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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 77.
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Y así ha dejado tu caída una
Especie de mancha para señalar
Al hombre abrumado e investido
De sospecha.
(Enrique V.)

Al día siguiente Lydgate tuvo que ir a Brassing, y le dijo a,Rosamond que estaría fuera hasta el anochecer. Ultimamente su mujer no había salido de la casa y el jardín, excepto para ir a la iglesia, y una vez a ver a su padre, al que dijo: «Si Tertius se marcha, tú nos ayudarás a trasladarnos, ¿verdad papá? Supongo que tendremos muy poco dinero. Espero que alguien nos ayude.» El señor Vincy había dicho: «Sí, hija, no me importan cien o doscientas libras. Es algo puntual, y lo puedo asumir.»

Con estas excepciones había permanecido en casa en una lánguida melancolía e incertidumbre, fija su mente en la venida de Will Ladislaw como el único punto de esperanza e interés, y asociando esto a presionar de algún modo a Lydgate para que hiciera inmediatos preparativos para salir de Middlemarch y trasladarse a Londres, hasta que estuvo convencida de que la venida sería una poderosa causa de la marcha, sin ver claramente por qué. Esta forma de establecer consecuencias es demasiado común para considerarla como un peculiar desatino de Rosamond. Y es precisamente esta clase de ilación la que ocasiona la mayor sorpresa cuando se secciona; porque ver cómo se puede producir un efecto es a menudo ver sus posibles fallos y rechazos; pero no ver nada más que la causa deseada, y cerrarla con el deseado efecto, nos libra de dudas y proporciona a nuestras mentes una firme intuición. Este era el proceso que sufría la pobre Rosamond, mientras arreglaba todos los objetos que tenía a su alrededor con la pulcritud de siempre, aunque más lentamente... o permanecía sentada al piano, pensando tocar, y desistiendo, si bien seguía en el taburete con sus blancos dedos suspendidos en la tapa de madera, y mirando ante ella con soñador fastidio. Su melancolía se había vuelto tan insistente que Lydgate sentía ante ella una extraña timidez, como un constante y silencioso reproche, y aquel hombre fuerte, dominado por su aguda sensibilidad por esta frágil criatura cuya vida le parecía que había hasta cierto punto agostado, evitaba su mirada, y a veces se alarmaba cuando se le acercaba, el miedo de ella y el miedo por ella invadiéndole más fuertemente después de que hubiera sido expulsado un momento por la exasperación.

Pero esta mañana Rosamond bajó de su habitación -en la que a veces permanecía todo el día cuando Lydgate no estaba- preparada para dar un paseo por la ciudad. Llevaba una carta para el correo... una carta dirigida al señor Ladislaw y escrita con encantadora discreción, pero que contenía la intención de precipitar su llegada insinuando algún problema. La criada, la única mujer de servicio que tenían ahora, se dio cuenta de que bajaba vestida de calle, y pensó que «jamás nadie pareció tan bonita con su sombrerito, pobre criatura».

Mientras tanto, la cabeza de Dorothea bullía con su proyecto de ver a Rosamond, y con la multitud de pensamientos del pasado y del futuro que se acumulaban ante la idea de esta visita. Hasta ayer cuando Lydgate le había abierto un resquicio de algún trastorno en su vida matrimonial, la imagen de la señora Lydgate había estado siempre para ella asociada con la de Will Ladislaw. Incluso en sus momentos de mayor inquietud -incluso cuando se había visto agitada por el penoso relato de las murmuraciones de la señora Cadwallader- su esfuerzo, más aún, el más impulsivo dictado de su conciencia había sido en favor de la reivindicación de Will de toda manchada conjetura; y cuando, en su entrevista con él después, ella había interpretado sus palabras como una probable alusión a una inclinación hacia la señora Lydgate, que él estaba decidido a cortar, Dorothea había tenido la rápida, triste y exculpadora visión del encanto que pudiera haber en sus constantes oportunidades de compañía con esta bella criatura, que seguramente compartía sus otros gustos, como evidentemente pasaba con su deleite por la música. Pero entonces llegaron sus palabra de despedida... las pocas y apasionadas palabras con las que Will implicaba que ella misma era el objeto del cual su amor le mantenía temeroso, que era su amor por ella lo que él estaba resuelto a no declarar sino a llevarse al destierro. Desde la fecha de esta despedida, Dorothea, creyendo en el amor de Will por ella, creyendo con un noble deleite en su delicado sentido del honor y su determinación de que nadie podía acusarle con razón, sintió su corazón completamente en calma respecto a la estimación que Will pudiera tenerle a la señora Lydgate. Estaba segura de que aquella atención era intachable.

Hay naturalezas en las cuales, si nos aman, somos conscientes de tener una especie de bautismo por su pura creencia en nosotros; y nuestros pecados se convierten en la peor clase de sacrilegio que derrumba el invisible altar de la confianza. «Si tú no eres bueno, nadie es bueno...»; estas pocas palabras pueden prestar un horroroso sentido a la responsabilidad, pueden contener una intensidad de vitriolo para el remordimiento.

La naturaleza de Dorothea era de esta clase; sus apasionadas faltas estaban en los fáciles y abiertos canales de su ardiente carácter; y mientras se sentía llena de piedad por los visibles errores de los demás, no tenía todavía ningún material dentro de su experiencia para las sutiles maquinaciones y sospechas de la ofensa oculta. Pero esta sencillez suya, que levantaba un ideal para los otros según el concepto que tenía de ellos, era una de las grandes posibilidades de su feminidad. Y había operado intensamente desde el principio sobre Will Ladislaw. Al separarse de ella sintió que las breves palabras con las que había tratado de comunicarle el sentimiento que sentía hacia ella y la división que la fortuna de ella colocaba entre ellos, quedarían mejoradas por la brevedad cuando Dorothea las tuviera que interpretar: Will sintió que había hallado en ella su máxima estimación.

Y en esto tenía razón. En los meses desde que se separaran, Dorothea había sentido un delicioso y triste reposo en sus relaciones entre ambos, como algo interiormente complejo y sin mancilla. Tenía una activa fuerza antagónica dentro de sí misma cuando el antagonismo se manifestaba en defensa de sus planes o de personas en las cuales creía; y las injurias que pensaba que Will había recibido de su marido, y las condiciones externas que para otros eran motivos para soslayarle, todavía añadían más tenacidad a su afecto y a su admirativo juicio. Y ahora, con las revelaciones acerca de Bulstrode, había surgido otro hecho que afectaba la posición social de Will, cosa que levantó de nuevo la resistencia interior de Dorothea hacia lo que se decía de él en esta parte del mundo que permanecía entre las vallas del parque.

«El joven Ladislaw, el nieto de un avaro usurero judío» era la frase que se había pronunciado enfáticamente en los diálogos acerca del asunto de Bulstrode, en Lowick, Tipton y Freshitt, lo cual era un anuncio en la espalda del pobre Will peor que el de «italiano con ratones blancos». El honrado Sir James Chettam estaba convencido de que su propia satisfacción era adecuada cuando pensaba con cierta complacencia que con esto se añadía una legua más a la montañosa distancia que había entre Ladislaw y Dorothea, y esto le permitía dejar de lado por absurda toda ansiedad en este sentido. Y acaso había algo de regocijo en llamar la atención del señor Brooke hacia este desfavorable aspecto de la genealogía de Ladislaw, como si fuese una vela nueva a cuya luz viera su propia insensatez. Dorothea había observado la intención con la cual se había recordado más de una vez la actuación de Will en esa penosa historia; pero no había pronunciado palabra, sintiéndose impedida ahora, cosa que no era antes así al hablar de Will, por la conciencia de una revelación más profunda entre ellos que debía permanecer siempre en un sagrado secreto. Pero su silencio guarecía su resistente emoción con una luz más perfecta; y este infortunio de Will, que parecía que los otros deseaban colgarle a la espalda para oprobio, sólo proporcionaba a su insistente pensamiento algo más de entusiasmo.

No acariciaba el pensamiento de que alcanzaran nunca una más próxima unión, y sin embargo no había tomado una postura de renuncia. Había aceptado su entera relación con Will de un modo muy sencillo y como parte de sus sufrimientos matrimoniales, y le hubiera parecido que cometía un gran pecado al albergar una intensa queja de no ser completamente feliz. Podía soportar que los principales placeres de su ternura permanecieran en la memoria, y la idea del matrimonio se le presentaba sólo como una proposición repulsiva de algún pretendiente del cual ahora no sabía nada, pero cuyos méritos, vistos por los familiares de ella, constituirían una fuente de tormentos: «alguien que pueda cuidar de tu hacienda, hija», eran las atractivas sugerencias del señor Brooke acerca de las adecuadas características. «Me gustaría cuidarla yo misma, si supiera lo que tengo que hacer con ella», contestaba Dorothea. No..., ella se aferraba a la determinación de que no se casaría de nuevo, y en el largo valle de su vida, que parecía tan plano y vacío de señales, la orientación vendría a medida que anduviera por el camino y en el curso, viera a sus compañeros de viaje.

Este estado habitual de sentimiento con referencia a Will Ladislaw había sido intenso en ella en sus horas de vigilia desde que se propuso visitar a la señora Lydgate, y formaba una especie de telón de fondo contra el que veía la figura de Rosamond sin impedimentos para su interés y compasión. Evidentemente había una separación intelectual, una cierta barrera para la completa confianza, que se había levantado entre aquella esposa y el marido, que sin embargo había convertido en ley la felicidad de su mujer. Este era un problema que ninguna tercera persona debía tocar de un modo directo. Pero Dorothea pensaba con honda caridad en la soledad que había descendido sobre Rosamond debido a la sospecha arrojada contra su marido; y aquí seguramente que sería de ayuda la manifestación de respeto para Lydgate y de comprensión hacia ella.

«Le hablaré de su marido», pensó Dorothea cuando la llevaban a la ciudad. La clara mañana primaveral, el olor de la tierra mojada, las frescas hojas mostrando apenas la apretada riqueza de su verdor en sus vainas semiabiertas, parecía formar parte de la alegría que sentía después de la larga conversación con el señor Farebrother, que había aceptado gozosamente la justificante explicación de la conducta de Lydgate.

-Le llevaré noticias a la señora Lydgate y quizá querrá hablarme y ser mi amiga.

Dorothea tenía otro encargo en Lowick Gate: era acerca de una campana nueva y de sonido agradable para la escuela, y como tenía que apearse del carruaje muy cerca de la casa de Lydgate, se fue andando por la calle después de decirle al cochero que esperara algunos paquetes. La puerta de la calle estaba abierta, y una sirvienta observaba el coche que se detenía en frente, hasta el momento en que se dio cuenta de que la señora «que pertenecía al coche» venía hacia ella.

-¿Está la señora Lydgate en casa? -dijo Dorothea.

-No estoy segura; voy a ver, si hace el favor de entrar -dijo Martha, algo confundida a causa del delantal de cocina, pero suficientemente serena para estar segura de que «seña» no era el título apropiado para esta regia viudita del coche de caballos-. Sírvase entrar y pasaré a ver.

-Diga que soy la señora Casaubon -advirtió Dorothea, mientras Martha se adelantaba para pasarla al salón y después subir a ver si Rosamond había vuelto del paseo.

Cruzaron la parte más amplia del vestíbulo y cogieron el pasadizo que conducía al jardín. La puerta del salón no estaba cerrada, y Martha, empujándola sin mirar en la habitación, esperó a que la señora Casaubon entrara y entonces se volvió, habiéndose abierto y cerrado la puerta sin hacer ruido.

Dorothea tenía esta mañana menos visión externa que la habitual, encontrándose llena de las imágenes que habían existido y que iban a existir. Se encontró al otro lado de la puerta sin observar nada notable, pero inmediatamente oyó una voz que hablaba en un tono muy quedo, cosa que la sorprendió como si soñara en pleno día, y adelantándose inconscientemente uno o dos pasos más de la proyección de una estantería, vio en la tremenda iluminación de una certeza que llenaba todos los contornos, algo que la paralizó, dejándola sin presencia de ánimo para hablar.

Sentado de espaldas a ella en un sofá que estaba contra la pared, en la misma línea de la puerta por la que había entrado, vio a Will Ladislaw; junto a él y vuelta hacia él, y llena de lágrimas que daban una mayor brillantez a su cara, se hallaba sentada Rosamond, con su sombrero colgado hacia atrás, mientras Will, inclinado hacia ella le cogía las manos levantadas y le hablaba con fervorosa voz baja.

En su agitada absorción, Rosamond no se había dado cuenta de la silenciosa figura que se adelantaba: pero Dorothea, después del inconmensurable instante de esta visión, se hizo confusamente hacia atrás y se encontró impedida por un mueble; fue entonces cuando Rosamond se apercibió de su presencia, y con un movimiento de espasmo apartó con energía las manos y se levantó mirando a Dorothea que permanecía naturalmente reprimida. Will Ladislaw, levantándose también, se volvió, y viendo en los ojos de Dorothea una nueva luz, pareció quedarse de mármol. Pero ella, dirigiéndose inmediatamente hacia Rosamond, dijo con voz templada:

-Perdón, señora Lydgate, la sirvienta no sabía que usted estuviera aquí. Pasaba para entregar una carta importante para el señor Lydgate, que deseaba darle a usted en mano.

Dejó la carta sobre la mesita que la había estorbado al retirarse, y entonces, incluyendo a Rosamond y a Will en una mirada distante y una inclinación, salió con rapidez de la habitación, encontrando en el pasillo a la sorprendida Martha, que dijo que sentía que la señora no se hallaba en casa, y entonces acompañó a la extraña señora con la reflexión interna de que las personas importantes probablemente eran más impacientes que las demás.

Dorothea atravesó la calle con su paso más ágil y enseguida se encontró de nuevo en el coche.

-Vamos a Freshitt Hall -dijo al cochero, y cualquiera que la hubiese mirado hubiese pensado que aunque estaba más pálida que de costumbre, nunca estuvo animada por una energía más serena. Y esto era en realidad lo que sentía. Era como si hubiera tomado un gran sorbo de desprecio que la estimulaba contra la susceptibilidad de otros sentimientos. Había visto algo tan por debajo de su creencia, que sus emociones se precipitaron hacia atrás y formaron un excitado tropel carente de objeto. Necesitaba algo activo para ahuyentar su excitación. Y llevaría a cabo el propósito con el que se había levantado por la mañana, de ir a Freshitt y a Tipton para decirles a Sir James y a su tío lo que deseaba que supieran acerca de Lydgate, cuya soledad matrimonial en este trance se le presentaba a Dorothea ahora con un nuevo significado, y la volvía más ardiente y diligente para ser su defensora. Jamás había sentido algo parecido a este triunfante poder de indignación en el esfuerzo de su propia vida matrimonial, en la que siempre había habido un rápido y subyugado dolor; y lo tomó como señal de una nueva fuerza.

-¡Cuán brillantes tiene los ojos, Dodo! -le dijo Celia, cuando Sir James se hubo ido de la habitación-. Y no ves nada de lo que miras, ni a Arthur ni nada. Ya sé que vas a hacer algo desagradable. ¿Es todo ello acerca del señor Lydgate, o es que ha sucedido algo nuevo? -Celia estaba acostumbrada a vigilar a su hermana con expectación.

-Sí, cariño, han ocurrido muchas cosas -dijo Dodo en tono definitivo.

-¿Y cuáles son? -dijo Celia, cruzando los brazos cómodamente y apoyándose en ellos.

-Todos los problemas de toda la gente sobre la faz de la tierra -contestó Dorothea poniéndose los brazos detrás de la cabeza.

-¡Válgame Dios, Dodo!, ¿y vas a organizar un programa para ellos? -dijo Celia, un poco inquieta por este desvarío a lo Hamlet.

Pero Sir James volvió de nuevo, dispuesto a acompañar a Dorothea a Tipton Grange, y ella terminó bien su expedición sin titubear en su resolución hasta que llegó a la puerta de su casa.