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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 18.
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También a Thérèse le había visitado el espectro de Camille durante aquella noche de fiebre.

La ardiente proposición de Laurent, que le pedía una cita tras más de un año de indiferencia, la había hostigado de pronto. La carne empezó a abrasarla cuando, sola y acostada, pensó en que pronto había de celebrarse la boda. Entonces, entre las convulsiones del insomnio, vio alzarse al ahogado; se retorció, igual que Laurent, en el deseo y el espanto; e, igual que él, se dijo que ya no tendría miedo, que ya no soportaría tamaños sufrimientos cuando tuviera a su amante en los brazos.

A la misma hora, se había dado, en aquella mujer y aquel hombre, una suerte de trastorno nervioso que los devolvía, palpitantes y aterrados, a sus terribles amores. Se había establecido entre ellos un parentesco de sangre y voluptuosidad. Los mismos escalofríos los estremecían; las mismas angustias les oprimían los corazones, en una suerte de dolorosa fraternidad. A partir de ese momento no tuvieron sino un único cuerpo y una única alma para gozar y padecer. Esa comunión, esa mutua compenetración es un hecho psicológico y fisiológico que se da con frecuencia en las personas a las que hondas conmociones nerviosas hacen chocar violentamente entre sí.

Durante más de un año, a Thérèse y Laurent les había sido ligera la cadena que los unía y llevaban soldada a los miembros; tras el aplanamiento consecutivo a la crisis aguda del asesinato, en la repugnancia y la necesidad de tranquilidad y olvido que vinieron después, los dos presidiarios pudieron creer que estaban libres, que ya no los unía un eslabón de hierro; la cadena no estaba tirante y arrastraba por el suelo; y ellos descansaban, los embargaba una suerte de pasmo dichoso, intentaban amar a otras personas y vivir con sensato equilibrio. Pero el día en que, a impulsos de los acontecimientos, volvieron a cruzar palabras ardientes, la cadena se tensó con violencia y notaron un tirón tan fuerte que se sintieron sujetos el uno al otro para siempre.

Ya desde el mismo día siguiente puso Thérèse manos a la obra y se afanó bajo cuerda en ir induciendo su boda con Laurent. Era tarea ardua, colmada de peligros. Atemorizaba a los amantes la posibilidad de cometer una imprudencia, de despertar sospechas, de poner de manifiesto con excesiva brusquedad el interés que habían tenido en la muerte de Camille. Comprendiendo que no podían hablar de matrimonio, determinaron un plan de gran sensatez que consistía en conseguir que la propia señora Raquin y los invitados del jueves les ofrecieran lo que ellos no podían solicitar. Sólo había que inculcar a aquellas buenas gentes la idea de que era preciso volver a casar a Thérèse y, ante todo, que hacerles creer que dicha idea procedía de ellos y era sólo cosa suya.

Interpretar esa comedia fue labor larga y delicada. Thérèse y Laurent adoptaron el papel que a cada uno correspondía; progresaban con extremada prudencia, calculando el mínimo gesto, la mínima palabra. En el fondo, los consumía una impaciencia que les ponía los nervios rígidos y tensos. Vivían presas de una continua exasperación y tenían que echar mano de toda su cobardía para obligarse a parecer sonrientes y sosegados.

Si tanta prisa tenían en llegar a la meta, era porque no podían ya estar separados y solos. El ahogado los visitaba todas las noches, el insomnio los tendía en un lecho de brasas y les daba vueltas con tenazas de fuego. El estado de nerviosismo en que vivían les atizaba aún más cada noche la fiebre de la sangre, poniéndoles ante los ojos atroces alucinaciones. Thérèse, cuando llegaba el crepúsculo, no se atrevía ya a subir a su cuarto; sentía punzantes angustias cuando tenía que encerrarse hasta por la mañana en aquel dormitorio tan grande, que iluminaban extraños resplandores y se poblaba de fantasmas en cuanto apagaba la luz. Acabó por dejar la vela encendida, por no querer dormir, para poder tener siempre los ojos completamente abiertos. Y cuando el cansancio le hacía cerrar los papados, veía a Camille en la oscuridad y volvía a abrir los ojos, sobresaltada. Por la mañana se movía a rastras, rendida por no haber dormido a medias sino unas pocas horas, cuando ya era de día. En cuanto a Laurent, se había vuelto definitivamente un cobarde desde aquella noche en que sintió miedo al pasar delante de la puerta del sótano; antes, vivía tan confiado como un animal irracional. ahora, el mínimo ruido lo hacía temblar y palidecer, igual que a un niño. Aquel escalofrío de espanto, tras agitarle inesperadamente los miembros, no había vuelto a desaparecer. Por la noche, sus padecimientos eran mayores aún que los de Thérèse; el miedo provocaba hondos desgarramientos en aquel corpachón fofo y cobarde. Veía caer la tarde con cruel aprensión. En varias ocasiones, no quiso regresar a su domicilio y pasó noches enteras caminando por las calles desiertas. Una vez, se quedó hasta que se hizo de día debajo de un puente, mientras llovía sin parar; acurrucado en aquel lugar, aterido, sin atreverse a levantarse para volver al muelle, estuvo casi seis horas mirando correr el agua sucia en la blanquecina oscuridad; de vez en cuando, ataques de terror lo obligaban a apretarse contra la tierra húmeda: le parecía que por debajo del arco del puente pasaban largas hileras de ahogados que iban corriente abajo. Cuando el cansancio lo metía en casa, se encerraba con dos vueltas de llave y allí se quedaba, agitadísimo, hasta las claras del alba, presa de pavorosos ataques de fiebre. La misma pesadilla volvía de forma persistente: le parecía que pasaba de los brazos ardientes y apasionados de Thérèse a los brazos fríos y pegajosos de Camille; soñaba que su amante lo asfixiaba con un cálido abrazo, y soñaba a continuación que el ahogado lo estrechaba contra el pecho podrido en un abrazo helado; aquellas sensaciones súbitas y alternas de voluptuosidad y repugnancia. aquellos sucesivos contactos con una carne ardiente de amor y una carne fría, que el cieno había reblandecido, lo hacían jadear y estremecerse, con un estertor de angustia.

Y el espanto de ambos amantes iba creciendo día a día; día a día sus pesadillas los destrozaban cada vez más, los dejaban cada vez más despavoridos. Sólo confiaban ya en sus mutuos besos para matar el insomnio. Por prudencia no se atrevían a concertar citas; esperaban el día de la boda como un día de salvación tras el que vendría una noche venturosa.

Y así deseaban su unión con toda el ansia que sentían por poder dormir con un sueño tranquilo. En las horas de indiferencia habían vacilado, olvidados ambos de las razones egoístas y apasionadas, que parecían haberse esfumado tras haber empujado al crimen a ambos. Ahora que la fiebre volvía a consumirlos, volvían a encontrar en lo hondo de su pasión y su egoísmo aquellas razones primitivas que les habían llevado a tomar la decisión de matar a Camille para gozar luego de las dichas que, a lo que pensaban, serían obligado fruto de un matrimonio legítimo. Por lo demás, al optar por la suprema decisión de unirse abiertamente, lo hacían con cierta desesperación imprecisa. En lo más hondo de su ser, había temor. Sus deseos tiritaban. Estaban, por así decirlo, inclinados el uno hacia el otro como quien se inclina sobre un abismo, cuyo horror los atraía; se asomaban mutuamente a sus respectivas personas, aferrados, mudos, mientras les aflojaban los miembros unos vértigos de voluptuosidad ardientemente dolorosa, que les hacían sentir el delirio de la caída. Pero, enfrentados al momento en que vivían, a su ansiosa espera y sus medrosos deseos, sentían la imperiosa necesidad de cegarse, de soñar con un futuro de dichas enamoradas y apacibles gozos. Cuanto más temblaban uno frente al otro, más intuían el espanto del despeñadero al que iban a arrojarse y más empeño ponían en prometerse a sí mismos la felicidad, en exponerse los hechos irrebatibles que los conducían fatalmente al matrimonio.

Thérèse sólo deseaba casarse porque tenía miedo y porque su organismo exigía las violentas caricias de Laurent. Era presa de un ataque de nervios que la llevaba casi a la locura. Lo cierto era que no razonaba apenas y se arrojaba a la pasión con la cabeza trastornada por las novelas que acababa de leer y la carne exasperada por los crueles insomnios que la tenían despierta desde hacía varias semanas.

Laurent, de temperamento menos excitable, aunque cedía ante sus terrores y sus deseos, quería que su decisión fuera razonada. Para probarse bien a sí mismo que aquella boda era necesaria y que iba a ser por fin totalmente dichoso, para disipar los imprecisos temores que se apoderaban de él, volvía a echarse todas las cuentas de antaño. Su padre, el labriego de Jeufosse, se emperraba en no morirse. Laurent se decía que la herencia podía tardar aún mucho en llegar; temía incluso que dicha herencia se le escabullese y fuera a parar al bolsillo de uno de sus primos, un mocetón cuya forma de cavar la tierra era muy del agrado de Laurent padre. Y él seguiría siendo pobre, viviría sin mujer en un sotabanco, durmiendo mal, comiendo aún peor. Por lo demás, no tenía intención de pasarse la vida trabajando; su oficina empezaba ya a causarle notable fastidio; la llevadera tarea que allí tenía a su cargo se iba tornando agobiante para su pereza. El resultado de sus reflexiones era invariablemente que la dicha suprema consistía en no hacer nada. Entonces se acordaba de que había ahogado a Camille para casarse con Thérèse y, a continuación, dedicarse a no hacer nada. Cierto es que el deseo de que su amante fuera sólo suya había tenido no poca parte en el plan de su crimen, pero quizá lo había llevado más al asesinato la esperanza de ocupar el sitio de Camille, de que lo cuidasen como a él, de gozar de una beatitud de cada hora; si sólo lo hubiera movido la pasión, no se habría mostrado tan cobarde, ni tan prudente; lo cierto era que había intentado conseguir, mediante una muerte, una vida de paz y ociosidad, una duradera satisfacción de sus apetitos. Le volvían todos aquellos pensamientos, consentidos o inconscientes. Se repetía, para darse ánimos, que ya era hora de sacarle el esperado provecho a la desaparición de Camille. Y se exponía a sí mismo las ventajas, las dichas de su vida futura: se despediría de la oficina, viviría en una deliciosa pereza; comería, bebería y dormiría cuanto quisiera; tendría siempre al alcance de la mano a una mujer ardiente que devolvería el equilibrio a su sangre y a sus nervios; no tardaría en heredar los cuarenta mil y pico francos de la señora Raquin, pues la pobre anciana se estaba muriendo poco a poco; se forjaría, en resumen, una existencia de animal irracional feliz, se olvidaría de todo. Todas y cada una de las horas del día, desde que Thérèse y él habían convenido su boda, Laurent se repetía esas mismas razones; y buscaba nuevas ventajas y se alegraba sobremanera cuando le parecía que había dado con otro argumento más, tomado de su egoísmo que lo obligaba a casarse con la viuda del ahogado. pero por más que se forzaba a la esperanza, por más que soñaba con un fructuoso porvenir de pereza y voluptuosidad, seguía notando repentinos escalofríos que le helaban la piel, seguía sintiendo, de vez en cuando, una ansiedad que le ahogaba la dicha en la garganta.