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La acción transcurre en la Tebaida en lo alto de una montaña, encima de una explanada en forma de media luna, a la que cercan unas gruesas piedras.

La cabaña del ermitaño ocupa el fondo de la misma. Está hecha de barro y carrizo, tiene el tejado plano, carece de huerta. En su interior pueden verse un cántaro y un pan moreno; en medio, sobre un facistol de madera, un libro grueso; por el suelo, aquí y allá, hay filamentos de espartería, dos o tres esteras, una cesta, un cuchillo.

A diez pasos de la cabaña hay una cruz muy alta plantada en el suelo, y al otro extremo de la explanada, una vieja palmera torcida se inclina sobre el abismo, pues la montaña es escarpada, y el Nilo parece formar un lago al pie del acantilado.

La vista se halla limitada, a derecha e izquierda, por el cercado que forman las rocas. Pero mirando hacia el desierto, como si fueran playas que se sucedieran unas a otras, hay unas inmensas ondulaciones paralelas de color rubio ceniciento que se van extendiendo en sentido ascendente. Luego, allende las arenas, muy lejos, la cadena líbica forma un muro de color tiza, ligeramente difuminado por vapores violetas. Enfrente, empieza a ponerse el sol. El cielo, por el norte, tiene un matiz gris perla mientras que en el cenit unas nubes de color púrpura, dispuestas como las vedijas de unas crines gigantescas, se diluyen por la bóveda azul. Estos rayos de luz semejantes a llamas se van oscureciendo y las partes de cielo adquieren una palidez nacarada; los matorrales, las piedras, la tierra, todo ahora parece duro como el bronce. Y en el espacio flota un polvillo de oro tan fino que se confunde con la vibración de la luz.

SAN ANTONIO

que lleva la barba larga, cabellos largos y una túnica de piel de cabra, está sentado con las piernas cruzadas, haciendo esteras. En cuanto el sol desaparece, da un gran suspiro y dice mirando al horizonte:

¡Un día más! ¡Ha pasado otro día!

No obstante, yo antaño no me sentía tan miserable. Antes de que acabara la noche, empezaba a rezar mis oraciones; luego bajaba al río a por agua y subía después por el áspero sendero, con el odre al hombro, cantando himnos. Más tarde, me entretenía ordenándolo todo en mi cabaña. Tomaba mis herramientas, trataba de que las esteras quedaran muy uniformes y las cestas, ligeras, pues hasta mis más insignificantes acciones me parecían entonces deberes que nada de penoso tenían.

Abandonaba mi tarea a horas regulares y, rezando con los brazos en cruz, sentía como si se derramase una fuente de misericordia desde lo alto del cielo hasta mi corazón. Ahora, esa fuente está seca. ¿Por qué?

Pasea por el recinto de las rocas, lentamente.

Todos me censuraban cuando me fui de casa. Mi madre cayó al suelo moribunda, mi hermana me hacía señas desde lejos para que volviese y la otra, Amonaria, lloraba. Amonaria era esa niña con quien me tropezaba cada tarde a orillas del aljibe, cuando llevaba allí a sus búfalos. Se echó a correr detrás de mí. Las ajorcas de sus pies brillaban entre el polvo y su túnica, abierta hasta las caderas, flotaba al viento. El anciano asceta que me llevaba consigo la insultó a gritos. Nuestros dos camellos seguían galopando; y después no he vuelto a ver a nadie.

Primero elegí por vivienda la tumba de un Faraón. Pero en esos palacios subterráneos circulan hechizos y las tinieblas parecen más densas debido a los antiguos vapores de las hierbas aromáticas. Del fondo de los sarcófagos oía elevarse una voz doliente que me llamaba; o veía cobrar vida, de pronto, a las cosas abominables que allí había, pintadas en la paredes. Así que huí hasta llegar a orillas del Mar rojo, y me instalé en una ciudadela en ruinas. En aquel lugar tenía por compañía a unos alacranes que se arrastraban por entre las piedras y, por encima de mi cabeza, daban continuamente vueltas las águilas en el cielo azul. Por las noches, sentía garras que me laceraban, picos que se hincaban en mis carnes, alas blandas rozándome... Incluso una vez, las gentes de una caravana que iba camino de Alejandría tuvieron que acercarse a socorrerme y luego me llevaron con ellos.

Entonces quise instruirme junto al buen anciano Dídimo. Aun estando ciego, nadie lo igualaba en cuanto a conocimiento de las Escrituras. Cuando acababa la lección, me pedía que le diera el brazo para dar un paseo. Yo lo llevaba hasta el Paneo, desde el cual se divisa el Faro y la alta mar. Volvíamos seguidamente por el puerto, codeándonos con hombres de todas las naciones, hasta con cimerios vestidos con pieles de oso, y gimnosofistas del Ganges, untados de boñiga de vaca. Pero siempre tropezábamos con algún disturbio en las calles, a causa de los judíos que se negaba a pagar los impuestos, o de los sediciosos que querían expulsar a los romanos. Además, la ciudad está llena de herejes, de sectarios de Manés, de Valentín, de Basílides, de Arrio, que tratan de acaparar a la gente y de convencerla.

En ocasiones me vuelven sus discursos a la memoria. Aunque uno no quiera hacerles caso, siempre consiguen turbar.

Me refugié en Colzim y mi penitencia fue tan extremada que ya no le tenía miedo a Dios. Hubo personas que se reunieron a mi alrededor para hacerse anacoretas. Yo les impuse una regla práctica, basada en el odio a las extravagancias de la Gnosis y a las aseveraciones de los filósofos. De todas partes me enviaban mensajes. Venían a verme desde muy lejos.

Entretanto, el pueblo torturaba a los confesores y la sed de martirio que yo sentía me arrastró a Alejandría. La persecución había cesado tres días atrás.

Ya regresaba cuando un montón de gente me hizo detenerme ante el templo de Serapis. Era –me dijeron- el último escarmiento que quería hacer el gobernador. En medio del pórtico, a pleno sol, había una mujer desnuda atada a una columna; dos soldados la azotaban con correas; a cada golpe, todo su cuerpo se retorcía. Se volvió hacia mí con la boca abierta y, por encima de la multitud, a través de los largos cabellos que le tapaban la cara, creí reconocer a Amonaria.

No obstante, ésta era más alta... y hermosa... ¡Prodigiosamente hermosa!

Se pasa las manos por la frente.

¡No, no! ¡No quiero pensar más en ello!

En otra ocasión, Atanasio me llamó para que lo ayudase contra los arrianos. Todo se limitó a unas cuantas invectivas y risotadas. Pero a partir de entonces fue calumniado, depuesto y tuvo que huir. ¿Dónde estará ahora? ¡No lo sé! Nadie se preocupa de traerme noticias... ¡Todos mis discípulos me han abandonado, Hilarión igual que los demás!

Tal vez tuviera quince años cuando llegó; y tan ávida de saber se hallaba su mente que a cada momento me estaba haciendo preguntas. Luego escuchaba con aire pensativo, y todas las cosas que yo necesitaba, él me las traía sin rechistar, más ligero que un cabritillo, y alegre además, hasta el punto de hacer reír a los patriarcas. ¡Era como un hijo para mí!

El cielo está rojo. La tierra, completamente negra. Las ráfagas levantan nubes de arena como si fueran grandes sudarios que luego caen. En un claro, de repente, pasan unos pájaros formando un batallón triangular, semejante a un pedazo de metal, y en el que únicamente los bordes se estremecen.

Antonio los contempla.

¡Ay, cuánto me gustaría ir con ellos!

¡Cuántas veces contemplé también yo con envidia los largos barcos, cuyas velas parecen alas! Sobre todo cuando se llevaban lejos a quienes yo había recibido en mi casa. ¡Qué momentos tan gratos pasábamos juntos! ¡cómo nos desahogábamos! Ninguno llegó a interesarme tanto como Amón; me contaba su viaje a Roma, me hablaba de las Catacumbas y del Coliseo, de la piedad de las mujeres ilustres y de mil cosas más... ¡Y yo no quise irme con él! ¿De dónde procede mi obstinación en seguir llevando una vida como ésta? Hubiera hecho mejor quedándome con los monjes de Nitria, puesto que me suplicaban que así lo hiciera. Viven en celdas separadas, pero se comunican entre sí. Los domingos, la trompeta los llama y se reúnen en la iglesia, donde se ven colgados tres látigos; éstos sirven para castigar a los delincuentes, a los ladrones y a los intrusos, pues su disciplina es severa.

No carecen, empero, de ciertos deleites. Hay fieles que les llevan huevos, frutas y hasta instrumentos adecuados para quitarse las espinas de los pies. Hay viñedos en torno a Pisperi y los de Pabena poseen una balsa para ir a buscar provisiones.

Pero yo hubiera servido mejor a mis hermanos haciéndome sencillamente sacerdote. Se ayuda a los pobres, se distribuyen los sacramentos y se goza de autoridad ante las familias.

Por otra parte, no todos los laicos se condenan y sólo de mí dependía ser... qué diré yo... gramático, o filósofo. Tendría en mis aposentos una esfera de cálamo, andaría siempre con tablillas en la mano, habría gente joven a mi alrededor y de mi puerta colgaría, a modo de enseña, una corona de laurel.

¡Pero estos triunfos lo vuelven a uno orgulloso! Más valiera haberme hecho soldado. Yo era robusto y valiente, lo suficiente como para tensar el cable de las máquinas, atravesar bosques sombríos, entrar con el casco puesto en las ciudades incendiadas y humeantes... Nada me impedía tampoco haber comprado con mi dinero un cargo de publicano en el peaje de algún puente; y los viajeros me habrían narrado historias y mostrado, en sus equipajes, una gran cantidad de objetos curiosos...

Los mercaderes de Alejandría navegan los días de fiesta por el río Canope y beben vino en cálices de loto, al son de los tamboriles que hacen retemblar las tabernas de las orillas. Más allá hay unos árboles recortados en forma de conos que protegen las tranquilas granjas del viento del sur. El tejado de la alta casa se apoya en unas esbeltas columnitas, muy cerca unas de otras, como las estacas de una empalizada. Y por los huecos que quedan entre las mismas, el dueño, tendido en su largo lecho, vislumbra todos sus campos a su alrededor, a los cazadores en los trigales, el lagar donde se vendimia, los bueyes que están en la trilla. Sus hijos juegan en el suelo. Su mujer se inclina para darle un beso.

En la oscuridad blanquecina de la noche aparecen, por aquí y por allá, unos hocicos en punta, con orejas tiesas y ojos brillantes. Antonio se acerca a ellos. Caen unas piedras rodando y los animales huyen. Era una manada de chacales.

Tan sólo uno permanece allí, y se sostiene sobre dos patas, con el cuerpo arqueado y la cabeza torcida, en una postura llena de desconfianza.

¡Qué bonito es! Me gustaría acariciarlo suavemente...

Antonio silba para atraerlo. El chacal desparece.

¡Ay, se va con los demás! ¡Qué soledad tan grande! ¡Qué aburrimiento!

Prosigue, riendo amargamente:

¡Vaya existencia la mía! Se reduce a torcer, mediante el fuego, ramas de palmera para hacer cayados; fabricar cestos y coser esteras, para luego trocar todo esto a los nómadas por un pan duro, tan duro que al morderlo se rompen los dientes. ¡Ay mísero de mí! ¿No acabará nunca esto? ¡Más valdría la muerte! ¡No puedo más! ¡Basta, basta!

Golpea con el pie en el suelo y da vueltas en medio de las rocas con paso ligero; luego se detiene, jadeante, prorrumpe en sollozos y se tiende de costado en el suelo.

La noche está serena. Palpitan numerosas estrellas. No se oye más que el castañeteo de las tarántulas.

Los dos brazos de la cruz proyectan una sombra en la arena; Antonio, que está llorando, se fija en ella.

¡Tan débil soy, Dios mío! ¡Valor, levantémonos!

Entra en la cabaña, descubre un carbón enterrado, enciende una antorcha y la planta en el facistol de madera, para que dé luz al libro.

Y si abriese el libro por... ¿Los Hechos de los Apóstoles?... ¡Sí!... ¡Por cualquier sitio!

“Vio el cielo abierto y un mantel grande que bajaba por las cuatro esquinas y en él toda suerte de animales terrestres y de fieras, de reptiles y de pájaros; y una voz le dijo: `¡Pedro, levántate, mata y come!`”

Por tanto, ¿el Señor quería que su apóstol comiese de todo?... Mientras que yo...

Antonio permanece con la barbilla apoyada en el pecho. El susurro de las página, agitadas por el viento, le hace levantar la cabeza y lee:

“Los judíos, con sus puñales, mataron a todos sus enemigos e hicieron con ellos una gran carnicería, de suerte que dispusieron a discreción de aquellos a quienes aborrecían.”

Viene después la enumeración de la persona a quienes mataron: fueron setenta y cinco mil. ¡Habían sufrido tanto! Además, sus enemigos eran los enemigos del dios verdadero. ¡Y cuánto debieron gozar vengándose, mientras degollaban a los idólatras! La ciudad, sin duda, rebosaba cadáveres. Los había en el umbral de los jardines, en las escaleras y a tal altura llegaban en las habitaciones que no podían cerrarse las puertas... ¡Pues no me estoy sumiendo ahora en ideas de sangre y de asesinato!

Abre el libro por otro sitio.

“Nabucodonosor se prosternó pegando el rostro a tierra, y adoró a Daniel.”

¡Eso está bien! El altísimo exalta a sus profetas por encima de los reyes. Aquél vivía entre festines, continuamente ebrio de placeres y orgullo. Pero dios, en castigo, lo convirtió en animal. ¡Andaba en cuatro patas!

Antonio se echa a reír y al apartar los brazos, con la punta de los dedos, pasa sin querer las páginas del libro. Sus ojos tropiezan con la siguiente frase.

“Ezequías sintió gran alegría por su llegada. Les mostró sus perfumes, su oro y su plata, todas sus hierbas aromática, sus aceites fragantes, todos sus vasos valiosos y cuantos tesoros había en sus cofres.”

Me figuro que se verían –amontonados hasta el techo- piedras finas, diamantes, daricos. Un hombre que posee tal cúmulo de riquezas no puede ser como los demás. Mientras las toca, pensará que tiene en sus manos el resultado de muchos y considerables esfuerzos, y algo así como la vida de los pueblos, que él hubiera absorbido y que puede distribuir. Es una precaución útil a los reyes. El más sabio de todos no olvidó hacerlo. Sus flotas le traían marfil, monos... ¿Por dónde anda eso?

Pasa las hojas con rapidez.

¡Ah, aquí está!

“La reina de Saba, al conocer la gloria de Salomón, vino a tentarlo proponiéndole enigmas.”

¿Y cómo podía esperar que iba a inducirlo a la tentación? ¡Claro que el diablo también quiso tentar a Jesús! Pero Jesús triunfó porque era Dios, y Salomón acaso lo hiciera gracias a sus artes de mago. ¡Son sublimes esas artes! Pues el mundo –así me lo explico un filósofo- forma un conjunto en que todas las partes influyen unas sobre otras, como los órganos de un solo cuerpo. ¿Se tratará, pues, de conocer los amores y repulsiones naturales de las cosas y luego aplicar este conocimiento?... ¿Sería posible, entonces, modificar lo que, según nosotros creemos, pertenece al orden inmutable?

En aquel momento, las dos sombras que los brazos de la cruz dibujan tras él se proyectan hacia delante, forman como dos grandes cuernos; Antonio exclama:

¡Socorro, Dios mío!

La sombra ha vuelto a su sitio.

¡Ah, era sólo una ilusión!... ¡Nada más! Es inútil que mi espíritu se atormente. ¡No tengo nada que hacer!.. ¡Absolutamente nada que hacer!

Se sienta y se cruza de brazos.

No obstante... me había parecido sentir que se acercaba... Aunque, ¿por qué iba él a venir? Además, ¿acaso no conozco yo muy bien sus artimañas? Rechacé al monstruoso anacoreta que me ofrecía, riendo, unos panecillos clientes; y al centauro que trataba de hacerme montar en su grupa; y a ese niño negro que apareció en medio de la arena, que era muy hermoso y que me dijo llamarse espíritu de fornicación.

Antonio se pasea de derecha a izquierda, con viveza.

¡Fue por orden mía por lo que construyeron ese montón de santos retiros llenos de monjes con cilicios por debajo de sus pieles de cabra, y que son tan numerosos que podrían constituir un ejército! He curado de lejos a los enfermos; eché a los demonios; atravesé el río en medio de los cocodrilos; el emperador Constantino me escribió tres cartas; Balacio, que había escupido sobre las mías, fue descuartizado por sus caballos; el pueblo de Alejandría, cuando volvía a aparecer, se peleaba por verme y Atanasio me acompañó hasta el camino. Pero, la verdad, ¡vaya obras! Hace ya más de treinta años que estoy en el desierto gimiendo sin cesar. Llevé a mis espaldas ochenta libras de bronce, como Eusebio; expuse mi cuero a las picaduras de los insectos, igual que Macario; permanecí cincuenta y tres noches sin pegar ojo, como Pacomio. Y aquellos a quienes decapitan, a quienes dan tormento con tenazas y a quienes queman en la hoguera puede que tengan menos mérito que yo, ¡pues mi vida es un continuo martirio!

Antonio aminora el paso.

Ciertamente, no hay nadie que se halle en tan profundo desamparo como yo. Los corazones caritativos abundan cada vez menos. Ya no me da nadie nada. Mi manto está raído. No tengo sandalias. ¡Ni siquiera una escudilla! Pues distribuí a los pobres y a mi familia todos mis bienes, sin quedarme ni con un óbolo. Aunque sólo fuese para tener las herramientas que me son indispensables para mi trabajo, necesitaría algo de dinero... ¡Oh, no mucho! ¡Una pequeña cantidad!.. La administraría bien.

Los padres de Nicea iban ataviados con trajes de púrpura, y estaban allí sentados, como magos, en unos tronos, a lo largo de la pared. Y los obsequiaron con un banquete, colmándolos de honores, sobre todo a Pafnucio, por estar tuerto y cojo desde la persecución de Diocleciano. El emperador le besó repetidas veces su ojo vacío. ¡Que tontería! Además, en el concilio había algunos de sus miembros ¡que eran tan infames! Había un obispo de Escitia: Teófilo. Otro de Persia: Juan. Un pastor de ganado: Espiridión. Alejandro era demasiado viejo. ¡Atanasio hubiera debido ser más clemente con los arrianos para obtener algunas concesiones!

¡Acaso las hubieran hecho! ¡No quisieron escucharme! El que hablaba contra mí –un joven alto de barba rizada- me lanzaba con expresión tranquila objeciones capciosas, y mientras yo buscaba la contestación adecuada, ellos estaban allí mirándome, con sus rostros malvados, ladrando como hienas. ¡Ay! ¿Por qué no tendré yo la posibilidad de hacer que los destierren a todos por orden del emperador? O mejor aún, ¿por qué no podré aplastarlos, pegarles, verlos sufrir? ¡A mí bien que me toca padecer!

Se apoya, desfallecido, en la cabaña.

Esto me pasa por haber ayunado tanto. Mis fuerzas me abandonan. Si comiese... tan sólo una vez, un pedacito de carne...

Entorna los ojos con languidez.

¡Ah, carne roja!... Un racimo de uvas e hincar los dientes en él... ¡Leche cuajada temblando en un plato!...

Pero, ¿qué me está pasando? ¿qué es lo que me pasa?... Siento crecer mi corazón como el mar poco antes de que llegue la tempestad. Me invade una flojedad infinita y el aire cálido trae en sus efluvios el perfume de una cabellera. Sin embargo, ¿no hay aquí ninguna mujer?

Se vuelve hacia el sendero que hay entre las rocas.

Por ahí llegan ellas, mecidas en sus literas por los brazos negros de sus eunucos. Bajan de las mismas y, juntando sus manos cuajadas de anillos, se arrodillan. Me cuentan sus inquietudes. La necesidad de una voluptuosidad sobrehumana las tortura; quisieran morir, han visto en sueños a unos dioses que las llaman, y el bajo de su vestido me roza los pies. Yo las rechazo: “¿Oh, no! –me dicen-. ¡Todavía no! ¿Qué debo hacer?” Cualquier penitencia les parece buena. Piden la más dura, quieren compartir la mía, vivir conmigo.

¡Hace ya mucho tiempo que no veo a ninguna! ¿quizá parezca alguna pronto? ¿Y por qué no? Si de repente... oyese yo en la montaña el tintineo de las campanillas que llevan los mulos... Me parece...

Antonio trepa a una roca que hay a la entrada del sendero; se inclina y clava su mirada en las tinieblas.

Sí, allá a lo lejos, muy al fondo, se mueven unas sombras, como si hubiera gente que buscara su camino. ¡Ella está ahí! Pero me parece que se equivocan...

Llamando:

¡Por aquí! ¡Ven, ven!

El eco repite: ¡Ven, ven!

Antonio deja caer los brazos, estupefacto.

¡Qué vergüenza! ¡Ay, pobre Antonio!

E inmediatamente oye susurrar: “¡Pobre Antonio!”

¿Hay alguien? ¡Responda!

El viento, al colarse por entre las rocas, produce modulaciones, y en sus confusos sonidos Antonio distingue unas voces, como si el aire hablase. Son voces bajas e insinuantes,, sibilantes.

LA PRIMERA

-¿Deseas mujeres?

LA SEGUNDA

-¿Grandes montones de dinero, mejor?

LA TERCERA

-¿Una espada reluciente?

Y LAS DEMÁS

-¡El pueblo entero te admira!

-¡Duérmete!

¡Tú los degollarás, no te preocupes, tú los degollarás!

Al mismo tiempo, los objetos se transforman. Al borde del acantilado, la palmera vieja con su mata de hojas amarillas se convierte en el torso de una mujer asomada al abismo, cuya larga cabellera ondea al viento.

ANTONIO

se vuelve hacia su cabaña y el facistol que sostiene el grueso libro, con sus páginas cuajadas de letras negras, le parece un arbusto cubierto por completo de golondrinas.

Debe de ser la antorcha, con su juego de luces... ¡Vamos a apagarla!

Apaga, la oscuridad se hace profunda.

Y de pronto pasan por el aire, primero un charco de agua, luego una prostituta, después la esquina de un templo, la cara de un soldado, un carro con dos caballos blancos que se encabritan.

Estas imágenes van llegando bruscamente, a sacudidas, destacándose en la noche como si fueran pinturas de color escarlata sobre madera de ébano.

Su movimiento se acelera. Desfilan de manera vertiginosa. Otras veces se detienen y van empalideciendo gradualmente, terminando por diluirse. O bien se echan a volar e inmediatamente llegan otras.

Antonio cierra los ojos.

Las imágenes se multiplican, lo rodean, lo asedian. Un indecible espanto lo sobrecoge. Ya n siente nada, sólo una contracción que le quema el epigastrio. Pese al estrépito que hay dentro de su cabeza, percibe un enorme silencio que lo separa del mundo. Trata de hablar. ¡Imposible! Es como si todo su ser se disolviera y, sin poder aguantar más, Antonio cae sobre la estera.

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