Читать параллельно с  Английский  Русский  Французский 
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

ANTONIO

se encuentra de nuevo tendido boca arriba, al borde del acantilado.

El cielo empieza a clarear.

¿Es la claridad del alba o un reflejo de la luna?

Trata de incorporarse y vuelve a caer. Dice, castañeteando los dientes:

¡Siento un cansancio!... ¡Como si tuviese todos los huesos rotos!

¿Por qué?

¡Ah, ya sé! Fue el Diablo, ya recuerdo; e incluso me repetía todo lo que aprendí junto al viejo Dídimo sobre las opiniones de Jenófanes, de Heráclito, de Meliso y de Anaxágoras sobre el infinito, la creación, la imposibilidad de conocimiento!

¡Y yo que había creído poder unirme a Dios!

Ríe amargamente y prosigue:

¡Ah, demencia, locura! ¿Es culpa mía acaso? ¡La oración me resulta intolerable! ¡Tengo el corazón más seco que una roca! ¡Antaño, rebosaba amor...!

La arena, esta mañana, humeaba por el horizonte como el polvo de un incensario. Al ponerse el sol, unas flores de fuego florecían en la cruz, y a medianoche me pareció que todos los seres y todas las cosas, recogidos en un mismo silencio, adoraban conmigo al Señor. ¡Oh, encanto de las oraciones, felicidad del éxtasis, presentes del cielo!, ¿qué ha sido de vosotros?

Recuerdo un viaje que hice con Amón en busca de lugares solitarios donde fundar monasterios. Era la última tarde y apresurábamos el paso canturreando himnos, uno al lado del otro, sin hablar. A medida que el sol descendía, las dos sombras de nuestros cuerpos se alargaban como dos obeliscos que crecieran continuamente y que caminasen delante de nosotros. Con trozos de nuestros bastones hacíamos unas cruces que plantábamos aquí y allá para señalar el lugar donde debería instalarse una celda. La noche tardó en llegar y unas ondas negras se esparcían por la tierra cuando aún el cielo lucía un inmenso color de rosa.

Cuando yo era niño me entretenía construyendo ermitas con piedras pequeñas. Mi madre, junto a mí, me contemplaba.

Me habrá maldecido por mi abandono, arrancándose los blancos cabellos con las manos. Y su cadáver quedó tendido en el suelo de la cabaña, bajo el techo de cañas, entre las paredes que se derrumbaron. Me parece ver que una hiena husmea por un agujero, metiendo el hocico... ¡Horror, horror!

Solloza.

¡Pero no, Amonaria no la habría abandonado!

¿Y dónde estará ahora Amonaria?

Puede que se halle en las termas, quitándose sus vestiduras una tras otra: primero el manto, luego el cinturón, la primera túnica, la segunda más liviana y después, todos sus collares. Y el vapor del cinamomo envuelve su cuerpo desnudo. Por fin se tiende sobre los tibios mosaicos. Su cabellera, que llega hasta la altura de sus caderas, parece envolverla como una piel negra. Está algo sofocada por la atmósfera demasiado caliente, respira arqueando la cintura y echando hacia delante sus senos. Pero... ¿qué me ocurre? ¡Mi carne se rebela! En medio de mi desconsuelo me tortura la concupiscencia. ¡Dos suplicios a la vez! ¿No es demasiado? ¡Ya no me soporto ni a mí mismo!

Se asoma al precipicio.

Si un hombre cayera aquí, se mataría. No hay nada más fácil, basta con dejarse rodar sobre el lado izquierdo. Sólo hay que hacer un movimiento. ¡Uno tan sólo!

Entonces aparece

UNA MUJER VIEJA

Antonio se levanta, sobresaltado y lleno de espanto. Cree estar viendo a su madre resucitada.

Pero ésta es mucho más vieja y de una delgadez prodigiosa.

Lleva puesto un sudario que le envuelve la cabeza y que cuelga, junto con sus cabellos blancos, hasta el extremo de sus piernas, flacas como muletas. El brillo de sus dientes color marfil hace resaltar su piel terrosa.

Hay tinieblas en las órbitas de sus ojos y allá, muy al fondo, tiemblan dos llamas como lámparas de sepulcro.

¡Adelante! –le dice-. ¿Quién te retiene?

ANTONIO, balbuceando

¡Temo cometer un pecado!

ELLA prosigue

¡Pues el rey Saúl se mató! ¡Razias, que era un justo, se suicidó! ¡Santa Pelagia de Antioquía se mató! ¡Domnina de Alep y sus dos hijas, todas ellas santas, se mataron! Y acuérdate de cómo corrían los confesores al encuentro de los verdugos, impacientes por hallar la muerte... con el fin de gozar de ella más pronto, las vírgenes de Mileto se estrangulaban con sus cordones. El filósofo Hegesias, en Siracusa, tanto predicó en su favor que las gentes abandonaban los lupanares para irse a ahorcar por los campos. Los patricios de Roma se dan muerte por libertinaje.

ANTONIO

Sí, la muerte inspira una atracción muy fuerte. ¡Muchos anacoretas sucumben a ella!

LA VIEJA

¡Hacer algo que te iguala a Dios, imagínate! Él te creó y tú vas a destruir su obra gracias a tu valor, libremente. El goce de Eróstrato no fuera superior a éste. Y además, ya tu cuerpo se ha burlado bastante de tu alma, así que al fin debes vengarte de él. No sufrirás. Pronto acabará todo. ¿Qué es lo que temes? ¡Le tienes miedo a un agujero negro y ancho! ¿Tal vez porque piensas que está vacío?

Antonio escucha sin responder y por el otro lado aparece:

OTRA MUJER

maravillosamente joven y bella. En un principio, él la toma por Amonaria.

Pero ésta es más alta, rubia como la miel, de abundantes carnes, con las mejillas pintadas y lleva rosas en el pelo. Su vestido largo, cuajado de lentejuelas, produce reflejos metálicos. Sus carnosos labios aparecen sanguinolentos y en sus párpados, algo hinchados, hay tal languidez que uno podría creer que está ciega.

Murmura:

¡Vive y goza! ¡Salomón nos recomienda la alegría! ¡Ve allí donde tu corazón te pida y donde encuentres lo que tus ojos desean!

ANTONIO

¿Y qué alegría puedo encontrar yo? Mi corazón se halla cansado y mis ojos turbios...

ELLA prosigue

Llégate hasta el arrabal de Racotis, empuja una puerta pintada de azul, y cuando estés en el atrio donde canta el murmullo de un surtidor, te recibirá una mujer con un peplo de seda blanca y tisú de oro, con los cabellos sueltos y una risa semejante al sonido de los crótalos. Es hábil. Gozarás con su caricia del orgullo de una iniciación y sentirás el sosiego del deseo satisfecho.

Tampoco has conocido la turbación de los adúlteros, ni las escaladas, ni los raptos, ni el placer de contemplar desnuda a quien respetabas vestida.

¿Estrechaste alguna vez contra tu pecho a una virgen que te amase? Recuerda entonces cómo se abandonaba a ti sin pensar en su pudor y acuérdate también de sus remordimientos, que desaparecían poco a poco el flujo de sus dulces lágrimas...

¿Serás capaz, supongo, de imaginártela caminando a tu lado a la luz de la luna?... Vais de la mano y, al más mínimo apretón, un estremecimiento os recorre todo el cuerpo... Vuestros ojos cercanos se envían de uno a otro una especie de ondas inmateriales y vuestro corazón estalla de puro gozo. Es como un suave torbellino, como una embriaguez desbordante...

LA VIEJA

¡No es menester haber vivido los placeres de este mundo para sentir su amargura! Con verlos desde lejos, ya dan asco... Estarás harto de la monotonía que supone el realizar siempre las mismas acciones, cansado de la duración de los días, de la fealdad del mundo, de la estupidez de sol...

ANTONIO

¡Oh, sí! ¡Cuánto alumbra el sol me desagrada!

LA JOVEN

¡Ermitaño, ermitaño! Encontrarás diamantes entre las piedras, fuentes debajo de la arena y un gran deleite en los azares que desprecias. ¡Y existen en la tierra sitios tan bellos que uno siente deseos de estrecharla contra su corazón!

LA VIEJA

¡Todas las noches, cuando sobre ella te acuestas, estás esperando a que pronto te cubra!

LA JOVEN

¡Sin embargo, tú crees en la resurrección de la carne, que es como trasladar la vida a la eternidad!

La vieja, mientras hablaba, se ha ido quedando cada vez más descarnada y por encima de su cráneo, completamente calvo, un murciélago da vueltas en el aire.

La joven parece haber engordado. Su vestido brilla, las aletas de su nariz se estremecen, sus ojos giran voluptuosamente.

LA PRIMERA dice, abriendo los brazos

¡Ven! Yo soy el consuelo, el reposo, el olvido, la serenidad eterna...

LA SEGUNDA, ofreciendo sus senos

¡Yo soy la embaucadora, la alegría, la vida, la dicha inagotable!

Antonio da media vuelta para huir. Cada una de la mujeres lo agarra por un hombro.

El sudario se abre y deja al descubierto el esqueleto de la Muerte. El vestido se raja y deja ver el cuerpo de la Lujuria, que tiene una cintura muy estrecha y anchísimas caderas, unos cabellos largos y ondulados que flotan al viento.

Antonio permanece inmóvil entre ambas, mirándolas con atención.

LA MUERTE le dice

¡Morir ahora o un poco más tarde, qué más da! Tú me perteneces, igual que los soles, los pueblos, las ciudades, los reyes, la nieve de los montes, la hierba de los campos... ¡Vuelo más alto que el gavilán, corro más de prisa que la gacela, llego incluso a alcanzar a la esperanza y vencí al Hijo de Dios!

LA LUJURIA

¡No te resistas a mí, pues soy la omnipotente! Los bosques resuenan con mis suspiros, las olas se mueven con mis agitaciones. La virtud, el valor y la piedad se disuelven ante el perfume de mi boca. Acompaño al hombre en todos sus pasos y cuando ya llega al umbral de la tumba... ¡Aún se vuelve hacia mí!

LA MUERTE

Yo te descubriré lo que tratabas de captar, a la luz de las antorchas, en el rostro de los muertos; o cuando vagabundeabas más allá de las Pirámides, por esos espaciosos arenales compuestos de restos humanos. De cuando en cuando, una calavera rodaba a tus pies, bajo tu sandalia. Tú tomabas un puñado de polvo y dejabas que se escurriera por entre tus dedos, y tu pensamiento, que con él se confundía, se abismaba en el vacío.

LA LUJURIA

¡Mi abismo es más profundo! Hay mármoles que inspiran obscenos amores. La gente se precipita a unos encuentros que espantan. Remachan sus cadenas que después maldicen. ¿De dónde proviene el hechizo de las cortesanas, la extravagancia de los sueños, la inmensidad de mi tristeza?

LA MUERTE

¡Mi ironía supera a todas las demás! Pueden verse convulsiones de placer en el entierro de los reyes, en el exterminio de los pueblos, y la guerra se suele hacer al son de la música, con penachos, banderas, arneses de oro, y con un gran despliegue de ceremonias, sólo por hacerme más cumplido homenaje.

LA LUJURIA

Mi cólera vale tanto como la tuya. Lanzo alaridos, muerdo. Me dan sudores de agonizante y adquiero el aspecto de un cadáver.

LA MUERTE

¡Soy yo quien hace de ti una cosa seria! ¡Enlacémonos!

La Muerte suelta una risotada, la Lujuria ruge. Se enlazan por la cintura y cantan las dos juntas:

- ¡Yo adelanto la disolución de la materia!

- ¡Yo facilito la dispersión de los gérmenes!

- ¡Tu destruyes para que yo renueve!

- ¡Tu engendras para que yo destruya!

- ¡Activa mi poder!

- ¡Fecunda mi podredumbre!

Y sus voces, cuyos ecos, al propalarse, llenan el horizonte, se hacen tan potentes que Antonio cae de espaldas.

Una sacudida, de cuando en cuando, le hace abrir los ojos y, entre tinieblas, percibe a un monstruo delante de él.

Es una calavera con una corona de rosas, sobre un torso de mujer de una blancura de nácar. El resto se halla tapado con un sudario estrellado de puntos de oro, que forma una cola, y todo el cuerpo ondula a la manera de un gigantesco gusano que se mantuviera en pie.

La visión se atenúa, desaparece...

ANTONIO se levanta

Era otra vez el Diablo, bajo su doble aspecto: el espíritu de formación y el espíritu de destrucción.

Ninguno de los dos me espanta. Rechazo la felicidad y me siento eterno.

De modo que la muerte no es más que una ilusión, un velo que enmascara, en ocasiones, la continuidad de la vida.

Pero, si es única la Sustancia, ¿por qué son variadas las Formas?

Debe de haber en alguna parte unas figuras primordiales cuyos cuerpos no sino imágenes. ¡Si uno pudiera verlas, conocería el lazo existente ente la materia y el pensamiento, aquello en que consiste el Ser!

Esas figuras son las que había en Babilonia pintadas en las paredes del templo de Belo, y también en un mosaico –al que cubrían por completo- que había en el puerto de Cartago. Yo mismo vi, en ocasiones, en el cielo, unas formas que parecían espíritus. Los viajeros que atraviesan el desierto tropiezan a veces con unos animales que sobrepasan a nuestra imaginación...

Enfrente de él, al otro lado del Nilo, aparece la Esfinge.

Estira las patas, sacude las vendas que le tapan la frente y se tiende en el suelo.

Saltando, volando, escupiendo fuego por la nariz y golpeándose las alas con su cola de dragón aparece la Quimera de ojos verdes. Da vueltas y ladra.

Los anillos de su cabellera, echados hacia un lado, se mezclan con el pelo que tiene en el lomo, mientras que por el otro lado, cuelgan hasta tocar la arena y se mueven al compás del balanceo de todo su cuerpo.

LA ESFINGE

permanece inmóvil y contempla a la Quimera.

¡Aquí, Quimera! ¡Detente!

LA QUIMERA

¡No, jamás!

LA ESFINGE

¡No corras tan de prisa, no vueles tan alto, no ladres tan fuerte!

LA QUIMERA

No vuelvas a llamarme, no me llames más, puesto que siempre estás muda.

LA ESFINGE

¡Deja de lanzarme tus llamas a la cara y de gritar tus alaridos en mis oídos! ¡No vas a conseguir derretir mi granito!

LA QUIMERA

¡Tú no me atraparás, terrible esfinge!

LA ESFINGE

¡Para quedarte conmigo estás demasiado loca!

LA QUIMERA

¡Y tú no podrás seguirme porque eres demasiado pesada!

LA ESFINGE

¿A dónde vas, que corres tan de prisa?

LA QUIMERA

Galopo por los corredores del laberinto, me cierno sobre los montes, bajo al ras de las olas, ladro en el fondo de los precipicios, me agarro con los dientes a la punta de las nubes; arrastro mi cola por la arena haciendo rayas en las playas y las colinas han tomado sus curvas copiando la forma de mis hombros. Pero a ti, siempre te encuentro inmóvil, o bien dibujando alfabetos en la arena con tus garras.

LA ESFINGE

¡Es porque yo guardo mi secreto! Pienso y calculo.

El mar se remueve en sus abismos, los trigos se mecen al viento, las caravanas pasan, vuela el polvo, las ciudades se derrumban, pero mi mirada, a la que nada puede desviar, se extiende a través de las cosas sobre un horizonte inaccesible.

LA QUIMERA

¡Yo soy ligera y alegre! Les descubro a los hombres perspectivas deslumbrantes, con paraísos en las nubes y felicidades lejanas. Les vierto en el alma eternas locuras, proyectos de felicidad, planes de porvenir, sueños de gloria, así como promesa de amor y resoluciones virtuosas...

Los muevo a peligrosos viajes y a grandes empresas. He cincelado con mis patas maravillosas arquitecturas. Fui yo quien colgué las campanillas en la tumba de Porsena y quien puso un muro de oricalco rodeando los muelles de la Atlántida.

Busco perfumes nuevos, flores más grandes, placeres no experimentados. Si en alguna parte vislumbro a un hombre cuyo espíritu reposa en la sabiduría, me tiro encima de él y lo estrangulo.

LA ESFINGE

A todos aquellos a quienes atormentaba el deseo de Dios, yo los devoré.

Los más fuertes, para trepar hasta mi regia frente, suben por las estrías que forman mis vendas, como si éstas fueran los peldaños de una escalera. El cansancio los rinde y caen de espaldas sin que yo haga nada.

Antonio empieza a temblar.

Ya no está delante de su cabaña, sino en el desierto, junto a los dos monstruosos animales cuyas fauces le rozan el hombro.

LA ESFINGE

¡Oh, Fantasía, llévame sobre tus alas para que olvide el tedio de mi tristeza!

LA QUIMERA

¡Oh, Desconocido, estoy enamorada de tus ojos! Como una hiena en celo, doy vueltas a tu alrededor solicitando la fecundación cuya necesidad me devora.

¡Abre la boca, levanta los pies y cúbreme!

LA ESFINGE

Mis pies, desde que tocaron el suelo, ya no pueden levantarse. El liquen me creció en la boca a la manera de un herpes. A fuerza de pensar, ya no tengo nada que decir.

LA QUIMERA

¡Mientes, esfinge hipócrita! ¿De dónde viene que siempre me estés llamando para renegar luego de mí?

LA ESFINGE

¡Eres tú, capricho indomable, quien pasas siempre como un torbellino!

LA QUIMERA

¿Acaso es culpa mía? ¡Cómo! ¡Déjame!

Empieza a ladrar.

LA ESFINGE

¡Te mueves, te me escapas!

Gruñe.

LA QUIMERA

¡Probemos a ver! ¡Me estás aplastando!

LA ESFINGE

No. ¡Es imposible!

Y hundiéndose poco a poco, desaparece en la arena mientras que la Quimera, arrastrándose con la lengua fuera, se aleja describiendo círculos.

El aliento de su boca ha dejado una especie de niebla.

Entre aquella bruma, Antonio advierte espirales de nubes, curvas indecisas.

Por fin, distingue unos cuerpos con apariencia humana.

Primero se adelanta.

El grupo de LOS ASTOMI

semejantes a burbujas de aire atravesadas por el sol.

¡No soples demasiado fuerte! Las gotas de lluvia nos lastiman, los sonidos desafinados nos despellejan, las tinieblas nos ciegan. Estamos hechos de brisas y perfumes, y rodamos, flotamos, somos algo más que sueños, pero no del todo criaturas...

LOS NISNAS

no tienen más que un ojo, una mejilla, una mano, la mitad del cuerpo y la mitad del corazón. Dicen en voz muy alta:

¡Vivimos muy a gusto en nuestras medias casas, con nuestras medias mujeres y nuestras mitades de niños!

LOS BLEMIOS

carecen de cabeza:

No tenemos cabeza, pero por ello son más anchos nuestros hombros; y no existe buey, ni rinoceronte, ni elefante que sea capaz de cargar con lo que cargamos nosotros.

¡Impresos en nuestros pechos llevamos los vagos rasgos de un rostro y eso es todo! Pensamos las digestiones, sutilizamos las secreciones. Dios, para nosotros, flota en paz en unos quilos interiores.

Caminamos por un recto camino, atravesando todos los fangos, bordeando todos los abismos y somos las gentes más felices, más laboriosas y más virtuosas que existen...

LOS PIGMEOS

Somos hombrecillos, hormigueamos por el mundo como los piojos sobre la joroba de un dromedario.

Nos queman, nos ahogan, nos aplastan, y volvemos, no obstante, a aparecer, más vivaces y más numerosos. ¡Somos temibles por ser tantos!

LOS ESCIÁPODES

Sujetos a la tierra por nuestras cabelleras, largas como lianas, vegetamos resguardados por nuestros pies, que son tan anchos como quitasoles. Y la luz nos llega a través de nuestros talones. ¡Ni molestias, ni trabajo! ¡Mantener la cabeza lo más baja posible es el secreto de la felicidad!

Sus piernas en alto recuerdan a los troncos de los árboles y se multiplican.

Y aparece un bosque. Unos grandes monos corren por allí a cuatro patas; son hombres con cabeza de perro.

LOS CINOCÉFALOS

Saltamos de rama en rama para sorber los huevos y desplumar a los pajarillos; luego nos ponemos en sus nidos en la cabeza a modo de gorro.

No olvidemos arrancarles las ubres a las vacas; les sacamos los ojos a los linces, defecamos en lo alto de los árboles y exhibimos nuestras vergüenzas a pleno sol.

Tronchamos las flores, trituramos los frutos, ensuciamos los manantiales, violamos a las mujeres y somos los amos gracias a la fuerza de nuestros brazos y a la ferocidad de nuestro corazón.

¡Adelante, compañeros! ¡Que crujan vuestras mandíbulas!

Por la barbilla les chorrea sangre y leche. La lluvia cae por su lomo velludo.

Antonio aspira el frescor de las hojas verdes.

Las hojas se agitan, las ramas chocan entre sí y de repente aparece un gran ciervo negro con cabeza de toro, que lleva entre las orejas un matorral de blancos cuernos.

EL SADHUZAG

Los setenta y cuatro mogotes de mi cornamenta están huecos como flautas.

Cuando me vuelvo hacia el viento del Sur, salen de ellos unos sonidos que atraen y hechizan a los animales. Las serpientes se enroscan a mis patas, las avispas se pegan a mi hocico y los papagayos, las palomas y los ibis caen entre mis cuernos. ¡Escucha!

Inclina su cornamenta y de ella se escapa una música inefable y dulce.

Antonio se sujeta el corazón con ambas manos, pues le parece como si aquella melodía fuera a robarle el alma.

EL SADHUZAG

Pero cuando me vuelvo hacia el viento del norte, mi cornamenta, más tupida que un batallón de lanzas, emite un aullido; los bosques se estremecen, los ríos se desbordan, estalla la vaina de los frutos y las hierbas se ponen de punta como la cabellera de un cobarde.

¡Escucha!

Inclina los cuernos y de ellos salen gritos discordantes. Antonio se siente como desgarrado por dentro.

Y su horror aumenta al ver al

MARTÍCORA

gigantesco león rojo con rostro humano y tres hileras de dientes.

Los destellos de mi pelaje escarlata se mezclan con el reflejo de los grandes arenales. Soplo por los orificios de mi nariz el espanto de las soledades. Escupo la peste y devoro a los ejércitos cuando se aventuran por el desierto.

Mis uñas están retorcidas como barrenas, mis dientes tallados a la manera de una sierra y mi cola, retorcida, se halla erizada de dardos que yo disparo de derecha a izquierda, hacia delante y hacia atrás. ¡Toma! ¡Toma!

El Martícora arroja las espinas de su rabo, que irradia flechas en todas las direcciones. Llueven gotas de sangre que chasquean al caer sobre el follaje.

EL CATOBLEPAS

es un búfalo negro con la cabeza de un cerdo, que arrastra por el suelo y que va sujeto a sus hombros mediante un cuello delgado, largo y fláccido como una tripa vacía.

Se revuelca por el suelo y sus pezuñas desaparecen bajo la enorme pelambrera de duros pelos que le tapa la cara.

Gordo, melancólico y hosco, permanezco siempre en el mismo sitio, notando bajo mi vientre el calor del barro. Mi cabeza es tan pesada, que me es imposible mantenerla derecha. La enrollo en torno a mi cuerpo, lentamente, y con la mandíbula entreabierta, arranco con mi lengua las hierbas venenosas que ha regado mi aliento. Una vez, me devoré las patas sin darme cuenta.

Nadie, Antonio, ha visto nunca mis ojos, o aquellos que los vieron murieron después. Si levantara mis párpados rosas e hinchados, inmediatamente morirías.

ANTONIO

¡Oh, éste...! a... a... ¿Si yo quisiera?... Su estupidez me atrae. ¡No, no! ¡No quiero!

Mira fijamente al suelo.

Pero las hierbas se prenden fuego y de las llamas surge

EL BASILISCO

gran serpiente violácea de cresta trilobulada, con dos dientes: uno arriba y otro abajo.

¡Ten cuidado, vas a caer en mis fauces! Bebo fuego. El fuego soy yo, y lo absorbo de todas partes: de las nubes, de las piedras, de los árboles muertos, del pelo de los animales, de la superficie de las ciénagas. Mi temperatura mantiene a los volcanes. Soy yo quien crea el brillo de las piedras preciosas y el color de los metales.

EL GRIFO

león con pico de buitre, con las alas blancas, las patas rojas y el cuello azul.

Yo soy el amo de los esplendores profundos. Conozco el secreto de las tumbas donde duermen los antiguos reyes.

Una cadena, que sale de la pared, les sostiene la cabeza erguida. Junto a ellos, en unas vasijas de pórfido, mujeres a quienes amaron flotan sobre líquidos negros. Sus tesoros se hallan ordenados en salas, formando rombos, montículos o pirámides. Y más abajo, muy por debajo de las tumbas, tras largos viajes en medio de sofocantes tinieblas, se llega a ríos de oro con bosques de diamantes, praderas de rubíes y lagos de mercurio.

Recostado en la puerta del subterráneo y con las garras preparadas, espío con mis llameantes pupilas a los que allí intentan entrar. El llano inmenso, hasta el horizonte, está desnudo y blanco por las osamentas de los viajeros. Para ti se abrirán las puertas de bronce y aspirarás el vapor de las minas y bajarás a las cavernas... ¡De prisa, de prisa!

El Grifo cava la tierra con sus uñas gritando como un gallo. Mil voces le responden. El bosque tiembla.

Y surgen toda suerte de bestias espantosas: el Tragélafo, mitad ciervo y mitad buey; el Mirmecoleo, león por delante y hormiga por detrás, con los genitales al revés; la serpiente pitón Aksar, de sesenta codos de longitud, la que espantó a Moisés; la enorme comadreja Pastinaca, que mata a los árboles sólo con su olor; el Presteros, que vuelve imbécil a quien lo toca; la Mirag, liebre cornuda que habita en las islas del mar; el leopardo Falmant, que revienta de tanto dar alaridos; el Senad, oso con tres cabezas, que despedaza a sus pequeñuelos con la lengua; el perro Cepo, que derrama sobre las rocas la leche azul de sus mamas. Y hay mosquitos que zumban, sapos que saltan, serpientes que silban. Brillan los relámpagos y cae el granizo.

Las ráfagas traen anatomías maravillosas: cabezas de caimanes con pies de corzo, mochuelos con cola de serpiente, cochinillos con hocico de tigre, cabras con grupas de asno, ranas tan velludas como osos, camaleones tan grandes como hipopótamos, terneras con dos cabezas, una de las cuales llora y la otra muge; fetos cuatrillizos pegados por el ombligo y dando vueltas de vals como si fuesen peonzas; vientres con alas que revolotean como mosquitos.

Hay monstruos que llueven del cielo, otros salen de la tierra o brotan de las rocas. Surgen pupilas llameantes por doquier y multitud de fauces que rugen; los pechos se hinchan, las garras se alargan, los dientes rechinan, las carnes chapotean. Los hay que dan a luz, otros copulan o, de un solo bocado, se devoran uno al otro.

Asfixiándose por su elevado número, siguen multiplicándose por contacto, trepan unos sobre otros y todos se mueven alrededor de Antonio con un balanceo regular, como si el suelo fuera el puente de un barco. Antonio siente en sus piernas el rastro que dejan las babosas, en sus manos la frialdad de las víboras, y unas arañas que están hilando su tela, lo apresan entre sus redes.

Pero el círculo de los monstruos acaba por ensancharse, el cielo se pone azul de pronto y aparece

EL UNICORNIO

¡Al galope, al galope!

Tengo cascos de marfil, dientes de acero, la cabeza de color púrpura, el cuerpo como la nieve y el cuerno que llevo en la frente ostenta los colores del arco iris.

Voy desde Caldea al desierto tártaro, a orillas del Ganges y a Mesopotamia. Soy más veloz que los avestruces. Corro tan de prisa que arrastro al viento. Me froto el lomo contra las palmeras. Me revuelco en los bambúes. De un salto cruzo los ríos. Palomas blancas vuelan por encima de mí. Sólo una virgen podrá ponerme las riendas.

¡Al galope! ¡Al galope!

Antonio se queda mirándolo mientras huye.

Y alzando los ojos, ve a todos los pájaros que se alimentan de viento: el Guith, el Ahuti, el Alfalim, el Iukneth de las montañas de Caff, los Homaï de los árabes, que son almas de hombres asesinados. Oye a los loros proferir palabras humanas y a los grandes palmípedos pelásgicos sollozando como niños o riendo sarcásticamente como mujeres viejas.

Un aire salino llega hasta su olfato. Ahora se encuentra en una playa.

A lo lejos ve unos surtidores lanzados por ballenas y, al final del horizonte

LOS ANIMALES DEL MAR

redondos como odres, aplastados como láminas o dentados como sierras, se arrastran por la arena en dirección a él

¡Vas a venir con nosotros a nuestras inmensidades donde nadie bajó jamás!

Hay pueblos diversos que habitan los países del Océano. Algunos viven donde las tempestades, otros nadan libremente sobre la transparencia de las frías olas, pacen como bueyes en las llanuras de corales, aspiran con sus trompas el reflujo de las mareas o llevan a hombros el peso de las fuentes del mar.

Brillan fosforescencias en el bigote de las focas, en las escamas de los peces. Erizos de mar dan vueltas como si fueran ruedas; las amonitas se desenrollan como si fuesen cables; las ostras chirrían sus charnelas, los pulpos despliegan sus tentáculos, las medusas se estremecen cual bolas de cristal, flotan las esponjas y las anémonas escupen agua. Han brotado musgos y algas.

Y toda suerte de plantas se extienden en ramales, se retuercen como los pámpanos de una parra, se alargan en punta, se extienden en abanico... Hay calabazas que parecen senos, lianas que se entrelazan como si fueran serpientes.

Los Dedaimos de Babilonia, que son árboles, dan por frutos cabezas humanas; las mandrágoras cantan y la raíz de Baaras corre por la hierba.

Los vegetales ahora ya no se diferencian de los animales. Hay políperos que se asemejan a los sicomoros y que llevan brazos en sus ramas. Antonio cree ver una oruga entre dos hojas: es una mariposa que al punto se echa a volar. Pone el pie sobre una piedra y de ella salta una langosta gris. Insectos iguales que pétalos de rosa engalanan un arbusto; residuos de efímeras forman por el suelo una capa de nieve.

Y además, las plantas se confunden con los guijarros.

Hay piedras que parecen cerebros, estalactitas como senos y flores de hierro que recuerdan a las tapicerías ornadas configuras.

En unos fragmentos de hielo, Antonio distingue unas eflorescencias, huellas de corales y de conchillas, hasta el punto de no saber si se trata de las huellas que tales cosas han dejado o de las cosas mismas. Brillan diamantes como si fueran ojos y hay minerales que palpitan.

¡Y ya no siente miedo!

Se tiende boca abajo, apoyándose en ambos codos y, conteniendo el aliento, mira.

Unos insectos sin estómago continúan comiendo; helechos resecos comienzan de nuevo a brotar; miembros que faltaban, crecen.

Finalmente, vislumbra una serie de pequeña masas globulosas, como cabezas de alfileres y con pestañas alrededor. Una vibración las agita.

ANTONIO, con desbordante alegría

¡Qué felicidad: he visto nacer la vida, he visto comenzar el movimiento! La sangre me late tan fuerte en las venas que parece como si fuera a romperlas. Siento anhelos de nadar, de ladrar, de mugir, de aullar... Quisiera tener alas, un caparazón, una corteza como los árboles; quisiera echar humo, tener una trompa, retorcer mi cuerpo, dividirme en muchas partes, estar en todo, emanar mi esencia junto con los olores, desarrollarme como las plantas, fluir como el agua, vibrar como el sonido, brillar como la luz, acurrucarme en todas las formas, penetrar en cada átomo, bajar hasta el fondo de la materia, ¡ser la materia!

Amanece por fin y, al igual que las cortinas de un tabernáculo cuando se descorren, unas nubes de oro, al formar grandes espirales, dejan ver el cielo.

Y en medio mismo, dentro del disco formado por el sol, aparece radiante la faz de Jesucristo.

Antonio hace la señal de la cruz y comienza de nuevo a rezar.

< Назад  |  Дальше >