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ANTONIO

caminando lentamente:

¡Éste vale por todo el infierno junto!

Nabucodonosor no me había deslumbrado tanto. La reina de Saba no consiguió hechizarme tan profundamente...

Su manera de hablar, cuando se refiere a los dioses, inspira deseos de conocerlos.

Yo recuerdo haber visto centenares de dioses a la vez en la isla Elefantina, en tiempos de Diocleciano. El emperador les había cedido a los nómadas un gran país, a condición de que guardaran sus fronteras, y el tratado fue concluido en nombre de las “Potencias invisibles”, pues los dioses de cada uno de los pueblos eran ignorados por el otro pueblo.

Los bárbaros habían traído a los suyos. Se instalaron en las colinas de arena que bordean el río. Se los veía llevando en brazos a sus ídolos como si fueran grandes niños paralíticos, o navegando por las cataratas en un tronco de palmera mientras nos mostraban desde lejos los amuletos que llevaban al cuello y los tatuajes de su pecho. ¡Y no es esto más criminal que la religión de los griegos, de los asiáticos o de los romanos!

Cuando yo vivía en el templo de Heliópolis, a menudo observé cuanto hay en sus muros: buitres que llevan cetros, cocodrilos que puntean la lira, caras de hombre con cuerpos de serpiente, mujeres con cabeza de vaca prosternadas ante unos dioses ictifálicos... Y sus formas sobrenaturales me transportaban a otros mundos. Me hubiera gustado saber lo que estaban mirando, con aquellos ojos tranquilos.

Para que la materia posea tanto poder, es menester que encierre algo de espíritu. El alma de los dioses va unida a esas imágenes...

Las que poseen una apariencia bella pueden llegar a seducir, pero, ¿y las demás? Las hay abyectas... o terribles... ¿Cómo pueden creer en ellas?

Y ve pasar, a ras del suelo, hojas, piedras, conchas, ramas de árbol y representaciones imprecisas de animales. Luego pasan una especie de enanos hidrópicos: son los Dioses. Antonio suelta una carcajada.

Oye otra risa tras él y aparece Hilarión, vestido de ermitaño, mucho más alto que antes, colosal.

ANTONIO no se sorprende al verlo

¡Se necesita ser necio para adorar estas cosas!

HILARIÓN

¡Oh, sí! Sumamente necio...

Al momento, desfilan ante ambos ídolos de todas las naciones y de todas las épocas. Los hay de madera, de metal, de granito, hechos con plumas y pieles cosidas...

Los más antiguos, anteriores al Diluvio, desaparecen bajo unos fucos que cuelgan como cabelleras. Algunos de estos dioses, demasiado altos en proporción a su base, se quiebran por las junturas y se rompen al andar. A otros les sale arena por los agujeros que hay en sus vientres.

Antonio e Hilarión se divierten enormemente. Se desternillan de risa.

Después pasan unos ídolos con perfil de carnero. Titubean sobre sus piernas torcidas, entornan los ojos y tartamudean como si fueran mudos: “¡Ba, ba, ba!”

A medida que se acercan más a la figura humana, más irritan a Antonio. Los golpea a puñetazos, dándoles patadas, se encarniza con ellos.

Se van haciendo más espantosos cada vez, con altos penachos, ojos redondos, brazos que terminan en garras, mandíbulas de tiburón...

Y ante estos Dioses se hacen sacrificios cruentos degollando a unos hombres sobre altares de piedra; otros son triturados en cubas, aplastados por carros, clavados en los árboles. Hay uno todo él de hierro candente, con cuerpo de toro, que devora a unos niños.

ANTONIO

¡Qué horror!

HILARIÓN

Pero ya sabes que los dioses siempre reclaman suplicios. El tuyo incluso quiso...

ANTONIO, echándose a llorar

¡Oh, no sigas! ¡Cállate!

El recinto de las rocas se convierte en un valle. Una manada de bueyes pace por allí la corta hierba.

El pastor que los guarda observa una nube y lanza al aire, con voz aguda, palabras imperativas.

HILARIÓN

Como necesita que llueva trata, mediante sus cantos, de obligar al rey del cielo a que abra una nube fecunda.

ANTONIO, riendo

¡Vaya un orgullo tan necio!

HILARIÓN

¿Y por qué haces tú exorcismos?

El valle se convierte ahora en un mar de leche, inmóvil y sin límites.

En medio flota una larga cuna, formada por los anillos de una serpiente con muchas cabezas que, inclinándose todas al mismo tiempo, dan sombra a un Dios que sobre ella duerme.

Es joven e imberbe, más hermoso que una mujer y cubierto con diáfanos velos. Las perlas de su tiara brillan suavemente como lunas, un rosario de estrellas le da varias vueltas sobre el pecho y, con una mano debajo de la cabeza y el otro brazo extendido, reposa con expresión pensativa y embriagada.

Una mujer en cuclillas a sus pies está esperando a que despierte.

HILARIÓN

Es la dualidad primordial de los bramanes, ya que el Absoluto no se expresa en forma alguna.

En el ombligo del Dios crece una flor de loto y dentro de su cáliz aparece otro Dios con tres caras.

ANTONIO

¡Mira, qué invención!

HILARIÓN

¡Padre, Hijo y Espíritu Santo no son sino una sola y misma persona!

Las tres cabezas se separan y aparecen tres grandes dioses.

El primero, que es color de rosa, se muerde la punta del dedo gordo del pie.

El segundo, que es azul, mueve sus cuatro brazos.

El tercero, que es verde, lleva un collar de calaveras.

Frente a ellos, inmediatamente, surgen tres diosas. Una de ellas va envuelta en una red, la otra ofrece una copa, la tercera blande un arco.

Y estos dioses y diosas se decuplican, se multiplican. Les crecen brazos en los hombros, y en los brazos manos que llevan estandartes, hachas, escudos, espadas, quitasoles y tambores. Les brotan fuentes de la cabeza y les salen hierbas en los orificios de la nariz.

Montados sobre unos pájaros, mecidos por palanquines, sentados en tronos de oro, de pie en unos nichos de marfil, piensan, viajan, dan órdenes, beben vino y respiran el perfume de las flores. Hay unas bailarinas dando vueltas, gigantes que persiguen a monstruos. A la entrada de unas grutas meditan anacoretas. No se distinguen las pupilas de las estrellas ni las nubes de las banderolas. Se ven pavos reales que beben en unos arroyos de polvo de oro; el bordado de los toldos se mezcla con las manchas de los leopardos, y unos rayos de colores se cruzan por el aire azul con flechas que vuelan e incensarios que se balancean.

Y todo esto se desarrolla a la manera de un alto friso, que apoya su base en las rocas y sube hasta el cielo.

ANTONIO, deslumbrado

¿Cuántos hay? ¿Qué es lo que quieren?

HILARIÓN

El que se rasca el abdomen con su trompa de elefante es el Dios del sol, el inspirador de la sabiduría.

Aquel otro, cuyas seis cabezas llevan torres y sus catorce brazos, venablos, es el Príncipe de los Ejércitos, el Fuego Devorador

El anciano a horcajadas sobre un cocodrilo lava en la playa las almas de los muertos. Éstas serán atormentadas después por aquella mujer negra de los dientes podridos, que es la reina de los infiernos.

Aquel carro del que tiran unas yeguas rojas guiadas por un cochero sin piernas, pasea por el cielo al dueño del sol. El Dios luna le acompaña en una litera a la que han enganchado tres gacelas.

De rodillas sobre un papagayo, la diosa de la Belleza ofrece al Amor, su hijo, su redondo seno. Allí la tienes, más lejos, saltando de gozo por los prados. ¡Mírala, mírala! ¡Tocada con una deslumbrante mitra, corre por los trigales, camina por encima de las olas, sube por el aire, se extiende por todas partes!

Junto a estos Dioses residen los Genios de los Vientos, de los Planetas, de los Meses y de los Días. ¡Y otros cien mil más! Sus aspectos son múltiples y sus transformaciones rápidas. Aquí tienes a uno que de pez pasa a ser tortuga; adopta la cabeza del jabalí, la estatura de un enano.

ANTONIO

¿Para qué?

HILARIÓN

Para restablecer el equilibrio, para combatir el mal. Pero la vida se agota, las formas se desgastan y tienen que progresar mediante metamorfosis.

Aparece de pronto

UN HOMBRE DESNUDO

sentado en la arena, con las piernas cruzadas.

Un ancho halo suspendido vibra tras él. Los menudos rizos de sus cabellos negros con reflejos azulados rodean simétricamente la protuberancia que tiene en lo alto del cráneo. Sus brazos son muy largos, pegados a los costados. Sus manos, con las palmas abiertas, reposan pegadas a los muslos. En la planta de los pies lleva la imagen de dos soles. Permanece completamente inmóvil –frente a Antonio e Hilarión-, con todos los dioses a su alrededor, escalonados sobre las rocas como si éstas fueran las gradas de un circo.

Abre la boca y dice con voz profunda:

Yo soy el maestro de la gran limosna, el socorro de las criaturas y enseño la ley tanto a creyentes como a profanos.

Para liberar al mundo quise nacer entre los hombres. Los dioses lloraban cuando me fui.

Primer busqué la mujer adecuada, de casta militar, esposa de un rey, muy buena, sumamente hermosa, de ombligo profundo y cuerpo duro como el diamante, y cuando llegó el tiempo de la luna llena, sin ayuda de varón, me introduje en su vientre.

Salí por el costado derecho. Algunas estrellas se pararon.

HILARIÓN

murmura entre dientes:

“¡Y cuando vieron pararse la estrella sintieron gran alegría!”

Antonio observa con más atención a

BUDA, que prosigue

Desde el Himalaya vino a verme un religioso centenario.

HILARIÓN

“¡Un hombre llamado Simeón, que no debía morir antes de haber visto a Cristo!”

BUDA

Me llevaron a las escuelas. Yo sabía más que los doctores.

HILARIÓN

“...En medio de los doctores, y cuantos lo oían se quedaban asombrados de su gran sabiduría.”

Antonio le hace a Hilarión una señal para que se calle.

BUDA

Yo me pasaba el tiempo meditando en los jardines. Las sombras de los árboles iban girando, pero la sombra que a mí me resguardaba no se movía.

¡Nadie podía igualarme en el conocimiento de las escrituras, ni en la enumeración de los átomos, ni en la conducción de elefantes, ni en la creación de obras de cera, ni en la astronomía, la poesía o el pugilato. ¡Sobresalía en toda suerte de ejercicios y artes!

Tomé esposa conforme a la costumbre establecida y pasaba los días en mi palacio, vestido de perlas, bajo una lluvia de perfumes, y me hacían aire los abanicos de treinta y tres mil mujeres. Divisaba mis pueblos desde lo más alto de mis terrazas ornadas con ruidosas campanillas.

Pero al ver las miserias del mundo, acabé por alejarme de los placeres y huí.

Mendigué por los caminos cubierto de harapos que recogía en los sepulcros, y como conocí a un eremita que era muy sabio, quise convertirme en su esclavo; guardaba su puerta y le lavaba los pies.

Toda sensación fue aniquilada, todo gozo, toda languidez.

Después, tras haber concertado mi pensamiento en una meditación más amplia, conocía la esencia de las cosas, la ilusión de las formas.

Agoté en seguida la ciencia de los Bramanes. Se hallan roídos por la codicia bajo su aspecto austero. Se untan con basuras, se acuestan sobre espinas ¡y creen llegar a la dicha por el camino de la muerte!

HILARIÓN

“¡Fariseos, hipócritas, sepulcros blanqueados, raza de víboras!”

BUDA

Yo también realicé cosas sorprendentes: no comía durante todo el día más que un grano de arroz, y los granos de arroz de aquellos tiempos no eran más grandes que los de ahora. Se me cayó el pelo, mi cuerpo se puso negro. Mis ojos, hundidos en sus órbitas, parecían estrellas vislumbradas al fondo de un pozo.

Permanecí inmóvil durante seis años, expuesto a las moscas, a los leones, a las serpientes... Y el sol ardiente, los copiosos chaparrones, la nieve, el rayo, el granizo y la tempestad, caían sobre mí sin que yo me resguardara siquiera con la mano.

¡Los viajeros que por allí pasaban, creyéndome muerto, me arrojaban desde lejos puñados de tierra!

Aún me faltaba la tentación del diablo.

Lo llamé.

Mas fueron sus hijos los que acudieron, horrorosos, cubiertos de escamas, nauseabundos como osarios, aullando, mugiendo, entrechocando sus armaduras y huesos de muerto. Algunos de ellos escupían llamas por las narices; otros lo envolvían todo en tinieblas con sus alas; otros lucían rosarios hechos con dedos cortados y los había que bebían veneno de serpiente en el hueco de sus manos. Tenían cabezas de puerco, de rinoceronte o de sapo, toda suerte de caras que inspiran asco o terror.

ANTONIO, aparte

¡Yo también soporté todo eso antaño!

BUDA

Después me envió a sus hijas, hermosas, bien maquilladas, con cinturones de oro, los dientes blancos como el jazmín y los muslos redondos como la trompa de un elefante. Algunas se estriban bostezando, para mostrar los hoyitos que tenían en los codos; otras me guiñaban un ojo, otras se echaban a reír; otras se desabrochaban el vestido. También habían entre ellas vírgenes vergonzosas, matronas llenas de orgullo y reinas acompañadas por un gran séquito de esclavos y de equipajes.

ANTONIO, aparte

¡Ah! ¿También él?

BUDA

Tras vencer al demonio, pasé doce años alimentándome exclusivamente de perfumes, y como había adquirido las cinco virtudes, las cinco facultades, las diez fuerzas, las dieciocho sustancias y había penetrado en las cuatro esferas del mundo invisible, la Inteligencia fue mía. ¡Me convertí en Buda!

Todos los dioses se inclinan; los que poseen varias cabezas las agachan todas a la vez.

Levanta su mano en alto y prosigue:

Con vistas a la liberación de las criaturas hice centenares de miles de sacrificios. Di a los pobres vestidos de seda, camas, carros, casas, montones de diamantes y de oro... Di mis manos a los mancos, mis piernas a los cojos, mis pupilas a los ciegos y corté mi cabeza para los decapitados. En los tiempos en que aún era rey, distribuí mis provincias. Cuando fui bramán, a nadie desprecié. Cuando fui un solitario, dije palabras cariñosas al ladrón que me degolló. Cuando fui tigre, me dejé morir de hambre.

Y en esta última existencia, después de haber predicado la Ley, ya no me queda nada más que hacer. ¡El gran período se ha realizado ya! Los hombres, los animales, los dioses, los bambúes, los océanos, las montañas, los granos de arena del Ganges junto con los miles de miríadas de estrellas, todo va a morir; y hasta que sobrevengan nuevos nacimientos, una llama danzará por encima de las ruinas en los mundos destruidos.

Entonces, el vértigo se apodera de los dioses. Se tambalean, caen entre convulsiones y vomitan su existencia. Sus coronas estallan, sus estandartes vuelan. Se arrancan sus atributos, sus sexos; lanzan por encima del hombro las copas en las que bebían la inmortalidad, se estrangulan con sus serpientes, se desvanecen en forma de humo, y cuando todo ha desaparecido ya...

HILARIÓN dice lentamente

¡Acabas de ver las creencias de varios centenares de millones de hombres!

Antonio está en el suelo con la cara entre las manos. De pie a su lado y de espaldas a la cruz, Hilarión lo mira.

Transcurre un rato bastante largo.

Seguidamente, aparece una criatura singular, con cabeza de hombre y cuerpo de pez. Avanza por los aires en línea recta, pegando con la cola en la arena; y esta figura de patriarca con brazos cortitos provoca la risa de Antonio.

OANES, con voz quejumbrosa

¡Respétame! Soy el contemporáneo de los orígenes.

He habitado el mundo informe donde dormitaban animales hermafroditas, bajo el peso de una atmósfera opaca, en la profundidad de las tenebrosas olas, cuando los dedos, las aletas y las alas se hallaban confundidos y flotaban ojos sin cabeza, como moluscos, por entre toros de faz humana y serpientes con patas de perro.

Sobre todos estos seres, Omoroca, enroscada como un aro, extendía su cuerpo de mujer. Pero Belo la cortó de un solo tajo en dos mitades, hizo la tierra con una de ellas y el cielo con la otra. Y los dos mundos similares se contemplan mutuamente.

Yo, que soy la conciencia del Caos, surgí del abismo para endurecer la materia, para regular las formas; y enseñé a los humanos la pesca, la siembra, la escritura y la historia de los Dioses.

A partir de entonces, vivo en las lagunas que aún quedan del Diluvio. Pero el desierto va creciendo a su alrededor, el viento arroja en ellas arena y el sol las devora. Yo me estoy muriendo en mi lecho de limo, contemplando las estrellas a través del agua. Allí vuelvo

Salta y desaparece en el Nilo.

HILARIÓN

¡Es un antiguo Dios de los Caldeos!

ANTONIO, irónicamente

¿Y qué eran, pues, los de Babilonia?

HILARIÓN

¡Puedes verlos!

Y ambos se hallan sobre la plataforma de una torre cuadrangular que domina a otras seis torres, las cuales van estrechándose a medida que ascienden, y forman una monstruosa pirámide. Abajo se distingue una gran masa negra –la ciudad, probablemente-, que se extiende por la llanura. El aire es frío, el cielo ostenta un azul sombrío y hay una gran cantidad de estrellas que titilan.

En medio de la plataforma se eleva una columna de piedra blanca. Sacerdotes con túnicas de lino pasan y repasan a su alrededor, de tal manera que describen , con sus evoluciones, un círculo en movimiento. Con la cabeza alzada, contemplan los astros.

HILARIÓN le señala varios de ellos a Antonio

Hay treinta sacerdotes principales. Quince de ellos miran la parte de encima de la tierra y los otros quince, la que hay debajo. A intervalos regulares, uno de ellos se lanza desde las regiones superiores a las de abajo, mientras que otro abandona las inferiores para subir a las sublimes.

De lo siete planetas, hay dos que son bienhechores, dos maléficos y tres ambiguos. Todo depende, en el mundo, de estos fuegos eternos. Según su posición y movimiento pueden obtenerse presagios. Y en estos momentos, estás pisando el lugar más respetable de la tierra. Pitágoras y Zoroastro se encontraron en él. Hará ya dos mil años que éstos hombres observan el cielo para conocer mejor a los Dioses.

ANTONIO

Los astros no son Dioses.

HILARIÓN

Ellos dicen que sí. Pues las cosas de nuestro alrededor pasan, y el cielo, al igual que la eternidad, permanece inmutable.

ANTONIO

Tiene un amo, sin embargo.

HILARIÓN, mostrando la columna

¡Aquel es Belo, el primer rayo de luz, el sol, el Macho! La Otra, a quien él fecunda, se halla debajo de él.

Antonio divisa un jardín alumbrado por unas lámparas.

Se encuentra en medio de la multitud, en una avenida de cipreses. A derecha e izquierda salen unos caminitos que conducen a unas cabañas instaladas en un bosque de granados, defendidos por empalizadas de cañas.

Los hombres, en su mayoría, llevan gorros puntiagudos y trajes recargados como el plumaje de los pavos reales. Hay gente del norte que se viste con pieles de osos, nómadas con mantos de lana parda, pálidos gangáridas con largos pendientes; y tanto el rango como las nacionalidades aparecen mezclados, pues los marineros y canteros se codean con príncipes que lucen tiaras de rubíes y largos bastones de pomo cincelado. Todos caminan respirando el aire con ansiedad, unidos en un mismo deseo.

De cuando en cuando se aparta, para dejar paso a un carro largo, cubierto, del que tiran unos bueyes, o bien a un asno en el que va montada una mujer que se bambolea sobre su lomo, cubierta de velos y que también desaparece en dirección a las cabañas.

Antonio siente miedo, quisiera volver atrás. No obstante, se ve arrastrado por una indecible curiosidad.

Al pie de los cipreses hay una fila de mujeres en cuclillas, sobre unas pieles de ciervo. Todas llevan una diadema hecha con cuerda trenzada. Algunas están suntuosamente ataviadas y llaman a los transeúntes en voz alta. Las más tímidas se tapan la cara con el brazo mientas que, por detrás, una matrona –su madre, sin duda- las exhorta. Otras, con la cabeza envuelta en un chal negro y con el cuerpo enteramente desnudo, parecen estatuas de carne desde lejos. En cuanto un hombre les arroja dinero en las rodillas, se levanta.

Y se oyen besos bajo el follaje y, en ocasiones, hasta un largo y agudo grito.

HILARIÓN

Son las vírgenes de Babilonia que se prostituyen a la Diosa.

ANTONIO

¿A qué Diosa?

HILARIÓN

¡Ahí la tienes!

Y le indica, al final de una avenida, en el umbral de una gruta iluminada, un bloque de piedra que representa el órgano sexual de una mujer.

ANTONIO

¡Qué ignominia! ¡Qué abominación! Ponerle un sexo a Dios...

HILARIÓN

¡Pues tú bien que te lo imaginas como una persona viva!

Antonio vuelve a hallarse en tinieblas.

En el aire divisa un círculo luminoso, colocado sobre unas alas horizontales.

Aquella especie de anillo rodea, a la manera de un cinturón demasiado ancho, la cintura de un hombrecillo tocado con una mitra, llevando una corona en la mano y cuya parte inferior del cuerpo desaparece bajo una faldilla hecha de grandes plumas.

Es

ORMUZ, el Dios de los persas

Da vueltas gritando:

¡Tengo miedo! ¡Estoy viendo su boca!

¡Yo te había vencido, Arhimán, pero vuelves a empezar!

Primero te rebelaste contra mí e hiciste perecer a la mayor de las criaturas, a Kaiomortz, el hombre toro. Luego sedujiste a la primera pareja humana, a Mesquia y a Mesquiané. Y derramaste las tinieblas en los corazones, y enviaste tus batallones contra el cielo.

Yo tenía a los míos, el pueblo de las estrellas, y contemplaba, bajo mi trono, a todos los astros formando escalera.

Mi hijo Mitra habitaba en un lugar inaccesible. Recibía las almas, o las sacaba de allí y se levantaba cada mañana para derramar sus riquezas.

El esplendor del firmamento era reflejado por la tierra. El fuego brillaba en las montañas, espejo de otro fuego con el que yo había creado todos los seres. Para guardarlo límpido de toda mancha, no se quemaba a los muertos. El pico de los pájaros se encargaba de llevárselos al cielo.

Yo había establecido reglas para los pastos, los arados, la leña del sacrificio, la forma de las copas, las cosas que es menester decir cuando se padece insomnio, y mis sacerdotes oraban continuamente, con objeto de que el homenaje tuviese la misma eternidad que el Dios. Las gentes se purificaban con agua, ofrecían panes en los altares, confesaban sus crímenes en voz alta.

Homa se dejaba beber por los hombres para comunicarles su fuerza.

Mientras los genios del cielo combatían a los demonios, los niños de Irán perseguían las serpientes. El rey, a quien servía de rodillas una innumerable corte, simulaba ser mi persona, llevaba incluso el mismo peinado que yo. Sus jardines tenían la magnificencia de una tierra celestial y en su sepulcro lo representaron degollando a un monstruo, emblema del Bien exterminando al mal.

Puesto que yo debía, gracias al tiempo sin límites, vencer algún día definitivamente a Arriman...

Ahora desaparece el intervalo existente entre nosotros dos.¡Cae la noche! ¡A mí los Amsaspendas, los Izedos, los Ferueros! ¡Socorro, Mitra! ¡Toma tu espada, Caosyac, tú que debes venir para la liberación universal y defiéndeme! ¿Cómo?... ¡No acude nadie!

¡Ay, me muero! ¡Arhimán, tú eres el amo!

Hilarión, detrás de Antonio, contiene un grito de alegría y Ormuz se hunde en las tinieblas.

Entonces aparece

LA GRAN DIANA DE ÉFESO

negra, con ojos esmaltados, con los codos pegados a los costados, separados los antebrazos y las manos abiertas.

Unos leones se arrastran sobre sus hombros; frutas, flores y estrellas se entrecruzan sobre su pecho; más abajo tiene tres filas de senos y, desde el vientre hasta los pies, se halla enfundada en una estrecha vaina de donde salen, sacando sólo medio cuerpo, toros, ciervos, grifones y abejas. Se le distingue gracias a la luz blanca de un disco de plata, redondo como la luna llena, que lleva por detrás de la cabeza.

¿Dónde está mi templo?

¿Dónde están mis amazonas?

¿Qué es lo que me pasa a mí, la incorruptible? ¡Siento una especie de desfallecimiento!

Sus flores se marchitan. Las frutas, demasiado maduras, se desprenden. Los leones, los toros inclinan la cabeza; los ciervos babean, agotados; las abejas caen zumbando, muertas, al suelo.

Se estruja los pechos uno tras otro. ¡Todos están vacíos! Pero al hacer un desesperado esfuerzo, su vaina estalla. Ella la agarra por el borde como si fuese el faldón de un vestido y echa en ella sus animales, sus floraciones... para luego volver a la oscuridad.

Y a lo lejos se oyen voces que murmuran, gruñen, braman, rugen y dan alaridos. La densidad de la noche se ve aumentada por alientos diversos. Caen gotas de cálida lluvia.

ANTONIO

¡Qué bueno es el perfume de las palmeras, el estremecimiento de las hojas verdes y la transparencia de los manantiales!

Me gustaría tumbarme sobre la tierra para sentirla contra mi corazón, y mi vida cobraría nuevo vigor al contacto de su juventud eterna...

Oye un ruido de címbalos y de castañuelas y, en medio de una rústica multitud, aparecen unos hombres ataviados con túnicas blancas a franjas rojas que traen consigo un asno ricamente enjaezado, con lazos en la cola y los cascos pintados.

Una caja cubierta con una funda de tela amarilla se bambolea sobre el lomo del asno, entre dos cestas. Una de ellas recibe las ofrendas que allí le echan: huevos, uvas, peras y quesos, aves y pequeñas monedas. La segunda cesta está llena de rosas y los hombres que conducen el burro las van deshojando a su paso.

Llevan pendientes en las orejas, largos mantos, el pelo trenzado y las mejillas pintadas; una corona de olivo ciñe su frente, cerrada por un medallón con una figurilla. Llevan puñales al cinto y restallan unos látigos con mango de ébano, de tres correas cada uno, ornadas con huesecillos.

Los últimos del cortejo colocan en el suelo, derecho como un candelabro, un pino muy alto cuya copa arde y cuyas ramas más bajas dan sombra a un corderillo.

El asno se ha parado. Quitan la funda. Por debajo de ésta hay una segunda envoltura de fieltro negro. Entonces, uno de los hombres con túnica blanca se pone a bailar tocando unos crótalos; otro, de rodillas ante la caja, toca el tamboril y

EL MÁS VIEJO DE LA BANDA dice

¡Ha llegado la Buena Diosa, la que habita en el monte Ida, la abuela de Siria! ¡Acercaos, buenas gentes!

Ella proporciona alegría, cura a los enfermos, manda herencias y satisface a los enamorados.

Nosotros somos quienes la paseamos por los campos, ya haga buen o mal tiempo.

A menudo dormimos al aire libre y no todos los días encontramos la mesa bien servida. Los ladrones viven en los bosques. Las fieras salen de su guarida y hay caminos resbaladizos junto a los precipicios... ¡Aquí está, aquí está!

Quitan la envoltura y descubren una caja con incrustaciones de piedrecitas.

Es más alta que los cedros y vuela por el éter azul. Como puede extenderse aún más que el viento, rodea al mundo. Exhala su aliento por los orificios nasales de los tigres; su voz brama bajo los volcanes, su cólera es la tempestad. La palidez de su cara volvió blanca a la luna. Hace madurar las mieses, hincha las cortezas, hace crecer la barba... ¡Dadle algo, pues aborrece a los avaros!

Se abre la caja y bajo un toldo de seda azul, se ve una imagen pequeña de Cibeles, deslumbrante con sus lentejuelas, coronada de torres y sentada en un carro de piedra roja arrastrado por dos leones con una pata levantada.

La gente se empuja para verla.

EL ARCHIGALO continúa

Le gusta el retumbar de los tímpanos, el trepidar de los pies, el aullido de los lobos, las sonoras montañas y las gargantas profundas; también aprecia la flor del almendro, la granada y los higos verdes, la danza que gira, las flautas que zumban, la savia dulce, las lágrimas saladas y la sangre... ¡A ti te ofrecemos nuestros sacrificios, madre de las montañas!

Se flagelan con sus látigos y los golpes resuenan sobre sus pechos. La piel de los tamboriles vibra como si fuera a estallar. Ellos toman sus cuchillos y se hacen cortes en los brazos.

Ella está triste. ¡También nosotros debemos estarlo! Hay que sufrir para gustarle. Gracias a ello os serán perdonados vuestros pecados. La sangre todo lo lava. ¡Echadle a ella algunas gotas, como si fueran flores! ¡Pero pide la sangre de otra criatura, la sangre de alguien puro!

El archigalo levanta su cuchillo sobre el cordero.

ANTONIO, horrorizado

¡No degolléis al cordero!

Brota un chorro de púrpura del animal.

El sacerdote salpica con su sangre al gentío y todos –incluso Antonio e Hilarión-, reunidos en torno al árbol que está ardiendo, observan en silencio las últimas palpitaciones de la víctima.

De entre los sacerdotes sale una Mujer, exactamente igual a la imagen encerrada en la cajita.

Se detiene al advertir a Un Joven tocado con un gorro frigio.

Un estrecho pantalón le ciñe las piernas, con aberturas aquí y allá en forma de rombos regulares, cerrados por lazos de color. Apoya el codo en una de las ramas del árbol y sostiene una flauta en la mano, en una lánguida postura.

CIBELES

rodeándole la cintura con los brazos.

Para reunirme contigo recorrí todas las regiones, mientras el hambre hacía estragos por los campos. ¡Me engañaste! ¡Da igual porque te amo! ¡Calienta mi cuerpo! ¡Vamos a unirnos!

ATIS

No volverá la primavera, ¡oh, Madre eterna! A pesar de mi amor, no me es posible penetrar tu esencia. Quisiera ponerme un vestido pintado como el tuyo. Envidio tus senos repletos de leche, tus largos cabellos, tus anchas caderas de donde salen las criaturas. ¡Por qué no he de ser yo como tú! ¡Por qué no seré una mujer! ¡No seré tuyo jamás! ¡Mi virilidad me horroriza!

Se emascula con una piedra y después se echa a correr, furioso, alzando en el aire su miembro cortado.

Los sacerdotes hacen como el dios, los fieles como los sacerdotes. Hombres y mujeres intercambian sus vestiduras, se abrazan, y aquel torbellino de carnes ensangrentadas se va alejando, mientras las voces, que aún se perciben, se hacen más chillonas y estridentes cada vez, como las que se oyen en los funerales.

Un gran catafalco forrado de púrpura ostenta, en su parte más alta, una cama de ébano rodeada de antorchas y de cestas con filigranas de plata donde muestran su verdor unas lechugas, malvas y matas de hinojo. En los escalones, sentadas de arriba abajo, hay unas mujeres todas vestidas de negro, con el cinturón desabrochado, descalzas y sosteniendo con aire melancólico grandes ramos de flores.

En el suelo, en las cuatro esquinas del estrado, unas urnas de alabastro llenas de mirra echan humo lentamente.

Encima de la cama se ve el cadáver de un hombre. Le chorrea la sangre por uno de sus muslos. Deja colgar el brazo y un perro que aúlla le lame las uñas.

La fila de antorchas –demasiado juntas- impide que se le vea la cara y Antonio se siente lleno de angustia. Tiene miedo de reconocer a alguien.

Las mujeres dejan de llorar y tras un intervalo de silencio

TODAS salmodian al mismo tiempo

¡Hermoso! ¡Hermoso! ¡Es muy hermoso! ¡Ya has dormido bastante, levanta la cabeza! ¡En pie!

¡Aspira el perfume de nuestros ramos de flores! Son narcisos y anémonas que hemos cortado en tus jardines para agradarte. ¡Anímate, nos das miedo!

¡Habla! ¿Qué es lo que necesitas? ¿Quieres beber vino? ¿Deseas acostarte en nuestras camas? ¿Quieres comer panes de miel con forma de pajaritos?

¡Abracemos sus caderas, besemos su pecho! ¡Así, así! Acaso no sientes cómo recorren tu cuerpo nuestros dedos llenos de sortijas, ni cómo buscan tu boca nuestros labios, ni cómo nuestros cabellos acarician tus piernas! ¡Dios desvanecido y sordo a nuestras plegarias!

Dan gritos arañándose la cara con las uñas y luego callan; se siguen oyendo los ladridos del perro.

¡Ay! ¡Ay! ¡La negra sangre corre por sus carnes de nieve! ¡Y ahora se le tuercen las rodillas, sus costillas se hunden! Las flores de su rostro han mojado la púrpura. ¡Está muerto! ¡Lloremos y aflijámonos!

Acuden todas en fila a depositar entre las antorchas sus largas cabelleras que, desde lejos, parecen serpientes negras o rubias. El catafalco va bajando despacio hasta llegar al nivel de una gruta, de un tenebroso sepulcro abierto en su parte posterior.

Entonces

UNA MUJER

se inclina sobre el cadáver.

Sus cabellos, que ella no ha cortado, la envuelven de la cabeza a los pies.

Tantas lágrimas derrama que su dolor no debe ser igual al de las demás, sino infinito, sobrehumano.

Antonio piensa en la madre de Jesús.

La mujer dice:

¡Te escapabas de Oriente! Y me tomabas en tus brazos trémula de rocío, ¡oh Sol! Revoloteaban blancas palomas por el azul de tu manto, nuestros besos levantaban brisas entre el follaje y yo me abandonaba a tu amor, gozando con placer de mi debilidad.

¡Ay qué pena! ¿Por qué te fuiste a correr por las montañas?

En el equinoccio te hirió un jabalí.

Has muerto y las fuentes lloran, los árboles se doblan y el viento de invierno sopla por entre los desnudos matorrales.

Van a cerrarse mis ojos puesto que a ti te envuelven las tinieblas. Ahora vives al otro lado del mundo, junto a mi rival más poderosa.

¡Oh, Perséfone! ¡Todo lo que es hermoso desciende hasta ti y no vuelve más!

Mientras ella habla, sus compañeras han asido al muerto para bajarlo al sepulcro. Se les deshace entre las manos. No era más que un cadáver de cera.

Antonio siente una especie de alivio.

Todo se desvanece y la cabaña, las rocas y la cruz aparecen de nuevo.

No obstante, al otro lado del Nilo vislumbra a Una Mujer de pie en medio del desierto.

Agarra con la mano la punta de un largo velo negro que le tapa la cara y con el brazo izquierdo sujeta a un niño pequeño mientras le da el pecho. A su lado hay un mono muy grande, de cuclillas en la arena.

La mujer levanta la cabeza mirando al cielo y, pese a la distancia, se oye su voz.

ISIS

¡Oh, Neith, principio de las cosas! Amón, señor de la eternidad, Ptah, demiurgo, Thot, su inteligencia, dioses del Amenti, tríadas particulares de los Nomos, gavilanes en el cielo azul, esfinges que os halláis junto a los templos, ibis de pie entre los cuernos de los bueyes, planetas, constelaciones, riberas, murmullos del viento, reflejos de la luz, ¡decidme dónde se encuentra Osiris!

Lo he buscado por todos los canales y por todos los lagos, y más lejos aún; llegué hasta Biblos la fenicia. Anubis, con las orejas tiesas, brincaba a mi alrededor ladrando y escudriñando con el hocico las matas de los tamarindos. ¡Gracias, buen Cinocéfalo, gracias!

Le da al mono dos o tres golpecitos cariñosos en la cabeza.

¡El horrible Tifón de pelo rojizo lo había asesinado, lo había hecho pedazos! Hemos encontrado todos sus miembros, pero no el que me hacía fecunda.

Se lamenta con violencia.

ANTONIO

se pone furioso. Le tira piedras y la injuria.

¡Impúdica! ¡Vete, vete!

HILARIÓN

Respétala. ¡Era la religión de tus antepasados! ¡Tu llevaste sus amuletos en la cuna!

ISIS

Antaño, cuando volvía el verano, la inundación ahuyentaba hacia el desierto a los animales impuros. Se abrían los diques, las barcas chocaban entre sí, la tierra sedienta se bebía al río con embriaguez. Dios con cuernos de toro, ¡tú te tendías sobre mi pecho y se oía el mugido de la vaca eterna!

La siembra, la recolección, la trilla y la vendimia se sucedían con regularidad siguiendo el ritmo de las estaciones. En las noches siempre puras brillaban hermosas estrellas. Los días se hallaban bañados de un invariable esplendor. Y el Sol y la Luna, uno a cada lado del horizonte, formaban una pareja real.

Reinábamos ambos sobre un mundo más sublime, como monarcas gemelos, esposos desde el seno de la eternidad. Él sostenía un cetro con cabeza de cucufá y yo otro con una flor de loto. Los dos estábamos de pie y con las manos juntas, y aunque se derrumbase el imperio, nada cambiaba en nuestra actitud.

Egipto se extendía a nuestros pies, monumental y grave, largo como el corredor de un templo, con obeliscos a la derecha, pirámides a la izquierda y su laberinto en medio. Por todas partes había avenidas de monstruos, bosques de columnas, pesados pilones, flanqueando unas puertas que, en su parte superior, llevaban al globo terráqueo entre dos alas.

Los animales de su zodíaco se encontraban en sus pastos, invadían con sus formas y colores su escritura misteriosa. Dividido en doce regiones, así como el año lo está en doce meses –cada mes, cada día, tenía su propio dios-, reproducía el orden inmutable del cielo, y el hombre, al expirar, no perdía su figura, sino que, saturado de perfumes, ya indestructible, dormía durante tres mil años seguidos en un Egipto silencioso.

Este último Egipto, mayor que el otro, se extendía por debajo de la tierra.

A él se bajaba por unas escaleras. Conducían a unas salas en cuyas paredes se hallaban representadas la dicha de los buenos y las torturas de los malos, todo cuanto sucede en el tercer mundo invisible. Apoyados en las paredes, dentro de unos ataúdes pintados, los muertos esperaban su turno y el alma, exenta de migraciones, continuaba dormida hasta despertar en la otra vida.

Osiris, no obstante, volvía en ocasiones a verme. Su sombra me hizo madre de Harpócrates.

Contempla al niño.

¡Es él! ¡Son sus ojos! ¡Son sus cabellos trenzados en forma de cuernos de carnero! Tú reanudarás sus obras. Volveremos a florecer como los lotos. ¡Yo sigo siendo Isis la grande! ¡Nadie todavía levantó mi velo! ¡Mi fruto es el sol!

¡Sol de primavera, hay unas nubes que oscurecen tu faz! El aliento de Tifón devora las pirámides. He visto huir a la esfinge hace un momento. Galopaba igual que un chacal.

Ando buscando a mis sacerdotes, a mis sacerdotes con mantos de lino, con grandes arpas, que llevaban una navecilla mística adornada con páteras de plata. ¡Ya no se dan fiestas en los lagos! ¡Ya no iluminan mi delta! ¡Ya no hay copas de leche en Filae! Apis, desde hace mucho tiempo, ha desaparecido.

¡Egipto, Egipto! Tus grandes Dioses inmóviles tienen los hombros manchados de excrementos de pájaros y el viento que pasa por el desierto acarrea las cenizas de tus muertos. ¡Anubis, guardián de las sombras, no me abandones!

El cinocéfalo ha desaparecido.

Isis sacude a su hijo.

Pero... ¿qué tienes?... ¡Tus manos están frías y tu cabeza cuelga desmayada!

Harpócrates acaba de morir.

Entonces Isis da un grito tan agudo, fúnebre y desgarrador que Antonio le responde con otro grito al tiempo que abre los brazos para sostenerla.

Mas ella ya no está. Él baja la cabeza, avergonzado.

Cuanto acaba de ver se confunde en su mente. Es como una especie de aturdimiento parecido al que se siente en un viaje, al malestar que deja la embriaguez. Quisiera odiar y, sin embargo, una compasión vaga le ablanda el corazón. Se echa a llorar desconsolado.

HILARIÓN

¿Qué es lo que te entristece?

ANTONIO

tras buscar dentro de sí un buen rato:

¡Pienso en todas las almas que se han perdido por culpa de estos falsos Dioses!

HILARIÓN

¿Y no te parece que, en ocasiones, tiene algún parecido con... el Dios verdadero?

ANTONIO

Se trata de un ardid del demonio para seducir más fácilmente a los fieles. Ataca a los fuertes por el espíritu y a los demás, mediante la carne.

HILARIÓN

Pero la lujuria, en sus impulsos, es tan desinteresada como la penitencia. El amor frenético del cuerpo acelera su destrucción y proclama, con su debilidad, la magnitud de lo imposible.

ANTONIO

¡Y a mí qué me importa! ¡Se me revuelve de asco el estómago ante esos Dioses bestiales, continuamente ocupados en carnicerías e incestos!

HILARIÓN

Recuerda cuántas cosas te escandalizaban en las Escrituras porque no sabías comprenderlas. Puede que estos dioses, bajo sus formas criminales, lleven dentro de sí la verdad.

Aún nos quedan algunos más por ver. ¡Date vuelta!

ANTONIO

¡No, no! Es peligroso...

HILARIÓN

Hace poco tiempo querías conocerlos. ¿Acaso vacila tu fe al oír sus mentiras? ¿Qué es lo que temes?

Las rocas que hay enfrente de Antonio se han transformado en una montaña. Una fila de nubes la tapa hasta media altura y por arriba aparece otra montaña, enorme, completamente verde, surcada de modo desigual por pequeños valles. En la cima de la misma, en un bosque de laureles, hay un palacio de bronce con tejas de oro y capiteles de marfil.

En el centro del peristilo, sentado en un trono, está JÚPITER, colosal y con el torso desnudo. Tiene la victoria en una mano y el rayo en la otra, y entre sus piernas hay un águila que yergue la cabeza.

JUNO, a su lado, gira sus ojos saltones dentro de las órbitas y lleva una diadema de la que escapa, como si se tratara de humo, un velo que flota al viento.

Detrás de ella está MINERVA, de pie sobre un pedestal, apoyada en su lanza. La piel de la gorgona le cubre el pecho y un peplo de lino cae en pliegues simétricos sobre sus pies. Sus ojos glaucos, que brillan bajo la visera, miran atentamente hacia lo lejos.

A la derecha del palacio, el viejo NEPTUNO cabalga sobre un delfín que surca con sus aletas una extensión azul, de la cual no se sabe si es el cielo o el mar, ya que la perspectiva del Océano se confunde con el éter azul.

Al otro lado, el huraño PLUTÓN, con su manto color de noche, con una tiara de diamantes y un cetro de ébano, se halla en medio de una isla rodeada por los meandros del Éstige. Y este río de sombra se pierde en la tinieblas que, al pie del acantilado, forman un gran agujero negro, un abismo sin formas.

MARTE, con armadura de bronce, blande furioso su ancho escudo y su espada.

Más abajo, HÉRCULES lo contempla apoyado en su maza.

APOLO, de rostro radiante y con el brazo extendido, conduce cuatro caballos blancos que galopan, mientras CERES, en una carreta tirada por dos bueyes, se adelanta hacia él con una hoz en la mano.

BACO aparece tras ella en un carro muy bajo, arrastrado despacio por dos linces. Gordo, imberbe, coronado de pámpanos, pasa por allí llevando en su mano una crátera de la que se derrama vino. Sileno, a su lado, se tambalea sobre un asno. Pan, con sus orejas puntiagudas, sopla la siringa mientras las Mimaloneidas tocan tambores, las Ménades arrojan flores, las Bacantes vuelven la cabeza hacia atrás con los cabellos sueltos.

DIANA, con la túnica arremangada, sale del bosque con sus ninfas.

Allá al fondo de la caverna, VULCANO golpea el hierro con la ayuda de los Cabiros; aquí y allá los viejos Ríos, acodados en unas piedras verdes, derraman el contenido de sus urnas. Las Musas, de pie, cantan por los pequeños valles.

Las Horas, todas ellas de igual estatura, se toman de la mano, y MERCURIO se halla posado oblicuamente sobre un arco-iris, con un caduceo, sus talares y su petaso.

Pero en lo alto de la escalera de los Dioses, entre nubes tan suaves como plumas y cuyas volutas, al dar vueltas, dejan caer rosas, VENUS ANADIOMENE se mira en un espejo. Sus pupilas se insinúan lánguidamente bajo los párpados un poco abultados.

Tiene una larga cabellera rubia que le cae sobre los hombros; sus senos son pequeños, delgada su cintura, las caderas anchas como las curvas de una lira, muslos torneados, hoyuelos en las rodillas y delicados pies. No lejos de sus labios revolotea una mariposa. El resplandor de su cuerpo forma un halo de brillante nácar a su alrededor, de suerte que todo el Olimpo se halla bañado en una aurora bermeja que va subiendo insensiblemente, hasta alcanzar las alturas de la bóveda azul.

ANTONIO

¡Ay, cómo se me ensancha el corazón ante tanta belleza! ¡Una alegría desconocida me inunda hasta el fondo del alma! ¡Qué hermoso es esto, qué hermoso!

HILARIÓN

Los dioses se asomaban a las nubes para guiar las espadas; uno podía tropezar con ellos a orillas de los caminos o en la propia casa, y esta familiaridad confería a la vida un aspecto divino.

Lo único importante en la vida era que fuese libre y bella. Las holgadas vestiduras facilitaban la nobleza de las posturas. La voz del orador, que se ejercitaba oyendo el mar, azotaba con ondas sonoras los pórticos de mármol. El efebo, ungido de aceite, luchaba completamente desnudo a pleno sol. La acción más religiosa consistía en exponer unas formas puras.

Y aquellos hombres respetaban a sus esposas, a los ancianos y a los suplicantes. Detrás del templo de Hércules habían erigido un altar a la Piedad.

Inmolaban a las víctimas con flores en torno a los dedos. Hasta el recuerdo mismo se hallaba exento de la putrefacción de los muertos. Sólo quedaban de ellos unas pocas cenizas. El alma, tras mezclarse con el éter sin límites, partía hacia los dioses.

Se agacha para hablarle a Antonio al oído.

¡Y aún siguen viviendo! El emperador Constantino adora a Apolo. Te encontrarás con que hay una trinidad en los misterios de Samotracia, un bautismo en los misterios de Samotracia, un bautismo en los de Isis, una redención en Mitra y el martirio de un Dios en las fiestas de Baco. ¡Proserpina es la Virgen!... ¡Aristeo es Jesús!

ANTONIO

permanece con los ojos bajos y luego, de repente, recita el símbolo de Jerusalén, tal como él lo recuerda, suspirando a cada frase.

Creo en un solo Dios Padre, y en un solo Señor Jesucristo, hijo primogénito de dios, que se encarnó y se hizo hombre, que fue crucificado y sepultado, que subió al cielo, que vendrá par juzgar a vivos y muertos y cuyo reino no tendrá fin; creo en el Espíritu Santo, y en un solo Bautismo de arrepentimiento, y en una sola, santa Iglesia Católica y en la resurrección de la carne, y en la vida eterna.

Inmediatamente, la cruz empieza a crecer y horadando las nubes, proyecta una sombra sobre el cielo de los Dioses.

Todos palidecen. El Olimpo se tambalea.

Antonio distingue, junto a su base, medio ocultos en las cavernas o sosteniendo las piedras con los hombros, unos grandes cuerpos encadenados: son los Titanes, los Gigantes, los Hecatonquiros y los Cíclopes.

UNA VOZ

se eleva, confusa y terrible, como el rumor de las olas, como el ruido de los bosques en la tempestad, como el bramido del viento en los precipicios.

¡Nosotros ya lo sabíamos! Los dioses tiene que morir. Urano fue mutilado por Saturno, Saturno por Júpiter y éste mismo será aniquilado. A cada cual le va llegando su turno. ¡Es el destino!

Y poco a poco se van adentrando en la montaña hasta que desaparecen.

Entretanto, las tejas del palacio de oro se echan a volar por los aires.

JÚPITER

se ha bajado del trono. El rayo, a sus pies, echa humo como si fuera un tizón dispuesto a apagarse; y el águila, estirando el cuello, recoge con el pico las plumas que se le caen.

Yo ya no soy, pues, el señor de las cosas, el muy bueno, muy grande, el dios de la fratrías y de los pueblos griegos, el abuelo de todos los reyes, el Agamenón del cielo!

Águila de la apoteosis, ¿qué soplo del Erebo te trajo hasta mí? O será tal vez que, volando desde el campo de Marte, me traes el alma del último emperador?

¡Ya no quiero las almas de los hombres! ¡Que se las quede la tierra, y así ellas se agitarán al mismo nivel de su bajeza! ¡Ahora tienen los hombres corazones de esclavos: olvidan las injurias, los antepasados, las promesas y por todas partes triunfa la estupidez de las muchedumbres, la mediocridad del individuo y la horrible fealdad de las razas!

Respira hondo y las costillas se le levantan hasta tal punto que parece como si fueran a romperse. Se retuerce las manos. Hebe, llorando a lágrima viva, le presenta una copa. Él la recibe.

¡No, no! Mientras aún permanezca en algún sitio, donde sea, una cabeza que encierre al pensamiento, aborrezca el desorden y conciba la Ley, el espíritu de Júpiter vivirá!

Pero la copa está vacía.

Él la inclina lentamente sobre la uña de su dedo.

¡Ni una sola gota! ¡Cuando falta la ambrosía, los Inmortales se marchan!

La copa se le cae de las manos y él se apoya en una columna, sintiéndose morir.

JUNO

¡Si no hubieras tenido tantos amores! ¡Águila, cisne, toro, lluvia de oro, nube y llama, tomaste todas las formas, extraviaste tu luz en todos los elementos, perdiste tus cabellos en todos los lechos! El divorcio es irrevocable esta vez, y nuestro dominio, nuestra existencia, se desvanecen...

Se aleja por los aires.

MINERVA

ya no tiene su lanza y unos cuervos que antes anidaban en las esculturas del friso, dan ahora vueltas a su alrededor y le muerden el casco.

Dejadme ver si mis naves, tras haber hendido el brillante mar, han regresado a mis tres puertos. Quiero saber por qué están desiertos los campos y qué es lo que ahora hacen las hijas de Atenas.

En el mes de Hecatombeón, todo mi pueblo venía hacia mí, guiado por sus magistrados y sacerdotes. Después, vestidas de blanco y con túnicas de oro, avanzaban largas filas de vírgenes con copas, canastillas y quitasoles; detrás venían los trescientos bueyes para el sacrificio, ancianos que agitaban ramas verdes, soldados que chocaban entre sí sus armaduras, efebos cantando himnos, músicos que tocaban la flauta o la lira, rapsodas, bailarinas y por último, en el mástil de un trirreme sobre ruedas, mi hermoso velo grande bordado por unas vírgenes a quienes se alimentaba durante una año de manera especial. Cuando ya el cortejo se había paseado por todas las calles con sus salmodias, subía paso a paso por la colina del Acrópolis, rozaba los Propileos y regresaba al Partenón.

Pero, ¿qué sucede? ¡Siento malestar, yo, la ingeniosa!

¿Cómo no se me ocurre ni siquiera una idea? Y estoy temblando más que una mortal...

Vislumbra unas ruinas tras ella, da un grito y, golpeada en la frente, cae al suelo de espaldas.

HÉRCULES

se ha quitado su piel de león y afianzándose con los pies, arqueando la espalda y mordiéndose los labios, hace esfuerzos desmesurados para sostener el Olimpo que se derrumba.

Vencí a los Cercopes, a las Amazonas y a los Centauros. Maté a muchos reyes. Rompí el cuerno de Aquelo, que era un gran río. Seccioné montañas, uní océanos. A los países esclavos, yo los liberaba y a los países deshabitados, yo los poblaba. Recorrí las Galias. Atravesé el desierto en donde uno siente tanta sed. Defendí a los dioses y me deshice de Ónfale. Pero el Olimpo pesa demasiado. Mis brazos pierden fuerza. ¡Me muero!

Hércules cae aplastado por los escombros.

PLUTÓN

¡Tuya es la culpa, descendiente de Anfitrión! ¿Por qué bajaste a mi imperio? El buitre que roe las entrañas de Ticio levantó la cabeza. Tántalo sintió húmedos los labios. La rueda de Ixión se detuvo.

Entretanto, las Ceres tendían sus uñas para retener las almas. Las Furias, desesperadas, retorcían las serpientes de sus cabelleras y Cerbero, al que tú habías atado con una cadena, no hacía más que gruñir, babeando por sus tres hocicos.

Dejaste la puerta entreabierta. Llegó más gente. ¡El día de los hombres ha penetrado en el Tártaro!

Se hunde en las tinieblas.

NEPTUNO

Mi tridente levantaba tempestades. Los monstruos que antaño hacían temblar se hallan putrefactos al fondo de las aguas.

¡Anfitrite, cuyos blancos pies corrían por la espuma, las verdes Nereidas que se vislumbraban por el horizonte, las sirenas cubiertas de escamas que detenían a los navíos para contarles historias y los viejos Tritones que soplaban en las caracolas, todos han muerto ya! ¡Ha desparecido la alegría en el mar!

¡No podré sobrevivirles! ¡Que el vasto Océano me acoja en sus aguas!

DIANA

vestida de negro, en medio de sus perros que se han convertido en lobos:

La independencia de los grandes bosques me embriagaba, así como el olor de las fieras y las emanaciones de las ciénagas. Las mujeres, cuyo embarazo yo protegía, dan a luz hijos muertos. La luna tiembla bajo los encantamientos de las brujas. Siento deseos de violencia y de inmensidad. ¡Quiero beber venenos, perderme entre vapores, entre los sueños!

Y una nube que pasa se la lleva.

MARTE

con la cabeza descubierta y ensangrentado.

Primero combatí yo solo, provocando con mis injurias a todo un ejército, indiferente a las patrias respectivas y por simple afición a las matanzas.

Más tarde tuve algunos compañeros. Caminaban al son de las flautas, en buen orden, con paso regular, respirando por encima de sus escudos, alta la cimera y la lanza en ristre. Entraban en la lucha profiriendo grandes gritos de águila. La guerra resultaba tan divertida como un festín. Trescientos hombres hicieron frente a toda Asia.

¡Más ahora los bárbaros vuelven! ¡Por miríadas, por millones! En vista de que el número de enemigos, las máquinas y la astucia son más fuertes, ¡más vale acabar como un valiente!

Se da muerte

VULCANO

limpiando con una esponja sus miembros sudorosos

El mundo se enfría. Hay que calentar los manantiales, los volcanes y los ríos que acarrean metales por debajo de la tierra. ¡Golpead más fuerte! ¡Con todas vuestras fuerzas!

Los Cabiros se lastiman con sus martillos, se ciegan con las chispas y, caminando a tientas, se pierden en la oscuridad.

CERES

De pie en su carro, cuyas ruedas ostentan alas en sus cubos.

¡Detente, detente!

¡Razón tenían al excluir a los extranjeros, a los ateos, a los epicúreos y a los cristianos! Han levantado el velo que cubría el misterio de la cesta, han profanado el santuario y todo se ha perdido...

Baja por una cuesta empinada, gritando y arrancándose los cabellos con desesperación.

¡Ay, todo es mentira! ¡No me han devuelto a Daira! La campana de bronce me llama desde el mundo de los muertos, hacia ese otro Tártaro del que nunca se vuelve!

¡Horror!

Se la traga el abismo.

BACO, riendo frenéticamente

¡Qué más da! ¡La mujer del Arconte es mi esposa! ¡Hasta la ley se emborracha! ¡A mí el cántico nuevo y las múltiples formas!

El fuego que devoró a mi padre corre por mis venas. ¡Que arda aún más fuerte aunque yo perezca!

¡Varón y hembra a un mismo tiempo, soy bueno para todos! ¡Me entrego a vosotras, Bacantes y a vosotros también, sacerdotes de Baco! Y la viña se enroscará en torno a los árboles.

Y Pan, Sileno, los Sátiros, las Bacantes, las Mimalonidas y las Ménades, con sus serpientes, sus antorchas y sus máscaras negras, se tiran flores, descubren un falo, lo besan, sacuden los tímpanos, golpean con sus tirsos, se lapidan con caracolas marinas, comen uvas, estrangulan a un macho cabrío y desgarran a Baco.

APOLO

fustigando a sus corceles y cuyos blancos cabellos ondean al viento.

Dejé tras de mí a Delos la pedregosa, tan pura que todo en ella parece estar muerto ahora, y trato de llegar a Delfos antes de que el vapor que la inspira se haya disipado por completo. Los mulos están paciendo sus laureles. La pitonisa se equivoca y no sabe lo que dice.

¡Gracias a una mayor concentración, obtendré poemas sublimes, monumentos eternos, y toda la materia se verá impregnada por las vibraciones de mi cítara!

Puntea sus cuerdas. Éstas se rompen y le cruzan el rostro. Tira el instrumento y azotando con furor a su cuadriga, dice:

¡No, ya basta de formas! ¡Tengo que llegar más lejos aún! ¡Hasta la misma cima, hasta la idea pura!

Pero los caballos, al retroceder, se encabritan y rompen el carro. Apolo, enredándose con los fragmentos del timón y de los arneses, cae de cabeza al abismo.

Se ha oscurecido el cielo.

VENUS, morada de frío, tirita

Yo daba, con mi cinturón, toda la vuelta a la Hélade...

Sus campos refulgían como las rosas de mis mejillas, sus riberas se recortaban siguiendo la forma de mis labios y sus montañas, más blancas que mis palomas, palpitaban entre las manos de mis estatuarios. Mi alma se hallaba presente en el ordenamiento de las fiestas, en el arreglo de los peinados, en el diálogo de los filósofos y en la constitución de las repúblicas. Pero quise demasiado a los hombres... ¡Fue el Amor el que me deshonró!

Se echa para atrás llorando.

¡El mundo es abominable! ¡Siento que el aire me falta!

¡Oh, Mercurio, inventor de la lira y guía de la almas, llévame contigo!

Pone un dedo ante sus labios y describiendo una inmensa parábola, cae al abismo.

Ya no se ve nada. Las tinieblas lo han invadido todo.

No obstante, de las pupilas de Hilarión se escapan como dos flechas rojas.

ANTONIO

En varias ocasiones, mientras me hablabas, me ha parecido ver que crecías. Y no era una ilusión. ¿Dime, cómo es eso? Dame una explicación... ¡Tu persona me espanta!

Se oyen unos pasos que se aproximan.

¿Qué es eso?

HILARIÓN extiende el brazo

¡Mira!

Al momento, a la luz de un pálido rayo de luna, Antonio divisa una interminable caravana que desfila sobre la cresta de las rocas y todos los viajeros, uno tras otro, van cayendo del acantilado al precipicio.

Primero caen los tres grandes dioses de Samotracia: Axiero, Axiocerso y Axiocersa, juntos, enmascarados de púrpura y elevando las manos.

Esculapio avanza con expresión melancólica, sin ver siquiera a Samos ni a Telésforo que lo interrogan con ansiedad. Sosípolis eleano, en forma de serpiente pitón, enrosca sus anillos en dirección al abismo. Despona, presa de vértigo, se tira ella misma. Britomartis, dando alaridos de miedo, se agarra a las mallas de su red. Los Centauros llegan a todo galope y ruedan cuesta abajo en revoltijo, para acabar despeñándose en el negro agujero.

Tras ellos camina renqueando el grupo lamentable de las Ninfas. Las ninfas de las praderas van todas cubiertas de polvo y las de los bosques gimen y sangran, heridas por el hacha de los leñadores.

Las Geludas, las Éstriges, la Empusa y todas las diosas infernales, confundiendo sus colmillos, sus antorchas y sus víboras, forman una pirámide; en la cúspide de la misma, sobre una piel de buitre, Eurínomo, azulado como las moscas carnívoras, se devora los brazos.

Después, desaparecen envueltas en un torbellino: Ortia la sanguinaria, Hymnia de Orcomenes, Lafria de Patrás, Afia de Egino, Bendis de Tracia, Estinfalia, la de patas de pájaro. Triopas, en vez de tres ojos no tiene más que tres órbitas. Erictonio, con las piernas flojas y ayudándose con las manos, se arrastra por el suelo como si estuviera impedido.

HILARIÓN

Qué gozo, ¿no es verdad?, verlos a todos así, sumidos en la abyección y agonizantes.... Súbete conmigo a esta piedra y serás como Jerjes cuando pasaba revista a su ejército.

Allá muy lejos, entre la niebla, ¿no ves a ese gigante de barba rubia que deja caer una espada ensangrentada? Es el escita Zalmoxis entre dos planetas: Artimpasa (Venus) y Orsiloqué (La Luna).

Más lejos aún, emergiendo de las pálidas nubes, están los dioses que adoraban los cimerios, incluso más allá de Thulé.

Sus espaciosas salas estaban caldeadas y al resplandor de las desenvainadas espadas que tapizaban la bóveda, bebían hidromiel en cuernos de marfil Comían hígado de ballena en unas bandejas de cobre forjadas por los demonios; o bien escuchaban a los brujos cautivos que tocaban unas arpas de piedra.

¡Están cansados! ¡Tienen frío! La nieve pesa sobre sus pieles de oso y se les ven los pies a través de los rotos que tienen sus sandalias.

Lloran recordando las praderas donde, sobre montículos de hierba, recobraban aliento tras la batalla, y echan asimismo de menos los largos navíos cuya proa cortaba los montes de hielo, y los patines que tenían para seguir el orbe de los polos, levantando a pulso todo el firmamento que daba vueltas con ellos.

Los envuelve una ráfaga de escarcha.

Antonio mira a otro lado.

Y observa –destacados en negro sobre un fondo rojo- a unos extraños personajes con barbotes y guanteletes, que se tiran pelotas, saltan unos por encima de otros, hacen muecas y bailan frenéticamente.

HILARIÓN

Son los dioses de Etruria, los innumerables Aiseres.

Aquí está Tages, el inventor de los augurios. Trata de aumentar con una mano las divisiones del cielo mientras que con la otra se apoya en la tierra. ¡Que se introduzca en ella!

Nortia contempla la muralla en la que iba fijando clavos para marcar el número de los años. La superficie ya ésta toda cubierta y acaba de cumplirse el último período.

Al igual que dos viajeros sorprendidos por la tormenta, Castur y Pulutuk se resguardan temblando bajo el mismo manto.

ANTONIO cierra los ojos

¡Basta! ¡Basta ya!

Mas por el aire cruzan con gran ruido las Victorias del Capitolio, tapándose la frente con las manos y perdiendo los trofeos que cuelgan de sus brazos.

Jano - señor de los crepúsculos- huye montado en un carnero negro; y de sus dos caras, a una se la ve ya putrefacta, mientras que la otra duerme de cansancio.

Sumano –dios del cielo oscuro-, que ya no tiene cabeza, aprieta contra su pecho un pastel rancio en forma de rueda.

Vesta –debajo de una cúpula en ruinas- trata de reanimar su lámpara apagada.

Belona se hace cortes en las mejillas sin lograr que brote la sangre con que purificaba a sus devotos.

ANTONIO

¡Por favor, que se vayan! ¡Me cansan!

HILARIÓN

Antes divertían a la gente...

Y le muestra, en un bosque de alisos, a Una Mujer completamente desnuda, a cuatro patas como un animal y que es poseída por un hombre negro, con una antorcha en cada mano.

Es la diosa de Aricia, con el demonio Virbio. Su sacerdote, el rey de los bosques, tenía que ser un asesino y los esclavos que se escapaban, los bandidos que despojaban cadáveres, los de la vía Saliaria, los tullidos del puente Sublicio, todo el hampa de las zahúrdas de Suburra, la consideraban su diosa más querida y le tenían gran devoción.

Las patricias, en tiempos de Marco Antonio, preferían a Libitina.

Y le enseña, bajo unos cipreses y rosales, a Otra Mujer ataviada con gasas. Ella sonríe y a su alrededor hay picos, camillas, negros cortinajes, todos los utensilios que se utilizan para los funerales. Sus diamantes brillan desde lejos bajo telas de araña. Las Larvas, semejantes a esqueletos, enseñan sus huesos por entre las ramas y los Lémures, que son fantasmas, extienden sus alas de murciélago.

En el lindero de un campo, el dios Término, desarraigado, se ladea, cubierto por completo de inmundicias.

En medio de un surco, el cadáver de Vertumno es devorado por unos perros de pelaje rojizo.

Los dioses rústicos se alejan de él llorando: Sartor, Sarrator, Vervactor, Colina, Valona, Hostilino, todos ellos cubiertos con mantos cortos y capuchones; cada uno de ellos lleva un almocafre, una horca, un cedazo, un venablo.

HILARIÓN

Era su alma la que hacía prosperar la casa, con sus palomares, sus lirones y caracoles, sus corrales protegidos por redes, sus caldeados establos que olían a cedro.

Protegían al pueblo miserable que arrastraba sus grilletes por los guijarros de la Sabina, a los porqueros que tocaban la trompa para reunir a los cerdos, a los que cortaban los racimos en lo alto de los olmos, a los que arreaban a los asnos cargados de estiércol, y por los senderos. El labrador, jadeante, agarrado al mango de su arado, les rogaba para que fortaleciesen sus brazos, y los vaqueros, a la sombra de los tilos, junto a unas calabazas llenas de leche, alternaban sus elogios tocando flautas de caña.

Antonio suspira.

Y en medio de una habitación, sobre un estrado, se ve un lecho de marfil rodeado de gente. Todos levan antorchas de abeto.

Son los dioses del matrimonio que están esperando a la desposada.

Domiduca era quien debía traerla; Virgo le desataba el cinturón; Subigo la tendía en la cama y Prema le separaba los brazos murmurándole dulces palabras al oído.

¡Pero ella no vendrá! Y los dioses despiden a los demás que allí se encuentran: a Nona y a Décima, las curanderas; y a las tres Nixas parteras; a las dos nodrizas Educa y Potina, así como a Carna, la que mece a los niños, y cuyo ramo de rosal silvestre aleja los malos sueños de las mentes infantiles.

Si el niño hubiera nacido, Osipago habría dado fuerza a sus piernas, Barbato le habría dado la barba, Estímula despertaría sus primeros deseos; Volupia haría posible su primer goce. Fabulino le habría enseñado a hablar, Numeria a contar, Camena a cantar y Consus a pensar.

El cuarto se ha ido quedando vacío y al borde la cama ya sólo está Nenia, centenaria, canturreando para sí la endecha que entonaba cuando morían los ancianos.

Mas pronto su voz es dominada por unos agudos gritos. Son

LOS LARES DOMÉSTICOS

que acurrucados al fondo del atrio, ataviados con pieles de perro, con flores en torno al cuerpo y apretándose las mejillas con los puños, lloran cuanto pueden.

¿Dónde está ahora la ración de alimentos que nos daban en cada comida? ¿Y los atentos cuidados de la sierva, la sonrisa de la matrona y la alegría de los niños que jugaban a las tabas sobre los mosaicos del patio? Luego, cuando ya se hacían mayores, nos colgaban al pecho la bola de oro o de cuero que llevaban al cuello.

¡Qué alegría cuando por la noche, tras haber obtenido algún triunfo, regresaba el amo a casa y volvía hacia nosotros sus ojos húmedos! Relataba sus combates y la angosta morada se sentía más orgullosa que el mejor de los palacios y tan sagrada como un templo.

¡Qué dulces eran las comidas familiares, sobre todo al día siguiente de las Feralias! Como sentían gran ternura por los muertos, todas las discordias se acallaban y la gente se abrazaba, bebiendo por las glorias del pasado y por las esperanzas del porvenir.

Pero los ancestros de cera pintada, encerrados detrás de nosotros, se van cubriendo lentamente de moho. Las nuevas razas, para castigarnos de sus decepciones, nos han roto la mandíbula, y los dientes de las ratas se clavan en nuestros cuerpos de madera, desmenuzándolos.

Los innumerables dioses que vigilaban las puertas, la cocina, la bodega y los baños calientes se dispersan por doquier tomando la apariencia de enormes hormigas que trotan, o de grandes mariposas que revolotean.

CRÉPITO se deja oír

¡También a mí me honraban antaño! Hacían libaciones en mi honor. ¡Fui un Dios!

El ateniense me saludaba como a un presagio de fortuna, mientras que el romano devoto me maldecía con los puños en alto y el pontífice de Egipto, que se abstenía de comer habas, temblaba ante mi voz y palidecía con mi olor.

Cuando el vinagre militar corría por las caras sin afeitar, cuando la gente disfrutaba comiendo bellotas, guisantes y cebolla cruda, y cuando los pedazos de carnero se freían en la manteca rancia de los pastores, sin preocuparse del vecino, nadie entonces se reprimía. Los alimentos fuertes hacían ruidosas las digestiones. En el campo y a pleno sol, los hombres se aliviaban con lentitud.

Así pasaba yo sin producir escándalo, como cualquier otra necesidad de la vida, como Mena, tormento de las vírgenes y como la dulce Rumina que protege los senos de la nodriza surcados por azuladas venas. Yo era jovial. Hacía reír a la gente. Y henchido de bienestar por mi causa, el convidado exhalaba su alborozo por las aberturas de su cuerpo.

Tuve mis días de gloria. El buen Aristófanes me paseó por los escenarios y el emperador Claudio Druso me hizo sentar su mesa. Circulé majestuosamente por entre los laticlavos de los patricios. Los orinales de oro resonaban como tímpanos debajo de mí y cuando ahíto de morenas, de trufas y de pasteles de carne, el intestino del dueño se descargaba con estrépito, ¡el universo atento se enteraba de que César había cenado!

¡Pero ahora me hallo confinado entre el populacho y todos se escandalizan sólo con oír mi nombre!

Y Crépito se aleja gimiendo.

Se oye un trueno y

UNA VOZ

¡Yo era el Dios de los ejércitos, el Señor, el Señor Dios!

Desplegué las tiendas de Jacob sobre las colinas y alimenté en el desierto a mi pueblo fugitivo.

¡Yo incendié Sodoma! ¡Fui yo quien sepultó la tierra bajo el Diluvio! Y también fui yo quien ahogó al Faraón junto con los príncipes hijos de reyes, los carros de combate y los hombres que los conducían.

Como era un Dios celoso, execraba a los demás dioses. Aplasté a los impuros; abatí a los soberbios y mi desolación corría de un lado a otro, como un dromedario cuando lo dejan en libertad dentro de un campo de maíz.

Para liberar a Israel, elegí a los sencillos. Ángeles con alas de fuego les hablaban en los matorrales.

Perfumadas de nardo, de cinamomo y de mirra, con vestidos transparentes y zapatos de taco alto, mujeres de corazón intrépido, iban a degollar a los capitanes. El viento que pasaba se llevaba a los profetas.

Yo había grabado mi Ley en unas tablillas de piedra. La Ley encerraba a mi pueblo como en una ciudadela.

Era mi pueblo. ¡Yo era su Dios! La tierra era mía y los hombres también, con sus pensamientos, sus obras, sus herramientas de labor y su posteridad.

Mi arca descansaba dentro de un triple santuario, detrás de unas cortinas de púrpura y candelabros encendidos. Para servirme, tenía a toda una tribu moviendo los incensarios y allí estaba el gran sacerdote, con traje de color jacinto, cuyo pecho se hallaba cubierto de piedras preciosas dispuestas en orden simétrico.

¡Maldición, maldición! El Santo de los Santos se ha abierto, el velo se ha rasgado y el viento se lleva los perfumes del holocausto. El chacal aúlla por los sepulcros. ¡Han destruido mi templo y mi pueblo se ha dispersado!

Han estrangulado a los sacerdotes con los cordones de sus hábitos. ¡Las mujeres se hallan cautivas y todos los vasos sagrados se han fundido!

La voz se va alejando.

¡Yo era el Dios de los ejércitos, el Señor, el Señor Dios!

Cae entonces un enorme silencio, una noche profunda.

ANTONIO

Ya se fueron todos.

Aún quedo yo.

dice ALGUIEN

Y Antonio ve ante él a Hilarión, pero transfigurado, hermoso como un arcángel, luminoso como un sol y tan alto que para verlo bien

ANTONIO

tiene que echar la cabeza hacia atrás.

¿Y quién eres tú, pues?

HILARIÓN

Mi reino tiene la misma dimensión que el universo y mi deseo no conoce límites. Sigo avanzando sin detenerme, liberando el espíritu y pesando los mundos, sin odio, sin miedo, sin piedad, sin amor y sin Dios. Me llaman la Ciencia.

ANTONIO retrocede

Tú debes de ser más bien... ¡El Diablo!

HILARIÓN

fijando en él sus pupilas:

¿Quieres verlo?

ANTONIO

no puede apartar su mirada. Lo invade una gran curiosidad por conocer al diablo. Su terror aumenta, pero su deseo se hace inconmensurable.

Si lo viese, no obstante... ¿Y si lo viese?

A continuación, con un impulso colérico, dice:

¡El horror que me produce me librará de él para siempre! ¡Sí, quiero verlo!

Aparece una pezuña de macho cabrío.

Antonio se arrepiente de sus palabras, pero ya el Diablo lo ha colocado sobre sus cuernos y se lo lleva.