razonable que la mujer,
Vosotros debéis ser los más sufridos.»
(CHAUCER: Los cuentos de Canterbury.)

La inclinación de la naturaleza humana a ser tardía en la correspondencia triunfa incluso sobre la presente aceleración en el curso normal de las cosas: ¿cómo sorprendernos pues de que en 1832 el anciano Sir Godwin fuera tardo en escribir una carta de mayor importancia para otros que para él mismo? Habían transcurrido casi tres semanas del nuevo año y Rosamond, esperando una respuesta a su urgente petición, se veía desengañada a diario. Lydgate, ajeno por completo a las expectativas de su mujer veía llegar las facturas al tiempo que percibía como inminente el que Dover hiciera uso de su ventaja sobre otros acreedores. No le había mencionado nunca a Rosamond su pesarosa intención de ir a Quallignham; no quería admitir hasta el último momento lo que a ella le parecería una concesión a sus deseos tras una indignada negación, pero esperaba partir pronto. Un tramo concluido del ferrocarril le permitiría hacer el viaje de ida y vuelta en cuatro días.

Pero una mañana después de que Lydgate hubiera salido llegó una carta para él que Rosamond vio era de Sir Godwin y la llenó de esperanza. Tal vez dentro hubiera una nota para ella; pero, lógicamente era con Lydgate con quien había que tratar las cuestiones de dinero u otra ayuda y el hecho de que se le escribiera, aún más, el mismo retraso en la contestación, parecían garantizar que la respuesta sería afirmativa. Estas ideas la agitaron demasiado como para poder hacer más que pasar unos hilos en un cálido rincón del comedor, el sobre de aquella carta trascendental en la mesa a su lado. Alrededor de las doce oyó los pasos de su marido en el pasillo y corriendo a abrir la puerta, dijo en su tono más despreocupado: -Tertius, ven... hay una carta para ti.

-¿Ah? -dijo sin quitarse el sombrero, pero pasando el brazo por el hombro de su mujer para girarla y que le acompañara hasta el lugar donde estaba la carta-. ¡Mi tío Godwin! -exclamó mientras Rosamond volvía a sentarse y le observaba al abrir la carta. Esperaba que se sorprendiera.

Así que Lydgate pasó la vista rápidamente por la breve carta, Rosamond vio que su rostro, normalmente de un moreno pálido, adquiría una seca blancura; temblándole los labios y las ventanillas de la nariz tiró ante ella la carta y dijo con violencia:

-Será imposible aguantar una vida contigo si insistes en actuar en secreto..., en actuar en contra mía y en ocultar tus acciones.

Lydgate se detuvo y le volvió la espalda... después giró en redondo, dio unos pasos, se sentó, y volvió a levantarse con desazón, asiendo fuertemente los objetos sólidos que llevaba en el fondo de los bolsillos. Temía decir algo irremediablemente cruel.

A Rosamond también se le había mudado el color a medida que leía. La carta decía así:

«Querido Tertius: No mandes que me escriba tu mujer cuando tengas algo que pedirme. Es una actitud cobista y sinuosa que no hubiera esperado de ti. Jamás he escrito a una mujer por asuntos de dinero. En cuanto a proporcionarte mil libras, o incluso la mitad dé esa cantidad, me es imposible hacer nada por el estilo. Mi propia familia me esquilma hasta el último penique. Con dos hijos pequeños y tres hijas, es improbable que me sobre dinero. Pareces haberte liquidado tu propio capital con presteza y haber montado una buena donde estás; cuanto antes te vayas a otro sitio mejor. Pero no tengo ninguna relación con gente de tu profesión, y en ese punto no puedo ayudarte. Hice cuanto pude por ti como tutor, y te dejé que te salieras con la tuya y te dedicaras a la medicina. Podías haber entrado en el ejército o en la Iglesia. Tu dinero hubiera sido suficiente para esas profesiones y hubieras tenido ante ti una escalera más segura. Tu tío Charles siempre te ha tenido rencor por no haber seguido su profesión, pero yo no. Siempre te he querido bien, pero ahora debes considerarte independiente. Afectuosamente, tu tío GODWIN LYDGATE»

Cuando Rosamond hubo terminado la carta se quedó inmóvil, las manos cruzadas, frenando cualquier muestra del punzante desengaño y atrincherándose en una silenciosa pasividad ante la ira de su marido. Lydgate dejó de moverse, la miró de nuevo, y dijo con cáustica severidad:

¿Será esto suficiente para convencerte del daño que puedes hacer con tus artimañas a escondidas? ¿Posees el suficiente sentido común para reconocer tu incompetencia para juzgar y actuar por mí... para entrometerte con tu ignorancia en asuntos que me incumbe a mí decidir?

Eran palabras duras pero no era la primera vez que Rosamond le frustraba. Ella no le miró y no le respondió.

-Casi que me había decidido a ir a Quallingham. Me hubiera resultado harto penoso, pero tal vez hubiera surtido algún efecto. Pero de nada me ha servido devanarme los sesos. Siempre has estado maquinando en secreto. Me engañas con falsos asentimientos y luego estoy a merced de tus artimañas. Si tienes la intención de oponerte a todos mis deseos, dilo y desafíame. Al menos entonces sabré el terreno que piso.

Es un terrible momento en una vida joven cuando la proximidad del vínculo del amor adquiere esta capacidad para amargar. A pesar de su autodominio, a Rosamond le cayó una lágrima que rodó en silencio hasta los labios. Seguía sin decir nada, pero bajo esa quietud se escondía una intensa reacción: sentía tal aversión por su marido que deseaba no haberle visto nunca. La grosería de Sir Godwin hacia ella así como su ausencia total de sentimientos le alineaba con Dover y los demás acreedores... personas desagradables que sólo pensaban en sí mismas y a quienes no les importaba molestarla. Incluso su padre era despiadado y podía haber hecho más por ellos. En realidad sólo había una persona en el mundo a quien Rosamond no consideraba culpable y esa era la grácil criatura de rubias trenzas y manos pequeñas cruzadas ante ella que jamás había dicho palabras inconvenientes y que siempre había actuado con la mejor intención... siendo, naturalmente, la mejor intención aquella que ella prefería.

Lydgate, deteniéndose y mirándola de nuevo, empezó a sentir esa enloquecedora sensación de impotencia que cae sobre las personas apasionadas cuando su pasión se topa con un silencio inocente cuyo dócil aire de víctima les hace creerse equivocados, tiñendo incluso la indignación más justa con la duda de su rectitud. Precisaba recuperar la conciencia de estar en lo cierto moderando sus palabras.

-¿Es que no te das cuenta, Rosamond -comenzó de nuevo procurando conferir una seriedad sin amargura-, de que nada hay tan fatal como la falta de sinceridad y confianza entre nosotros? Ha ocurrido una y otra vez que yo manifieste un deseo decidido y que tú, tras un aparente asentimiento, me hayas desobedecido en secreto. Así, jamás puedo saber en qué creer. Tendríamos alguna esperanza si lo admitieras. ¿Es que soy un animal tan fiero e irrazonable? ¿Por qué no eres sincera conmigo?

Continuaba el silencio.

-¿No puedes decir al menos que te has equivocado y que puedo confiar en que en el futuro no obrarás en secreto? -dijo Lydgate con apremio, pero con algo de súplica en su tono que Rosamond captó con presteza. Su mujer hablo con frialdad.

-Me es imposible admitir o hacer promesa alguna en respuesta a las palabras que me has dirigido. No estoy acostumbrada a ese tipo de lenguaje. Has hablado de mis «artimañas a escondidas», de mi «ignorante intromisión» y mi «falso asentimiento». Jamás te he hablado a ti de esa manera, y creo que debieras disculparte. Hablaste de la imposibilidad de vivir conmigo. La verdad es que no me has hecho la vida agradable últimamente. Creo que era lógico esperar de mí que intentara desviar algunas de las dificultades que me ha traído el matrimonio -otra lágrima rodó al dejar de hablar, y Rosamond se la seco con el mismo silencio que la primera.

Lydgate se derrumbó sobre una butaca, sintiéndose acorralado. ¿Tenía acaso cabida la advertencia en la mente de Rosamond? Se quitó el sombrero, reposó un brazo en el respaldo del sillón y bajó la vista unos momentos en silencio. Rosamond disfrutaba sobre él de la doble ventaja de ser insensible a lo que de justo tenían sus reproches al tiempo que percibía las innegables penalidades de su vida de casada. Aunque su duplicidad en el asunto de la casa rebasaba lo que Lydgate sabía, impidiendo en realidad que los Plymdale conocieran la disponibilidad de la misma, no tenía conciencia de que su conducta pudiera calificarse de falsa. No estamos más obligados a identificar nuestros propios actos de acuerdo con una clasificación estricta de lo que lo estamos a clasificar nuestras verduras o nuestras ropas. Rosamond se sentía ofendida, y esto era lo que Lydgate debía reconocer.

En cuanto a él, la necesidad de acoplarse a la naturaleza de su esposa, inflexible en igual proporción a su capacidad de refutación, le sujetaba como unas tenazas. Había empezado a tener una alarmante premonición del irrevocable desamor de su mujer, y la consiguiente tristeza de sus vidas. La presta intensidad de sus emociones hacía que este terror alternara rápidamente con los primeros prontos violentos. Vano alarde hubiera sido decir que era su amo.

«No me has hecho la vida agradable últimamente»..., «las dificultades que me ha traído el matrimonio»..., estas palabras ardían en su imaginación como el dolor que provoca pesadillas. ¿Acaso no sólo iba a descender de sus propósitos más elevados sino a hundirse también en el siniestro encarcelamiento del odio doméstico?

-Rosamond -dijo, mirándola con aire de infinita melancolía-, deberías disculpar las palabras de un hombre enfadado y desilusionado. Tú y yo no podemos tener intereses contrapuestos. No puedo separar mi felicidad de la tuya. Si estoy enfadado contigo es porque no pareces percatarte de cuánto nos separa cualquier ocultamiento. ¿Cómo iba yo a querer hacerte las cosas difíciles con mis palabras o mi conducta? Cuando te hago daño a ti, hiero parte de mí mismo. Nunca me enfadaría contigo si fueras absolutamente sincera conmigo.

-Sólo he querido impedir que nos precipitaras innecesariamente a la miseria -dijo Rosamond, rebrotándole las lágrimas ahora que su esposo se había suavizado-. Es tan duro vernos denigrados entre toda la gente que nos conoce y vivir tan miserablemente. ¿Por qué no me moriría con el niño?

Hablaba y lloraba con esa mansedumbre que convierte las palabras y las lágrimas en omnipotentes para un hombre de corazón afable. Lydgate acercó su butaca a la de su esposa y con mano fuerte y tierna le apretó la delicada cabeza contra su mejilla. Sólo la acarició; no dijo nada, pues ¿qué se podía decir? No podía prometer que la protegería de la temida miseria puesto que no veía medio seguro de hacerlo. Cuando la dejó para volver a salir se dijo a sí mismo que a ella le resultaba diez veces más árduo que a él; él tenía una vida fuera del hogar, constantes apelaciones a su actividad en favor de otros. Deseaba disculparla de todo lo posible... pero era inevitable que en ese estado de ánimo comprensivo pensara en ella como en un animalillo de especie diferente y más débil. Pero ella le había vencido.