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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 75.
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Le sentiment de la fausseté des plaisirs présents, et l'ignorance de la vanité dés plaisirs absents, causent l'inconstance.
(PASCAL.)

Rosamod tuvo un rayo de nueva alegría cuando la casa quedó libre de la amenazadora figura y cuando se hubo pagado a todos los desagradables acreedores. Pero no se sentía feliz: su vida matrimonial no había cumplido ninguna de sus esperanzas, y había sido estropeada frente a su imaginación. En este breve intervalo de calma, Lydgate, acordándose de que a menudo había sido tempestuoso en sus horas de perturbación y consciente del dolor que Rosamond había tenido que sobrellevar, era cuidadosamente cariñoso con ella; pero también él había perdido algo de su anterior espíritu, y todavía sentía la necesidad de referirse a un cambio económico en su forma de vida como cosa natural, tratando de reconciliarla gradualmente con ello, y reprimiendo su enojo cuando ella contestaba deseando que se fuera a vivir a Londres. Cuando no contestaba así, Rosamond escuchaba con languidez, y se preguntaba qué tenía para que valiese la pena vivir. Las duras y desdeñosas palabras que había pronunciado su marido en su cólera habían ofendido profundamente aquella vanidad que en un principio fuera para él motivo de vivo placer; y lo que ella consideraba el modo contumaz de su marido de ver las cosas alimentaba una secreta repulsión que la hacía recibir toda su ternura como un pobre sustituto de la felicidad que no había conseguido proporcionarla. Estaba en desventaja con sus vecinos y ya no había perspectiva alguna de Quallingham..., no había perspectiva alguna en ninguna parte excepto en una carta ocasional de Will Ladislaw. Se había sentido herida y contrariada por la resolución de Will de marcharse de Middlemarch, porque a pesar de lo que sabía y adivinaba de su admiración por Dorothea, acariciaba secretamente la creencia de que él tenía, o que necesariamente llegaría a tener, mucha más admiración por ella misma. Rosamond era una de esas mujeres que acarician mucho la idea de que todos los hombres que encontraban las hubieran preferido a ellas si la preferencia no hubiera sido imposible. La señora Casaubon era magnífica, pero el interés de Will por ella procedía de antes de conocer a la señora Lydgate. Rosamond interpretó el modo que Ladislaw tenía de hablar con ella -una mezcla de crítica juguetona e hiperbólica galantería- como el disfraz de un sentimiento más hondo; y en su presencia notaba ese agradable cosquilleo de la vanidad y sentido de drama romántico que la presencia de Lydgate carecía ya de magia para producir. Incluso se imaginaba -¿qué no se imaginarán los hombres y las mujeres en esta materia?- que Will exageraba su admiración por la señora Casaubon para irritarla a ella. De este modo se ocupaba la cabeza de la pobre Rosamond antes de la partida de Will. Pensaba que hubiera sido un marido más apropiado para ella que Lydgate. Ninguna opinión podría haber sido más falsa que ésta, porque el descontento de Rosamond en su matrimonio se debía a las condiciones del matrimonio mismo, a las demandas de represión individual y tolerancia, y no al modo de ser de su marido; pero el fácil concepto de una mejora irreal tenía un encanto sentimental que despejaba su monotonía. Se inventaba un pequeño romance que variaba la insipidez de su vida: Will Ladislaw sería siempre soltero y viviría cerca de ella, para estar siempre a sus órdenes, y tendría una entendida aunque nunca expresada pasión por ella, que desprendería radiantes llamaradas de vez en cuando en interesantes escenas. Su partida había sido un proporcional contratiempo, y había incrementado tristemente su aburrimiento en Middlemarch; pero al principio había tenido como repuesto un alternativo sueño de placer con previsible trato con la familia de Quallingham. Desde entonces, los sinsabores de su vida matrimonial se habían ahondado y la ausencia de otro consuelo despertaba su dolida consideración sobre aquel endeble romance que un día había alimentado. Los hombres y las mujeres cometen tristes equivocaciones sobre sus propios síntomas, y toman sus vagos e inquietos anhelos a veces por genio, a veces por religión, y más frecuentemente todavía por un inmenso amor. Will Ladislaw había escrito cartas parlanchinas, mitad para ella mitad para Lydgate, y ella las había contestado; suponía que su separación probablemente no fuera a ser definitiva, y el cambio que ahora deseaba más era que Lydgate se fuera a vivir a Londres: allí todo sería agradable, y ella se había empeñado con callada decisión en obtener este resultado cuando de pronto llegó una deliciosa promesa que la estimuló.

Llegó pocos días antes de la memorable reunión en el Ayuntamiento, y era nada menos que una carta de Will Ladislaw a Lydgate, que insistía sobre todo en su reciente interés en los planes de colonización, pero mencionaba incidentalmente que quizá necesitaría hacer una visita a Middlemarch en las próximas semanas..., una placentera necesidad, decía, casi tan anhelada como las vacaciones para un escolar. Confiaba en que siguiera allí su antiguo lugar en la alfombra y en poder disfrutar de mucha música. Pero no estaba nada seguro de cuándo iría. Mientras Lydgate le leía la carta a Rosamond, su cara se animó como una flor que revivía, y apareció más bonita y más fresca. No había nada que no se pudiera soportar ahora: las deudas se habían pagado, el señor Ladislaw iba a venir, y Lydgate sería persuadido a abandonar Middlemarch y asentarse en Londres, cosa que era «muy distinta de una ciudad de provincias».

Este fue un pedazo brillante de mañana. Pero pronto el cielo se ensombreció sobre la pobre Rosamond. La presencia de una nueva lobreguez en su marido, respecto de la que él se mantenía completamente reservado hacia ella -porque temía demostrar sus lacerados sentimientos a su neutralidad y erróneo concepto-, pronto recibió una extraña explicación, ajena a todas sus previas nociones de lo que podía afectar a su felicidad. En su nueva elevación de ánimo, y creyendo que Lydgate tenía simplemente un ataque de irritación peor que lo normal, obligándole a dejar sus observaciones sin contestación, y a alejarse de ella todo lo posible, unos días después de la reunión, decidió, sin hablarle del asunto, enviar invitaciones para una pequeña velada, convencida de que ésta era una medida prudente, puesto que parecía que la gente se mantenía apartada de ellos y se precisara restablecer la antigua costumbre de las relaciones sociales. Cuando las invitaciones fueran aceptadas, se lo diría a Lydgate, y le daría una sabia lección de cómo un médico debía comportarse con sus vecinos; porque Rosamond tenía ideas muy concretas respecto de los deberes de los demás. Pero todas las invitaciones fueron recusadas y la última llegó a manos de Lydgate.

-Esta es la letruja de Chichely. ¿Para qué te escribe? -dijo Lydgate, sorprendido y pasándole la carta a su esposa. Rosamond se vio obligada a dejársela ver, y mirándola severamente, su esposo dijo:

-¿Por qué demonios has estado mandando invitaciones sin decírmelo, Rosamond? Te pido e insisto en que no invites a nadie a esta casa. Supongo que habrás invitado a otros, y que también se habrán excusado.

Ella no contestó.

-¿Me oyes? -tronó Lydgate.

-Sí, claro que te oigo -respondió Rosamond, volviendo la cabeza a un lado, con el movimiento de una graciosa ave de cuello largo.

Lydgate movió la suya sin gracia alguna y salió de la habitación, sintiéndose peligroso. El pensamiento de Rosamond fue que se estaba volviendacada vez más insoportable..., no que hubiese ninguna nueva razón especial para esta perentoriedad. Su indisposición para explicarle algo que estaba seguro de antemano que a ella no le interesaba se volvía una costumbre irreflexiva, y Rosamond se hallaba en la ignorancia de todo lo referente a las mil libras excepto que el préstamo venía de su tío Bulstrode. Los odiosos humores de Lydgate y el aparente apartamiento de ellos por parte de los vecinos databan inexplicablemente desde su alivio de las dificultades monetarias. De haber sido aceptadas las invitaciones, hubiera invitado a su madre y los demás, a los cuales no había visto durante varios días; y ahora se puso el gorrito para ir a preguntar qué había sido de todos ellos, sintiendo de pronto como si hubiera una conspiración para dejarla sola con un marido dispuesto a ofender a todo el mundo. Era después de comer, y encontró a sus padres sentados juntos y solos en la sala de estar. La saludaron con mirada triste, diciendo «Hola, hija, ¿qué tal?» y nada más. Nunca había visto a su padre tan abatido y sentándose a su lado le preguntó:

-¿Ocurre algo, papá?

Él no contestó, pero la señora Vincy dijo.

-¿Es que no te has enterado de nada, hija? No tardará en llegarte la noticia.

-¿Se trata de algo referente a Tertius? -dijo Rosamond palideciendo. Relacionó enseguida la idea del infortunio con lo que para ella había sido inexplicable en él.

-¡Hija mía, sí! ¡Pensar que te has casado para tener estos problemas! Las deudas ya eran malo, pero esto será peor.

-Tranquilízate, Lucy, tranquilízate -dijo el señor Vincy-. ¿No has sabido nada de tu tío Bulstrode, Rosamond?

-No, papá -dijo la pobre, sintiendo como si la tribulación no fuera nada que le hubiera sucedido antes, sino algún invisible poder con zarpa de hierro que hacía que el alma se le desmayara en su interior.

Su padre se lo relató todo, diciendo al final:

-Es mejor que lo sepas, hija. Pienso que Lydgate debería marcharse de la ciudad. Las cosas se han puesto contra él. Yo diría que no pudo evitarlo. No le acuso de ningún perjuicio.

-Antes, el señor Vincy había estado siempre dispuesto a encontrarle las mayores faltas a Lydgate.

La sacudida que recibió Rosamond fue terrible. Le pareció que ningún sino podía ser más cruelmente duro que el suyo...; haberse casado con un hombre que era el centro de infamantes sospechas. En muchos casos es inevitable que la vergüenza sea la peor parte del delito, y hubiera requerido mucha reflexión esclarecedora, cosa que nunca había entrado en la vida de Rosamond, a fin de que ella en estos momentos sintiera que su infortunio era mejor que si hubiera sabido de cierto que su marido había cometido algo delictivo. Toda la vergüenza parecía estar allí. ¡Y ella se había casado inocentemente con este hombre con la creencia de que él y su familia serían su gloria! Mostró su reticencia natural hacia sus padres, y sólo dijo que si Lydgate hubiese hecho lo que ella deseaba, se hubiera ausentado de Middlemarch tiempo atrás.

-Lo lleva admirablemente -dijo su madre cuando se hubo marchado.

-¡Gracias a Dios! -contestó el señor Vincy muy abatido. Pero Rosamond se fue a casa con una justificada sensación de repugnancia hacia su marido. ¿Qué había hecho en realidad? ¿Cómo se había comportado? Lo ignoraba. ¿Por qué no se lo había contado todo? Lydgate no le habló del asunto y, por supuesto, ella no podía hablarle a él. Se le pasó por la mente una vez pedirle a su padre que la permitiera volver a su casa de nuevo, pero al recapacitar, esta perspectiva le pareció absolutamente funesta; una mujer casada que se volvía a vivir con sus padres...; la vida parecía carecer de significado para ella en esta situación: no se veía a sí misma en ella.

Los dos días siguientes Lydgate observó en ella un cambio, y supuso que se había enterado de las malas noticias. ¿Le hablaría de ello o continuaría para siempre en un silencio que parecía implicar que le creía culpable? Debemos recordar que Lydgate se hallaba en una morbosa situación mental, en la que todo contacto era penoso. Ciertamente que Rosamond en este caso tenía las mismas razones para quejarse de la reserva y falta de confianza por parte de él; pero en la amargura de su alma el médico se excusaba a sí mismo; ¿...no estaba justificado en rehuir el trabajo de decírselo, cuando ahora que ella sabía la verdad no se sentía impulsada a hablarle? Pero una más profunda conciencia de que él se hallaba en falta le inquietaba, y el silencio entre ambos se le hizo intolerable; era como si ambos se fueran a la deriva sobre un resto de naufragio evitando mirarse.

Lydgate pensaba. «Soy un imbécil. ¿No he dejado de esperar nada? Me he casado con los problemas, no con la ayuda.» Y aquel anochecer le dijo:

-Rosamond, ¿te has enterado de algo que te intranquiliza?

-Sí -contestó, dejando la labor que estaba haciendo, con una languidez semiconsciente muy distinta de su habitual forma de ser.

-¿De qué te has enterado?

-De todo, supongo. Me lo ha dicho mi padre.

-¿Que la gente me cree deshonrado?

-Sí -dijo Rosamond con abatimiento, empezando a coser de nuevo automáticamente.

Hubo una pausa. Lydgate pensó, «Si tuviera alguna confianza en mí... alguna noción de lo que soy, debería hablar ahora y decir que no cree que haya merecido el deshonor».

Pero por su lado Rosamond continuó moviendo los dedos lánguidamente. Todo lo que debiera decirse sobre el caso esperaba que saliera de Tertius. ¿Qué sabía ella? Y si su marido era inocente de alguna ofensa, ¿por qué no hacía algo para limpiar su nombre?

Este silencio por parte de ella trajo un nuevo chorro de amargura a ese áspero humor que le hacía a Lydgate decirse a sí mismo que nadie creía en el... ni siquiera Farebrother había aparecido. Había empezado a preguntarle a su mujer con la intención de que su conversación deshiciera la helada niebla que los envolvía, pero sintió que su resolución se veía frenada por un desesperado resentimiento. Rosamond parecía considerar hasta este infortunio, como los demás, como si fuese sólo suyo. Siempre era para ella un ser aparte, que hacía lo que ella no quería. Se levantó de la silla con rabioso impulso y hundiendo las manos en los bolsillos, se paseó de un lado a otro de la habitación. Había una subyaciente conciencia de que debía dominar este enfado y contárselo todo, convenciéndola de los hechos. Porque casi había aprendido la lección de que se debía amoldar a la naturaleza de ella, y puesto que a ella le faltaba comprensión, él tenía que poner más. Pronto recurrió a su intención de abrirse: no debía perder la ocasión. De conseguir llevarla a sentir con cierta gravedad que aquí había una calumnia con la que había que enfrentarse y de la que no se debía huir, y que todo el trastorno había ocurrido por su desesperada necesidad de dinero, sería el momento de urgirle con firmeza que deberían estar unidos en la resolución de seguir con el mínimo de dinero posible, a fin de que pudieran sortear el mal tiempo y mantenerse independientes. Mencionaría las medidas concretas que deseaba tomar, y la garantía hacia su dispuesto espíritu. Estaba obligado a hacer esto... ¿qué otra cosa podía hacer?

No sabía cuánto tiempo había caminado de acá para allá, pero Rosamond creía que hacía mucho, y deseaba que se sentara. Ella también había pensado que esta era la oportunidad de apremiar a Tertius en lo que debía hacer. Cualquiera que fuera la verdad de toda esta desgracia, había un temor que se afirmaba.

Por último Lydgate se sentó, no en su asiento de costumbre, sino en uno más cerca de Rosamond, inclinándose hacia ella y mirándola con gravedad antes de volver sobre el lamentable asunto. Él se había dominado a sí mismo hasta aquí, y se proponía hablar con serenidad, como si se tratara de una ocasión que no iba a repetirse. Incluso había abierto los labios cuando Rosamond, dejando caer las manos, le miró y dijo:

-Indudablemente, Tertius...

-¿Qué?

-Indudablemente ahora habrás abandonado por fin la idea de continuar en Middlemarch. Yo no puedo seguir viviendo aquí. Vayámonos a Londres. Papá y todo el mundo dicen que es mejor que te vayas. Cualquiera que sea el apuro que tenga que soportar será más llevadero fuera de aquí.

Lydgate se sintió dolorosamente herido. En vez de aquella crítica efusión para la que se había preparado con esfuerzo, de nuevo se iban a encontrar dándole vueltas a lo mismo. No podía soportarlo. Con una rápida alteración de su semblante se levantó y salió de la habitación.

Quizá, de haber sido lo suficientemente fuerte para insistir en su determinación de dar más talla puesto que Rosamond daba menos, esa noche hubiera tenido un mejor resultado. Si su energía hubiera vencido este enfrentamiento, todavía hubiera podido transformar la visión y la voluntad de Rosamond. No podemos estar seguros de que ciertas naturalezas, por inflexibles y peculiares que sean, resistan este efecto procedente de una personalidad más sólida que la suya. Pueden verse sorprendidas y convertirse momentáneamente, transformándose en parte del alma que las envuelve en el ardor de su movimiento. Pero el pobre Lydgate tenía una palpitante pena dentro de sí y su energía no había estado a la altura de la tarea.

El comienzo de un mutuo entendimiento y determinación parecía tan alejado como siempre; es más, parecía bloqueado por la sensación del fracasado esfuerzo. Siguieron viviendo día tras día con sus pensamientos todavía separados, y mientras Lydgate salía a realizar su trabajo en un humor desesperanzado, Rosamond sentía, con cierta justificación, que él se comportaba cruelmente. No servía de nada decirle algo a Tertius; pero cuando viniera Will Ladislaw le contaría todo. A pesar de su usual reticencia, necesitaba que alguien reconociera sus agravios.