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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 14.
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La tienda del pasadizo de Le Pont-Neuf estuvo cerrada tres días. Cuando volvió a abrir, parecía más sombría y más húmeda. Era como si los artículos expuestos, amarillentos de polvo, publicasen el luto de la casa; todo andaba revuelto y manga por hombro en los sucios escaparates. Tras los gorros de lienzo, colgados de las oxidadas varillas, el rostro de Thérèse era de una palidez más mate, de una inmovilidad y una tranquilidad siniestras.

En el pasadizo, todas las comadres la compadecían. La vendedora de bisutería indicaba a todas las clientes el perfil enflaquecido de la joven como si de una curiosidad interesante y dolorosa se tratara.

La señora Raquin y Thérèse habían estado tres días acostadas, sin hablarse, sin verse siquiera. La anciana mercera, sentada en la cama, apoyada en unas almohadas, clavaba en el vacío una mirada vaga, con ojos de idiota. La muerte de su hijo le había asestado un tremendo golpe en la cabeza y se había desplomado como privada de conocimiento. Se quedaba horas y horas apaciguada e inerte, ensimismada en lo más hondo de su desesperado anonadamiento; luego, de vez en cuando, le entraban ataques y lloraba, gritaba, deliraba. Thérèse, en el dormitorio contiguo, parecía dormir; estaba de cara a la pared, tapándose los ojos con la manta; permanecía tendida así, tiesa y muda, sin que ni un sollozo de su cuerpo alzase la sábana que la cubría. Era como si ocultase en la oscuridad de la alcoba los pensamientos que le prestaban tamaña rigidez. Suzanne, que cuidaba a ambas mujeres, iba, con muy pocos bríos, de una a otra, arrastrando los pies despacio, inclinando el rostro de cera sobre ambos lechos, sin conseguir que se diera la vuelta Thérèse, que respondía con bruscos ademanes de impaciencia, ni consolar a la señora Raquin, que se echaba a llorar en cuanto una voz la sacaba de su postración.

El tercer día, Thérèse apartó la manta, se sentó en la cama deprisa, con algo así como una febril determinación. Se separó el pelo de la cara asiéndose las sienes, y se quedó en esa postura un momento, con las manos en la frente y los ojos fijos, como si aún estuviera reflexionando. Luego saltó a la alfombra. Tenía los miembros temblorosos y enrojecidos de fiebre; unas dilatadas manchas lívidas le jaspeaban la piel, que se arrugaba en algunas zonas como vaciada de carne. Había envejecido.

Suzanne, que entró en ese instante, se quedó muy sorprendida al encontrarla levantada; le aconsejó con acento moroso y plácido que se volviera a acostar, que siguiera descansando. Pero Thérèse no la escuchaba; buscaba su ropa y se la ponía con ademanes presurosos y trémulos

Cuando estuvo vestida, fue a mirarse a un espejo, se frotó los ojos, se paso las manos por el rostro, como para borrar algo. Luego, sin decir palabra, cruzó deprisa el comedor y entró en el cuarto de la señora Raquin.

La vieja mercera pasaba por un rato de atontada calma. Al entrar Thérèse, volvió la cabeza y siguió con la vista a la joven viuda, que se plantó ante ella, muda y abrumada. Las dos mujeres se estuvieron contemplando durante unos instantes, la sobrina con creciente ansiedad, la tía con dolorosos esfuerzos de la memoria. La señora Raquin recordó al fin, tendió los temblorosos brazos y, asiendo a Thérèse por el cuello, exclamó:

—¡Mi pobre hijo, mi pobre Camille!

Lloraba, y sus lágrimas se evaporaban en la piel ardiente de la viuda, que ocultaba los ojos secos tras los pliegues de la sábana. Thérèse se quedó así, agachada, dejando que la anciana madre agotase el llanto. Desde el momento del crimen, llevaba temiendo aquella primera entrevista; no se había levantado de la cama para retrasar aquel momento, para pensar sin que nadie la estorbara en el terrible papel que iba a tener que interpretar.

Cuando vio que la señora Raquin estaba un poco más calmada, fue y vino por su cuarto, le aconsejó que se levantase, que bajase a la tienda. La anciana mercera se había vuelto casi chocha. La repentina aparición de su sobrina propició en ella una crisis salutífera que le devolvió la memoria y la conciencia de las cosas y de los seres que la rodeaban. Agradeció sus desvelos a Suzanne; habló, débil pero sin delirio, llena de una tristeza que a ratos la ahogaba. Miraba cómo se movía Thérèse con súbitas lágrimas; y entonces le pedía que se acercase, la besaba sin dejar de sollozar, le decía, medio asfixiada, que ya sólo la tenía a ella en el mundo.

Por la noche, consintió en levantarse, en probar a comer algo. Thérèse pudo percatarse entonces del tremendo golpe que había padecido su tía. Las piernas de la pobre anciana habían perdido fuerza. Necesitó un bastón para llegar a rastras hasta el comedor, en donde le pareció que los muros oscilaban a su alrededor.

Al día siguiente no quiso esperar más, no obstante, y decidió abrir la tienda. Temía volverse loca si seguía sola en su cuarto. Bajó trabajosamente los peldaños de madera, apoyando ambos pies en cada uno de ellos y fue a sentarse tras el mostrador. A partir de ese día, allí se quedó, clavada, con sereno dolor.

A su lado, Thérèse pensaba y esperaba. La tienda recuperó su sombrío sosiego.