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Y Antonio ve ante él una basílica inmensa.

La luz se proyecta desde el fondo, tan maravillosa como si fuera un sol multicolor. Ilumina las innumerables cabezas de la muchedumbre que atesta la nave, refluyendo después por entre las columnas hacia la parte baja de los laterales donde, en una especie de capillas de madera, se ven altares, camas, cadenas de piedrecitas azules y constelaciones pintadas en las paredes.

En medio de la concurrencia hay grupos reunidos aquí y allá. Unos hombres, de pie sobre taburetes, arengan a la gente con el dedo en alto; otros rezan con los brazos en cruz, se tienden en el suelo, cantan himnos o beben vino. Alrededor de una mesa hay fieles que celebran un ágape. También hay unos mártires que se quitan las vendas para mostrar sus heridas, y unos ancianos, apoyados en sus bastones, narran sus viajes.

Algunos proceden del país de los germanos, de Tracia, de las Galias, de Escitia y de la India. Llevan nieve en las barbas, plumas en los cabellos, espinas en los flecos de sus atavíos; sus sandalias están negras de polvo y tienen la piel quemada por el sol. Todos los trajes se confunden: los mantos de púrpura y los vestidos de lino, las dalmáticas bordadas, los sayones de pelo, los gorros de marinero, las mitras de los obispos... Sus ojos poseen un extraordinario fulgor. Tienen aspecto de verdugos o de eunucos.

Hilarión se acerca a ellos. Todos le saludan. Antonio, apretándose contra él, los observa. Se fija en que hay muchas mujeres, algunas de las cuales van vestidas de hombre, con el pelo rapado. Siente miedo de ellas.

HILARIÓN

Son cristianas que han convertido a sus maridos. Además, las mujeres siempre han estado a favor de Jesús. Hasta las idólatras. El ejemplo lo tienes en Prócula, la esposa de Pilatos, y en Popea, la concubina de Nerón. ¡Deja de temblar y adelante!

Llegan continuamente más personas.

Se multiplican, se desdoblan, ligeras como sombras, produciendo al mismo tiempo un gran alboroto en el que se mezclan aullidos de rabia, gritos de amor, cánticos y reproches.

ANTONIO, en voz baja

¿Qué es lo que quieren?

HILARIÓN

El Señor dijo: “Yo tendría que hablaros aún de muchas cosas.” Ellos saben esas cosas.

Y lo empuja hacia un trono de oro con cinco escalones, en el cual, rodeado de noventa y cinco discípulos, todos ellos untados de aceite, delgados y muy pálidos, se halla sentado el profeta Manés, hermoso como un arcángel, inmóvil como una estatua y ataviado con un traje hindú, con rubíes en sus cabellos trenzados, en su mano izquierda un libro con ilustraciones pintadas y en la derecha un globo. Las ilustraciones representan a las criaturas que dormitaban en el caos. Antonio se inclina para verlas y después

MANÉS

hace girar su globo y amoldando sus palabras a los sones cristalinos de una lira, dice:

La tierra celestial se halla en el extremo superior, la tierra mortal, en el extremo inferior. La sostienen dos ángeles: el Splenditenens y el Omóforo de seis caras.

En la cúspide del cielo más alto se halla la Divinidad impasible; debajo y uno frente a otro, están el Hijo de dios y el Príncipe de las Tinieblas.

Habiéndose acercado las tinieblas a su reino, Dios extrajo de su esencia una virtud que dio lugar al primer hombre; y lo rodeó de cinco elementos. Pero los demonios de las tinieblas le robaron parte de la misma, y esa parte es el alma.

Sólo existe un alma, universalmente derramada, como el agua de un río dividido en varios brazos. Es ella la que suspira en el viento, chirría en el mármol cuando lo sierran, aúlla en la voz del mar y llora lágrimas de leche cuando se le arrancan las hojas a la higuera.

Las almas que dejan este mundo emigran hacia los astros, que son seres animados.

ANTONIO se echa a reír

¡Ah, ah! ¡Qué imaginación más absurda!

UN HOMBRE

sin barba y con apariencia austera pregunta:

¿Por qué?

Antonio va a contestarle, pero Hilarión le dice que aquel hombre es Orígenes el inmenso y

MANÉS prosigue

Primero se detienen en la luna, donde se purifican. Luego suben hasta el sol.

ANTONIO, lentamente

No conozco nada... que nos impida... creerlo.

MANÉS

La finalidad de toda criatura consiste en liberar el rayo celestial preso en la materia. Se escapa con mayor facilidad por los perfumes, el aroma del vino cocido, las especias, las cosas sutiles que se asemejan a los pensamientos... Pero los actos de la vida, en cambio, lo retienen. El asesino renacerá en el cuerpo de un leproso; el que mata a un animal se convertirá en ese animal; si plantas una viña, te verás envuelto en sus ramificaciones. Los alimentos lo absorben. Así, pues, ¡privaos, ayunad!

HILARIÓN

¡Son sobrios, como verás!

MANÉS

Hay mucho del mismo en las carnes, menos en las hierbas. Por lo demás, los Puros, gracias a sus méritos, despojan a los vegetales de esa parte luminosa y ésta asciende a su hogar. Los animales, por medio de la generación, lo aprisionan en la carne. ¡Huid, pues, de las mujeres!

HILARIÓN

¡Admira su continencia!

MANÉS

O más bien, haced de manera que no sean fecundas. ¡Más le vale al alma caer en tierra que languidecer presa de ataduras carnales!

ANTONIO

¡Ah, qué abominación!

HILARIÓN

¿Qué importa la jerarquía de las liviandades? ¡La Iglesia hizo del matrimonio un Sacramento!

SATURNINO, con el traje de Siria

¡Propala cosas funestas! El Padre, para castigar a los ángeles rebeldes, les ordenó crear el mundo. Cristo ha venido con el fin de que el Dios de los judíos, que era uno de esos ángeles...

ANTONIO

¿Un ángel? ¡Él es el Creador!

CERDÓN

¿Acaso no quiso matar a Moisés, no engañó a los profetas, sedujo a los pueblos y propaló la mentira y la idolatría?

MARCIÓN

¡Ciertamente! ¡El Creador no es el verdadero Dios!

SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA

¡La materia es eterna!

BARDESANES, vestido de mago de Babilonia

Fue formada por los siete Espíritus planetarios.

LOS HÉRNICOS

¡Los ángeles crearon las almas!

LOS PRISCILIANISTAS

¡Fue el diablo quien hizo el mundo!

ANTONIO se echa hacia atrás

¡Qué horror!

HILARIÓN sujetándolo

¡Te escandalizas con demasiada premura! No entiendes bien su doctrina. Aquí tienes a uno que recibió la suya de Teodás, el amigo de San Pablo. ¡Escúchale!

Y como si obedeciera a una señal de Hilarión, aparece

VALENTINO

vestido con túnica de plata, con voz sibilante y cráneo puntiagudo.

El mundo es la obra de un Dios delirante.

ANTONIO agacha la cabeza

¡La obra de un Dios delirante!

Tras un largo silencio, pregunta:

¿Cómo es eso?

VALENTINO

El Abismo, el más perfecto de los Eones, reposaba en el seno de la Profundidad junto con el Pensamiento. De su unión nació la Inteligencia, que tuvo por compañera a la Verdad.

La Inteligencia y la Verdad engendraron al Verbo y a la Vida quienes, a su vez, engendraron al Hombre y a la Iglesia. ¡Y con esto ya son ocho Eones!

Cuenta con los dedos

El Verbo y la Verdad produjeron otros diez Eones más, es decir, cinco parejas. El Hombre y la Iglesia habían producido otras doce, entre las cuales se hallaba el Paráclito y la Fe, la Esperanza y la Caridad, lo Perfecto y la Sabiduría, Sofía.

El conjunto de esos treinta Eones constituye el Pléroma o Universalidad de Dios. De ahí que, al igual que los ecos de una voz que se aleja, como los efluvios de un perfume que se evapora, o como los rayos de sol que se pone, las Potencias emanadas del Principio van siempre debilitándose.

Pero Sofía, deseosa de conocer al Padre, se lanzó fuera del Pléroma y el Verbo hizo entonces a otra pareja: Cristo y el Espíritu Santo, quien había unido entre sí a todos los Eones, y todos ellos juntos formaron a Jesús, la flor del Pléroma.

No obstante, los esfuerzos de Sofía por huir habían generado en el vacío a una nueva imagen suya, una sustancia nociva: Acaramoth. El Salvador se compadeció de ella, la liberó de sus pasiones y de la sonrisa de Acaramoth liberada nació la luz; sus lágrimas hicieron las aguas, su tristeza engendró la materia negra.

De Acaramoth salió el Demiurgo, el que fabrica los mundos, los cielos y el Diablo. Habita mucho más abajo que el Pléroma, sin percibirlo siquiera, tal es su convencimiento de ser él el verdadero Dios, y repite por boca de sus profetas: “¡No hay más Dios que yo!” Después hizo al hombre y le puso en el alma una simiente inmaterial que es la Iglesia, reflejo de la otra Iglesia situada en el Pléroma.

Algún día, cuando llegue a la región más alta, Acaramoth se unirá al Salvador; el fuego escondido en el mundo aniquilará entonces toda materia, se devorará a sí mismo y los hombres, ya convertidos en espíritus puros, se desposarán con los ángeles.

ORÍGENES

¡Entonces, el demonio será vencido y comenzará el Reino de Dios!

Antonio ahoga un grito e inmediatamente,

BASÍLIDES, agarrándolo por el codo, dice

El Ser Supremo, junto con las emanaciones infinitas, se llama Abraxas, y el Salvador, con todas sus virtudes, Kaulakau, lo que significa línea sobre línea, rectitud sobre rectitud.

Es posible obtener la fuerza de Kaulakau con ayuda de ciertas palabras inscritas en esta calcedonia para facilitar la memoria.

Y le muestra una piedrecita que lleva colgada al cuello, en la que están grabadas unas líneas extrañas.

Entonces, serás transportado a lo Invisible y como serás superior a la Ley, lo despreciarás todo, incluso la virtud.

Nosotros, los Puros, debemos huir del dolor siguiendo el ejemplo de Kaulakau.

ANTONIO

¿Cómo? ¿Y la cruz?

LOS ELQUESAÍTAS, con trajes color de jacinto, le responden

¡La tristeza, la bajeza, la condenación y la opresión de mis padres fueron borradas gracias a la misión del que ha llegado!

Se puede renegar del Cristo inferior, del Jesús hombre, pero hay que adorar al otro Cristo, nacido de su persona bajo el ala de la Paloma.

¡Honrad al matrimonio! ¡El Espíritu Santo es femenino!

Hilarión ha desaparecido y Antonio, empujado por la multitud, está en primera fila.

LOS CARPOCRACIANOS

acostados con mujeres sobre almohadas de color escarlata, dicen:

Antes de entrar en lo único, deberás pasar por una serie de condiciones y acciones. Para librarte de las tinieblas, realiza desde ahora mismo sus obras. El esposo va a decir a la esposa: “Sé caritativa con tu hermano”, y ella te besará.

LOS NICOLAÍTAS

reunidos en torno a unos manjares que echan humo:

Esta carne es la que se ofrece a los ídolos. ¡Toma! Está permitida la apostasía cuando el corazón permanece puro. Sacia tu carne y dale lo que ella te pida. ¡Trata de exterminarla a fuerza de libertinaje! Prunicos, la madre del cielo, se revolcó en la ignominia.

LOS MARCOSIANOS

con anillos de oro y empapados de bálsamo.

¡Entra en nuestra casa para unirte al espíritu! ¡Entra en nuestra casa para beber la inmortalidad!

Y uno de ellos le enseña, detrás de una colgadura, el cuerpo de un hombre con cabeza de asno. Representa a Sabaoth, el padre del Diablo. En señal de odio, Antonio le escupe encima.

Otro abre una cama muy bajita, cubierta de flores, diciendo:

Van a consumarse las nupcias espirituales.

El tercero sostiene una copa de cristal, hace una invocación y aparece sangre dentro de la misma.

¡Ah, ya está aquí! ¡Ya está aquí! ¡La sangre de Cristo!

Antonio se aparta, pero lo salpica el agua que salta de una cuba.

LOS HELVIDIANOS

se arrojan de cabeza en ella mascullando:

¡El hombre regenerado por el bautismo es impecable!

Más tarde, Antonio pasa junto a una hoguera muy grande, a la que se calientan los adamitas, completamente desnudos, pues desean imitar la pureza del paraíso. Tropieza con los

MESALIANOS

que se revuelcan sobre las losas, medio dormidos, estúpidos.

¡Oh, nos puedes aplastar si quieres! ¡No vamos a movernos! ¡El trabajo es un pecado y cualquier ocupación, nefasta!

Tras ellos aparecen los abyectos

PATERNIANOS

hombres, mujeres y niños, todos en montón sobre las basuras, alzan sus repulsivos rostros embadurnados de vino:

Las partes inferiores del cuerpo hechas por el Diablo le pertenecen. ¡Bebamos, comamos y forniquemos!

ECIO

¡Los crímenes son necesidades bajo la mirada de Dios!

Mas de pronto

UN HOMBRE ataviado con un manto cartaginés, salta en medio de todos ellos, con unas correas en la mano y golpea violentamente al azar, a derecha e izquierda, mientras dice

¡Ah, impostores, bandidos, simoníacos, herejes y demonios! ¡La chusma de las escuelas, la hez del infierno! Ése de allí es Marción, un marinero de Sínope excomulgado por incesto. Carpócrates fue detenido por mago. Ecio robó a su concubina. Nicolás prostituyó a su mujer y Manés, que se hace llamar Buda y cuyo nombre, en realidad, es Cubrico, fue desollado vivo con la punta de una caña, tanto es así que su piel curtida aún se balancea en el aire colgada a las puertas de Ctesifonte.

ANTONIO

ha reconocido a Tertuliano y se precipita para reunirse con él.

¡Maestro! ¡Ayudadme!

TERTULIANO prosigue

¡Haced añicos las imágenes! ¡Ponedle un velo a las vírgenes! ¡Orad, ayunad, llorad y mortificaos! ¡Nada de filosofías! ¡Nada de libros! ¡Después de Jesús, la ciencia es inútil!

Todos han huido y Antonio ve, donde antes estaba Tertuliano, a una mujer sentada en un banco de piedra.

Está sollozando, con la cabeza recostada en una columna, con el pelo suelto y el postrado cuerpo envuelto en una larga vestimenta parda.

Después se encuentran uno junto al otro, lejos de la muchedumbre y reina un gran silencio, un sosiego extraordinario, como en los bosques cuando se para el viento y las hojas, de pronto, ya no se mueven.

Aquella mujer es muy hermosa, ya marchita, no obstante, y de una palidez sepulcral. Antonio y ella se miran y se transmiten en la mirada una oleada de pensamientos, mil cosas antiguas, confusas y profundas. Finalmente,

PRISCILA empieza a hablar

Yo me hallaba en los baños, en la última de las estancias y me adormecía con el zumbido que llega de la calle.

Oí, de repente, unos clamores. Gritaban: “¡Es un mago! ¡Es el Diablo!” Y la multitud se detuvo delante de nuestra casa, frente al templo de Esculapio. Yo logré encaramarme como pude con ayuda de mis manos hasta la altura del tragaluz.

Sobre el peristilo del templo había un hombre con una argolla de hierro alrededor del cuello. Tomaba unos carbones de un hornillo y trazaba con ellos largas estelas sobre su pecho al tiempo que clamaba: “¡Jesús, Jesús!” El pueblo decía: “Eso no está permitido. ¡Vamos a lapidarlo!” Él continuaba. Sucedían cosas inauditas, arrebatadoras. Flores tan grandes como el sol daban vueltas ante mis ojos y yo oía vibrar un arpa de oro en el espacio. Empezó a oscurecer. Mis manos soltaron los barrotes, mi cuerpo desfalleció y cuando él me llevó a su casa...

ANTONIO

¿Pues de quién estás tú hablando?

PRISCILA

¡De quién va a ser, de Montano!

ANTONIO

¡Montano ha muerto!

PRISCILA

¡No es verdad!

UNA VOZ

No, Montano no ha muerto.

Antonio se vuelve y junto a él, al otro extremo del banco, ve sentada a otra mujer. Ésta es rubia y aún más pálida, con grandes ojeras como si hubiera estado llorando mucho tiempo. Sin que él la interrogue, ella le dice:

MAXIMILA

Volvíamos de Tarsia por las montañas cuando, al dar la vuelta a un recodo, vimos a un hombre debajo de una higuera.

Nos gritó desde lejos: “¡Deteneos!” y se precipitó sobre nosotros injuriándonos. Los esclavos acudieron. Él se echó a reír. Los caballos se encabritaron. Los molosos ladraban todos al mismo tiempo.

Él estaba de pie. El sudor le chorreaba por la cara. El viento hacía restallar su manto.

Nos llamaba por nuestros nombres, nos reprochaba la vanidad de nuestras obras, la infamia de nuestros cuerpos, y amenazaba con el puño a los dromedarios por llevar campanillas de plata atadas bajo la mandíbula.

Su furor me llenaba de espanto las entrañas. Empero, era como una voluptuosidad que me arrullaba y me embriagaba.

Primero se acercaron los esclavos: “Maestro –dijeron-, nuestros animales están cansados.” Luego fueron las mujeres. “Tenemos miedo”, y los esclavos se fueron. Finalmente, los niños se echaron a llorar. “¡Tenemos hambre!” Y como no habían respondido a las mujeres, éstas desaparecieron.

Él seguía hablando. Sentía la presencia de alguien a mi lado. Era el esposo; yo escuchaba al otro. Se arrastró por entre las piedras clamando: “¿Me abandonas? y yo respondí: “¡Sí, vete!”, con el fin de acompañar a Montano.

ANTONIO

¡A un eunuco!

PRISCILA

¡Ah! ¿Eso te extraña, corazón grosero? No obstante, ni Magdalena, ni Juana, ni Marta ni Susana entraban en el lecho del Salvador. Las almas, mejor que los cuerpos, pueden abrazarse con frenesí. Para conservar impunemente a Eustolia, Leoncio el obispo se mutiló, prefiriendo el amor a su virilidad. Y además, yo no tengo la culpa, un espíritu me obliga a ello. Sotas no pudo curarme. ¡Él es cruel, sin embargo! Pero qué más da... Yo soy la última de las profetisas y después de mí llegara el fin del mundo.

MAXIMILA

Él me colmó con sus dones. Además, ninguna otra mujer lo ama tanto como yo ni es de él tan amada.

PRISCILA

¡Mientes! ¡Esa mujer soy yo!

MAXIMILA

¡No, soy yo!

Se pegan.

Por entre sus hombros aparece la cabeza de un negro.

MONTANO

tapado con un manto negro, abrochado con dos huesos de muerto, dice:

¡Serenaos, palomas mías! Aun siendo incapaces de alcanzar la dicha terrenal, con esta Unión gozamos de la plenitud espiritual. Luego de la era del Padre viene la era del Hijo; y yo inauguro la tercera, la del Paráclito. Su luz llegó a mí durante las cuarenta noches en que la Jerusalén celestial brilló en el firmamento, por encima de mi casa, en Pepuza.

¡Ay, cómo gritáis de angustia cuando os flagelan las correas! ¡Cómo se ofrecen a mi pasión vuestros doloridos miembros! ¡Cómo languidecéis sobre mi pecho con un amor irrealizable! Tan fuerte es que ha llegado a descubriros mundos y ahora podéis percibir las almas con vuestros ojos.

Antonio hace un gesto de asombro.

TERTULIANO, que ha vuelto junto a Montano

Es indudable, ya que el alma tiene un cuerpo, pues lo que no tiene cuerpo no existe.

MONTANO

Para hacerla más sutil he instituido numerosas mortificaciones: tres cuaresmas al año y, para cada noche, unas oraciones que han de decirse con la boca cerrada por miedo a que el aliento, al escaparse, empañe el pensamiento... Hay que abstenerse de las segundas nupcias o, mejor aún, de todo matrimonio. Los ángeles pecaron con las mujeres...

LOS ARCÓNTICOS, con cilicios hechos de crines

El Salvador ha dicho: “He venido para destruir la obra de la Mujer.”

LOS TACIANITAS, con cilicios de cañas

¡Ella es el árbol del mal! Los hábitos de piel son nuestro cuerpo.

Y al seguir avanzando en la misma dirección, Antonio tropieza con

LOS VALESIANOS

que están tendidos en el suelo, con unas placas rojas en la parte baja del vientre, por debajo de su túnica.

Le muestran un cuchillo.

¡Haz como Orígenes y como nosotros! ¿Temes al dolor, cobarde? ¡Es el amor a tu carne lo que te retiene, hipócrita?

Y mientras él contempla cómo forcejean, tendidos de espaldas en los charcos de su propia sangre,

LOS CAINITAS

con los cabellos atados con una víbora, pasan por su lado vociferándole al oído:

¡Gloria a Caín! ¡Gloria a Sodoma! ¡Gloria a Judas!

Caín creó la raza de los fuertes, Sodoma espantó a la Tierra entera con su castigo y Judas fue quien permitió a Dios salvar al mundo. ¡Sí, Judas! ¡Sin él no hubiera habido ni muerte ni redención!

Desaparecen ante la horda de los

CIRCONCELIONES

vestidos con pieles de lobo, coronados de espinas y llevando en la mano porras de hierro.

¡Aplastad el fruto! ¡Enturbiad el manantial! ¡Ahogad al niño! ¡Saquead al rico, pues es feliz y come mucho! ¡Azotad al pobre que envidia la manta del asno, la comida del perro y el nido del pájaro, y que se aflige porque los demás no son tan miserables como él!

Nosotros, los santos, para que llegue pronto el fin del mundo, envenenamos, incendiamos y matamos.

Sólo en el martirio se encuentra la salvación.

Nosotros nos damos martirio. ¡Nos arrancamos la piel de nuestras cabezas, extendemos nuestros miembros debajo de los arados y nos arrojamos de cabeza dentro de los hornos!

¡Malhaya el bautismo! ¡Deshonrada sea la Eucaristía! ¡Malhaya el matrimonio! ¡Condenación universal!

En aquel momento, dentro de la basílica se produce como un acrecentamiento del furor general.

Los audienses disparan flechas contra el diablo; los coliridianos lanzan al techo velos azules; los ascitas se prosternan ante un odre; los marcionitas bautizan a un cadáver con aceite. Junto a Apeles, para explicar mejor sus ideas, una mujer enseña un pan redondo metido en una botella; otra, en medio de los sampseanos, distribuye, como si fuera la comunión, el polvo de sus sandalias. Sobre el lecho de los marcosianos, sembrado de rosas, se abrazan dos amantes. Los circoncelianos se entredegüellan, los valesianos lanzan alaridos, Bardesanes canta, Carpócrates baila, Maximila y Priscila lanzan sonoros gemidos y la falsa profetisa de Capadocia, completamente desnuda, acodada sobre un león y sacudiendo tres antorchas, aúlla la Invocación Terrible.

Las columnas se balancean como si fueran troncos de árboles, los amuletos que los heresiarcas llevan al cuello cruzan entre sí sus destellos, las constelaciones se agitan en las capillas y las paredes retroceden ante el vaivén de la muchedumbre, en la que cada cabeza es igual a una ola que salta y ruge.

No obstante, del fondo mismo del clamor, sobresale una canción acompañada por carcajadas, en la que se repite el nombre de Jesús.

Es gente de la plebe, que da palmas para marcar el compás. En medio de ellos se encuentra

ARRIO, con hábito de diácono

Los locos que contra mí declaman pretenden explicar lo absurdo; y para terminar de confundirlos, he compuesto unos breves poemas tan divertidos que se los saben de memoria en los molinos, en las tabernas y en los puertos.

¡Mil veces no! ¡El Hijo no es coeterno del Padre, ni de la misma sustancia! De lo contrario, no hubiera dicho: “¡Padre, aparta de mi este cáliz! ¿Por qué me llamáis bueno? ¡Sólo Dios es bueno! Voy a mi Dios, a vuestro Dios”, y otras muchas más palabras que testifican su condición de criatura. Nos es demostrada asimismo por todos sus nombres: cordero, pastor, fuente, sabiduría, hijo del hombre, profeta, buen camino, piedra angular.

SABELIO

Yo afirmo que ambos son idénticos.

ARRIO

El concilio de Antioquía decretó lo contrario.

ANTONIO

¿Qué es, pues, el Verbo?... ¿Quién era Jesús?

LOS VALENTINIANOS

¡Era el esposo de Acaramoth arrepentida!

LOS SETIANOS

¡Era Sem, hijo de Noé!

LOS TEODOCIANOS

¡Era Melquisedec!

LOS MERINTIANOS

¡No era más que un hombre!

LOS APOLINARISTAS

¡Tomó su apariencia! ¡Simuló la Pasión!

MARCELO DE ANCIRA

¡Era una ampliación del Padre!

EL PAPA CALIXTO

¡El Padre y el Hijo son las dos formas de un solo Dios!

METODIO

Primero estuvo en Adán, luego en el hombre.

CERINTO

Resucitará.

VALENTINO

¡Es imposible, al ser su cuerpo celestial!

PABLO DE SAMOSATA

No fue Dios hasta después de su bautismo.

HERMÓGENES

¡Vive en el sol!

Y todos los heresiarcas forman un corro alrededor de Antonio, que llora con la cabeza entre las manos.

UN JUDÍO

con la barba roja y la piel maculada de lepra se acerca a él y le dice con una horrible risotada:

¡Su alma era el alma de Esaú! Padecía la enfermedad belerofontiana y su madre, la perfumista, se entregó a Pantero, un soldado romano, sobre unos haces de maíz en una tarde de siega.

ANTONIO

levanta prestamente la cabeza, los mira sin decir ni una palabra y luego, caminando hacia ellos, grita:

¡Doctores, magos, obispos y diáconos, hombres y fantasmas, atrás! ¡Atrás! ¡Todos sois mentira!

LOS HERESIARCAS

Tenemos mártires que son más mártires que los tuyos, oraciones más difíciles, arrebatos de amor superiores, éxtasis prolongados...

ANTONIO

¡Pero no tuvisteis la revelación! ¡Ni pruebas!

Entonces, todos se ponen a blandir en el aire rollos de papiro, tablillas de madera, pedazos de cuero, tiras de tela y, empujándose unos a otros, dicen:

LOS CERINTIANOS

¡Éste es el evangelio de los hebreos!

LOS MARCIONITAS

¡El Evangelio del Señor!

LOS MARCOSIANOS

¡El Evangelio de Eva!

LOS ENCRATITAS

¡El Evangelio de Tomás!

LOS CAINITAS

¡El Evangelio de Judas!

BASÍLIDES

¡El tratado del alma redimida!

MANÉS

¡La profecía de Barcuf!

Antonio forcejea y logra escapar. En un rincón oscuro vislumbra a

LOS VIEJOS EBIONITAS

resecos como momias, con la mirada apagada y las cejas blancas.

Dicen con voz trémula:

¡Nosotros lo conocimos, nosotros lo conocimos al Hijo del carpintero! Éramos de su edad, vivíamos en su calle. Se entretenía con el barro modelando pajaritos; sin miedo al filo de los tajos, ayudaba a su padre en su faena, o juntaba para su madre ovillos de lana teñida. Más tarde, hizo un viaje a Egipto, de donde se trajo grandes secretos. Estábamos en Jericó cuando vino a buscar al comedor de langostas. Estuvieron charlando en voz baja, sin que nadie pudiera oírlos. Pero a partir de ese momento fue cuando se oyó hablar de él en Galilea y cuando propalaron sobre él muchas fábulas.

Repiten con voz temblona:

¡Nosotros lo conocimos! ¡Nosotros lo conocimos!

ANTONIO

¡Ah, seguid hablando! ¡Hablad! ¿Cómo era su rostro?

TERTULIANO

Tenía un aspecto hosco y repulsivo, pues había cargado con todos los crímenes, con todos los dolores y con todas las deformidades del mundo.

ANTONIO

¡Oh, no, no! Me figuro, por el contrario, que toda su persona era de una belleza sobrehumana.

EUSEBIO DE CESAREA

En Paneades, junto a una vieja casa en ruinas, entre unos matojos de hierbas, hay una estatua suya de piedra que, al parecer, elevó la mujer que padecía flujo de sangre. Pero el tiempo le ha roído la cara y las lluvias han borrado la inscripción.

Una mujer sale de entre el grupo de los carpocracianos.

MARCELINA

Antaño, yo era diaconisa en Roma, en una iglesita donde mostraba a los fieles las imágenes en plata de San Pablo, de Homero, de Pitágoras y de Jesucristo.

Sólo guardé la suya.

Entreabre su manto

¿La quieres?

UNA VOZ

¡Él se aparece a nosotros en persona cuando lo llamamos! ¡Es la hora! ¡Ven!

Y Antonio siente la presión de una mano brutal sobre su brazo, que lo arrastra.

Sube por una escalera a oscuras y después de subir muchos escalones, llega ante una puerta.

El que lo guía (¿será Hilarión?, él no lo sabe) le dice al oído: “El Señor va a venir.” Ambos son introducidos en una estancia de techos bajos, sin muebles.

Lo que más le llama la atención a Antonio en un principio es ver, frente a él, una larga crisálida color de sangre, con una cabeza de hombre de la que sobresalen unos rayos y con la palabra Knouphis escrita en griego alrededor. Se halla sobre un fuste de columna colocado en el centro de un pedestal. En las otras paredes de la habitación hay unos medallones de hierro pulimentado que representan cabezas de animales: la de un buey, la de un león, la de un águila, la de un perro y también la cabeza de un asno. ¡Otra vez!

Las lámparas de arcilla colgadas debajo de estas imágenes dan una luz temblorosa. Por un agujero que hay en la pared, Antonio divisa la luna, que riela a lo lejos sobre las olas, y hasta distingue su leve chapoteo regular, junto con el ruido sordo de la quilla de una barca, que choca contra las piedras del malecón.

Unos hombres en cuclillas, que se tapan la cara con el manto, sueltan a intervalos una suerte de ladrido sofocado. Hay mujeres que dormitan, con la frente apoyada en ambos brazos, con los que se sujetan las rodillas; tan tapadas están con sus velos que al verlas se diría un montón de harapos dispuestos a lo largo del muro. Junto a ellas, unos niños medio desnudos, llenos de piojos, miran con expresión estúpida cómo arden las lámparas; y nadie hace nada, todos están esperando algo.

Hablan en voz baja de sus familias, o se comunican remedios para sus enfermedades. Varios de ellos piensan embarcarse al apuntar el día, pues se han recrudecido las persecuciones. No es difícil, empero, engañar a los paganos. “¡Creen, los tontos, que adoramos a Knouphis!”

Pero uno de los hermanos, inspirado de repente, se planta delante de la columna en donde han puesto un pan, encima de una cesta llena de hinojo y de aristoloquias. Los demás se han ido cada cual a su sitio y forman, todos de pie, tres líneas paralelas.

EL INSPIRADO

desenrolla un papiro cubierto de cilindros entremezclados y comienza:

Sobre las tinieblas descendió el rayo del Verbo, y se oyó un grito violento que parecía la voz de la luz.

TODOS

responden, moviendo el cuerpo de un lado a otro,

¡Kyrie eleison!

EL INSPIRADO

El hombre, a continuación, fue creado por el infame Dios de Israel, con la ayuda de todos éstos.

Señala los medallones.

Astofaios, Oraios, Sabaoth, Adonai, Eloy, Iao. Y yacía en el barro, repulsivo, débil, sin forma ni pensamiento

TODOS con tono plañidero

¡Kyrie eleison!

EL INSPIRADO

Más Sofía, compasiva, lo vivificó con una partícula de su alma.

Entonces, al ver al hombre tan hermoso, Dios se encolerizó. Lo encarceló en su reino prohibiéndole el árbol de la ciencia.

¡Fue Sofía quien lo socorrió una vez más! Envió a la serpiente que, tras largos rodeos, consiguió que desobedeciera a aquella ley de odio.

Y el hombre, cuando hubo probado la ciencia, comprendió las cosas del cielo.

TODOS, con fuerza

¡Kyrie eleison!

EL INSPIRADO

¡Pero Ialdabaoth, para vengarse, precipitó al hombre en la materia a la serpiente con él!

TODOS, muy bajito

¡Kyrie eleison!

Cierran la boca y callan.

En el aire caliente se mezclan los olores del puerto con el humo de las lámparas. Las mechas chisporrotean como si fueran a apagarse. Unos mosquitos muy grandes revolotean por el aire, y Antonio gruñe de angustia: siente la impresión de que algo flota en torno a él, como el espanto de un crimen próximo a realizarse.

Pero

EL INSPIRADO

golpeando con el talón, chasqueando los dedos y meneando la cabeza, salmodia con ritmo furioso, al son de los címbalos y de una aguda flauta:

¡Ven, ven, ven! ¡Sal de tu caverna!

¡Veloz que corres sin pies, cazador que atrapas sin manos!

Sinuoso como los ríos, orbicular como el sol, negro con manchas de oro, como el firmamento sembrado de estrellas! ¡Semejante a los sarmientos enroscados de la vid y a las circunvoluciones de las entrañas!

¡No engendrado! ¡Comedor de tierra! ¡Eternamente joven! ¡Perspicaz! ¡Honrado en Epidauro! ¡Bueno con los hombres! ¡Tú, que curaste al rey Tolomeo, a los soldados de Moisés y a Glauco, hijo de Minos!

¡Ven, ven, ven! ¡Sal de tu caverna!

TODOS repiten

¡Ven, ven, ven! ¡Sal de tu caverna!

No obstante, no aparece nadie.

¿Por qué? ¿Qué le pasa?

Y hablan entre sí, proponen soluciones.

Un anciano ofrece hierba. Algo empieza a moverse dentro del cesto. Las hojas verdes se agitan, caen flores y aparece la cabeza de una serpiente pitón.

Da la vuelta lentamente alrededor del pan, como un círculo en torno a un disco inmóvil y luego crece, se estira; es enorme y de un peso considerable. Para impedir que roce el suelo, los hombres la sostienen contra su pecho y las mujeres sobre sus cabezas, los niños la levantan con sus manos. La cola, que sale por el agujero de la muralla, se prolonga indefinidamente hasta el fondo del mar. Desenrolla sus anillos que invaden la estancia y apresan a Antonio.

LOS FIELES

pegando la boca a la piel de la serpiente, se quitan unos a otros el pan que ésta ha mordido.

¡Eres tú! ¡Eres tú!

Criado primero por Moisés, destrozado por Ezequías, restablecido por el Mesías. Él te bebió en las aguas del bautismo, pero tú lo abandonaste en el jardín de los olivos y él sintió entonces toda su debilidad.

Enroscado al palo de la cruz, por encima de su cabeza, babeando sobre su corona de espinas, tú contemplabas cómo moría. ¡Porque tú no eres Jesús, eres el Verbo! ¡Eres Cristo!

Antonio se desmaya horrorizado y cae al suelo delante de su cabaña, sobre las astillas, donde arde suavemente la antorcha que resbaló de sus manos.

Esta conmoción le hace abrir los ojos y reconoce el Nilo, onduloso y claro bajo la luz blanca de la luna, como una gran serpiente en medio de las arenas; tanto es así que vuelve a tener alucinaciones y se encuentra de nuevo entre los ofitas; lo rodean, lo llaman, traen y llevan bultos, bajan al puerto. Él se embarca con ellos.

Transcurre un tiempo inapreciable.

Después se encuentra bajo la bóveda de una cárcel. Ante él, los barrotes dibujan líneas negras que se destacan sobre un fondo azul. A ambos lados, en la sombra, hay personas que rezan y lloran, rodeadas de otras muchas que tratan de animarlas y darles consuelo.

Afuera se oye el zumbido de la multitud y se ve el esplendor de un día de verano.

Suenan voces agudas que pregonan sandías, agua, bebidas heladas, almohadones rellenos de hierbas para sentarse... De cuando en cuando, estallan aplausos. Antonio percibe pasos por encima de su cabeza.

De repente se oye un largo rugido, fuerte y cavernoso como el ruido del agua en un acueducto.

Y frente a él, detrás de los barrotes de otra galería, vislumbra un león que pasea, luego una fila de sandalias, de piernas desnudas y de franjas de púrpura. Más allá hay grupos de gentes dispuestas en círculo y escalonadas simétricamente; van ensanchándose desde la parte más baja, que encierra la arena, hasta lo más alto, donde se alzan unos mástiles que sostienen una lona color jacinto, tensada con cuerdas en el aire. Estos grandes círculos se hallan cortados, a intervalos regulares, por unas escaleras que convergen en el centro. Los graderíos desaparecen bajo la gente que allí se sienta: caballeros, senadores, soldados, plebeyos, vestales y cortesanas; llevan capuchones de lana, manípulos de seda, túnicas rojizas con tembleques de pedrerías, penachos de plumas, fasces de lictores, y todo ello forma un conjunto hormigueante, vociferante, tumultuoso y furibundo, que aturde a Antonio como si fuera una inmensa cuba de agua hirviendo. En el centro de la arena, sobre un altar, humea un recipiente con incienso.

De ello se deduce que aquellas personas que lo rodean son cristianos condenados a ser devorados por las fieras. Los hombres llevan el manto rojo de los pontífices de Saturno; las mujeres, las cintas de Ceres. Sus amigos se reparten sus vestiduras y sus anillos. Para introducirse en la prisión –dicen- tuvieron que pagar mucho dinero. ¡Qué importa! Se quedarán allí hasta el final.

Entre aquellos consoladores, Antonio se fija en un hombre calvo, con una túnica negra, cuya cara cree haber visto ya en algún sitio. Está hablándoles a los mártires de la nada que es el mundo y de la felicidad de los elegidos. Antonio se siente arrebatado por el amor. Desea tener la ocasión de dar su vida por el Salvador, sin percatarse muy bien de si él mismo no es también uno de aquellos mártires.

Pero salvo un frigio de largos cabellos que permanece con los brazos en alto, todos parecen estar tristes. Hay un anciano que solloza sentado en un banco, y un joven que medita, de pie, con la cabeza baja.

EL ANCIANO

que no quiso pagar, en una encrucijada, ante una estatua de Minerva, mira detenidamente a sus compañeros con una mirada que significa:

¡Hubierais debido socorrerme! Hay comunidades que se las arreglan para que las dejen tranquilas. Además, alguno de entre vosotros habéis obtenido incluso cartas declarando en falso que hacíais sacrificios a los ídolos.

Pregunta:

¿No fue Pedro de Alejandría quien dio las reglas de lo que debe hacerse cuando se flaquea ante el tormento?

Y luego dice para sí:

¡Ay, qué duro es esto a mi edad! ¡Mis achaques me dejan tan débil! No obstante, hubiera podido vivir todavía hasta el próximo invierno...

El recuerdo de su jardincito lo enternece y mira hacia el altar.

EL JOVEN

que interrumpió a golpes una fiesta de Apolo murmura:

¡Sólo de mí dependía haber huido a las montañas!

-Te hubieran apresado los soldados –dice uno de sus hermanos.

-¡Oh! Habría hecho como Cipriano, habría vuelto. Y la segunda vez, hubiese tenido más fuerzas, estoy seguro.

Piensa a continuación en los innumerables días que aún podría vivir, en todas las alegrías que no conocerá nunca, y mira hacia el altar.

Pero

EL HOMBRE DE LA TÚNICA NEGRA

corre hacia él.

¡Qué escándalo! ¿Cómo es posible que tú, que eres una víctima predilecta, te comportes de esta manera? ¡Piensa en todas las mujeres que te estarán mirando! Y además, hay ocasiones en que Dios hace un milagro. Pionio paralizó la mano de su verdugo; la sangre de Policarpo apagó las llamas de la hoguera en que iban a quemarlo.

Se vuelve hacia el anciano.

¡Padre, padre! Tú debes edificarnos con tu muerte. Si la retrasas, puede que cometas alguna acción malvada que estropearía el fruto de las buenas. Además, el poder de Dios es infinito. Acaso tu ejemplo convierta a todo el pueblo.

Y en la galería de enfrente, los leones van y vienen sin parar, con un movimiento continuo, rápido. El más grande mira de repente a Antonio, se pone a rugir y le sale vaho de las fauces.

Las mujeres se apretujan contra los hombres.

EL CONSOLADOR va de uno a otro

¿Qué diríais vosotros, qué dirías tú, si te quemaran con planchas de hierro, si te descuartizaran unos caballos, si tu cuerpo untado con miel fuera devorado por las moscas? A fin de cuentas, tu muerte va a ser igual a la de un cazador que se ve sorprendido en un bosque.

Antonio piensa que todas aquellas muertes son preferibles a las fauces de las horribles bestias feroces. Le parece sentir sus dientes, sus garras, oír cómo crujen sus pobres huesos entre las mandíbulas de las fieras.

Entra un beluario en el calabozo; los mártires se echan a temblar.

Sólo uno permanece impasible: es el frigio que rezaba, apartado de los demás. Ha incendiado tres templos. Avanza con los brazos en alto, con la boca abierta, con la cara mirando al cielo, sin ver nada, como un sonámbulo.

EL CONSOLADOR exclama

¡Condenación para el montanista!

Lo insultan, lo escupen, quieren pegarle. Los leones, impacientes, se muerden la melena. El pueblo aúlla: “¡A las fieras! ¡A las fieras!”

Los mártires prorrumpen en sollozos, se abrazan unos a otros. Les ofrecen una copa de vino narcótico. Se la pasan rápidamente de mano en mano.

Apoyado en la puerta que cierra otra galería, hay otro beluario esperando la señal; sale el león.

Cruza la arena en línea oblicua y a largos pasos. Tras él, en fila, aparecen los demás leones, después un oso, tres panteras y varios leopardos. Se dispersan como un rebaño en medio de un prado.

Se oye el restallido de un látigo. Los cristianos se tambalean y, para terminar antes, sus hermanos los empujan. Antonio cierra los ojos.

Cuando vuelve a abrirlos se halla envuelto en tinieblas.

Éstas se disipan en seguida y divisa una llanura árida y ondulada, como las que se ven en torno a las canteras abandonadas.

Aquí y allá, un grupo de arbustos crece entre las losas, a ras del suelo, y unas siluetas blancas –más imprecisas que nubes- se inclinan sobre las mismas.

Llegan más, con ligereza. Hay ojos que brillan por entre las aberturas de los largos velos. Por la languidez de sus pasos y los perfumes que exhalan, Antonio deduce que son patricias. También hay hombres, aunque de condición inferior, pues sus rostros son ingenuos y ordinarios a un mismo tiempo.

UNA DE ELLAS

dice, respirando hondamente:

¡Ah, qué bueno es sentir el aire frío de la noche en medio de los sepulcros! ¡Estoy tan harta de la molicie de los lechos, del bullicio de los días y de la pesadez del sol!

Su sirvienta saca, de una bolsa de tela, una antorcha y la prende. Los fieles encienden con su llama otras antorchas y las plantan encima de las tumbas.

UNA MUJER, jadeante

¡Ah, por fin he podido venir! ¡Pero qué fastidio, haberme casado con un idólatra!

OTRA

Las visitas a las cárceles, las conversaciones con nuestros hermanos, ¡todo les resulta sospechoso a nuestros maridos! Y hasta tenemos que escondernos para hacer la señal de la cruz: la tomarían por un conjuro mágico.

OTRA

Con el mío, todos los días tenía algún disgusto. Yo no quería someterme a los abusos que de mi cuerpo exigía y con el fin de vengarme mandó que me persiguieran por cristiana.

OTRA

¿Os acordáis de Lucio, aquel joven tan apuesto a quien arrastraron por los talones atado de un carro, como a Héctor, desde la puerta Esquilina hasta las montañas de Tíbur? ¡Y a ambos lados del camino, la sangre salpicaba los matorrales! Recogí algunas gotas. ¡Aquí están!

Se saca del pecho una esponja ennegrecida, la cubre de besos y luego se arroja sobre las losas gritando:

¡Ay, mi amigo! ¡Amigo mío!

UN HOMBRE

Hoy hace exactamente tres años que murió Domitila. La lapidaron en el bosque de Proserpina. Yo recogí sus huesos que brillaban como luciérnagas en la hierba... ¡Ahora los cubre la tierra!

Se arroja sobre una tumba.

¡Ay, mi novia! ¡Mi novia querida!

Y TODOS LOS DEMÁS

gritan por la llanura:

¡Oh, hermana mía!, ¡Oh, hermano mío¡, ¡Oh hija mía!, ¡Oh, madre mía!

Están de rodillas, con la frente entre las manos, o bien tendidos por completo en el suelo, con los brazos extendidos, y los sollozos que tratan de contener les levantan el pecho de tal manera que parece como si fueran a romperse. Miran al cielo diciendo:

¡Ten piedad de su alma, oh, Dios mío! Languidece en el reino de las sombras: ¡dígnate admitirla en la Resurrección para que pueda gozar de tu luz!

O también, con la mirada fija en las losas, murmuran:

¡Tranquilízate y no sufras más! ¡Te he traído vino y viandas!

UNA VIUDA

Aquí te traigo pultis hecho por mí, como a ti te gusta, con muchos huevos y doble cantidad de harina. Nos lo comeremos juntos, igual que antaño, ¿verdad?

Se acerca un poco de pultis a los labios y, de súbito, se echa a reír de un modo extravagante, frenético.

Los demás, al igual que ella, mordisquean algún que otro bocado, beben tragos de vino.

Se cuentan las historias de sus respectivos mártires; el dolor se exacerba y aumentan las libaciones. Se miran unos a otros con los ojos anegados en lágrimas. Balbucean de embriaguez y desconsuelo; poco a poco, sus manos se buscan, sus labios se unen, los velos se entreabren y se mezclan sus cuerpos sobre las tumbas, entre las copas y la antorchas.

El cielo comienza a palidecer. La niebla humedece las vestiduras y, como si no se conocieran, se alejan unos de otros por diferentes caminos, por los campos.

Brilla el sol; han crecido las hierbas, el llano se ha transformado.

Y Antonio distingue con claridad, a través de los bambúes, un bosque de columnas de un gris azulado. Son troncos de árboles que proceden de un solo tronco. De cada una de sus ramas salen otras ramas que se hunden en el suelo, y el conjunto de todas estas líneas horizontales y perpendiculares, multiplicadas indefinidamente, podría recordar a un monstruoso armazón, de no verse en ellas, de cuando en cuando, un higo pequeño, con unas hojas negruzcas como las del sicómoro.

En sus bifurcaciones se advierte flores amarillas, flores violetas y helechos semejantes a las plumas de los pájaros.

Debajo de las primeras ramas aparecen, aquí y allá, los cuernos de un bubal, o los ojos brillantes de un antílope; hay papagayos encaramados en las ramas, mariposas que revolotean, lagartos que se arrastran y moscas que zumban; y en medio de todo aquel silencio, se oye palpitar una vida profunda.

A la entrada del bosque, sobre una especie de pira, hay una cosa extraña –un hombre- untado con boñiga de vaca, completamente desnudo, más seco que una momia. Sus articulaciones son como nudos en las extremidades de sus hueso que parecen palos. Lleva unos racimos de caracolas en las orejas, tiene la cara muy alargada y la nariz como el pico de un buitre. Estira el brazo izquierdo que permanece así, anquilosado, tieso como una estaca. Y debe de estar allí desde hace tanto tiempo que unos pájaros han anidado en sus cabellos.

En las cuatro esquinas de la pira arden cuatro fuegos. El sol está exactamente frente a él. Él lo contempla abriendo mucho los ojos y, sin fijarse en Antonio, dice:

Bramán de las orillas del Nilo, ¿qué dices a esto?

Empiezan a salir llamas por todas partes, por entre los huecos que dejan los maderos y

EL GIMNOSOFISTA prosigue

Al igual que el rinoceronte, me adentré en la soledad. Antes vivía en el árbol que hay detrás de mí.

En efecto, la gruesa higuera presenta entre sus estrías una oquedad natural del tamaño de un hombre.

Y me alimentaba con flores y frutos, y tan bien cumplí los preceptos que ni siquiera un perro me vio comer.

Como la existencia proviene de la corrupción, la corrupción del deseo, el deseo de la sensación y la sensación del contacto, huí de cualquier acción y de cualquier contacto y, sin hacer más movimiento que la estela de una tumba, exhalando el aliento por los orificios de la nariz, fijando en ésta mi mirada y considerando al éter dentro de mi espíritu, al mundo en mis miembros y a la luna en mi corazón, meditaba sobre la esencia del Alma grande, de la que se escapan continuamente, como chispas de fuego, los principios de la vida.

Por fin logré captar el alma suprema en todos los seres, a todos los seres en el alma suprema. Y he conseguido que en ella penetre mi alma, en la que había puesto todos mis sentidos.

Ahora recibo la ciencia directamente del cielo, como el pájaro Tchataka, que sólo apaga su sed en los surcos que llena la lluvia.

El hecho mismo de que yo conozca las cosas hace que éstas ya no existan para mí.

Ahora ya no siento ni esperanza ni angustia, ni dicha, ni virtud, ni día ni noche, ni tú ni yo, ya no siento absolutamente nada.

Mi tremenda austeridad me ha hecho superior a las Potencias. Una contracción de mi pensamiento puede matar a cien hijos de reyes, destronar a los dioses, trastornar al mundo.

Ha dicho todo esto con voz monótona.

Las hojas de su alrededor se arquean. Las ratas huyen corriendo por el suelo.

Bajan lentamente la mirada hacia las llamas que van subiendo y luego añade:

Me repugna la forma, me repugna la percepción, me repugna hasta el mismo conocimiento, pues el pensamiento no sobrevive al hecho transitorio que lo causa y el espíritu no es sino una ilusión, igual que todo lo demás.

Cuanto ha sido engendrado perecerá, todo lo que ha muerto deberá revivir. Los seres actualmente desaparecidos residirán dentro de unas matrices aún no formadas y volverán a la tierra para servir con dolor a otras criaturas.

Pero como yo he vivido infinidad de existencias bajo envolturas de dioses, de hombres y de animales, renuncio al viaje, ¡estoy harto de soportar tanto cansancio! Abandono la sucia posada que es mi cuerpo, construida con carne, enrojecida por la sangre y cubierta con una horrible piel llena de inmundicias... Y para recompensa mía, dormiré por fin en lo más profundo de lo Absoluto, en la Nada.

Las llamas le suben hasta el pecho y lo envuelven. Asoma la cabeza a través de las mismas como por el agujero de una pared. Sus ojos, abiertos de par en par, continúan mirando.

ANTONIO se levanta

La antorcha, en el suelo, ha prendido fuego a las astillas de madera y las llamas le han chamuscado la barba.

Antonio grita y pisotea el fuego a un mismo tiempo, y cuando ya sólo queda un montoncito de cenizas, dice:

¿Por dónde andará Hilarión? Estaba aquí hace un momento.

¡Yo lo vi!

Pero no, es imposible. ¡Me parece que soy yo quien me engaño!

¿Por qué?... Mi cabaña, esas piedras, la arena, tal vez todo esto no tenga más consistencia que la de él. ¡Me estoy volviendo loco! ¡Serenidad! ¿Por dónde iba yo? ¿Qué es lo que pasaba?

¡Ah, sí! ¡El gimnosofista!... Esa muerte es muy corriente entre los sabios hindúes. Kalanos se prendió fuego delante de Alejandro; otro hizo lo mismo en tiempos de Augusto. ¡Cuánto hay que odiar la vida para hacer una cosa así! A menos que el orgullo los impulse a ello... ¡Da igual, son tan intrépidos como los mártires!... En lo que a estos últimos se refiere, ahora creo todo lo que me habían contado sobre los desórdenes que ocasionan.

¿Y antes de esto, qué sucedía? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! ¡Qué miradas! Pero, ¿para qué tantos excesos de la carne y extravíos del espíritu?

¡Pretenden llegar a Dios por esos caminos! ¿Con qué derecho podría yo maldecirlos, si estoy continuamente tropezando en el mío? Cuando desaparecieron, estaba yo quizá a punto de enterarme de más cosas, pero todo giraba demasiado aprisa y no me daba tiempo a responder. Ahora es como si en mi inteligencia hubiese más espacio y más luz. Estoy tranquilo. Me siento capaz... Pero, ¿qué sucede? ¡Creía haber apagado el fuego!

Revolotea una llama por entre las rocas y en seguida se oye a lo lejos, en la montaña, una voz cascada...

¿Será el ladrido de la hiena o los sollozos de algún viajero que se ha perdido?

Antonio escucha. La llama se va acercando.

Y ve llegar a una mujer que llora, apoyada en el brazo de un hombre con la barba blanca.

Va ataviada con un traje de púrpura hecho jirones. El hombre lleva la cabeza descubierta, al igual que ella, y una túnica del mismo color. Sostiene un recipiente de bronce en el que brilla una llamita azul...

Antonio siente miedo y quisiera saber quién es aquella mujer.

EL EXTRANJERO (Simón)

Es una jovencita, una pobre niña que llevo conmigo a todas partes.

Levanta el recipiente de bronce.

Antonio observa con detenimiento a la mujer, a la luz de aquella llama vacilante. Tiene en la cara señales de mordiscos, marcas de golpes en los brazos. Sus cabellos sueltos se enganchan en los desgarrones de sus harapos; sus ojos parecen insensibles a la luz.

SIMÓN

Algunas veces se queda así, mucho tiempo, sin hablar, sin comer; luego se despierta y de su boca salen cosas maravillosas.

ANTONIO

¿De veras?

SIMÓN

¡Ennoia! ¡Ennoia! ¡Ennoia! ¡Cuenta lo que tienes que decir!

HELENA (Ennoia)

Conservo el recuerdo de un país lejano color de esmeralda. No hay más que un solo árbol.

Antonio se estremece.

En cada escalón formado por sus grandes ramas hay una pareja de Espíritus suspendidos en el aire. Las ramas se entrecruzan a su alrededor como las venas de un cuerpo, y ellos contemplan cómo circula la vida eterna desde las raíces que se adentran en la sombra hasta la copa que sobrepasa al sol. Yo, en la segunda rama, iluminaba con mi rostro las noches de verano.

ANTONIO, llevándose el dedo a la frente.

¡Ah, ah! Ya entiendo, está mal de la cabeza...

SIMÓN, poniendo un dedo ante los labios

Chisst...

HELENA

La vela seguía henchida, la quilla hendía la espuma. Él me decía: “¡Qué me importa a mí perturbar mi patria, perder mi reino! ¡Tú vendrás a mi casa y me pertenecerás!

¡Qué grata resultaba la estancia alta de su palacio! Él se acostaba en el lecho de marfil y acariciando mi cabellera cantaba amorosamente.

Al morir el día, yo divisaba los dos campamentos, los faroles que en ellos se encendían. A Ulises, junto a su tienda. Aquiles iba por completo armado y conduciendo un carro por la orilla del mar.

ANTONIO

¡Pero si está completamente loca! ¿Por qué...?

Simón

¡Calla, te digo!

HELENA

Me untaron con ungüentos y me vendieron al pueblo para que lo divirtiese.

Una noche, estaba yo de pie, con el sistro en la mano, tocando para que bailasen unos marineros griegos. La lluvia caía a mares sobre la taberna y las copas de vino caliente humeaban. Entró un hombre sin que la puerta estuviera abierta.

SIMÓN

¡Era yo! ¡Yo la encontré!

¡Aquí la tienes, Antonio, a la que llaman Sijé, Ennoia, Barbelo, Prunicos! Los Espíritus que gobernaban el mundo sintieron celos de ella y la encadenaron a un cuerpo de mujer.

Fue la Helena de los troyanos, cuya memoria maldijo el poeta Estesícoro. Fue Lucrecia, la patricia violada por los reyes. Y Dalila, la que le cortó el pelo a Sansón. Y fue asimismo aquella muchacha de Israel que se entregaba a los machos cabríos. Amó el adulterio, la idolatría, la mentira y la estupidez. Se prostituyó a todos los pueblos. Cantó en todas las encrucijadas. Besó todos los rostros.

En Tiro, la ciudad de Siria, era la amante de los ladrones. Bebía con ellos por las noches y ocultaba a los asesinos entre la miseria de su tibio lecho.

ANTONIO

¡Bueno! ¿Y a mí, qué más me da...?

SIMÓN

con expresión furiosa:

Yo la redimí, te digo, y le devolví su esplendor. Hasta tal punto que Cayo César Calígula se enamoró de ella, puesto que quería acostarse con la Luna...

ANTONIO

¿Y qué?

SIMÓN

¡Pues que ella es la luna! ¿Acaso no escribió el papa Clemente que había sido encarcelada en una torre? Trescientas personas acudieron a rodear la torre, y en cada una de las troneras, al mismo tiempo, vieron aparecer la luna, aun cuando en el mundo no existen varias lunas, ni varias Ennoia.

ANTONIO

Sí... Me parece recordar...

Y se abstrae en sus ensoñaciones.

SIMÓN

Tan inocente como Cristo, que miró por los hombres, ella se sacrificó por las mujeres. Pues la impotencia de Jehová se demuestra con la transgresión de Adán, y hay que sacudir la antigua ley, tan contraria al orden de las cosas.

He predicado la renovación en Efraín y en Isacar, a lo largo del torrente de Visor, detrás del lago de Huleh, en el valle de Megido, más allá de las montañas, en Bostra y en Damasco. Vengan a mí todos aquellos que estén manchados de vino, de barro, los que estén manchados de sangre, ¡y yo borraré sus manchas con el Espíritu Santo a quien los griegos llaman Minerva! ¡Ella es Minerva! ¡Ella es el Espíritu Santo! ¡Yo soy Júpiter, Apolo, Cristo, el Paráclito, la omnipotencia de Dios encarnada en la persona de Simón!

ANTONIO

¡Ah, con que eres tú!.. Entonces, tú eres... ¡Pero yo conozco tus crímenes! Naciste en Gittoi, cerca de Samaria. Dositeo, tu primer maestro, ¡tuvo que echarte! Aborreces a San Pablo por haber convertido a una de tus mujeres, y vencido por San Pedro, lleno de rabia y de terror, arrojaste al mar el saco que contenía tus sortilegios.

SIMÓN

¿Los quieres tú?

Antonio lo mira y una voz murmura en su interior: “¿Y por qué no?”

Simón prosigue:

El que conoce las fuerzas de la Naturaleza y la sustancia de los Espíritus debe obrar milagros. Es el sueño de todos los sabios y el deseo que a ti te carcome. ¡Confiésalo!

Estando en medio de los romanos, en el circo, volé tan alto que no volvieron a verme. Nerón ordenó que me decapitasen, pero fue la cabeza de una oveja lo que cayó al suelo en lugar de la mía. Finalmente, me enterraron vivo, pero yo resucité al tercer día. ¡La prueba es que aquí estoy!

Le tiende sus manos para que las huela. Huelen a cadáver. Antonio retrocede.

Puedo hacer que se muevan las serpientes de bronce, que rían las estatuas de mármol, que hablen los perros. Te mostraré una inmensa cantidad de oro. Impondré reyes y verás a pueblos enteros adorándome. Puedo caminar sobre las nubes y sobre las olas, pasar a través de las montañas, aparecerme con la figura de un joven, de un anciano, de un tigre o de una hormiga: apoderarme de tu rostro y darte yo el mío; dominar al rayo... ¿Lo oyes?

Retumba un trueno y se suceden los relámpagos.

¡Es la voz del Altísimo! “Pues el Eterno, tu dios, es fuego” y toda creación se opera mediante el surgimiento de ese fuego.

Vas a recibir el bautismo de fuego, ese segundo bautismo que Jesús anunció y que un día de tormenta cayó sobre los Apóstoles, cuando la ventana estaba abierta.

Y mientras remueve la llama con la mano, lentamente, como si fuese a rociar con ella a Antonio, declama:

Madre de las misericordias, tú que descubres los secretos con el fin de que hallemos el reposo en la octava casa...

ANTONIO exclama

¡Ay, si yo tuviera aquí agua bendita!

La llama se apaga, llenándolo todo de humo. Ennoia y Simón han desaparecido. Una niebla sumamente fría, opaca y fétida, invade la atmósfera.

ANTONIO

extendiendo los brazos, como un ciego:

¿Dónde estoy?... Me da miedo caer al abismo. Y la cruz está muy lejos de mí... ¡Ay, qué noche! ¡Qué noche!

Por efecto de una ráfaga, la niebla se disipa y ve a dos hombres vestidos con largas túnicas blancas.

El primero es alto, de rostro dulce, de compostura grave. Sus cabellos rubios, separados en medio como los de Cristo, le caen ordenadamente sobre los hombros. Ha tirado una varita que llevaba en la mano y su compañero la ha recogido haciendo una reverencia a la manera de los orientales.

Este último es bajito, grueso, chato, de cuello corto; tiene el pelo crespo y la cara ingenua.

Ambos van descalzos, sin nada en la cabeza y se hallan cubiertos de polvo, como si llegaran de un largo viaje.

ANTONIO, sobresaltado

¿Qué queréis? ¡Hablad! ¡Marchaos!

DAMIS (es el bajito)

¡Tranquilo, tranquilo, buen ermitaño! ¿Preguntas qué es lo que quiero? ¡No lo sé! ¡Aquí está el maestro!

Se sienta; el otro permanece de pie. Silencio.

ANTONIO prosigue

¿De dónde venís?...

DAMIS

¡Oh, de lejos!.. ¡De muy lejos!

ANTONIO

¿Y vais a...?

DAMIS

señalando al otro:

¡A donde él quiera!

ANTONIO

¿Y quién es ése?

DAMIS

¡Miradlo bien!

ANTONIO, aparte

Parece un santo. Si yo me atreviera...

Se ha despejado el humo. El tiempo es muy claro. Brilla la luna.

DAMIS

¿En qué estáis pensando, pues habéis dejado de hablar?

ANTONIO

Pienso... ¡Oh, en nada!

DAMIS

se acerca a Apolonio y da varias vueltas a su alrededor, con el cuerpo encorvado y sin levantar la cabeza.

Maestro, es un eremita galileo que desea saber los orígenes de la sabiduría.

APOLONIO

¡Que se acerque!

Antonio está perplejo

DAMIS

¡Acercaos!

APOLONIO, con voz de trueno

¡Acércate! ¿Quisieras saber quién soy, lo que he hecho, lo que pienso? ¿No es así, hijo mío?

ANTONIO

Siempre que esas cosas puedan contribuir a mi salvación.

APOLONIO

¡Alégrate, voy a decírtelas!

DAMIS, bajito a Antonio

¡Será posible! Es menester que haya visto en vos, a la primera ojeada, una inclinación extraordinaria a la filosofía! ¡Voy a aprovecharme yo también de ello!

APOLONIO

Primero te contaré el largo camino que tuve que recorrer para obtener la doctrina, y si en toda mi vida encuentras una mala acción, me detendrás en mi relato pues escandaliza con sus palabras aquel que yerra con sus obras.

DAMIS a Antonio

¡Qué hombre tan justo! ¿No te parece?

ANTONIO

En verdad, creo que es sincero.

APOLONIO

La noche en que yo nací, mi madre se vio cortando flores a orillas de un lago. Cruzó el cielo un relámpago y ella me trajo al mundo al son que emitían las voces de los cisnes que en su sueño cantaban.

Hasta los quince años, me bañaron tres veces al día en la fuente. Absadea, cuyas aguas vuelven hidrópicos a los perjuros; y me frotaban el cuerpo con hojas de cnyza para que fuese casto.

Una princesa de Palmira vino a verme una tarde, ofreciéndome unos tesoros que ella conocía y que se hallaban ocultos en unas tumbas. Una hieródula del templo de Diana se degolló desesperada con el cuchillo de los sacrificios, y el gobernador de Cilicia, al acabar de enumerar sus promesas, exclamó ante mi familia que mandaría darme muerte. Pero fue él quien murió tres días más tarde, asesinado por los romanos.

DAMIS

a Antonio, dándole un codazo:

¿Eh? ¡Cuando yo os lo decía! ¡Qué hombre!

APOLONIO

Durante cuatro años seguidos guardé el silencio absoluto de los pitagóricos. El dolor más inesperado no me arrancaba ni siquiera un suspiro, y en el teatro, cuando yo entraba, la gente se apartaba de mí como si yo fuera un fantasma.

DAMIS

¿Hubierais hecho eso vos?

APOLONIO

Una vez terminada la época de prueba, emprendí la tarea de instruir a los sacerdotes que habían olvidado la tradición.

ANTONIO

¿Qué tradición?

DAMIS

Dejadlo terminar. ¡Callaos!

APOLONIO

Estuve conversando con los samaníes del Ganges, con los astrólogos de Caldea, con los magos de Babilonia, con los druidas de Galia, con los sacerdotes de los negros. Subí a los catorce Olimpos, anduve sondeando los lagos de Escitia y medí la magnitud del desierto...

DAMIS

Pues es verdad todo eso. Yo estaba allí.

APOLONIO

Fui primero hasta el mar de Hircania. Di la vuelta a su alrededor y, por el país de los baraomatas, donde está enterrado Bucéfalo, bajé a Nínive. Al llegar a las puertas de la ciudad, un hombre se acercó a mí.

DAMIS

¡Yo! ¡Era yo! ¡Mi buen maestro! En seguida os amé. Erais más dulce que una muchacha y más hermoso que un Dios.

APOLONIO, sin escucharlo

Quería acompañarme para servirme de intérprete

DAMIS

Pero respondisteis que entendíais todas las lenguas y que adivinabais todos los pensamientos. Entonces, besé el borde de vuestro manto y eché a andar tras de vos.

APOLONIO

Después de Ctesifonte entramos en tierras de Babilonia.

DAMIS

Y el sátrapa dio un grito al ver a un hombre tan pálido.

ANTONIO, aparte

Qué significa...

APOLONIO

El rey me recibió de pie, junto a un trono de plata, en una sala redonda tachonada de estrellas. De la cúpula colgaban, prendidos de unos hilos invisibles, cuatro grandes pájaros de oro con las alas abiertas.

ANTONIO, soñador

¿Existen en la tierra cosas semejantes?

DAMIS

¡Babilonia sí que es una ciudad! ¡Todos son ricos allí! Las casas, pintadas de azul, tienen puertas de bronce, con una escalera que baja hasta el río.

Dibuja en el suelo, con el palo:

Así, ¿veis? Y además hay templos, plazas, baños, acueductos... Los palacios se hallan cubiertos de cobre rojo y en su interior, si supierais...

APOLONIO

Sobre la muralla de septentrión se eleva una torre, y encima de ésta, otra, y otra, y otra más, hasta formar un total de ocho. La octava es una capilla con una cama. Nadie entra allí a no ser la mujer elegida por los sacerdotes para el dios Belo. El rey de Babilonia mandó que me alojaran en ella.

DAMIS

¡Apenas se fijaban en mí! Por eso me quedé solo, paseando por las calles. Me informaba sobre las costumbres, visitaba los talleres, examinaba las grandes máquinas que llevan el agua hasta los jardines... Pero me fastidiaba estar separado del Maestro.

APOLONIO

Por fin salimos de Babilonia y, al claro de luna, vimos a una Empusa.

DAMIS

¡Sí, señor! Saltaba, sobre su casco de hierro. Rebuznaba igual que un asno. Galopaba por las rocas. El Maestro le gritó unos insultos y ella desapareció.

ANTONIO, aparte

¿A dónde querrán ir a parar?

APOLONIO

En Taxila, capital de las cinco mil fortalezas, Fraortes, rey del Ganges, nos mostró su guardia de hombres negros, cada uno de los cuales medía cinco codos de altura y, en los jardines de su palacio, bajo un toldo de brocado verde, a un elefante enorme al que perfumaban las reinas para entretenerse. Era el elefante de Poro, que había huido tras la muerte de Alejandro.

DAMIS

Y al que habían encontrado en un bosque.

ANTONIO

Hablan con profusión, como la gente ebria.

APOLONIO

Fraortes nos hizo sentar a su mesa.

DAMIS

¡Qué extraño país! Los señores, mientras beben, se distraen lanzando flechas a los pies de un niño que baila. Mas yo no apruebo...

APOLONIO

Cuando me dispuse a partir, el rey me entregó un quitasol y me dijo: “Poseo, en el Indo, una reserva de camellos blancos. Cuando tú ya no los necesites, sóplales en las orejas y ellos regresarán.”

Bajamos siguiendo el curso del río, caminando por las noches a la luz de las luciérnagas que brillaban entre los bambúes. El esclavo silbaba una tonadilla para alejar a las serpientes y nuestros camellos tenían que agacharse para pasar por debajo de los árboles, como si se tratara de puertas demasiado bajas.

Un día, un niño negro, que llevaba un caduceo de oro en la mano, nos guió hasta el colegio de los sabios. Iarcas –su jefe- me habló de mis antepasados, de todos mis pensamientos, de todas mis acciones, de todas mis existencias. Él había sido el río Indo y me recordó que yo había conducido barcas por el Nilo en tiempos del rey Sesostris.

DAMIS

A mí nadie me dijo nada, de suerte que no sé quién he sido.

ANTONIO

Parecen tan inconsistentes como sombras.

APOLONIO

A orillas del mar, tropezamos con los cinocéfalos ahítos de leche, que volvían de su expedición por la isla Trapobana. Las tibias olas dejaban perlas rubias a nuestros pies. El ámbar crujía bajo nuestros pasos. Esqueletos de ballenas blanqueaban en las grietas del acantilado. La tierra, finalmente, se hizo más estrecha que una sandalia y tras haber arrojado, en dirección al sol, gotas del Océano, volvimos hacia la derecha para regresar.

Regresamos por la región de las hierbas aromáticas, por el país de los gangáridas, por el promontorio de Comaria, la comarca de los sacalitas, de los adramitas y de los homeritas. Después, a través de los montes Casanianos, el mar Rojo y la isla Topazos, penetramos en Etiopía por el reino de los pigmeos.

ANTONIO, aparte

¡Qué grande es la tierra!

DAMIS

Y cuando regresamos a casa, todos aquellos a quienes habíamos conocido antaño habían muerto.

Antonio baja la cabeza. Silencio.

APOLONIO prosigue

Por entonces se empezó a hablar de mí en el mundo. La peste asolaba Éfeso. Mandé lapidar a un viejo mendigo.

DAMIS

¡Y la peste desapareció!

ANTONIO

¿Cómo? ¿Puede ahuyentar las enfermedades?

APOLONIO

En Cnido curé al hombre que se había enamorado de la Venus.

DAMIS

Si, a un loco que incluso había prometido casarse con ella. Amar a una mujer, aún pase, pero a una estatua... ¡Vaya sandez! El Maestro le puso la mano en el corazón y el amor se extinguió en seguida.

ANTONIO

¿Es posible? ¿Puede echar a los demonios?

APOLONIO

Cuando estuve en Tarento, vi que llevaban una joven muerta a la hoguera.

DAMIS

El Maestro le tocó los labios y ella se levantó llamando a su madre.

ANTONIO

¿Cómo? ¿Resucita a los muertos?

APOLONIO

Predije el provenir a Vespasiano. Le dije que llegaría al poder.

ANTONIO

¿Así que adivina el porvenir?

DAMIS

Había, en Corinto...

APOLONIO

Estando con él a la mesa, en los baños de Baia...

ANTONIO

¡Disculpadme, extranjeros, se me hace tarde!

DAMIS

...Un joven a quien llamaban Menipo.

ANTONIO

¡No, no, marchaos!

APOLONIO

Entró un perro con una mano cortada en la boca.

DAMIS

Una tarde, en un suburbio, encontró a una mujer.

ANTONIO

¿No me oís? ¡Retiraos!

APOLONIO

Merodeaba indeciso alrededor de los lechos.

ANTONIO

¡Basta!

APOLONIO

Querían echarlo de allí.

DAMIS

Menipo fue con ella a su casa y se amaron.

APOLONIO

Tras golpear los mosaicos con su cola, depositó dicha mano en las rodillas de Flavio.

DAMIS

Pero a la mañana siguiente, al dar las lecciones en la escuela, Menipo estaba pálido.

ANTONIO, saltando

¡Y siguen! Bueno, pues que sigan, puesto que no hay...

DAMIS

El Maestro le dijo: “¡Oh, apuesto joven, estás acariciando a una serpiente! ¡Una serpiente te acaricia a ti! ¿Para cuándo es la boda?” Fuimos todos a la boda.

ANTONIO

Estoy seguro de que hago mal escuchando todo esto.

DAMIS

Nada más llegar al vestíbulo, vimos a unos servidores que desplegaban gran actividad, y puertas que se abrían. No obstante, no se oía ni el ruido de los pasos ni el ruido de las puertas. El Maestro se colocó al lado de Menipo. Inmediatamente, la novia se enfureció contra los filósofos. Pero la vajilla de oro, los escanciadores, los cocineros, los criados que distribuían el pan desaparecieron. El techo se echó a volar por los aires y las paredes se derrumbaron. Apolonio se quedó solo, de pie, y ante él aquella mujer sumida en llanto a sus plantas. Era una vampira que satisfacía los instintos de los jóvenes hermosos con el fin de comerse después su carne, pues no hay mejor manjar para esa suerte de fantasmas que la sangre de los enamorados.

APOLONIO

Si quieres saber el arte...

ANTONIO

¡No quiero saber nada!

APOLONIO

La tarde en que llegamos a las puertas de Roma...

ANTONIO

¡Oh, sí! ¡Habladme de la ciudad de los papas!

APOLONIO

Se nos acercó un hombre ebrio cantando con voz dulce. Era un epitalamio de Nerón y tenía el poder de hacer morir a quien lo escuchara distraídamente. Llevaba a espaldas, dentro de una caja, una cuerda que le había quitado a la cítara del emperador. Me encogí de hombros. Él nos arrojó barro a la cara. Entonces, me desabroché el cinto y lo puse en sus manos.

DAMIS

¡En verdad que hicisteis muy mal!

APOLONIO

Por la noche, el emperador me mandó llamar para que fuese a su palacio. Estaba jugando a las tabas con Esporo, apoyando el brazo izquierdo en una mesa de ágata. Se volvió hacia mí y frunciendo sus rubias cejas, me preguntó: “¿Por qué no me tienes miedo’ –Porque el Dios que a ti te hizo terrible me ha hecho a mí intrépido –le respondí yo.”

ANTONIO, aparte

Hay algo inexplicable que me espanta.

Pasa un minuto de silencio.

DAMIS prosigue con voz chillona

Por toda Asia, además, podrán deciros...

ANTONIO, sobresaltado

¡Me siento enfermo! ¡Dejadme en paz!

DAMIS

Escuchadme. Él vio, desde Éfeso, cómo mataban a Domiciano, que se hallaba en Roma.

ANTONIO, esforzándose por reír

¡Será posible!

DAMIS

Sí. Fue en el teatro, en pleno día, en el catorce de las calendas de octubre. Gritó de repente: “¡Están degollando a César!”, y de cuando en cuando añadía: “Ahora rueda por el suelo. ¡Cómo forcejea! Se levanta y trata de huir. Las puertas están cerradas. Se acabó todo. ¡Ha muerto ya!” Y aquel día, en efecto, fue asesinado Tito Flavio Domiciano como ya sabéis.

ANTONIO

Sin la ayuda del Diablo... Ciertamente...

APOLONIO

¡Quiso mandarme matar, aquel Domiciano! Damis había huido por orden mía y yo estaba solo en mi prisión.

DAMIS

¡Fue una terrible intrepidez, hay que reconocerlo!

APOLONIO

Cuando llegó la hora quinta, los soldados me llevaron ante el tribunal. Yo tenía preparada mi arenga y la escondía debajo del manto.

DAMIS

Nosotros estábamos en la costa puzolana. Os creíamos muerto. Estábamos llorando cuando, a la hora sexta, aparecisteis de pronto y nos dijisteis: “¡Soy yo!”

ANTONIO, aparte

¡Como Él!

DAMIS, en voz alta

¡Exactamente igual!

ANTONIO

¡Oh, no os creo! Estáis mintiendo, ¿verdad? ¡Mentís!

APOLONIO

Él bajó del cielo. ¡Yo subo a él gracias a mi virtud, que me ha elevado a la altura del Principio!

DAMIS

¡Tiana, su ciudad natal, instituyó un templo con sacerdotes en su honor!

APOLONIO

se acerca Antonio y le grita al oído:

¡Porque yo conozco a todos los dioses, todos los ritos, todas las oraciones, todos los oráculos! Penetré en el antro de Trofonio, hijo de Apolo. ¡Amasé para las mujeres de Siracusa las tortas que ellas llevan a las montañas! He conseguido pasar las ochenta pruebas de Mitra. ¡Abracé a la serpiente de Sabasio! ¡Recibí la banda de los cabiros! Lavé a Cibeles, en las aguas de los golfos campanienses y he pasado tres lunas en las cavernas de Samotracia!

DAMIS, riendo tontamente

¡Ah, ah, ah! ¡En los misterios de la Buena Diosa!

APOLONIO

Y ahora reanudamos nuestro peregrinaje. Vamos hacia el norte, donde se hallan los cisnes y las nieves. En la blanca llanura, los hipópodos ciegos rompen con la punta de los pies la planta de ultramar.

DAMIS

¡Ven! Ya llegó la aurora. Ha cantado el gallo. El caballo ha relinchado y la vela está dispuesta.

ANTONIO

¡No ha cantado el gallo! Oigo al grillo en las arenas y veo la luna, que sigue en su sitio.

APOLONIO

Vamos al sur, detrás de las montañas y de los grandes mares, a buscar en los perfumes la razón del amor. Aspirarás el olor del mirrodión, que causa la muerte a los débiles. Bañarás tu cuerpo en el lago de aceite color de rosa que hay en la isla Junonia. Verás al lagarto –dormido entre las prímulas- que se despierta cada siglo, cuando ya maduro se le desprende el rubí que lleva en la frente. Las estrellas palpitan como ojos, las cascadas cantan como liras, las flores abiertas exhalan fragancias embriagadoras. Tu espíritu se ensanchará con aquellos aires, así como tu corazón y tu rostro.

DAMIS

Maestro, ¡ya es hora! Va a levantarse viento, las golondrinas despiertan y la hoja del mirto voló.

APOLONIO

Sí, partamos.

ANTONIO

No. Yo me quedo.

APOLONIO

¿Quieres que te enseñe dónde crece la planta Balis que resucita a los muertos?

DAMIS

¡Pídele mejor que te dé el androdamas que atrae la plata, el hierro y el bronce!

ANTONIO

¡Ay, cuánto sufro! ¡Cuánto estoy padeciendo!

DAMIS

Entenderás el lenguaje de todas las criaturas, los rugidos, los arrullos de las palomas...

APOLONIO

Haré que montes en los unicornios, en los dragones, en los hipocentauros y en los delfines.

ANTONIO llora

¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

APOLONIO

Conocerás a los demonios que viven en las cavernas, a los que hablan en los bosques, a los que se mueven en las olas, a los que empujan las nubes.

DAMIS

¡Apriétate el cinturón! ¡Ata tus sandalias!

APOLONIO

Te explicaré la razón de las formas divinas: el porqué está Apolo de pie, Júpiter sentado y es negra la Venus en Corinto, cuadrada en Atenas y cónica en Pafos.

ANTONIO, juntando las manos

¡Que se vayan! ¡Que se vayan!

APOLONIO

¡Arrancaré delante de ti las armaduras a los Dioses, forzaremos los santuarios y haré que violes a la Pitonisa!

ANTONIO

¡Socorro, Señor!

Se precipita hacia la cruz.

APOLONIO

¿Cuál es tu deseo? ¿Tu sueño? Al momento mismo de pensar en él...

ANTONIO

¡Jesús, Jesús, ven en mi ayuda!

APOLONIO

¿Quieres que haga aparecer ante ti a Jesús?

ANTONIO

¿Qué? ¿Cómo?

APOLONIO

¡Será él y no otro! ¡Tirará su corona y hablaremos frente a frente!

DAMIS, hablando bajito

¡Di que sí quieres! ¡Di que sí quieres!

Antonio, al pie de la cruz, murmura unas oraciones. Damis da vueltas a su alrededor con zalameros ademanes.

¡Vamos, buen ermitaño, querido San Antonio! ¡Hombre puro, hombre ilustre! ¡Hombre al que nunca alabaremos bastante! No os asustéis: es una manera de hablar exagerada, que mi amo ha tomado de los orientales. Pero ello no impide en absoluto...

APOLONIO

¡Déjalo, Damis!

Cree, como un bruto, en la realidad de las cosas. El terror que le inspiran los Dioses le impide comprenderlos, ¡y al suyo lo rebaja a nivel de un rey celoso!

Tú, hijo mío, ¡no me abandones!

Se acerca al borde del acantilado andando para atrás, continúa y se queda suspendido en el aire.

Por encima de todas las formas, más lejos que la tierra, allende los cielos, reside el mundo de las Ideas, llenado por el Verbo. ¡De un salto franquearemos el otro espacio y captarás en su infinidad al Eterno, a lo Absoluto, al Ser! Vamos, dame la mano y ¡en marcha!

Ambos, maestro y discípulo, se elevan por los aires suavemente.

Antonio, abrazado a la cruz, contempla su ascensión.

Desaparecen.