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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 71.
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BUFÓN:
Era en el Racimo de Uvas, en donde, de verdad, te gustaba sentarte, ¿no es eso?

FROTH:
Cierto, porque es una habitación abierta, y buena para el invierno.

BUFÓN:
¡Bien, estupendo! Espero que allí se dijeran verdades.
(SHAKESPEARE: Medida por medida.)

Cinco días tras la muerte de Raffles el señor Bambridge se encontraba de pie ocioso bajo el amplio arco que daba al patio del Dragón Verde. No le gustaba la contemplación en solitario, pero acababa de salir de la casa y cualquier persona que se colocara inactiva bajo la arcada a primera hora de la tarde atraería compañía con la misma certeza que una paloma que ha encontrado algo que merezca la pena picotear. En este caso no había nada material que llevarse a la boca pero el ojo de la razón atisbó la probabilidad de sustento mental en la forma de chimorreos. El señor Hopkins, el manso mercero de enfrente fue el primero en responder a esta visión interna, codiciando más la charla masculina dado que sus clientes eran principalmente mujeres. El señor Bambridge fue bastante cortante con el mercero, dando por sentado que era Hopkins el que quería hablar con él pero sin tener, por su parte, la intención de malgastar mucha conversación con el tendero. Sin embargo pronto se formó un pequeño grupo de oyentes más importantes, compuesto bien por transeúntes, bien por gente que se había acercado al lugar expresamente para ver si ocurría algo en el Dragón Verde; y el señor Bambridge iba encontrando rentable contar cosas impresionantes acerca de los hermosos sementales que había estado viendo y las compras que había hecho durante un viaje al norte del cual acababa de regresar. A los caballeros presentes se les aseguró que cuando pudietan mostrarle algo que mejorara una yegua de pura sangre, baya, de menos de cuatro años, que se encontraba en Doncaster si querían ir a verla, el señor Bambridge les gratificaría sirviendo de blanco para los tiros «desde aquí hasta Hereford». Asimismo, una pareja de caballos negros que iba a empezar a domar le recordaban vivamente un par que había vendido a Faulkner en el años diecinueve por cien guineas y que Faulkner vendió por ciento sesenta dos meses después... a cualquier agente que pudiera desmentir esta afirmación se le ofrecía el privilegio de llamar al señor Bambridge por un nombre muy feo hasta que el ejercicio le secara la garganta.

Cuando la conversación hubo alcanzado este animado punto llegó el señor Frank Hawley. No era hombre que co-prometiera su dignidad remoloneando por el Dragón Verde pero al pasar casualmente por High Street y al ver a Bambridge al otro lado cruzó la calle de unas zancadas para preguntarle al tratante de caballos si había encontrado el caballo de primera que le había encargado para la calesa. Se le pidió al señor Hawley que esperara hasta haber visto un tordo elegido en Bilkley; si eso no era justamente lo que buscaba es que Bambridge no distinguía un caballo cuando lo tenía ante las narices, lo que parecía algo absolutamente inconcebible. El señor Hawley, de espaldas a la calle, estaba fijando la hora para ir a ver el tordo y probarlo, cuando pasó lentamente un jinete.

-¡Bulstrode! -dijeron al tiempo dos o tres voces, una de ellas, la del mercero, respetuosamente anteponiendo el «señor», pero sin que ninguno le diera más importancia al nombre que si hubieran dicho «¡la diligencia de Riverston!» al aparecer ésta en la lejanía. El señor Hawley echó una mirada distraída a la espalda de Bulstrode pero Bambridge, que seguía a la figura con la vista, hizo una mueca sarcástica.

-¡Hombre!, esto me recuerda... -empezó, bajando un poco la voz-. Me encontré con algo más en Bilkley aparte de su caballo, señor Hawley. Me encontré con una estupenda historia sobre Bulstrode. ¿Saben cómo hizo su fortuna? Le doy la información gratis a cualquier caballero que quiera una noticia curiosa. Si la gente recibiera su merecido, Bulstrode podría haber tenido que elevar sus oraciones desde un penal.

-¿Qué quiere decir? -dijo el señor Hawley, hundiendo las manos en los bolsillos y adelantándose un poco bajo la arcada. Si Bulstrode resultara ser un bandido, Frank Hawley tenía alma de profeta.

-Me lo contó uno que había sido el antiguo compinche de Bulstrode. Les diré dónde le encontré por primera vez -dijo Bambridge con un repentino gesto del dedo índice-. Estaba en la subasta de Larcher, pero no sabía nada de él entonces... se me escurrió de entre los dedos... iba buscando a Bulstrode, sin duda. Me ha dicho que puede exprimirle a Bulstrode cualquier cantidad, que conoce todos sus secretos. Se despachó a gusto conmigo en Bilkley: bebe bien. Que me cuelguen si era su intención hacer de testigo de cargo, pero es de esos tipos fanfarrones que se van animando hasta que fanfarronearía de que un espavarán da dinero. Un hombre debiera saber cuándo callarse -el señor Bambridge hizo este comentario con un gesto de repugnancia, satisfecho de que sus propias fanfarronadas demostraran un buen sentido de lo vendible.

-¿Cómo se llama ese hombre? ¿Dónde se le puede encontrar? -dijo el señor Hawley.

-Eso de que dónde se le puede encontrar... yo le dejé dándole a la bebida en el Saracen's Head. Pero se llama Raffles.

-¡Raffles! -exclamó el señor Hopkins-. Ayer vestí su funeral. Le enterraron en Lowick. El señor Bulstrode acompañó al féretro. Un funeral muy digno.

Una fuerte conmoción recorrió a los presentes. El señor Bambridge profirió en exclamaciones de entre las que «fuego del infierno» era la más suave y el señor Hawley, frunciendo el ceño y empujando el cuello hacia adelante preguntó:

-¿Qué? ..adónde ha muerto este hombre?

-En Stone Court -dijo el mercero-. El ama de llaves dijo que era un pariente del dueño. Llegó allí el viernes enfermo.

-¡Pues el miércoles estába yo tomando con él una copa! -intercaló Bambridge.

-¿Le atendió algún médico? -preguntó Hawley. -Sí. El señor Lydgate. El señor Bulstrode le veló una noche. Murió el tercer día por la mañana.

-Siga, Bambridge -insistió el señor Hawley -¿Qué dijo de Bulstrode este tipo?

El grupo se había ido agrandando, siendo la presencia del secretario del ayuntamiento la garantía de que se estaba diciendo algo que merecía la pena escuchar, y el señor Bambridge hizo entrega a siete personas de su narración. Consistía principalmente en lo que conocemos, incluyendo lo relativo a Will Ladislaw, con el aderezo de ciertas circunstancias y colorido local; justo lo que Bulstrode había temido que se supiera y esperaba haber enterrado para siempre junto al cadáver de Raffles... ese fantasma amenazador de su vida pasada del que, al pasar ante la arcada del Dragón Verde, confiaba en que la Providencia le hubiera librado. Sí, la Providencia. Aún no se había confesado a sí mismo que hubiera participado de alguna forma en la consecución de este fin; había aceptado lo que parecía ofrecérsele. Era imposible probar que había hecho nada para acelerar la muerte de aquel hombre.

Pero este cotilleo sobre Bulstrode se extendió por Middlemarch como el olor a quemado. El señor Frank Hawley prosiguió la información enviando a un pasante de su confianza a Stone Court con el pretexto de preguntar por el heno, pero en realidad para averiguar por la señora Abel cuanto pudiera acerca de Raffles y su enfermedad. Así supo que el señor Garth había llevado al hombre a Stone Court en su calesín; a continuación el señor Hawley buscó una oportunidad para ver a Caleb y fue a su oficina para preguntarle si tendría tiempo para hacerse cargo de un arbitraje caso de necesitarse, y preguntándole como por casualidad por Raffles. A Caleb no se le escapó ninguna palabra injuriosa respecto de Bulstrode pero hubo de admitir que había dejado de llevarle los negocios esa última semana. El señor Hawley sacó sus conclusiones, y, convencido de que Raffles le había contado su historia a Garth y que Garth había dejado los asuntos de Bulstrode como consecuencia, se lo dijo así horas más tarde al señor Toller. Esta narración fue pasando hasta perder totalmente el matiz de deducción, interpretándose como información directamente procedente de Garth, de forma que incluso un historiador diligente hubiera podido llegar a la conclusión de que Caleb era el editor principal de las maldades de Bulstrode.

El señor Hawley no tardó en percatarse de que no había soporte legal ni en las revelaciones de Raffles ni en las circunstancias de su muerte. El mismo se llegó hasta el pueblo de Lowick para examinar el registro y hablar del asunto con el señor Farebrother, que no se sorprendió más que el abogado de que un feo secreto relacionado con Bulstrode hubiera salido a la luz, si bien siempre había tenido el suficiente sentido de la justicia como para impedir que su antipatía se convirtiera en conclusiones. Pero mientras hablaba, otra combinación se abría paso silenciosamente en la mente del señor Farebrother, que anticipaba lo que pronto correría por Middlemarch en voz alta como el inevitable «dos más dos». Junto a las razones que hacían que Bulstrode temiera a Raffles surgió como un relámpago la idea de que ese miedo tuviera algo que ver con la generosidad mostrada hacia el médico, y aunque se resistía a la posibilidad de que hubiera aceptado la ayuda conscientemente como un soborno, tenía el presentimiento de que esta complicación de las cosas podrían afectar malignamente la reputación de Lydgate. Se dio cuenta de que por el momento el señor Hawley desconocía su repentina liberación de las deudas y él mismo se cuidó mucho de apartarse de toda aproximación al tema.

-Bueno -dijo, aspirando profundamente y con ganas de poner fin a una interminable conversación sobre lo que podría haber sido aunque no se podía probar nada legalmente-, es una historia extraña. ¿De modo que nuestro mercúreo Ladislaw tiene una genealogía exótica? Una joven damisela con personalidad y un patriota polaco músico conforman unas raíces que le pegan, pero jamás hubiera deducido el injerto de prestamista judío. Pero nunca se pueden saber de antemano los resultado de una mezcla. Hay porquerías que sirven para clarificar.

-Es justo lo que hubiera imaginado -dijo el señor Hawley montándose en su caballo-. Cualquier maldita sangre extranjera, judía, corsa o gitana.

-Sé que es uno de sus garbanzos negros, Hawley. Pero la verdad es que Ladislaw es un tipo desinteresado y poco preocupado por las cosas mundanales -dijo el señor Farebrother sonriendo.

-Ya, ya, esas son sus revueltas liberales -dijo el señor Hawley, que con frecuencia había dicho como disculpándose que Farebrother era un tipo tan agradable y bondadoso que podía confundírsele con un conservador.

El señor Hawley se marchó a casa sin considerar la asistencia que Lydgate prestara a Raffles más que como una prueba a favor de Bulstrode. Pero la noticia de que Lydgate había podido repentinamente no sólo librarse del embargo sino pagar todas sus deudas en Middlemarch se extendía con rapidez abultándose con conjeturas y comentarios que le dieron mayor cuerpo e ímpetu, y no tardó en llegar a oídos de otros además del señor Hawley, que pronto vieron una significativa relación entre esta repentina disponibilidad de dinero y el deseo de Bulstrode por acallar el escándalo en torno a Raffles. Que el dinero procedía de Bulstrode se hubiera adivinado infaliblemente aún en el caso de no existir pruebas directas de ello, pues ya con anterioridad el cotilleo acerca de los asuntos de Lydgate afirmaba que ni su suegro ni su propia familia harían nada por él, y las pruebas directas las proporcionaron no sólo un empleado del banco sino la propia inocencia de la señora Bulstrode, que hizo mención del préstamo a la señora Plymdale, quien se lo mencionó a su nuera, hija de los Toller, que se lo dijo a todo el mundo. El asunto se consideró de índole tan pública e importante que precisó de cenas para nutrirlo, y fueron muchas las invitaciones que se cursaron y aceptaron con motivo del escándalo sobre Bulstrode y Lydgate; esposas, viudas y solteras, armadas de sus labores, salieron a tomar el té con mayor asiduidad, y la convivencia pública, desde la que se reunía en el Dragón Verde hasta la que frecuentaba Dollop's, adquirió una animación que no pudo suscitar la incógnita de si la Cámara de los Lores rechazaría la ley de reforma electoral.

Pues casi nadie dudaba de que algún motivo de escándalo subyacía en la generosidad de Bulstrode hacia Lydgate. Para empezar, el señor Hawley invitó a un grupo selecto, incluidos los dos doctores, junto con el señor Toller y el señor Wrench, a fin de mantener un minucioso debate respecto de la enfermedad de Raffles, informándoles de todos los detalles proporcionados por la señora Abel en relación con la certificación de Lydgate de que la muerte se debía a delirium tremens; y los médicos, que seguían impertérritos las antiguas sendas en cuanto a esta enfermedad, declararon que no veían nada en todo ello susceptible de transformarse en motivos reales de sospecha. Pero pervivían los motivos morales; las poderosas razones que Bulstrode claramente tenía para desear la desaparición de Raffles, y el hecho de haberle dado a Lydgate en este momento crítico la ayuda que hacía tiempo sabía que necesitaba; la disposición a creer que Bulstrode podía ser poco escrupuloso, y la ausencia de inclinación para pensar que Lydgate no se dejaría sobornar tan fácilmente como otros hombres altivos al verse faltos de dinero. Incluso en el caso de que el dinero le hubiera sido dado tan sólo para que guardara silencio sobre el escándalo en la vida pasada de Bulstrode, ello sumía a Lydgate, quien llevaba tiempo siendo despreciado por ponerse al servicio del banquero con el fin de lograr una situación de preponderancia, así como por desacreditar a sus compañeros de profesión de más edad, en una luz repugnante. Por tanto, pese a la ausencia de señales directas de culpabilidad, el grupo selecto del señor Hawley concluyó respecto de la muerte en Stone Court con la sensación de que el asunto tenía un aspecto feo».

Pero esta vaga convicción de una culpabilidad imprecisa, que bastaba para ocasionar mucho movimiento de cabeza y comentario sarcástico incluso entre los profesionales de más peso, tenía para el público la fuerza del misterio sobre la realidad. Todos preferían especular sobre cómo podía ser el asunto a conocerlo, pues la especulación pronto tuvo más confianza en sí misma que el conocimiento, y era mucho más flexible ante las incompatibilidades. Incluso el escándalo más concreto respecto del pasado de Bulstrode se fundió en algunas mentes con la masa del misterio convertido en burbujeante metal que verter en los diálogos adoptando las formas fantásticas que pluguiera al cielo.

Este era el tono principal ratificado por la señora Dollop, la briosa propietaria de La jarra en Slaughter Lane, que a menudo había de oponerse al superficial pragmatismo de clientes inclinados a pensar que sus noticias procedentes del mundo exterior tenían el mismo peso que lo que «se le había ocurrido» a ella. Cómo «se le había ocurrido» era algo que la señora Dollop ignoraba, pero allí estaba, tan claro como si lo hubiera escrito con tiza sobre la chimenea, «como diría Bulstrode, sus entrañas eran tan negras que si los pelos de su cabeza conocieran sus pensamientos, se los arrancaría de raíz».

-Qué gracioso -dijo el señor Limp, un zapatero meditativo de vista débil y voz aflautada-. Leí en el Trumpet que eso fue lo que dijo el duque de Wellington cuando cambió de chaqueta y se pasó a los romanos.

-Es probable -dijo la señora Dollop-, si un bribón lo dijo, mayor razón para que lo repita otro. Pero menudo hipócrita, dándose esos aires como si no hubiera en todo el país un rector lo bastante bueno para él... y ya ve... tuvo que acudir a Pedro Botero, que le ha ganado por la mano.

-Claro, claro; y ése es un cómplice que no puedes echar del país -dijo el señor Crabbe, el vidriero, que recababa muchas noticias y se movía a tientas entre ellas-. Por lo que he podido sacar, hay quien dice que Bulstrode quería largarse antes, por miedo a que lo descubrieran.

-Ya le echarán de aquí, lo quiera o no -dijo el señor Dill, el barbero, que acababa de entrar-. Afeité a Fletcher, el pasante de Hawley, tiene un dedo malo, y dice que todos están de acuerdo en deshacerse de Bulstrode. El señor Thesiger está en contra suya y quiere echarlo de la parroquia. Y hay señores en la ciudad que dicen que antes que con él cenarían con un preso. «Y lo mismo digo» -dice Fletcher-, «porque ¿qué hay peor para el estómago que un hombre que se alía mal con su religión y dice que los Diez Mandamientos no le bastan, mientras él es peor que la mitad de los hombres de la cárcel?» Eso dijo Fletcher.

-Pero será malo para la ciudad si sale de ella el dinero de Bulstrode -dijo el señor Limp, con voz temblorosa. -Gente mejor se gasta peor el dinero -dijo un tintorero de voz firme cuyas manos rojizas desentonaban con su rostro bondadoso.

-Pero por lo que tengo entendido, no se va a quedar con el dinero -dijo el vidriero-. ¿No dicen que hay quien se lo puede quitar? Por lo que se me alcanza, podrían quitarle hasta el último céntimo si van por la ley.

-¡Nada de eso! -dijo el barbero que se consideraba superior a sus contertulios de Dollop's pero sin embargo disfrutaba yendo a la taberna-. Fletcher dice que no es así. Dice que pueden probar una y mil veces de quién era hijo este joven Ladislaw, y sería lo mismo que si probaran que yo nací de las hadas... no podría tocar un céntimo.

-¡Pero bueno! -dijo la señora Dollop con indignación-. Le agradezco al Señor que se llevara consigo a mis hijos si eso es cuanto la ley puede hacer por los huérfanos.

Por esa regla, no sirve de nada quiénes son tu padre y tu madre. Pero en cuanto a escuchar a un abogado sin preguntarle a otro... me sorprende usted, señor Dill, un hombre tan listo. Es bien sabido que siempre hay dos lados, si no más; de lo contrario, ¿quién iba a ir a los tribunales, digo yo? Pues vaya gracia, si con tanta ley como hay no sirviera de nada probar de quién eres hijo. Fletcher podrá decir lo que quiera pero yo digo «¡Esa no me la trago!»

El señor Dill fingió reírse aduladoramente con las palabras de la señora Dollop, como una mujer más que capaz de vérselas con los abogados, dispuesto como estaba a someterse a las chanzas de una tabernera que le fiaba a largo plazo.

-Si llegan a los tribunales y es verdad todo lo que cuentan, habrá cosas más importantes que el dinero -dijo el vidriero-. Está esta pobre criatura que ha muerto: por lo que he podido saber, había visto épocas en las que era mucho más caballero que Bulstrode.

-¡Mucho más! ¡Estoy convencida! -dijo la señora Dollop-. Y mucho más persona, por lo que tengo oído. Como le dije al señor Baldwin, el recaudador de impuestos, cuando vino y se quedó de pie ahí donde está usted sentado y dijo «Bulstrode obtuvo todo el dinero que trajo a esta ciudad robando y estafando», y yo le dije «No me cuenta nada nuevo, señor Baldwin; se me han puesto los pelos de punta cada vez que le miro desde el día que llegó aquí queriendo comprar la casa donde vivo; la gente no tiene aspecto de masa cruda y te miran como si quisieran verte el espinazo en balde.» Eso fue lo que le dije, y el señor Baldwin es testigo.

-¡Y con toda la razón! -dijo el señor Crabbe-. Pues por lo que sé, este Raffles, como le llaman, era el hombre más vigoroso y saludable que se puedan imaginar, y muy ameno..., aunque ahora esté muerto y enterrado en Lowick; y por lo que se me alcanza, los hay que saben más de lo que debieran de cómo llegó allí.

-¡Me lo creo! -dijo la señora Dollop, con cierto toque de desprecio ante la aparente cortedad del señor Crabbe-. Cuando a un hombre le camelan para que vaya a una casa solitaria y hay quien pudiendo pagar los hospitales y enfermeras de medio condado se queda velándole día y noche, y sólo deja que se acerque un médico del que se sabe no respeta nada y más pobre que las ratas, y a renglón seguido le llueve tanto dinero que puede pagar al señor Byles el carnicero una cuenta de más de un año por los mejores filetes..., no necesito que venga nadie a decirme que han ocurrido cosas que no incluye el libro de oraciones... ni tengo que quedarme parada guiñando el ojo y parpadeando y pensando.

La señora Dollop echó una mirada a su alrededor con el aire de una tabernera acostumbrada a influir en sus clientes. Los más valientes profirieron en un coro de adhesión, pero el señor Limp, tras beberse un trago, juntó las manos y las apretó con fuerza entre las rodillas, observándolas con una mirada borrosa, como si la abrasadora fuerza de las palabras de la señora Dollop le hubieran secado y anulado la mente en tanto no la reavivara con más líquido.

-¿Por qué no desentierran a ese hombre y traen al forense? -dijo el tintorero-. Si hay algo sucio tal vez lo descubran.

-¡Ya, ya, señor Jonas! -dijo la señora Dollop recalcando las palabras-. Sé lo que son los médicos. Demasiado hábiles para que les descubran. Y este doctor Lydgate que quería trocear a todo el mundo antes de que dieran el último aliento... está muy claro lo que pretendía al ver las entrañas de la gente respetable. Puede estar seguro que conoce medicinas que no se pueden ni ver ni oler, ni antes ni después de tragártelas. Pero si yo misma he visto gotas que mandaba el doctor Gambit, el médico de nuestro club y una buena persona que ha traído más niños vivos al mundo que ningún otro en Middlemarch..., yo misma, digo, he visto gotas que daba igual que estuvieran dentro que fuera del vaso, y al día siguiente ya estabas con retortijones. Así que ¡juzgue usted mismo! ¡No me lo diga! Pero lo que digo yo es que fue una bendición que no cogieran a este doctor Lydgate en nuestro club. ¡Muchos hijos de vecino podrían lamentarlo!

Los titulares de esta discusión habían sido tema común entre todos los estamentos de la ciudad; habían llegado por un lado a la rectoría de Lowick y por otro a Tipton Grange, habían llegado plenamente a oídos de la familia Vincy, y c-mentados con referencias tristes a la «pobre Harriet» por las amistades de la señora Bulstrode antes de que Lydgate supiera claramente la razón de que la gente le mirara de forma extraña y antes de que el propio Bulstrode sospechara la divulgación de sus secretos. No estaba muy acostumbrado a relaciones demasiado cordiales con sus vecinos y por lo tanto no echaba de menos esos síntomas de simpatía; además, había realizado algunos viajes de negocios, habiendo decidido que ya no era preciso que se marchara de Middlemarch y pudiendo, en consecuencia decidir sobre temas que había dejado en suspenso.

-Haremos un viaje a Cheltenham dentro de uno o dos meses -le había dicho a su esposa-. Es una ciudad que proporciona muchas ventajas espirituales, además del aire y las aguas, y seis semanas allí nos resultarán muy refrescantes.

Creía de verdad en las ventajas espirituales, y tenía la intención de que en adelante su vida fuera más devota a consecuencia de esos pecados recientes que se decía a sí mismo eran hipotéticos, rezando hipotéticamente por el perdón: «si es que he transgredido».

En cuanto al hospital, evitó decirle nada más a Lydgate, temiendo manifestar un cambio de planes demasiado brusco a raíz de la muerte de Raffles, íntimamente creía que Lydgate sospechaba que sus órdenes se habían desobedecido deliberadamente, y si era así, también sospecharía que había un motivo para ello. Pero el médico no había llegado a conocer nada respecto de la historia de Raffles y Bulstrode tenía interés en no hacer nada que pudiera aumentar sus sospechas inconcretas. Y en cuanto a la certeza de que algún método de tratamiento en particular pudiera salvar o matar, el propio Lydgate argumentaba constantemente en contra de semejante dogmatismo; no tenía derecho a hablar y sí en cambio todos los motivos para callarse. Bulstrode se sentía providencialmente seguro. El único incidente que le había afectado poderosamente había sido un encuentro casual con Caleb Garth, quien, sin embargo, había levantado el sombrero para saludarle con serena gravedad.

Entretanto, un fuerte sentimiento en contra suya se iba fraguando entre los principales ciudadanos.

En el ayuntamiento se iba a celebrar una reunión sobre una cuestión sanitaria que había adquirido principal importancia por un caso de cólera producido en la ciudad. Desde que el Parlamento aprobara precipitadamente una ley autorizando la implantación de tributos para sufragar medidas sanitarias, se había nombrado en Middlemarch una comisión para supervisar tales medidas, y tanto liberales como conservadores habían acordado que se llevara a cabo una buena limpieza así como otros preparativos. La cuestión ahora consistía en decidir sí se debían adquirir para cementerio unos terrenos a las afueras de la ciudad vía impuestos o mediante suscripción privada. La reunión iba a ser pública y se esperaba que asistieran casi todas las personalidades importantes de la ciudad.

El señor Bulstrode era miembro de la junta y salió del banco justo antes de las doce con la intención de insistir en el plan de suscripción privada. Dadas las vacilaciones en sus proyectos, llevaba tiempo manteniéndose en un segundo plano y le parecía que esta mañana debía retomar su antigua posición como hombre influyente y de acción en los asuntos públicos de la ciudad en la que esperaba acabar sus días. Entre las diversas personas que llevaban su misma dirección vio a Lydgate; se reunieron, hablaron del tema de la convocatoria y entraron juntos.

Parecía como si todos los que hacían figura hubieran llegado antes que ellos. Pero aún quedaban sitios libres cerca de la cabecera de la amplia mesa central y allí se dirigieron. El señor Farebrother estaba enfrente, no lejos del señor Hawley; también estaban todos los hombres dedicados a la medicina; el señor Thesiger presidía y el señor Brooke de Tipton estaba a su derecha.

Lydgate observó un extraño intercambio de miradas cuando él y Bulstrode se sentaron.

Cuando el tema quedó abierto por el presidente, quien señaló las ventajas de adquirir mediante suscripción un terreno lo suficientemente grande como para que a la larga pudiera ser el cementerio principal, el señor Bulstrode, a cuyo verbo fácil y tono de voz un tanto agudo pero templado la ciudad estaba acostumbrada en reuniones de está índole, se levantó y pidió permiso para dar su opinión. De nuevo Lydgate pudo ver el extraño intercambio de miradas antes de que el señor Hawley se levantara y dijera con su voz firme y resonante:

-Señor presidente, solicito que antes de que nadie dé su opinión sobre este tema me sea permitido hablar acerca de un asunto de sentimiento público, y que no sólo yo, sino muchos de los presentes, consideramos prioritario.

El modo de hablar del señor Hawley, incluso cuando el decoro público reprimía su «atroz lenguaje», era formidable por su seguridad y brevedad. El señor Thesiger accedió a la petición, el señor Bulstrode se sentó y el señor Hawley prosiguió:

-Lo que he de decir, señor presidente, lo digo no sólo en nombre propio sino con el beneplácito y por expresa petición de no menos que ocho conciudadanos sentados a nuestro alrededor. Es nuestro sentir unánime que al señor Bulstrode se le pida, y así lo hago ahora, que dimita de los cargos públicos que ostenta, no sólo como contribuyente sino como caballero entre caballeros. Existen prácticas y acciones que, debido a ciertas circunstancias, no caen dentro del ámbito de la ley, aunque pueden ser peores que muchas cosas que legalmente constituyen un delito. La gente honrada y los caballeros, si no desean la compañía de quienes llevan a cabo acciones semejantes, han de defenderse como mejor puedan, y eso es lo que yo y los amigos a quienes puedo llamar mis clientes en este asunto estamos decididos a hacer. No digo que el señor Bulstrode sea culpable de actos infames pero le pido que o bien públicamente niegue y refute las escandalosas afirmaciones contra él hechas por un hombre muerto que falleció en su casa... la afirmación de que durante muchos años estuvo involucrado en prácticas nefandas, y que obtuvo su fortuna con procedimientos deshonestos, o bien se retire de cargos que sólo le hubieran sido otorgados por considerarle un caballero entre caballeros.

Todas las miradas se volvieron hacia el señor Bulstrode, quien, desde que surgiera su nombre por primera vez se hallaba sumido en una crisis de sentimientos casi demasiado violenta para su delicada constitución. Lydgate, que asimismo sufría un impacto fruto de la terrible interpretación práctica de un ligero augurio, al ver el sufrimiento reflejado en el rostro lívido de Bulstrode, sintió, no obstante, cómo su odio resentido se veía refrenado por ese instinto curador que primero piensa en salvar o proporcionarle alivio al que sufre.

La pronta visión de que, después de todo, su vida era un fracaso, de que era un hombre deshonrado y debía temblar ante la mirada de aquellos hacia quienes normalmente había asumido la actitud de corrector, de que Dios le había repudiado ante los hombres, abandonándole desprotegido ante el triunfante desdén de quienes se alegraban de encontrar una justificación para su odio, la sensación de absoluta inutilidad en el equívoco con su conciencia al inmiscuirse en la vida de su cómplice, equívoco que ahora le atacaba venenosamente con el colmillo bien desarrollado de una mentira descubierta; todo ello le embargó como la agonía que no acababa de matar y deja aún abiertos los oídos para la nueva ola de execración. La repentina sensación de verse descubierto tras la reestablecida convicción de seguridad cayó no sobre la tosquedad de un criminal, sino sobre la susceptibilidad nerviosa de un hombre cuya esencia principal residía en esa susceptibilidad y predominio que las condiciones de su vida habían forjado para él.

Pero en esa esencia existía la fuerza de la reacción. Por su débil constitución corría una tenaz vena de ambiciosa voluntad de supervivencia, que continuamente había saltado como una llama, desbaratando todos los temores doctrinales, y que, incluso en aquel momento en que constituía el objeto de compasión de los misericordes, empezaba a removerse y a brillar bajo su tez cenicienta... Antes de que hubieran salido las últimas palabras de los labios del señor Hawley, Bulstrode supo que debía contestar y que su respuesta sería un ataque. No se atrevía a levantarse y decir «No soy culpable, toda la historia es falsa»... y aunque se hubiera atrevido, dada la aguda sensación de traición que sentía, le hubiera parecido tan fútil como, a fin de cubrir su desnudez, taparse con un trapo que se rasgaría al menor tirón.

Hubo unos momentos de absoluto silencio mientras todos en la habitación miraban a Bulstrode. El banquero permaneció inmóvil, apoyándose fuerte contra el respaldo de la silla; no osó levantarse y cuando empezó a hablar apretó las manos contra ambos lados de la silla. Pero su voz era perfectamente audible, si bien más ronca de lo habitual, y pronunció las palabras con nitidez, aunque se detenía entre frase y frase como falto de aliento. Volviéndose primero hacia el señor Thesiger y mirando luego al señor Hawley, dijo:

-Protesto ante usted, caballero, como ministro cristiano, por sancionar procedimientos contra mí que obedecen al odio más virulento. Aquellos que me son hostiles se avienen gustosos a creer cualquier calumnia que contra mi profiera un irresponsable. Y sus conciencias se vuelven severas contra mí. Dicen que las maledicencias de las que se me va a hacer víctima me acusan de prácticas inmorales -aquí la voz de Bulstrode se elevó y adquirió un tono más incisivo, hasta parecer un débil grito-, ¿quién me acusará? No serán aquellos cuyas propias vidas son anticristianas, incluso escandalosas... o aquellos que emplean instrumentos mezquinos para llevar a cabo sus propios fines..., cuya profesión es un tejido de trampas... que se han ido gastando sus ingresos en placeres sensuales, mientras yo he dedicado los míos al progreso de los objetivos más elevados respecto de esta vida y la próxima.

Tras la palabra «trampas» aumentó el ruido, mitad murmullos mitad siseos, mientras cuatro personas se pusieron en pie al tiempo, el señor Hawley, el señor Toller, el señor Chichely y el señor Hackbutt; pero la ira del señor Hawley fue instantánea y enmudeció a los demás.

-Si se refiere a mí, pongo a su disposición, y a la de todos los demás la inspección de mi vida profesional. En cuanto a cristiano o no cristiano, rechazo su cristianismo hipócrita y de boquilla; y en cuanto a cómo empleo mis ingresos no cae dentro de mis principios el mantener a ladrones y estafarles a los vástagos la herencia que les corresponde a fin de sostener la religión y erigirme yo como un devoto aguafiestas. No simulo finuras de conciencia..., aún no he hallado necesaria la finura para poder medir sus acciones. Y de nuevo le pido que explique satisfactoriamente los escándalos que circulan contra usted o dimita de aquellos puestos en los que, al menos nosotros, le rechazamos como colega. Repito, caballero, que nos negamos a colaborar con un hombre cuya reputación no está limpia de las infamias vertidas sobre ella, no sólo por informes sino por acciones recientes.

-Permítame, señor Hawley -dijo el presidente, y el señor Hawley, aún fuera de sí, accedió con un gesto de impaciencia y se sentó con las manos hundidas en los bolsillos.

-Señor Bulstrode, opino que no es deseable prolongar la presente discusión -dijo el señor Thesiger, volviéndose hacia el hombre pálido y tembloroso-, coincido lo bastante con el señor Hawley al expresar un sentimiento generalizado como para pensar que, según su fe cristiana, debe usted, a ser posible, liberarse de tristes inculpaciones. Por mi parte estaría dispuesto a brindarle la oportunidad y el público. Pero he de decir que su actitud presente resulta lastimosamente contradictoria con esos principios con los que usted se ha querido identificar, y por cuyo respeto yo he de velar. Como ministro suyo y como alguien que espera que recobre su anterior posición de respeto, le recomiendo que deje la sala y evite obstaculizar más el desarrollo de la sesión.

Tras un instante de duda Bulstrode cogió el sombrero del suelo y se puso lentamente en pie, pero asió la esquina de la silla con tal titubeo que Lydgate tuvo la certeza de que no le quedaba al banquero fuerza suficiente para caminar sin un apoyo. ¿Qué podía hacer? No podía ver que un hombre se hundía por falta de ayuda. Se levantó y le ofreció el brazo a Bulstrode, y así salieron de la sala; sin embargo este gesto que pudiera haber sido de delicada profesionalidad y pura compasión le resultó en aquel momento indescriptiblemente amargo. Parecía como si firmara una asociación entre él y Bulstrode y cuyo significado veía ahora tal y como debía presentarse ante otras mentes. Tenía la certeza de que este hombre que ahora se apoyaba tembloroso en su brazo, le había dado las mil libras como soborno, y que de alguna forma el tratamiento de Raffles había sido modificado por una malévola razón. Las deducciones estaban lo bastante ligadas: la ciudad conocía el asunto del préstamo, lo entendía como un soborno y creía que él lo había aceptado como tal.

Y el pobre Lydgate, mientras su mente luchaba con el peso terrible de esta revelación, se vio moralmente obligado a llevar al señor Bulstrode al banco, enviar a su hombre en busca del carruaje, y esperar para acompañarle a su casa.

Entratanto, se concluyó el asunto de la reunión y los distintos grupillos se afanaron en la discusión respecto del asunto de Bulstrode... y Lydgate.

El señor Brooke, que anteriormente sólo había recibido retazos incompletos y se encontraba muy inquieto por «haber ido demasiado lejos» en su apoyo a Bulstrode, se informó ahora detalladamente y sintió cierta benévola tristeza al hablar con el señor Farebrother de la fea situación en la que se encontraba Lydgate. El señor Farebrother tenía la intención de volverse a Lowick andando.

-Suba a mi coche -dijo el señor Brooke-. Voy a ver a la señora Casaubon. Llegaba anoche de Yorkshire, y querrá verme, ¿sabe?

Y así hicieron el camino, el señor Brooke parloteando afablemente con la esperanza de que no hubiera habido maldad en el comportamiento de Lydgate..., un joven que le había parecido muy por encima de la media normal cuando le trajo una carta de su tío, Sir Godwin. El señor Farebrother habló poco: se encontraba muy apesadumbrado y con un agudo conocimiento de las flaquezas humanas no podía estar seguro de que, presionado por necesidades humillantes, Lydgate no hubiera estado a su propia altura.

Cuando el carruaje llegó a la puerta de la casona, Dorothea estaba en el camino de gravilla y fue a recibirles.

-Bien, hija mía -dijo el señor Brooke- acabamos de estar en una reunión... una reunión de sanidad. -¿Estaba allí el señor Lydgate? -preguntó Dorothea, pletórica de salud y de animación, con la cabeza descubierta bajo la brillante luz de abril-. Quiero verle y hablar largamente con él respecto del hospital. Me he comprometido a hacerlo con el señor Bulstrode.

-Bueno, hija... -dijo el señor Brooke- nos han estado dando malas noticias..., malas noticias, ¿sabes?

Cruzaron el jardín hacia la verja que daba al patio de la iglesia pues el señor Farebrother quería continuar hasta la rectoría, y Dorothea oyó la triste historia.

Escuchó con gran interés, y quiso oír dos veces los hechos e impresiones respecto de Lydgate. Tras un breve silencio, deteniéndose ante la verja y dirigiéndose al señor Farebrother dijo con decisión:

-¿No pensará usted que el señor Lydgate es culpable de ninguna vileza? Me niego a creerlo. ¡Tenemos que averiguar la verdad y limpiar su nombre!