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Cuando la reina de Saba ha desaparecido ya, Antonio ve a un niño en el umbral de su cabaña.

Será alguno de los servidores de la reina (piensa).

Este niño es bajito como un enano y, sin embargo, rechoncho como un cabiro, deforme, de aspecto miserable. Su cabeza, prodigiosamente grande, se halla cubierta de cabellos blancos, y tirita bajo una pobre túnica, llevando en la mano un rollo de papiro.

La luz de la luna, que atraviesa una nube, cae sobre él.

ANTONIO

que lo observa desde lejos y siente miedo, pregunta:

¿Quién eres tú?

EL NIÑO responde

¡Tu antiguo discípulo Hilarión!

ANTONIO

¡Mientes! Hace muchos años que Hilarión vive en Palestina.

HILARIÓN

¡¡He vuelto de allí! ¡Sí que soy yo!

ANTONIO

se acerca a él y lo mira detenidamente.

Sin embargo, su rostro era brillante como la aurora, cándido, alegre. El tuyo es sombrío y viejo.

HILARIÓN

¡Estoy muy cansado de tanto trabajar!

ANTONIO

También la voz es diferente. Su timbre hila la sangre.

HILARIÓN

¡Es que me alimento de cosas amargas!

ANTONIO

¿Y ese pelo blanco?

HILARIÓN

¡He padecido tanto!

ANTONIO, aparte

¿Será posible...?

HILARIÓN

Yo no andaba tan lejos como tú supones. El eremita Pablo vino a verte este año en el mes de schebar. Hará justo veinte días que los nómadas te trajeron pan. Anteayer le dijiste a un marinero que te mandase tres punzones.

ANTONIO

¡Está enterado de todo!

HILARIÓN

Has de saber incluso que nunca te abandoné. Pero tú pasas largos períodos de tiempo sin percatarte de mi presencia.

ANTONIO

¿Cómo es eso? ¡Bien es verdad que tengo la cabeza tan confusa! Particularmente esta noche...

HILARIÓN

Han venido todos los Pecados Capitales, pero sus ruines emboscadas fracasan ante un santo como tú...

ANTONIO

¡Oh, no!... ¡No! ¡A cada minuto desfallezco! ¡Por qué no seré yo como uno de esos que poseen un alma siempre intrépida y un espíritu fuerte, como, por ejemplo, el gran Atanasio!

HILARIÓN

¡Fue ordenado ilegalmente por siete obispos!

ANTONIO

¡Y qué más da! Si sus virtudes...

HILARIÓN

¡Vamos, claro que importa! Además era un hombre orgulloso, cruel, siempre metido en intrigas y, finalmente, tuvo que ser desterrado por usurpador...

ANTONIO

¡Calumnias!

HILARIÓN

¿No negarás que quiso corromper a Eustacio, el tesorero encargado de custodiar los objetos preciosos?

ANTONIO

Eso afirman, lo reconozco.

HILARIÓN

Incendió, para vengarse, la casa de Arsenio.

ANTONIO

¡Por desgracia!

HILARIÓN

En el concilio de Nicea, él dijo refiriéndose a Jesús: “El hombre del Señor.”

ANTONIO

¡Ah, esos es una blasfemia!

HILARIÓN

Y son tan cortos sus alcances, por lo demás, que él mismo confiesa no entender nada en lo que se refiere a la naturaleza del Verbo.

ANTONIO, sonriendo de gusto

En efecto, su inteligencia no es... muy despierta.

HILARIÓN

Si te hubieran puesto a ti en su lugar, habría sido una suerte muy grande tanto para tus hermanos como para ti. Esta vida que llevas, tan apartada de los demás, no es buena.

ANTONIO

¡Al contrario! Al ser el hombre espíritu, debe apartarse de las cosas perecederas. Toda acción lo envilece. Yo no quisiera estar ligado a la tierra ni por las plantas de los pies.

HILARIÓN

¡Hipócrita es el que se adentra en la soledad para mejor entregarse al desenfreno de sus apetencias! ¡Tú te privas de carne, de vino, de baños calientes, de esclavos y de honores, pero permites que tu imaginación te ofrezca banquetes, perfumes, mujeres desnudas y multitudes que te aplauden! Tu castidad se convierte así en una corrupción más sutil y tu desprecio del mundo es debido a la impotencia de tu odio contra el mismo. Es esto lo que vuelve tan lúgubres a los que son como tú, o tal vez sea porque dudan. La posesión de la verdad lleva consigo la alegría. ¿Acaso era triste Jesús? Iba siempre rodeado de amigos, descansaba a la sombra del olivo, entraba en casa del publicano, multiplicaba las copas de vino, perdonaba a la pecadora y curaba todos los dolores. Tú sólo te compadeces de tu miseria. Es como un remordimiento que te produce desasosiego y una demencia salvaje te domina, hasta tal punto que rechazas la caricia de un perro o la sonrisa de un niño.

ANTONIO prorrumpe en sollozos

¡Basta, basta! ¡Me remueves demasiado el corazón!

HILARIÓN

¡Sacude la miseria de tus andrajos! ¡Levántate de la basura! ¡Tu Dios no es un Moloc que pida carne en sacrificio!

ANTONIO

No obstante, Dios bendice el sufrimiento. Los querubines se inclinan para recibir la sangre de los confesores.

HILARIÓN

Entonces, ¿por qué no admiras a los montanistas? Sobrepasan en esto a todos los demás.

ANTONIO

¡Pero la verdad de la doctrina es la que hace el martirio!

HILARIÓN

¿Cómo puede el martirio demostrar la excelencia de la doctrina, si al mismo tiempo también da testimonio del error?

ANTONIO

¡No callarás, víbora!

HILARIÓN

Tal vez el martirio no sea tan difícil. Las exhortaciones de los amigos, el placer de insultar al pueblo, las promesas que han hecho, cierto vértigo, mil circunstancias ayudan a los mártires.

Antonio se aparta de Hilarión. Éste lo sigue.

Además, esa manera de morir trae consigo grandes desórdenes. Dionisio, Cipriano y Gregorio evitaron el martirio. Pedro de Alejandría lo censuró y el concilio de Elvira...

ANTONIO se tapa los oídos

¡No quiero oír nada más!

HILARIÓN, elevando la voz

Ya veo que caes de nuevo en tu pecado habitual: la pereza. La ignorancia es la espuma del orgullo. Se dice: “Yo tengo mis convicciones, ¿para qué discutir?” y se desprecia a los doctores, a los filósofos, a la tradición y hasta el texto de la Ley que uno ignora. ¿Crees que tú tienes la sabiduría en tus manos?

ANTONIO

¡Sigo oyéndolo! Sus ruidosas palabras se me meten en la cabeza.

HILARIÓN

Los esfuerzos por entender a Dios tienen un valor superior a tus mortificaciones para aplacarlo. Sólo por nuestra sed de verdad alcanzamos algún mérito. La religión por sí sola no lo explica todo; y la solución de los problemas que desconoces puede hacerla más inatacable y más elevada. Por tanto, para obtener la salvación, es preciso comunicarse con sus hermanos –de no ser así, la Iglesia, la asamblea de los fieles, sería una palabra sin sentido- y escuchar todos los razonamientos sin desdeñar nada ni a nadie. El brujo Balaam, el poeta Esquilo y la Sibila de Cumas anunciaron al Salvador. Dionisio de Alejandría recibió del cielo orden de leer todos los libros. San Clemente nos manda que cultivemos nuestro conocimiento de las letras griegas. Hermas se convirtió gracias a la ilusión de una mujer a quien había amado.

ANTONIO

¡Qué expresión de autoridad! Me da la impresión de que estás creciendo...

En efecto, la estatura de Hilarión ha ido aumentando progresivamente y Antonio, para no verlo, cierra los ojos.

HILARIÓN

¡Tranquilízate, buen eremita!

Sentémonos aquí, sobre esta gruesa piedra, igual que antaño cuando al llegar las primeras luces del día, yo te saludaba llamándote “clara estrella de la mañana” y tú comenzabas en seguida tus lecciones. Aún no he terminado de aprender cosas. La luna nos alumbra suficiente. Te escucho.

Ha sacado un cálamo de su cinturón y, sentado en el suelo, con su rollo de papiro en la mano, alza la cabeza hacia San Antonio, quien, sentado junto a él, permanece con la cabeza agachada.

Tras un minuto de silencio, Hilarión prosigue:

¿No es cierto que la palabra de Dios nos es confirmada por los milagros?

No obstante, los brujos del Faraón también hacían milagros; hay otros impostores que pueden hacerlos, luego es posible dejarse engañar. ¿Qué es un milagro? Un acontecimiento que nos parece hallarse fuera de las leyes de la naturaleza. Ahora bien, ¿conocemos acaso todo el poder de ésta? Y de una cosa que, de ordinario, no nos sorprende, ¿podemos deducir que la entendemos?

ANTONIO

¡Poco importa! Hay que creer en las Escrituras.

HILARIÓN

San Pablo, Orígenes y otros muchos más no las entendían de una manera literal, pero cuando se las explica mediante alegorías, son patrimonio de un grupo muy reducido y la evidencia de la verdad desaparece. ¿Qué se puede hacer?

ANTONIO

¡Ponerse en manos de la Iglesia!

HILARIÓN

Entonces, ¿las Escrituras son inútiles?

ANTONIO

¡Nada de eso! Aunque confieso que el Antiguo Testamento... es un tanto oscuro. Pero el Nuevo resplandece con una luz pura.

HILARIÓN

No obstante, el Ángel de la anunciación, en el evangelio de Mateo, se le aparece a José, mientras que en el de Lucas se le aparece a María. El episodio de la mujer que ungió a Jesús transcurre, según el primer Evangelio, al comienzo de su vida pública y según los otros tres, pocos días antes de su muerte. El brebaje que le ofrecen cuando está en la cruz es, según Mateo, hiel y vinagre; según Marcos, vino y mirra. Lucas y Mateo escriben que los Apóstoles no deben llevar dinero, ni alforja, ni siquiera unas sandalias o un bastón; en cambio, en el evangelio de San Marcos, Jesús les prohíbe llevar cosa alguna excepto sandalias y bastón. ¡Me pierdo con todas estas contradicciones!...

ANTONIO, estupefacto

En efecto... En efecto...

HILARIÓN

Cuando la mujer que padecía flujo de sangre tocó a Jesús, éste se volvió diciendo: “¿Quién me ha tocado?” ¿No sabía, pues, quién lo tocaba? Esto contradice la omnisciencia de Jesús. Si el sepulcro se hallaba vigilado por guardianes, las mujeres no tenían por qué inquietarse de que alguien las ayudase a levantar la piedra de dicho sepulcro. De lo que se deduce que no había guardianes o que las santas mujeres no estaban allí. En Emaús, Jesús come con sus discípulos y les da a tocar sus llagas, lo cual significa que su cuerpo es humano, que es un objeto material, ponderable y, empero, atraviesa las paredes. ¿Es eso posible?

ANTONIO

¡Haría falta mucho tiempo para contestarte!

HILARIÓN

¿Por qué recibió al Espíritu Santo siendo el Hijo? ¿Para qué necesitaba el bautismo si era el Verbo? ¿Cómo podía tentarlo el Diablo, a él, a Dios? ¿Nunca se te ocurrió pensar todo esto?

ANTONIO

Sí. A menudo. Adormecidos o exacerbados, estos pensamientos siempre estuvieron en mi conciencia. Yo los acallo, pero renacen y me ahogan, y hay ocasiones en que me parece estar maldito.

HILARIÓN

Entonces, ¿de qué te vale servir a Dios?

ANTONIO

¡Siento la necesidad de adorarlo siempre!

Tras un largo silencio

HILARIÓN prosigue

Pero, dejando aparte el dogma, nos es permitida la libertad de investigar. ¿Deseas conocer la jerarquía de los ángeles, la virtud de los Números, la razón de los gérmenes y de las metamorfosis?

ANTONIO

¡Sí, sí! Mi pensamiento pugna por salir de su prisión. Supongo que aunando mis fuerzas llegaré a conseguirlo. Incluso, a veces, durante el tiempo que dura un relámpago, me encuentro como suspendido en el aire. ¡Después, caigo de nuevo!

HILARIÓN

El secreto que tú quisieras saber se halla guardado por sabios. Viven en un país lejano, sentados bajo unos árboles gigantescos, vestidos de blanco y serenos como dioses. Un aire cálido los alimenta. Hay leopardos a su alrededor que caminan sobre la hierba. El murmullo de los manantiales, junto con el relincho de los unicornios se confunden con sus voces. Tú los escucharás y descubrirás entonces la faz de lo desconocido.

ANTONIO, suspirando

¡El camino es largo y yo soy muy viejo!

HILARIÓN

¡Oh, oh! ¡Hombres sabios hay muchos! Incluso los hay aquí, muy cerca de ti... ¡Vamos a entrar!