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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 84.
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Aunque digan los jóvenes y viejos.
Que yo tengo la culpa,
Es suya la infracción,
Por haber hablado tanto
Y dañado mi reputación.
(La doncella de color de nuez.)

Fue justo después de que los Lores rechazaran la ley de reforma electoral: esto explica que el señor Cadwallader viniera paseando por el repecho del césped cercano al gran invernadero de Freshitt Hall, con el Times en las manos a su espalda, mientras hablaba con el desapasionamiento de un pescador de truchas sobre las perspectivas del país con Sir James Chettam. La señora Cadwallader, la viuda Lady Chettam y Celia se sentaban a ratos en sillas de jardín; a ratos andaban para recibir al pequeño Arthur, al que la niñera paseaba en un carrito, y, como correspondía a un Buda infantil, iba guarnecido por su sagrado paraguas de hermosa franja de seda.

Las señoras también hablaban de política, aunque más caprichosamente. La señora Cadwallader era firme en la proyectada creación de pares: sabía cierto por su primo que Truberry se había pasado al otro lado enteramente a instancias de su mujer, que había olido en el aire posibilidades políticas desde la primera introducción del asunto de la Reforma, y vendería su alma para tener primacía sobre su hermana menor que se había casado con un baronet. Lady Chettam creía que esta conducta era muy reprochable, y recordaba que la madre de la señora Truberry fue una Walshingham de Melsprine. Celia confesó que era más agradable ser «lady» que ser «señora» y que Dodo nunca se preocupaba acerca de la prioridad con tal de hacer lo que deseaba. La señora Cadwallader sostenía que era una triste satisfacción adoptar precedencia cuando todo el mundo sabía que uno no tenía en las venas ni

1 En mayo de 1832.

una gota de sangre azul; y Celia, deteniéndose para mirar a Arthur, insistía, que «estaría muy bien, sin embargo, si él fuera vizconde... ¡y a punto de salirle el dientecito a su señoría! Podía haberlo sido si James hubiese sido conde».

-Querida Celia -dijo la señora viuda Chettam-, el título de James vale mucho más que el de ningún nuevo condado. Nunca quise que su padre fuese nada más que Sir James.

-Bueno, sólo me refería al dientecito de Arthur -dijo Celia con tranquilidad-. Pero, ahí llega mi tío.

Se encaminó a recibir a su tío, mientras Sir James y el señor Cadwallader pasaron a formar grupo con las señoras. Celia había metido el brazo por el de su tío y él le palmoteaba la mano con cierto melancólico, «¡Bien, hija!» A medida que se acercaban, era evidente que el señor Brooke estaba desanimado, pero ello se explicaba por completo por la situación de la política; y mientras daba la mano a todos sin otro saludo que «Bien, estáis todos aquí», el rector dijo riendo:

-No se tome tan a pecho el rechazo de la Ley, Brooke; tiene toda la gentuza del condado de su lado.

-La ley, ¿eh? -exclamó el señor Brooke, con un amansado aturdimiento-. Rechazada, ya saben. Los Lores van demasiado lejos, sin embargo. Tendrán que refrenarse. Malas noticias, ¿saben? Me refiero que para nosotros hay malas noticias. Pero no debe culparme a mí, Chettam.

-¿Qué sucede? -dijo Sir James-. No será que han disparado a otro guardabosques, espero. Es lo que se puede esperar cuando un fulano como Trappins Bass queda en libertad tan fácilmente.

-¿Guardabosques? No. Entremos; lo contaré todo en la casa... en la casa -dijo el señor Brooke, haciendo señas a los Cadwallader para demostrarles que les incluía en su confianza-. En cuanto a cazadores furtivos como Trappins Bass, sabe, Chettam -continuó, mientras entraban-, cuando sea usted juez de paz no le resultará tan fácil condenar. La severidad está muy bien, pero resulta más fácil cuando se tiene a alguien que te la ejerza. Usted mismo tiene un punto débil en su corazón, ya lo sabe..., usted no es un Draco ni un Jef-freys2, o este tipo de hombre.

2 El juez británico George Jeffreys (1648-89), conocido por la dureza de las condenas que impuso a raíz de la rebelión de Monmouth en 1685.

El señor Brooke se hallaba en un estado de perturbación nerviosa. Cuando tenía algo penoso que contar, solía instalarlo entre un número de detalles desarticulados, como si fuera una medicina que obtendría mejor sabor al mezclarla. Continuó su plática con Sir James acerca de los cazadores furtivos hasta que todos se sentaron, y la señora Cadwallader impaciente con esta charlatanería, dijo:

-Me muero por saber la triste noticia. Al guardabosques no le han disparado: asunto resuelto. ¿Qué pasa, pues?

-Es una cosa muy penosa, saben -dijo el señor Brooke-. Me alegro de que usted y el rector estén aquí; es un asunto de familia..., pero usted nos ayudará a todos a soportarlo, Cadwallader. Tengo que decírtelo a ti, hija... -aquí el señor Brooke miró a Celia-; tú no tienes idea de lo que es ¿sabes?, y Chettam, a usted le enojará enormemente..., pero ya ve, usted no ha podido impedirlo más de lo que he podido yo. Ocurre algo singular en las cosas, y es que acaban sucediendo.

-Tiene que tratarse de Dodo -dijo Celia, que acostumbraba a pensar que su hermana era la parte peligrosa de la maquinaria de la familia. Se había sentado en un taburete bajo apoyada en la rodilla de su marido.

-¡Por amor de Dios, díganos ya qué es lo que sucede! -dijo Sir James.

-Bien, ya sabe, Chettam, no pude evitar el testamento de Casaubon, fue una especie de testamento para empeorar las cosas.

-En efecto -dijo Sir James precipitadamente-. Pero ¿qué es lo que empeoró?

-Dorothea se va a casar de nuevo, ¿saben? -dijo el señor Brooke, haciendo una señal con la cabeza a Celia, que inmediatamente miró a su marido con ojos espantados y le puso la mano en la rodilla.

Sir James se puso blanco de furor, pero no dijo nada.

-¡Santo cielo! -dijo la señora Cadwallader-. ¿No será con el joven Ladislaw?

El señor Brooke asintió con la cabeza, diciendo:

-Pues sí, con Ladislaw -y entonces adoptó un prudente silencio.

-¿Ves esto, Humphrey? -dijo la señora Cadwallader, moviendo la mano hacia su marido-. De nuevo tendrás que admitir que tengo cierta perspicacia; aunque seguirás contradiciéndome y continuarás tan ciego como siempre. Tú suponías que el joven se había marchado de la comarca.

-Esto pudo ser, y sin embargo haber vuelto -dijo el rector con tranquilidad.

-¿Cuando lo ha sabido? -dijo Sir James, no queriendo que nadie más hablara, aunque encontrando difícil poder hablar él.

-Ayer -dijo el señor Brooke mansamente-. Fui a Lowick, Dorothea me llamó, ¿sabe? Todo sucedió muy rápidamente..., ninguno de ellos sabía nada hace dos días... ni idea, ¿saben? Hay algo singular en las cosas. Pero Dorothea está muy decidida..., no sirve de nada oponerse. Yo la advertí con firmeza. Cumplí con mi deber, Chettam. Pero puede hacer lo que quiera, ya saben.

-Habría sido mejor que le hubiese retado y le hubiese disparado un tiro hace un año -dijo Sir James, no porque pensara en sangre, sino porque tenía necesidad de decir algo gordo.

-Vamos, James, eso habría sido muy desagradable -contestó Celia.

-Sea razonable, Chettam. Considere el asunto más tranuilamente -dijo el señor Cadwallader, sintiendo ver a su amable amigo tan poseído por la ira.

-Esto no es nada fácil para un hombre de dignidad, con un sentido del deber, cuando el caso sucede en su propia familia -agregó Sir James, todavía blanco de indignación-. Es algo escandaloso. Si Ladislaw hubiera tenido una chispa de honor se hubiese ido inmediatamente del país para no aparecer aquí nunca jamás. No obstante, no me sorprende. El día después del funeral de Casaubon dije lo que se tenía que hacer. Pero nadie me hizo caso.

-Usted quería lo imposible, ya lo sabe, Chettam -dijo el señor Brooke-. Quería desterrarlo. Yo le dije que Ladislaw no era hombre que se dejara mandar, tenía sus ideas. Era un muchacho extraordinario...

-Sí -dijo Sir James, incapaz de reprimir la réplica-.

Es una pena que usted tenga. formada esta alta opinión de él. A ello debemos el que se haya alojado en esta vecindad. A esto debemos el que tengamos que ver a una mujer como Dorothea degradándose para casarse con él -Sir James se fue entrecortando entre frase y frase, pues las palabras no le salían con facilidad-. Un hombre tan señalado en el testamento de su marido, que la delicadeza debía haberla prohibido verlo de nuevo..., que la rebaja de su propio rango... hacia la pobreza..., tiene la mezquindad de aceptar tal sacrificio..., ha tenido siempre una posición criticable..., un origen ruin... y, creo, es un hombre de pocos principios y ligero carácter. Esa es mi opinión -terminó Sir James enfáticamente, volviéndose de lado y cruzando las piernas.

-Ya se lo advertí todo a ella -dijo el señor Brooke, disculpándose...,-. Me refiero a la pobreza y a abandonar su posición. Le dije: «Hija, no sabes lo que es vivir con setecientas libras al año, no tener coche, y todas estas cosas, y moverte entre la gente que no sabe quién eres.» Se lo dije claramente. Pero yo le aconsejo que hable directamente con Dorothea. El hecho es que le desagrada la heredad que le ha dejado Casaubon. Ya verá lo que le dice.

-No, perdóneme, no lo veré -dijo Sir James más fríamente-. No podría soportar verla de nuevo; es demasiado penoso. Me duele demasiado que una mujer como Dorothea haya cometido esta equivocación.

-Sea justo, Chettam -dijo el sereno rector de grandes labios, que se oponía a esta innecesaria incomodidad-. La señora Casaubon puede estar actuando imprudentemente; se desprende de una fortuna por un hombre, y nosotros los hombres tenemos una opinión tan pobre los unos de los otros que difícilmente podemos llamar prudente a una mujer que obre así, en el sentido estricto de la palabra.

-Pues sí, yo sí -contestó Sir James-. Opino que Dorothea hace una cosa mala al casarse con Ladislaw.

-Querido amigo, estamos demasiado inclinados a considerar un acto malo porque no nos gusta -dijo el rector tranquilamente. Como muchos hombres que se toman la vida con facilidad, tenía la habilidad de decir una verdad común de cuando en cuando a aquellos que perdían virtuosamente el control de sí mismos. Sir James se sacó el pañuelo y empezó a mordisquear la esquina.

-Es espantoso por parte de Dodo -añadió Celia, queriendo justificar a su marido-. Había dicho que jamás se casaría de nuevo... con nadie.

-También yo se lo oí decir -dijo Lady Chettam mayestáticamente, como aportando una real afirmación. -Bueno, suele haber una silenciosa excepción en tales casos -dijo la señora Cadwallader-. Lo único que me maravilla es que estén tan sorprendidos. No hicieron nada para impedirlo. Si hubiera traído a Lord Triton aquí para que la cortejara con su filantropía, acaso se la hubiese llevado antes de terminar el año. No había seguridad en ninguna otra cosa. El señor Casaubon lo había preparado todo lo mejor posible. Se hizo desagradable... o a Dios le plujo hacerlo así..., y entonces retó a Dorothea a contradecirle. Es el modo de hacer tentadora cualquier baratija, poniéndole un elevado precio.

-No sé lo que entiende usted por erróneo, Cadwallader -dijo Sir James, sintiéndose todavía algo herido, y volviéndose en la butaca hacia el rector-. No es un hombre que podamos admitir en la familia. Por lo menos, hablando por mí personalmente -continuó apartando cuidadosamente los ojos del señor Brooke.- Supongo que otros encontrarán su compañía lo bastante placentera para hacer caso omiso de la conveniencia del asunto.

-Bien, Chettam -contestó el señor Brooke con buen humor, acariciándose la pierna-, yo no puedo darle la espalda a Dorothea. Debo ser un padre para ella, hasta cierto punto. Le dije: «Hija, no me negaré a ser tu padrino.» Le había hablado en serio antes. Pero puedo acortarle la herencia, saben. Costará dinero y será enojoso; pero puedo hacerlo, ¿saben?

El señor Brooke movió la cabeza afirmativamente en dirección a Sir James, y sintió que mostraba su capacidad de resolución a la vez que se conciliaba con la vejación del baronet. Había empleado un modo más ingenioso de parar el golpe del que pensara. Había tocado un motivo del que Sir James se avergonzaba. El grueso de sus sentimientos acerca del matrimonio de Dorothea con Ladislaw se debían en parte a excusables perjuicios, o incluso a una opinión justificable, y en parte a una celosa antipatía, apenas menor en el caso de Ladislaw que en el de Casaubon. Estaba convencido de que el matrimonio era fatal para Dorothea. Pero en medio de todo esto corría una vena que él era un hombre demasiado honorable para que le gustara confesársela a sí mismo: era innegable que la unión de las dos propiedades -Tipton y Freshitt-, que estaban situadas dentro de una misma linde, era una perspectiva que le halagaba para su hijo y heredero. He aquí que cuando el señor Brooke hizo mención a este punto, Sir James se sintió súbitamente incómodo: se la atragantó la garganta; incluso se ruborizó. Había encontrado más palabras de las usuales en el primer empujón de ira, pero la conciliación del señor Brooke era más entorpecedora para su lengua que la cáustica insinuación del señor Cadwallader.

Pero Celia se alegró de tener lugar para hablar después de la sugerencia de su tío sobre la ceremonia del matrimonio, y dijo, aunque con tan poca ansiedad como si la cuestión se refiriera a una invitación a cenar:

-¿Cree que Dodo se va a casar enseguida, tío?

-Dentro de tres semanas, ¿sabes? -dijo el señor Brooke en tono desvalido-. No puedo hacer nada para impedirlo, Cadwallader -añadió, volviéndose ligeramente hacia el rector, que dijo:

-Yo no me alarmaría por ella. Si prefiere ser pobre, esto es cosa suya. Nadie diría nada de que se casara con este joven si fuese rico. Muchos beneficiarios eclesiásticos son más pobres de lo que serán ellos. Ahí tienen a Elinor -continuó el provocador marido-; ella enojó a todas sus amistades para casarse conmigo: apenas tenía mil libras al año..., yo era un patán..., nadie podía ver nada en mí..., mis zapatos no tenían la hechura normal..., todos los hombres se asombraban de que pudiera gustar a una mujer. No, no tengo otro remedio que estar de parte de Ladislaw hasta que se digan más cosas malas de él.

-Humphrey, todo esto es retórica, y tú lo sabes -dijo su mujer-. Todo es una sola cosa contigo... ese es el principio y el final contigo. ¡Como si tú no hubieses sido un Cadwallader! ¿Es que alguien supone que yo hubiera aceptado un monstruo como tú con otro nombre?

-Y encima clérigo -observó Lady Chettam con aprobación-. No se puede decir que Elinor haya descendido de rango. Es difícil decir lo que es el señor Ladislaw, ¿verdad, James?

Sir James emitió un pequeño gruñido, menos respetuoso que su habitual forma de contestar a su madre. Celia lo miró como un gatito pensativo.

-Hay que admitir que su sangre es una espantosa mezcla -dijo la señora Cadwallader-. La sepiosa sangre Casaubon para empezar, y después un rebelde violinista polaco, o maestro de danza, ¿no es así?... Y después un viejo...

-Tonterías, Elinor -dijo el rector levantándose-. Es hora de que nos vayamos.

-Después de todo, es un guapo jovenzuelo -dijo la señora Cadwallader, levantándose también, y con ganas de rectificar-. Se parece a los hermosos retratos antiguos de Crichley antes de que llegaran los idiotas.

-Yo me iré con ustedes -dijo el señor Brooke, levantándose alegremente-. Mañana deben venir a cenar conmigo... ¿verdad, Celia, hija?

-Tú querrás, ¿no James? -dijo Celia, cogiéndole la mano a su marido.

-Naturalmente, si te parece -contestó Sir James, tirándose del chaleco, pero incapaz de poner buena cara aún-. Es decir, si no se trata de encontrarnos con nadie más.

-No, no, no -dijo el señor Brooke, comprendiendo la condición-. Dorothea no vendría, a menos que hubiera usted ido a verla.

Cuando Sir James y Celia estuvieron solos, ella dijo: -¿Te importa que coja el coche para ir a Lowick, James?

-¿Cómo, ahora mismo? -preguntó él con sorpresa.

-Sí, es muy importante -contestó Celia.

-Recuerda, Celia, que yo no la puedo ver -dijo Sir james.

-¿Aunque decida no casarse?

-¿De qué sirve hablar así?... pero, me voy a la cuadra. Le diré a Briggs que se acerque con el coche.

Celia pensó que era muy conveniente hacer un viaje a Lowick, si no para hablarle de esto a su hermana, al menos para influir en el ánimo de Dorothea. Durante toda su niñez había notado que podía influir en ella con una palabra juiciosamente colocada... abriendo una ventanita para que la luz de su propio entendimiento entrara en las lámparas de extraños colores que Dodo habitualmente veía. Y Celia, la madre naturalmente, se sentía más capaz de aconsejar a su hermana sin hijos.

¿Quién podía comprender a Dodo tan bien como Celia, o quererla tan tiernamente?

Dorothea, ocupada en su gabinete, sintió un vivo placer ante la visita de su hermana tan pronto después de la revelación de su proyectado matrimonio. Se había imaginado, incluso con exageración, el disgusto de sus amistades, y aún había temido que Celia pudiera mantenerse apartada de ella.

-¡Oh, Kitty, estoy encantada de verte! -dijo Dorothea, poniendo las manos en los hombros de Celia y rebosante de alegría-. Casi pensaba que no vendrías a verme.

-No he traído a Arthur porque tenía prisa -dijo Celia, y se sentaron en dos sillitas una frente a la otra, con las rodillas tocándose.

-Sabes, Dodo, no está nada bien -empezó Celia, con su plácido acento gutural, apareciendo lo más alejada posible de la irritación-. Nos has defraudado a todos. Y no puedo pensar que llegue a suceder..., no puedes irte y vivir de esta forma. ¡Además, quedan todos tus planos! No debes haber reparado en eso. James se hubiera tomado todas las molestias por ti y tú hubieras podido seguir toda la vida haciendo lo que quisieras.

-Al contrario, querida -dijo Dorothea-, yo nunca pude hacer nada de lo que quise. No he realizado jamás plan alguno todavía.

-Porque has querido siempre cosas que no proceden. Pero otros planes hubieran venido. ¿Y cómo puedes casarte con el señor Ladislaw, con quien nadie de nosotros pensó nunca que pudieras casarte? A James le disgusta profundamente. Y después de todo, es tan distinto de lo que tú has sido siempre. Te empeñaste en el señor Casaubon porque tenía un alma tan grande, y era tan viejo, lúgubre y sabio; y pensar ahora en casarte con el señor Ladislaw, que no tiene propiedades ni nada... Supongo que es porque te propones estar incómoda de un modo u otro.

Dorothea se rió.

-Bueno, esto es muy serio, Dodo -dijo Celia poniéndose más solemne-. ¿Cómo vivirás? Y te irás con gente rara. Y ya no te veré más... y no te importará el pequeño Arthur..., y yo creía que sí te importaría siempre...

Las infrecuentes lágrimas de Celia asomaron en sus ojos y se le agitaron las comisuras de los labios.

-Querida Celia -respondió Dorothea con tierna gravedad-, si no me vas a ver nunca, no será culpa mía.

-Sí, lo será -dijo Celia con la misma emotiva distorsión en sus menudas facciones-. ¿Cómo puedo venir a ti o tenerte conmigo si James no puede soportarlo...?, porque no cree que esté bien... cree que estás muy equivocada. Pero tú siempre estuviste equivocada; sólo que no puedo evitar el quererte. Y nadie sabe en dónde vivirás: ¿dónde vas a ir?

-Me iré a Londres -dijo Dorothea.

-¿Cómo vas a poder vivir siempre en un calle? Y serás muy pobre. Te podría dar la mitad de mis cosas; pero ¿cómo voy a hacerlo, si nunca te veré?

-Dios te bendiga, Kitty -contestó Dorothea con un suave fervor-. Consuélate. Quizá James me perdonará algún día.

-Pero sería mucho mejor si no te casaras -insistió Celia, secándose los ojos, y volviendo a su argumento-; entonces no habría nada desagradable. Y tú no harías lo que nadie piensa que pudieras hacer. James siempre dice que tendrías que ser una reina; pero esto no es ser de ningún modo una reina. Sabes la cantidad de equivocaciones que siempre has cometido, Dodo, y ésta es otra. Nadie piensa que el señor Ladislaw sea el marido adecuado para ti. Y dijiste que no te volverías a casar nunca.

-Es muy cierto que podría ser una persona más prudente, Celia -dijo Dorothea-, y que podía haber hecho algo mejor, de haber sido mejor. Pero esto es lo que voy a hacer. He prometido casarme con el señor Ladislaw y me voy a casar con él.

El tono en que Dorothea dijo esto era una nota que Celia había aprendido a reconocer de tiempo. Callóse unos momentos, y después preguntó, como si abandonara la discusión. -¿Te quiere mucho, Dodo?

-Confío en que sí. Yo lo quiero mucho.

-Pues es maravilloso -contestó Celia apaciblemente-. Sólo quisiera que tuvieras un marido corno James, en un lugar muy cercano, para que pudiera ir a verte.

Dorothea sonrió, y Celia puso un aspecto meditativo. De pronto añadió:

-No me puedo figurar cómo llegó a suceder -Celia pensó que sería agradable conocer la historia.

-Me lo figuro -dijo Dorothea, pellizcándole la mejilla-. Si supieras cómo sucedió, no te parecería nada maravilloso.

-¿No me lo puedes contar? -preguntó Celia, cruzando los brazos agradablemente.

-No, cariño, tendrías que sentirlo conmigo, de otro modo nunca lo comprenderías.