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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 15.
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Laurent volvió algunas veces, por las noches, cada dos o tres días. Se quedaba en la tienda, charlando con la señora Raquin durante media hora. Luego se iba, sin haber mirado a Thérèse a la cara. La anciana mercera lo tenía por el salvador de su sobrina, por un corazón noble que había hecho cuanto estaba en su mano para devolverle a su hijo. Lo recibía con enternecida benevolencia.

Un jueves por la noche, estaba Laurent en la tienda cuando se presentaron Michaud padre y Grivet. Estaban dando las ocho. El empleado y el ex comisario habían pensado, cada uno por su cuenta, que podían reanudar sus caras costumbres sin pecar de importunos, y llegaban en el mismo minuto, como si los impeliese el mismo resorte. Detrás de ellos entraron Olivier y Suzanne.

Subieron todos al comedor. La señora Raquin, que no esperaba visita, se apresuró a encender la lámpara y preparar el té. Cuando todo el mundo estuvo sentado en torno a la mesa, cada cual ante su taza, tras volcar la caja de fichas de dominó, la pobre madre, súbitamente llevada al pasado, miró a sus invitados y rompió en sollozos. Había un sitio vacío, el sitio de su hijo.

Aquella desesperación cohibió y molestó a los invitados. En todos los rostros había una expresión de beatitud egoísta. Aquellas personas se sintieron violentas, pues no les quedaba ya en el corazón el menor recuerdo vivo de Camille.

—Vamos, mi querida señora —exclamó Michaud padre con leve impaciencia—, no debe usted desesperarse así. Acabará por ponerse mala.

—Todos somos mortales —afirmó Grivet.

—Por mucho que llore, su hijo no va a volver —dijo sentenciosamente Olivier.

—No nos dé ese disgusto, se lo ruego —susurró Suzanne. Y al ver que la señora Raquin sollozaba cada vez con más fuerza y no conseguía contener las lágrimas, Michaud añadió:

—Venga, venga, hay que ser valiente. Tiene que darse cuenta de que venimos para que esté distraída. No nos apenemos, qué demonios, intentemos olvidar... ¿Qué les parece? ¿Jugamos a diez céntimos la partida?

La mercera se tragó el llanto con supremo esfuerzo Quizá tuvo conciencia del venturoso egoísmo de sus huéspedes. Se secó los ojos, inmutada aún. Las fichas le temblaban en las pobres manos y las lágrimas que se le habían quedado bajo los párpados le impedían ver.

Jugaron.

Laurent y Thérèse habían presenciado aquella breve escena con aspecto serio e impasible. El joven estaba encantado de que se reanudasen las veladas de los jueves. ansiaba fervorosamente, pues sabía que precisaba esas reuniones para alcanzar su meta. Además, sin preguntarse el porqué, rodeado de aquellos conocidos se sentía más a gusto, se atrevía a mirar a Thérèse a la cara.

La joven, vestida de negro, pálida y recogida, le pareció de una hermosura que aún desconocía. Se sintió dichoso al encontrar su mirada, que se detuvo en la de él con valiente fijeza. Thérèse seguía siendo suya en cuerpo y alma.