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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 17.
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Laurent se fue del pasadizo con la mente tensa y la carne intranquila. El cálido aliento y el consentimiento de Thérèse acababan de devolverle las destemplanzas de antaño. Tiró por los muelles y caminó, con el sombrero en la mano para que le diese en la cara todo el aire del cielo.

Al llegar a la calle de Saint Victor y a la puerta de su pensión, le dio miedo subir y estar solo. Un miedo infantil, inexplicable, imprevisto, le hizo temer que hubiera un hombre escondido en su buhardilla. Nunca había tenido cobardías de ésas. Ni siquiera intentó dar una explicación razonable al extraño escalofrío que se apoderaba de él; entró en una taberna y se quedó allí una hora, hasta medianoche, inmóvil y mudo, sentado a una mesa, bebiendo maquinalmente vasos de vino llenos hasta arriba. Pensaba en Thérèse, se irritaba con la joven, porque no había querido dejarlo subir esa misma noche a su cuarto. Y pensaba que en compañía de ella no habría tenido miedo.

Cerraron la taberna y lo dejaron en la calle. Volvió a entrar para pedir cerillas. La recepción de la pensión estaba en el primer piso. Laurent tenía que recorrer un corredor largo y subir unas cuantos peldaños para coger su palmatoria. Aquel corredor, aquella breve escalera, espantosamente oscuros, lo aterrorizaban. Solía cruzar briosamente esas tinieblas. Aquella noche no se atrevía a llamar; se decía que quizá, al pasar ante cierta oquedad que formaba la entrada del sótano, unos asesinos se le vendrían de pronto encima. Llamó por fin, encendió una cerilla y se decidió a adentrarse por el corredor. La cerilla se apagó. Se quedó quieto, jadeante, sin atreverse a salir huyendo, rascando las cerillas contra la pared húmeda con una ansiedad que hacía que le temblase la mano. Le parecía oír voces y ruidos delante de él. Las cerillas se le quebraban entre los dedos. Consiguió encender una. El azufre empezó a burbujear, a prender la madera con una lentitud que redobló la angustia de Laurent; en la luz pálida y azulada del azufre, en los vacilantes resplandores que se movían de acá para allá, le pareció columbrar formas monstruosas. Luego la cerilla chisporroteó, la luz se hizo blanca y clara. Laurent, aliviado, avanzó con precaución, teniendo buen cuidado de que no le faltase la luz. Cuando tuvo que pasar ante el sótano, se pegó a la pared de enfrente; había allí una mole de sombras que lo asustaba. Subió luego con paso rápido los peldaños que le faltaban para llegar a la recepción y se creyó salvado al coger su palmatoria. Subió los otros pisos más despacio, alzando la vela para iluminar todos los rincones ante los que tenía que pasar. Las grandes sombras extrañas que van y vienen cuando se sube una escalera con una luz en la mano lo colmaban de un inconcreto malestar, al surgir y desaparecer repentinamente ante él.

Al llegar arriba, abrió su puerta y se encerró a toda prisa. Lo primero que hizo fue mirar debajo de la cama y registrar minuciosamente la habitación, para ver si no había nadie escondido. Cerró el tragaluz del tejado, pensando que alguien podría descolgarse por allí. Tras tomar esas disposiciones, se sintió más tranquilo, se desnudó, pasmándose de su cobardía. Acabó por sonreír, por decirse que era como un niño. Nunca había sido miedoso y no podía explicarse aquel repentino ataque de terror.

Se acostó. Ya entre la tibieza de las sábanas, volvió a pensar en Thérèse, de quien, en sus temores, se había olvidado. Con los ojos tozudamente cerrados, buscando el sueño, notaba que, a su pesar, los pensamientos lo rondaban, se le imponían, se vinculaban entre sí, le seguían presentando las ventajas que había en una boda lo más pronta posible. A ratos, se daba media vuelta y decía: «Ya está bien de pensar, hay que dormir. Mañana me tengo que levantar a las ocho para ir a la oficina». Y se esforzaba en quedarse dormido. Pero las ideas volvían, una tras otra; se reanudaba la sorda labor de los razonamientos; no tardaba en verse de nuevo presa de algo así como una ensoñación crítica que le exponía, en lo hondo del cerebro, la necesidad de aquel matrimonio, los argumentos que sus deseos y su prudencia alegaban por turno en pro y en contra de la posesión de Thérèse.

Viendo entonces que no conseguía dormir, que el insomnio se había adueñado de su irritada carne, se tendió de espaldas, abrió los ojos por completo y dejó que la cabeza se le llenase del recuerdo de la joven. Se había quebrado el equilibrio; de nuevo lo agitaba la ardiente fiebre de antaño. Pensó en levantarse y regresar al pasadizo de Le Pont-Neuf. Haría que le abriesen la verja, llamaría a la puerta pequeña de la escalera y Thérèse le abriría. A l pensar en ello, la sangre se le subía al cuello.

Su ensoñación era pasmosamente lúcida. Se veía por las calles, caminando deprisa, a lo largo de las casas, y se decía: «Me meto por este bulevar, atravieso por ese cruce, para llegar antes». Luego, chirriaba la verja del pasadizo y él recorría el estrecho corredor, oscuro y desierto, alegrándose de poder subir al cuarto de Thérèse sin que lo advirtiese la vendedora de bisutería; se veía luego en la galería y en la estrecha escalera por la que tantas veces había pasado. Y allí notaba las fogosas alegrías de antaño; recordaba los deliciosos miedos, las dolorosas voluptuosidades del adulterio. Los recuerdos se tornaban realidades que le afectaban todos los sentidos: olía el vaho desabrido del pasillo, tocaba las paredes pegajosas, veía la sucia oscuridad que por allí rondaba. Y subía cada peldaño jadeante, aguzando el oído, conteniendo ya sus deseos durante aquella medrosa aproximación a la mujer deseada. Al fin arañaba la puerta, la puerta se abría, allí estaba Thérèse esperándolo, en enaguas, toda blanca.

Los pensamientos desfilaban ante sus ojos como espectáculos reales. Con los ojos clavados en la oscuridad, veía. Cuando, acabado el recorrido por las calles, tras haber entrado en la galería y subido la escalera, creyó ver a Thérèse ardiente y pálida, saltó deprisa de la cama, mascullando "Tengo que ir; me está esperando». Aquel brusco ademán disipó la alucinación: notó el frío de los baldosines y tuvo miedo. Se quedó un momento quieto y descalzo, escuchando. Le parecía oír un ruido en el rellano. Si iba a casa de Thérèse, tendría que volver a pasar delante de la puerta del sótano, al llegar abajo; aquel pensamiento hizo que le corriera por la espalda un prolongado escalofrío. Volvió a apoderarse de él el espanto, un espanto estúpido y avasallador. Miró su cuarto con desconfianza y vio cómo rondaban por él unos jirones blanquecinos de claridad; entonces, despacio, con precauciones rebosantes de ansiosa premura, volvió a subirse a la cama y se hizo un ovillo en ella, se escondió como para evitar que lo alcanzase un arma, un cuchillo que lo estuviera amenazando.

Se le había subido la sangre al cuello con violencia, y el cuello le ardía. Se llevó la mano a él y notó bajo los dedos la cicatriz del mordisco de Camille. Tenía ya casi olvidado aquel mordisco. Lo aterró volver a encontrárselo en la piel, creyó que le estaba consumiendo la carne. Apartó rápidamente la mano para dejar de notarlo, y lo seguía sintiendo, voraz, perforándole el cuello. Quiso entonces rascarlo con suavidad, con el filo de la uña; el tremendo ardor creció. Para no arrancarse la piel, oprimió ambas manos entre las rodillas encogidas. Rígido, irritado, se quedó quieto, con el cuello roído y los dientes castañeteando de miedo.

Ahora sus pensamientos estaban puestos en Camille con terrorífica fijeza. Hasta entonces, el ahogado no había inquietado las noches de Laurent. Y hete aquí que el pensar en Thérèse hacía que se le apareciese el espectro del marido. El asesino no se atrevía ya a abrir los ojos; temía ver a su víctima en una esquina de su cuarto. Hubo un momento en que le pareció que el lecho daba unos vaivenes extraños; se imaginó que Camille estaba escondido debajo de la cama, y que era él quien la movía de esa forma, para tirar al suelo a Laurent y morderlo. Y él, desencajado, con el cabello erizado, se aferró al colchón, creyendo que los vaivenes eran cada vez más violentos.

Se dio cuenta, luego, de que la cama no se movía. Reaccionó. Se sentó y encendió la vela, llamándose imbécil. Para aplacar la fiebre, se tomó un vaso de agua entero.

«Ha sido un error andar bebiendo en la taberna —pensaba—. No sé qué me pasa esta noche. Qué tontería. Hoy voy a estar rendido en la oficina. Debería haberme dormido nada más meterme en la cama, y no andar pensando en un montón de cosas: eso es lo que me ha quitado el sueño. A dormir. »

Volvió a apagar la luz y hundió la cabeza en la almohada, un poco menos acalorado, decidido a no seguir pensando, a no seguir pasando miedo. El cansancio estaba empezando a relajarle los nervios.

No se durmió con el sueño pesado y opresivo que solía; cayó despacio en una somnolencia vaga. Estaba como simplemente entumecido, como sumido en un embrutecimiento suave y voluptuoso. Mientras dormitaba, notaba el cuerpo; en la carne muerta, la inteligencia seguía en vela. Había expulsado los pensamientos que acudían, se había defendido contra la vigilia. Luego, cuando estuvo ya amodorrado, cuando le fallaron las fuerzas y la voluntad se le fue de la mano, los pensamientos regresaron despacio, uno a uno, y volvieron a apoderarse de su ser debilitado. Tornaron los ensueños. Volvió a recorrer el camino que lo separaba de Thérèse: bajó la escalera, pasó corriendo delante del sótano y salió; fue por todas las calles por las que ya había ido antes, cuando soñaba con los ojos abiertos; entró en el pasadizo de Le Pont-Neuf, subió la estrecha escalera y arañó la puerta. Pero en vez de Thérèse, en vez de la joven en enaguas y con los pechos al aire, fue Camille quien le abrió, Camille tal y como lo había visto en la Morgue, verdoso, atrozmente desfigurado. El cadáver le tendía los brazos con infame risa, enseñando la punta de la lengua negruzca entre la blancura de los dientes.

Laurent lanzó un grito y se despertó sobresaltado. Lo empapaba un sudor glacial. Se tapó los ojos con la manta, insultándose, enfadándose consigo mismo. Quiso volver a dormirse.

Se amodorró como antes, despacio; se apoderó de él el mismo decaimiento; y en cuanto la voluntad se le volvió a ir de las manos en la languidez del sueño a medias, volvió a emprender el camino, regresó a donde lo llevaba su idea fija, se apresuró para ver a Thérèse, y volvió a abrirle la puerta el ahogado.

Aterrado, el infeliz se sentó en la cama. Habría dado lo que fuera por desterrar aquel sueño implacable. Ansiaba un sueño de plomo que le aniquilase los pensamientos. Mientras estaba despierto, tenía energía suficiente para expulsar al fantasma de su víctima; pero en cuanto dejaba de ser dueño de su mente, ésta lo conducía al espanto cuando lo estaba conduciendo a la voluptuosidad.

Volvió a intentar dormirse. Vino entonces una sucesión de amodorramientos voluptuosos y despertares repentinos y desgarradores. Con rabioso empecinamiento, seguía yendo hacia Thérèse y seguía tropezándose con el cuerpo de Camille. Recorrió más de diez veces el camino; lo empezó con la carne abrasada, siguió el mismo itinerario, tuvo las mismas sensaciones, realizó las mismas acciones con minuciosa exactitud y, más de diez veces, vio cómo el ahogado se brindaba a sus caricias cuando él tendía los brazos para tomar en ellos a su amante y estrecharla. Aquel desenlace siniestro, siempre igual, que lo despertaba una y otra vez, jadeante y despavorido, no desalentaba su deseo; pocos minutos después, volvía a dormirse, su deseo olvidaba el infame cadáver que lo estaba esperando, y corría de nuevo en busca de un cuerpo cálido y flexible de mujer. Laurent estuvo una hora viviendo esa secuencia de pesadillas, sumido en ese mal sueño incesantemente reiterado e incesantemente imprevisto, que en cada sobresalto lo dejaba quebrantado con un espanto cada vez más penetrante.

Una de las convulsiones, la última, fue tan violenta y dolorosa que tomó la decisión de levantarse y no seguir luchando. Llegaba el día; una claridad gris y tristona entraba por el tragaluz del tejado, que recortaba en el cielo un cuadrado blanquecino, de color ceniza.

Laurent se vistió despacio, con sorda irritación. Lo exasperaba no haber podido dormir, lo exasperaba haber consentido en que lo embargase un miedo que ahora consideraba una chiquillada. Mientras se ponía los pantalones, se desperezó, se frotó los miembros, se pasó las manos por la cara que una noche de fiebre había dejado descompuesta y macilenta. Y repetía:

«No tendría que haber pensando en todas esas cosas; habría dormido y ahora estaría bien descansado... ¡Ay, si Thérèse hubiera querido anoche, si Thérèse se hubiera acostado conmigo anoche...!»

Aquel pensamiento de que Thérèse le habría impedido sentir miedo lo tranquilizó un tanto. En el fondo, temía pasar otras noches como la que acababa de padecer.

Metió la cara en agua y se pasó el peine. Aquel somero aseo le refrescó la cabeza y disipó los últimos temores. Razonaba sin trabas y no sentía ya sino un gran cansancio en todos los miembros.

«Y eso que no soy miedoso —se decía mientras acababa de vestirse— y me importa un bledo Camille... Es absurdo pensar que ese infeliz pueda estar debajo de mi cama. A lo mejor ahora voy a creer lo mismo todas las noches... Está claro que tengo que casarme lo antes posible. Cuando Thérèse me rodee con los brazos, no pensaré ya en Camille. Me besará en el cuello, y no sentiré ya esa horrible quemazón que notaba... A ver el mordisco...»

Fue hacia el espejo, arrimó el cuello y miró. La cicatriz era rosa pálido. Laurent, al distinguir los dientes de su víctima, se alteró un tanto y la sangre se le subió a la cabeza; se percató entonces de un curioso fenómeno. La cicatriz, al teñirla de púrpura la oleada de sangre ascendente, se volvió viva y sanguinolenta y descolló, muy roja, en el cuello grueso y blanco. Laurent notó un hormigueo punzante, como si le hubieran clavado agujas en la llaga. Se apresuró a alzarse el cuello de la camisa.

«¡Bah! —siguió diciendo—. Thérèse lo remediará... Bastará con unos besos... ¡Qué bobo soy dándole vueltas a estas cosas! »

Se puso el sombrero y bajó. Necesitaba tomar el aire, necesitaba caminar. Al pasar ante la puerta del sótano, sonrió; comprobó, no obstante, la resistencia del gancho que la cerraba. Fuera, caminó despacio en el aire fresco de la mañana, por las aceras desiertas. Eran alrededor de las cinco.

Laurent pasó un día de perros. Tuvo que luchar contra el agobiante sueño que lo invadió, por la tarde, en la oficina. Se le vencía a su pesar la cabeza, cargada y dolorida; y la alzaba bruscamente en cuanto oía el paso de alguno de sus jefes. Aquella lucha, aquellas convulsiones acabaron de quebrantarle el cuerpo y le provocaron una ansiedad intolerable.

Por la noche, pese al cansancio, quiso ir a ver a Thérèse. La halló febril, abatida, cansada, lo mismo que él.

—Nuestra pobre Thérèse ha pasado muy mala noche —dijo la señora Raquin a Laurent cuando éste se hubo sentado—. Por lo visto ha tenido pesadillas, un insomnio tremendo... La he oído gritar varias veces. Esta mañana se encontraba muy mal.

Mientras su tía hablaba, Thérèse miraba fijamente a Laurent. Debieron de adivinar sus comunes espantos, pues les corrió por la cara el mismo escalofrío nervioso. Estuvieron frente a frente hasta las diez, hablando de trivialidades, comprendiéndose, instándose ambos con los ojos a apresurar el momento de unirse en contra del ahogado.