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Anna Karenina.  Leon Tolstoi
Capítulo 1.
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Pasaron casi dos meses y el veranillo iba ya por su mitad. Sólo hasta entonces Sergio Ivanovich no se decidió a salir de Moscú.

En su vida, durante aquel tiempo, se habían producido varias novedades. Hacía un año que, tras seis de trabajo, había terminado su libro titulado Ensayo de una descripción de las bases y regímenes gubernamentales de Rusia y de Europa. El prefacio y algunos fragmentos habían sido publicados ya en revistas, y los pasajes más importantes se los había leído a la gente de su círculo. De modo que los conceptos contenidos en la obra no eran una novedad absoluta para el público; pero, con todo, Sergio Ivanovich esperaba que la aparición de su obra despertase un gran interés y que, aunque no originase una revolución en la ciencia, produjese, al menos, sensación en el ambiente intelectual.

Hacía un año que después de un minucioso repaso, el libro había sido editado y enviado a las librerías.

Aunque no preguntaba a nadie nada sobre su obra, aunque contestaba con fingida indiferencia a las preguntas de sus an–igos acerca de ella, y ni siquiera interrogaba a los libreros sobre la marcha de la venta, Sergio Ivanovich seguía con atención las impresiones que su libro despertara en sociedad y en el mundo literario.

Pero pasaron una, dos y tres semanas sin que advirtiese impresión alguna en la gente.

Sus amigos, los especialistas y los sabios hablaban en ocasiones de su obra, evidentemente por cortesía.

Sus demás conocidos, nada interesados por el contenido de un libro científico, no le preguntaban nunca por él.

Así la gente, ocupada ahora en otras cosas, acogió la publicación con completa indiferencia. Y la crítica, durante todo un mes, no hizo comentario alguno sobre la producción de Sergio Ivanovich.

Este hacía cálculos sobre el tiempo que pudieran tardar los críticos en ocuparse de la obra, pero pasaron dos meses y el silencio continuaba igual.

Sólo el Sievernij Juk, en un artículo humorístico que trataba del cantante Drabanti, quien había perdido la voz, dijo algunas palabras despectivas sobre el libro de Kosnichev. Tales palabras mostraban que la crítica estaba ya hecha hacía tiempo, y que la obra había sido entregada a la burla general.

Finalmente, al tercer mes, un periódico publicó una crítica del libro.

Kosnichev conocía al autor del artículo: le había encontrado una vez en casa de Golubzov.

Se trataba de un periodista joven y enfermo, muy audaz como escritor, pero muy poco erudito y tímido en sus relaciones personales.

A pesar del desprecio que sentía por el autor, Sergio Ivanovich comenzó la lectura de la crítica con el máximo respeto.

Era algo terrible. El periodista había interpretado la obra de un modo imposible de comprender. Daba, no obstante, algunos extractos de ella, escogidos con tal habilidad, que para los que no la hubiesen leído –y era palmario que casi no la había leído nadie– resultaba evidente que la obra no pasaba de ser un conjunto de palabras huecas a incluso empleadas inoportunamente (lo que subrayaban los signos de interrogación), y que su autor era un hombre totalmente inculto. Y lo peor era que el artículo resultaba tan ingenioso que el propio Kosnichev no habría desdeñado emplear su ingeniosidad, que era lo que lo hacía más terrible.

A pesar de la estricta imparcialidad con que Sergio Ivanovich meditó los argumentos del publicista, no se detuvo en los defectos que le achacaba, ni en los errores de que hacía burla, sino que, involuntariamente, su pensamiento le llevó a recordar su encuentro con el cronista y la conversación que había sostenido con él.

«¿Le habré ofendido en algo?», se preguntaba.

Y al acordarse de que en su encuentro con aquel joven periodista, le había corregido unas palabras acreditativas de su ignorancia, Sergio Ivanovich encontró la explicación del artículo.

A esto siguió un silencio absoluto en la prensa y en todas partes y Sergio Ivanovich comprendió que su trabajo de seis años, realizado con tanto cariño, no dejaba huella alguna.

Su situación era entonces tanto más penosa cuanto que, terminado el trabajo literario que le había ocupado todo aquel tiempo, se pasaba ocioso mucha parte del día.

Kosnichev, inteligente, instruido, sano, no sabía a qué dedicar su actividad. Las charlas en salones, reuniones, congresos y comités –es decir, en todos los lugares donde cabía discutir– ocupaba parte de su tiempo. Pero él, residente en la ciudad hacía muchos años, no se prodigaba por completo a las conversaciones como su inexperto hermano cuando llegaba a Moscú. Así que le quedaba mucha energía inempleada.

Afortunadamente para él, en aquel tiempo que le fue tan doloroso en virtud del poco éxito de su libro, la cuestión de los disidentes vino a sustituir a la de los amigos americanos, a la del hambre en Samara y a la del espiritismo, la del problema eslavo, que antes apenas se trataba en sociedad; y Sergio Ivanovich, ya antes estimador de este asunto, ahora se consagró a él enteramente.

En el mundillo de Kosnichev no se hablaba ni discutía de otra cosa que de la guerra servia. Cuanto hace en general la gente ociosa para matar el tiempo, se hacía ahora en beneficio de los eslavos. Los bailes, conciertos, discursos, modas, y hasta las tabernas y cervecerías, servían para proclamar la adhesión a los hermanos de raza.

Sergio Ivanovich no estaba de acuerdo, en detalle, con mucho de lo que se comentaba y escribía.

Veía que la cuestión eslava se había convertido en un tema de moda, uno de esos que, cambiando de tiempo en tiempo, sirven de distracción a la sociedad.

Comprobaba también que muchos se ocupaban del asunto con fnes de vanidad o provecho. Reconocía que los periódicos decían muchas cosas innecesarias a fin de atraer la atención sobre ellos por gritar más fuerte que los demás. Y notaba, sobre todo, que en aquel momento de entusiasmo general, bullían y gritaban más todos los fracasados y resentidos: los generales sin ejército, los ministros sin ministerio, los jefes de partido sin partidarios.

Apreciaba que en todo aquello había mucho de ridículo y de frívolo, pero a la vez descubría un entusiasmo creciente, indudable, que unía a todas las clases sociales, un entusiasmo con el que forzosamente había de simpatizar.

La matanza de eslavos, de gente de la misma religión, había despertado compasión hacia las víctimas a indignación contra los opresores. El heroísmo con que servios y montenegrinos luchaban por la gran causa había hecho nacer en todo el pueblo ruso el deseo de ayudar a sus hermanos, no sólo con palabras, sino con obras.

Había aún otro hecho que llenaba de alegría a Sergio Ivanovich, y era la manifestación de la opinión pública. El pueblo manifestaba sus deseos de una manera defnida. El alma popular se expresaba, como decía él. Y cuanto más profundizaba aquel movimiento, más se convencía de que estaba destinado a alcanzar proporciones inmensas, a hacer época.

Sergio Ivanovich olvidó su libro, sus decepciones, y se consagró por entero a aquella gran tarea. A partir de aquel momento estuvo ocupado constantemente y no le quedaba ni tiempo para contestar a las muchas cartas y consultas que le dirigían.

Después de trabajar así la primavera y parte del estío, en julio decidió ir a casa de su hermano.

Pensaba descansar un par de semanas en el mismo corazón del pueblo, en una alejada campiña, para gozar del espectáculo de aquel despertar del alma popular que él y todos los habitantes de las ciudades estaban persuadidos de que existía.

Katavasov, que hacía tiempo quería cumplir la promesa dada a Levin de visitarle en su pueblo, acompañó a Sergio Ivanovich en su viaje.