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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 83.
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Y ahora buenos días a nuestras almas
Despiertas, que no se miran con miedo;
Porque el amor controla todo el amor
De lo que el otro ve, y así convierte
Un pequeño cuarto en un todo.
(DR. DONNE.)

La segunda mañana después de la visita de Dorothea a Rosamond, había dormido profundamente dos noches y había perdido no sólo todos los síntomas de fatiga, sino que se sentía como si tuviera una gran cantidad de fuerza superflua..., es decir, más fuerza de la que podía lograr concentrar en ocupación alguna. El día anterior había dado largos paseos por fuera de la finca, y había hecho dos visitas a la rectoría; pero jamás dijo a nadie la razón por la cual pasó el tiempo de modo tan infructuoso, y esta mañana se sentía bastante disgustada consigo misma por su infantil inquietud. Hoy lo pasaría de modo muy distinto. ¿Qué se podía hacer en la villa? ¡Pues nada! Todo el mundo estaba bien y tenía lo que deseaba; no se había muerto el cerdo de nadie; y era sábado por la mañana, momento en el que había una limpieza general de suelos y umbrales, y era inútil ir a la escuela. Pero había varios asuntos que Dorothea deseaba aclarar, y resolvió arrojarse enérgicamente contra el más grave. Se sentó en la biblioteca frente a su particular montoncito de libros de economía política y materias afines, de los cuales intentaba sacar luz acerca de la mejor manera de gastar el dinero sin molestar a sus vecinos -o, cosa que viene a ser lo mismo- ver la forma de hacerles el mayor bien. Ahí había un asunto importante, que, de poder hacerse con él, seguramente le mantendría equilibrada la cabeza. Infortunadamente su mente se le fue durante una hora: y al final se encontró leyendo frases por dos veces con una intensa conciencia de muchas cosas, pero no de ninguna que contuvieran los textos. Esto era desesperante. ¿Llamaría al coche y se iría a Tipton? No; por una u otra razón prefería quedarse en Lowick. Pero había que poner en orden su mente vagabunda: había un arte en la autodisciplina; y empezó a dar vueltas alrededor de la parda biblioteca considerando qué procedimiento podría detener sus dispersos pensamientos. Quizá una simple tarea fuera lo mejor... algo que pudiera hacerse con tenacidad. ¿No había allí una geografía de Asia Menor, de cuya ignorancia la había acusado frecuentemente el señor Casaubon? Acudió al armario de los mapas y desplegó uno: esta mañana se aseguraría de que Paflagonia no se hallaba en la costa levantina y precisaría firmemente su total oscuridad sobre los cálibes en las orillas del Euxino. Un mapa es una cosa estupenda para estudiar cuando uno está dispuesto a pensar en algo diferente, estando constituido por nombres que se convierten en cantinela cuando los repites. Dorothea se sentó con interés a la labor, inclinándose sobre el mapa, y pronunciando los nombres con voz alta, aunque sometida, que a menudo se transformaba en un cantinela. Resultaba divertidamente infantil después de toda su profunda experiencia... moviendo la cabeza y señalando los nombres con el dedo, frunciendo un poquito el labio, y, de vez en cuando, dejándolo para poner las manos en las mejillas y exclamar «¡vaya, vaya!»

No había más razón para que esto terminara que un tiovivo; pero al fin se interrumpió al abrirse la puerta para anunciar la visita de la señorita Noble.

La viejecita, cuyo sombrero apenas llegaba al hombro de Dorothea, fue cariñosamente recibida; pero mientras tenía la mano en la de Dorothea hizo algunos de sus ruidillos de castor, como si tuviera algo difícil que comunicar. -Siéntese -dijo Dorothea, acercándole una butaca-. ¿Me necesitan para algo? Estaré muy contenta de poder hacerlo.

-No me voy a quedar -contestó la señorita Noble, poniendo la mano en su cestita, y cogiendo una cosa con nerviosismo-. He dejado a un amigo en la iglesia -volvió a sus ruidos inarticulados, y sacó inconscientemente la cosa que estaba manoseando. Era la caja de pastillas de concha, y Dorothea sintió que el color le subía a las mejillas.

-El señor Ladislaw -continuó la tímida mujercita -teme haberla ofendido y me ha pedido que le pregunte si usted quisiera verle durante unos minutos.

Dorothea no contestó de momento: le cruzó por la mente que no podía recibirle en la biblioteca, en la que parecía residir la prohibición de su marido. Miró por la ventana. ¿Podría salir y encontrarle en el jardín? El cielo se veía pesado, y los árboles habían empezado a temblar con amenazas de tormenta. Además se retraía de salir hacia él.

-Recíbalo, señora Casaubon -dijo la señorita Noble con ternura-; de otro modo tendré que volver a decirle que no, y esto le dolerá mucho.

-Sí, le veré -dijo Dorothea-. Tenga la bondad de decirle que venga.

¿Qué otra cosa podía hacer? No había nada que deseara más que ver a Will: la posibilidad de verle se había impuesto insistentemente entre ella y cualquier otra cosa; y sin embargo tenía una palpitante exaltación de alarma... una sensación de que por él estaba haciendo algo osado y desafiante.

Cuando la mujercita se hubo ido correteando a cumplir su misión, Dorothea permaneció en medio de la biblioteca, las manos asidas ante ella, sin intentar componerse en una actitud de inconsciente dignidad. De lo que era menos consciente era de su propio cuerpo: pensaba en lo que probablemente habría en la conciencia de Will, y en la ofensiva opinión que otros tenían de él. ¿Cómo podía deber alguno llevarla a la severidad? La resistencia a un injusto desprecio se había mezclado con sus sentimientos hacia él desde el primer momento, y ahora, ante la reacción de su corazón después de la angustia, la resistencia era más fuerte que nunca. «Si le quiero tanto es porque lo han tratado tan mal»: había una voz que decía esto en su interior a un público imaginario en la biblioteca, cuando la puerta se abrió y vio a Will delante de ella.

Dorothea no se movió, y él se acercó con más duda y timidez en el rostro de lo que había visto nunca. Se hallaba en un estado de incertidumbre que le hacía temer que cualquier mirada o palabra suyas lo condenaran a una nueva separación de ella; y Dorothea estaba temerosa de su propia emoción. Parecía como si estuviera encantada, y permanecía inmóvil y sin soltarse las manos, a la vez que un intenso y grave anhelo se aprisionaba en sus ojos. Viendo que no le tendía la mano como de costumbre, Will se detuvo a un metro de ella y dijo con turbación:

-Estoy muy agradecido de que me haya recibido.

-Quería verle -contestó Dorothea, no encontrando más palabras que decir. No se le ocurrió sentarse, y Will no dio una agradecida interpretación a este regio modo de recibirle, sino que siguió diciendo lo que tenía intención de decir.

-Me temo que considere una tontería y acaso un error el volver tan pronto. He sido castigado por mi impaciencia. Ya conoce... todo el mundo la conoce... la triste historia de mi parentesco. La sabía antes de irme, y siempre he querido contársela... de encontrarnos de nuevo.

Hubo un ligero movimiento de Dorothea, y ella separó las manos, pero inmediatamente las volvió a juntar.

-Pero el asunto es ahora materia de habladurías -continuó Will-. Quería que supiese que algo relacionado con ello... algo que sucedió antes de que me fuera... ha colaborado a traerme aquí de nuevo. Al menos me sirvió de excusa para venir. Fue la idea de solicitar de Bulstrode que aportara dinero para una causa pública... un dinero que él había pensado entregarme. Quizá esté en favor de Bulstrode el hecho de que me ofreciera una compensación por un antiguo agravio. Se prestó a concederme una buena renta para compensar; pero supongo que conoce la desagradable historia.

Will miró dudosamente a Dorothea, pero iba adquiriendo el agresivo valor con el que siempre pensaba en ese hecho de su destino. Y añadió:

-Debe saber lo doloroso que es para mí.

-Sí... sí... lo sé -dijo precipitadamente Dorothea.

-No quise aceptar ninguna renta de tal procedencia. Creí que no pensaría bien de mí de haberlo hecho -dijo Will. ¿Por qué le iba a importar decir nada de esto ahora? ... Sabía que había confesado su amor por ella-. Sentía que... -no obstante, se interrumpió.

-Se comportó como yo había esperado que se comportara -dijo Dorothea, mientras la faz le resplandecía y la cabeza se le erguía un poco más sobre el hermoso cuello.

-No creía que ninguna circunstancia de mi nacimiento creara en usted ningún prejuicio contra mí, aunque seguramente lo haría en otros -dijo Will, sacudiendo la cabeza hacia atrás como de costumbre, y mirándola a los ojos con suplicante seriedad.

-Si se tratara de una nueva dificultad sería una nueva razón para adherirme a usted -exclamó fervientemente Dorothea-. Nada podía haberme cambiado, sino... -su corazón palpitaba y le era difícil continuar; hizo un gran esfuerzo para decir en voz baja y temblorosa-, sino pensar que era usted diferente... que no era tan bueno como yo creía.

-Puede estar segura de que me cree mejor de lo que soy en todo menos en una cosa -dijo Will, demostrando sus sentimientos ante la evidencia de los de ella-. Quiero decir en mi fidelidad a usted. Cuando pensé que dudaba de esto, no me importó nada lo demás. Pensé que todo había terminado para mí, y que no quedaba nada por intentar... sólo cosas que padecer.
-Ya no dudo de usted -contestó Dorothea, tendiéndole la mano; un vago temor por él la impulsaba con indescriptible cariño.

Le tomó la mano y se la llevó a los labios casi con un sollozo. Pero tenía el sombrero y los guantes en la otra mano -hubiera podido pasar por el retrato de un monárquico. Con todo, se le hacia difícil soltar la mano, y Dorothea, retirándola en una confusión que la perturbaba, le miró y se apartó.

-Mira lo oscuras que se han puesto las nubes y cómo se agitan los árboles -dijo Dorothea, acercándose a la ventana, y hablando y moviéndose en un cofuso sentido de lo que hacía.

Will la siguió a cierta distancia y se apoyó en el alto respaldo del sillón de cuero, sobre el que ahora dejó el sombrero y los guantes, y se libró de la intolerable cautividad de la formalidad a la que por primera vez en presencia de Dorothea se había condenado. Hay que confesar que se sentía muy contento en este momento, apoyado en el sillón. Ahora ya no sentía mucho miedo de nada de lo que ella pudiera pensar.

Permanecieron en silencio, sin mirarse, sino viendo cómo los árboles eran sacudidos, y mostraban el pálido envés de sus hojas contra el ennegrecido firmamento, jamás Will había disfrutado tanto de la perspectiva de una tormenta: lo liberaba de la necesidad de marcharse. Las hojas y ramitas se veían arrebatadas y se acercaba el trueno. La luz era cada vez más opaca, pero apareció el brillo de un relámpago que les hizo estremecer, mirarse una a otro, y sonreír. Dorothea empezó a decir lo que había pensado.

-Fue una equivocación tuya decir que no te quedaba nada por intentar. Si nosotros hubiésemos perdido nuestro bien principal, hubiera quedado el bien de la otra gente, y en eso vale la pena empeñarse. Algunos pueden ser felices. Me pareció ver esto más claro que nunca, cuando me sentía más desdichada. No puedo decir apenas cómo hubiera soportado las tribulaciones, si este sentimiento no hubiera acudido a mí para darme fuerzas.

-Tú nunca has sentido la desgracia que he sentido yo -dijo Will-; la desgracia de que tú pudieras despreciarme.

-Pero he sentido lo peor... es peor pensar mal... -Dorothea había empezado con ímpetu, pero cortó.

Will se sonrojó. Tuvo la sensación de que cuanto decía Dorothea se manifestaba desde la visión de una fatalidad que les mantenía aparte. Permaneció callado un momento, y después dijo apasionadamente...

-Tenemos al menos el consuelo de hablarnos sin embozo. Ya que yo debo marcharme..., ya que debemos estar siempre separados..., puedes pensar de mí como una persona al borde de la tumba.

Mientras estaba hablando, un vívido relámpago los iluminó perfectamente a ambos..., y la luz pareció el terror de un desesperado amor. Dorothea se apartó instantáneamente de la ventana. Will la siguió, cogiéndola la mano con espasmo; y así estuvieron, cogidos de la mano, como dos niños, mirando la tormenta, mientras el trueno desataba su tremendo disparo y rodaba encima de ellos, y la lluvia empezaba a descender. Entonces se volvieron a mirarse, conservando en la memoria las palabras de él y sin soltarse las manos.

-No hay salvación para mí -exclamó Will-. Incluso si tú me quieres como yo te quiero... incluso aunque lo fuera todo para ti... yo seré probablemente siempre muy pobre: calculando con serenidad, no cuento con nada sino para ir tirando. Es imposible para nosotros que podamos pertenecernos uno al otro. Quizá fue ruin por mi parte haberte pedido que me alentaras. Quería haber desaparecido en silencio, pero no he sido capaz de hacer lo que me proponía.

-No te aflijas -contestó Dorothea con palabra clara y tierna-. Prefiero compartir la desgracia de nuestra separación.

Los labios de ella temblaron, y también los de él. Nunca se supo cuáles labios se acercaron primero a los del otro; pero se besaron temblando y después se separaron.

La lluvia se estrellaba contra los cristales como si contuviera un espíritu airado, y detrás de ella venía el gran soplo de viento: era uno de aquellos momentos en que tanto los activos como los pasivos se detenían con cierto temor.

Dorothea se sentó en el asiento que tenía más próximo, una otomana grande que había en el centro de la habitación y con las manos juntas en el regazo observaba el lúgubre mundo exterior. Will permaneció todavía mirándola un instante, y entonces se sentó a su lado y puso su mano encima de la suya, que Dorothea volvió para que cogiera. Continuaron sentados de este modo, sin mirarse, hasta que la lluvia se debilitó y empezó a caer silenciosamente. Ambos habían estado llenos de pensamientos que ninguno de ellos podía empezar a manifestar.

Pero cuando la lluvia paró, Dorothea se volvió para mirar a Will. Con una exclamación apasionada, como si una tortura le amenazara, Will se levantó y dijo:

-¡Es imposible!

Se fue a apoyar de nuevo en el respaldo de la silla, y pareció que estuviera luchando con su propia ira, mientras ella le miraba tristemente.

-Es tan fatal como un asesinato u otra cosa horrorosa que divide a la gente -estalló de nuevo-: es más intolerable... ver mutilada nuestra vida por meros accidentes.

-No..., no hables así... tu vida no debe ser mutilada -contestó Dorothea con cariño.

-Sí, debe serlo -dijo Will enfadado-. Es cruel por tu parte que hables así... como si hubiera un consuelo. Tú puedes ver más allá del infortunio, pero yo no. No está bien... es tirar mi amor por ti como si fuera una bagatela, hablar de ese modo en presencia de los hechos. No nos casaremos jamás.

-Un día... puede ser... -dijo Dorothea, con voz temblorosa.

-¿Cuándo? -preguntó Will amargamente-. ¿De qué sirve contar con algún éxito mío? Es dudoso que jamás haga otra cosa que mantenerme decentemente, a menos que decida venderme como escritor y portavoz. Lo veo con toda claridad. No me puedo ofrecer a ninguna mujer, aunque ella no tenga lujos a los que renunciar.

Se hizo el silencio. El corazón de Dorothea estaba lleno de algo que deseaba decir, y no obstante las palabras se hacían demasiado difíciles. Estaba absolutamente obsesionada por ellas: en este momento el debate estaba mudo en su interior. Y se le hacía penoso no poder decir lo que quería. Will seguía mirando airado por la ventana. Sí él la hubiera mirado y no se hubiese apartado de su lado, Dorothea creía que todo hubiese sido más fácil. Al final se volvió, apoyándose aún contra la butaca, y extendiendo automáticamente la mano hacia su sombrero, dijo con cierta exasperación.

-Adiós.

-No puedo... se me rompe el corazón -exclamó Dorothea, levantándose de su silla. El torrente de su joven pasión derribaba todas las obstrucciones que la habían mantenido callada... y al instante asomaron y cayeron las lágrimas-: No me importa la pobreza... odio mis bienes.

Al momento Will estaba junto a ella y la envolvía en sus brazos; pero ella echó la cabeza hacia atrás y lo apartó suavemente, para poder seguir hablando. Sus ojos llenos de lágrimas se miraban con franqueza en los de él, mientras decía so-lozando- inocentemente.

-Podemos vivir perfectamente bien con lo que tengo; es demasiado: setecientas libras al año, y necesito tan poco... no quiero vestidos nuevos... y aprenderé lo que vale todo.