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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 73.
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Compasión para el agobiado; este pesar errante
Puede visitarnos a ti y a mí.

Cuando Lydgate hubo apaciguado la ansiedad de la señora Bulstrode diciéndole que su marido había tenido un desfallecimiento durante la reunión, pero que confiaba en que pronto se restablecería y que pasaría al día siguiente, a menos que ella le enviara a buscar antes, se fue directamente a casa, cogió el caballo y se alejó tres millas del poblado con el fin de no estar al alcance de nadie.

Se empezaba a sentir violento y poco razonable como si rabiara bajo el dolor de una picadura y estaba dispuesto a maldecir el día que había llegado a Middlemarch. Todo lo que le había ocurrido allí parecía una mera preparación para esta odiosa fatalidad, que había caído como una roña sobre su honorable ambición, y podía hacer que incluso gentes que tenían sólo normas vulgares consideraran su reputación como irrevocablemente perjudicada. En estos momentos un hombre apenas puede evitar ser desagradable. Lydgate se consideraba damnificado y a los otros como agentes de su mala fortuna. Lo había planeado todo para que hubiera salido diferente; y los otros se habían metido en su vida desconcertando sus propósitos. Su matrimonio parecía una calamidad irremediable, y sentía temor de volver a Rosamond antes de haberse desahogado soltando en solitario su rabia, no fuera que su presencia le exasperara y le hiciera comportarse indisculpablemente. En la vida de muchos hombres hay episodios en los que sus mejores cualidades sólo pueden proyectar una sombra disuasiva sobre los objetos que llenan su visión interior; la cordialidad de Lydgate estaba presente entonces sólo como un temor a ofender, no como una emoción que le moviera a la ternura. Porque se sentía muy desgraciado. Sólo quienes conocen la supremacía de la vida intelectual -la vida que contiene la semilla de ennoblecer el pensamiento y su propósito- pueden entender el dolor de alguien que se desploma de la serena actividad y cae en el absorbente y devastador esfuerzo de las molestias mundanas.

¿Cómo iba a vivir sin reivindicarse ante la gente que sospechaba de su vileza? ¿Cómo podía irse calladamente de Middlemarch como si se retirara de una justa condena? Y sin embargo, ¿cómo podía intentar justificarse?

Porque esa escena en la reunión, de la que acababa de ser testigo, aunque no le había proporcionado detalles, había sido suficiente para exponerle su situación con absoluta claridad. Bulstrode había tenido miedo de escandalosas declaraciones por parte de Raffles; Lydgate podía ahora estructurar todas las posibilidades del caso. «Tenía miedo de alguna traición cuando yo lo oyera: todo lo que quería era atarme a él con alguna obligación firme; eso fue lo que le hizo pasar súbitamente de la dureza a la liberalidad. Y puede que se entrometiera con el paciente; puede que desobedeciera mis órdenes. Me temo que sí. Pero si lo hizo o no, la gente cree que él, de una forma u otra, envenenó al hombre y que yo pasé por alto el delito, si no contribuí en él. Y, sin embargo, puede que no sea culpable de la última ofensa; y es posible incluso que el cambio hacia mí haya sido un genuino desenojo, el efecto de ulteriores pensamientos, tal como él alegó. Lo que llamamos "apenas posible" es a veces verdadero y la cosa que creemos más fácil de creer es absolutamente falsa. En sus últimos tratos con este hombre puede que Bulstrode mantuviera las manos limpias a pesar de mis sospechas de lo contrario.»

Había una entumecedora crueldad en su posición. Incluso si renunciaba a toda consideración que no fuese la de justificarse a sí mismo... si se enfrentaba con el encogimiento de hombros, las miradas frías y el evitar su presencia como acusación, y hacía una manifestación pública de todos los hechos como él los conocía ¿quién se convencería? Sería representar el papel del tonto ofrecer el propio testimonio en favor de sí mismo, y decir: «Yo no acepté el dinero como un soborno.» Las circunstancias todavía serían más fuertes que su aseveración. Y además, presentarse y decirlo todo de sí mismo debía incluir declaraciones acerca de Bulstrode que ensombrecerían las sospechas de otros contra él. Debía decir que desconocía la existencia de Raffles cuando mencionó a Bulstrode su penosa necesidad de dinero, y que lo aceptó inocentemente como resultado de esta comunicación, sin saber que se había producio un nuevo motivo para el préstamo al llamársele para que viera a este hombre. Y, a pesar de todo, la sospecha de los motivos de Bulstrode pudiera ser injusta.

Pero entonces vino la cuestión de si él hubiera actuado precisamente del mismo modo si no hubiera recibido el dinero. Ciertamente, si Raffles hubiera seguido vivo y susceptible de posterior tratamiento cuando llegó, y se hubiera imaginado entonces alguna desobediencia a sus órdenes por parte de Bulstrode, hubiera realizado una investigación estricta, y si su conjetura se hubiera verificado, habría abandonado el caso, a pesar de su reciente y pesada obligación. Pero si no hubiera recibido dinero alguno... si Bulstrode no hubiese revocado su fría recomendación de bancarrota... ¿se hubiera abstenido él, Lydgate, de toda investigación, incluso al encontrar al hombre muerto?..., el hecho de evitarle un insulto a Bulstrode, la duda acerca de todo tratamiento médico, y el argumento de que el suyo propio pasaría por erróneo para la mayoría de los miembros de su profesión, ¿hubiera todo eso tenido precisamente la misma fuerza o significación para él?

Ese era el inquietante rincón de la conciencia de Lydgate mientras examinaba los hechos y se resistía a todo reproche. De haber sido independiente, este asunto del tratamiento de un paciente y la clara regla de que él debía hacer o debía ver cómo se hacía lo que mejor creía para la vida a él encomendada, hubiera sido el punto en el que hubiera estado más firme. Tal como estaban las cosas, se había aferrado a la consideración de que la desobediencia a sus órdenes, procediera de donde fuese, no podía tomarse como delito, que en la opinión dominante la obediencia a sus órdenes era también probable que fuera fatal, y que el asunto era simplemente cuestión de forma. Mientras que, una y otra vez, en su época de libertad, él había denunciado la tergiversación de la duda patológica en la duda moral y había dicho que... «el experimento más puro en el tratamiento puede todavía ser consciente: mi misión es cuidar de la vida, y hacer lo mejor que pueda por ella. La ciencia es, como es debido, más escrupulosa que el dogma. El dogma da patente de corso al error, pero el mismo aliento de la ciencia es un reto al error, y debe mantener la conciencia viva». ¡Horror!, la conciencia científica ha en-trado en la degradada compañía de la obligación del dinero y los respetos egoístas.

«¿Hay en todo Middlemarch ningún médico que se examinaría a sí mismo como yo lo hago?», decía el desventurado Lydgate con una renovada explosión de rebeldía contra la opresión de su sino. «¡Y, sin embargo, todos se sentirán justificados en abrir un amplio espacio entre ellos y yo, como si fuera un leproso! Mi profesión y mi reputación están absolutamente condenadas, esto lo veo claro. Incluso si pudiera ser eximido mediante una demostración válida, poca diferencia habría para este bendito mundo. He sido acusado de corrompido y todos ellos me despreciarían igualmente.»

Ya había habido suficientes indicios que le habían confundido; que cuando pagó sus deudas y se puso de nuevo en pie alegremente, los ciudadanos le esquivaran o le miraran de un modo extraño, y en dos casos se enteró de que dos pacientes suyos habían llamado a otro médico. Las razones estaban ahora claras. La exclusión general había empezado.

No es de extrañar que en la enérgica naturaleza de Lydgate el sentido de una desesperanzada mala interpretación se tornara fácilmente en una obstinada resistencia. El ceño que a veces aparecía en su frente cuadrada no era un accidente sin sentido. Cuando volvía a la ciudad después de haber dado su paseo en las primeras horas de la dolorosa pena, ya resolvía su mente permanecer en Middlemarch a pesar de lo peor que le pudieran hacer. No retrocedería ante la calumnia, como si se hubiera sometido a ella. Se enfrentaría cara a cara con ella, y ninguno de sus actos demostraría que sentía temor. La generosidad y la fuerza desafiadora de su naturaleza le impulsaron a no retraerse de mostrar claramente su sentido de obligación hacia Bulstrode. Era cierto que su asociación con este hombre había sido fatal para él..., cierto que si hubiera tenido todavía las mil libras en sus manos con todas las deudas impagadas, le hubiera devuelto el dinero a Bulstrode, dedicándose a la mendicidad antes que al rescate que había sido ensuciado con la sospecha de soborno (recuérdese que era uno de los hombres más orgullosos); no obstante, no quería abandonar a este aplastado mortal cuya ayuda había utilizado, haciendo un lastimoso esfuerzo para ser eximido él mientras aullaba contra otro. «Haré lo que creo que está bien, sin dar razones a nadie. Tratarán de echarme, matándome de hambre, pero...», seguía pensando con obstinada resolución; pero se acercaba a casa, y el pensamiento de Rosamond se adueñó de nuevo del lugar principal del cual había sido arrojado por las agónicas luchas del honor y el orgullo.

¿Cómo se lo tomaría todo Rosamond? He aquí otro peso de la cadena para arrastrar, y el pobre Lydgate estaba de mal humor para soportar la muda maestría de su esposa. No tenía ganas de comunicarle el infortunio que pronto sería común para ambos. Prefería esperar la revelación accidental que los hechos acarrearían pronto.