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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 19.
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No obstante, la solapada labor de Thérèse y Laurent iba dando fruto. Thérèse había adoptado un comportamiento taciturno y desesperado que, al cabo de unos días, preocupó a la señora Raquin. La anciana mercera quiso saber por qué estaba tan triste su sobrina. Entonces, la joven interpretó su papel de viuda desconsolada con exquisita habilidad; habló vagamente de hastío, de ánimo decaído, de dolores nerviosos, sin concretar nada. Cuando su tía la acuciaba a preguntas, contestaba que se encontraba bien, que no sabía el porqué de su abatimiento, que lloraba sin saber el motivo. Y hacía alarde continuo de ahogos, de sonrisas pálidas y afligidas, de silencios colmados de vacío y desaliento abrumadores. Viendo a aquella joven, encerrada en sí misma, que parecía estarse muriendo poco a poco de un mal desconocido, la señora Raquin acabó por alarmarse seriamente; sólo tenía en el mundo a su sobrina y le pedía a Dios a diario que le conservase a aquella muchacha para que pudiera cerrarle los ojos. Había algo de egoísmo en aquel último amor de su vejez. Cuando se le pasó por las mientes que podía perder a Thérèse y morirse sola en lo hondo de la húmeda tienda del pasadizo, sintió que peligraban los humildes consuelos que todavía la ayudaban a vivir. A partir de ese momento, no le quitó ya ojo a su sobrina, analizó con espanto las melancolías de La joven, se preguntó qué podría hacer para curarla de aquella muda desesperación.

En tan graves circunstancias, creyó que debería preguntarle a su antiguo amigo Michaud qué le parecía. Un jueves por la noche, lo retuvo en la tienda y le contó sus temores.

—Por Dios que llevo ya mucho dándome cuenta de que Thérèse está disgustada —le contestó el anciano con la sincera rudeza propia de su antigua profesión— y bien sé por qué tiene esa cara tan amarilla y afligida.

—¿Que sabe usted por qué? —dijo la mercera—. Dígamelo enseguida. ¡Si pudiéramos curarla!

—¡Si es un tratamiento muy fácil! —siguió diciendo Michaud, risueño—. Su sobrina se aburre porque lleva casi dos años sola, de noche, en su cuarto. Necesita un marido; se le nota en los ojos.

La ruda franqueza del ex comisario fue un doloroso golpe para la señora Raquin. Pensaba que la herida que a ella le seguía sangrando por dentro desde el espantoso accidente de Saint-Ouen estaba igual de viva, igual de dolorosa, en lo hondo del corazón de la joven viuda. Tras morir su hijo, le parecía que no podía haber ya marido alguno para su sobrina. Y hete aquí que Michaud afirmaba, con una vulgar risotada, que Thérèse estaba enferma porque necesitaba un marido.

—Cásela lo antes posible —dijo éste al irse—, si no quiere verla consumirse por completo. Ése es mi consejo, mi querida señora, y, créame, es un buen consejo.

A la señora Raquin le costó hacerse a la idea de que su hijo ya estaba olvidado. Michaud padre ni siquiera había mencionado a Camille y había empezado a bromear al hablar de la supuesta enfermedad de Thérèse. La pobre madre comprendió que era ya la única que conservaba vivo, en lo hondo de su ser, el recuerdo de su querido hijo. Lloró, le pareció que Camille acababa de morirse otra vez. Luego, cuando hubo llorado a gusto y estuvo ahíta de lamentaciones y añoranzas, volvió a pensar, de mal grado, en lo que había dicho Michaud, se habituó a la idea de comprar un poco de dicha pagando el precio de un matrimonio que, en las finezas de su memoria, volvía a matar a su hijo. Notaba cobardes debilidades cuando tenía delante a Thérèse, taciturna y cabizbaja, en el gélido silencio de la tienda. No tenía uno de esos caracteres tiesos y secos que hallan una acerba alegría en buscar razones de vida en una desesperación eterna; había en ella blanduras, abnegaciones, efusiones, todo un temperamento de mujer buena, gruesa y afable, que la impelía a vivir con activa ternura. Desde que su sobrina había dejado de hablar, desde que la veía siempre quieta, pálida y debilitada, la existencia se le estaba haciendo insoportable y la tienda le parecía una tumba; habría deseado que la arropase un afecto cálido, vida, caricias, algo suave y alegre que la ayudase a esperar la muerte sin sobresaltos. Aquellos deseos inconscientes la movieron a aceptar el proyecto de volver a casar a Thérèse; llegó incluso a olvidarse un poco de su hijo; en la existencia muerta que llevaba aparecieron algo así como un despertar, como unas apetencias, una nuevas ocupaciones para el pensamiento. Buscaba un marido para su sobrina y ello le saturaba la cabeza. Aquella elección de un marido era un asunto de envergadura; la infeliz anciana pensaba más en ella que en Thérèse; quería casarla de forma tal que quedase garantizada su propia felicidad, pues sentía un vivo temor de que el nuevo marido de la joven alterase las postreras horas de su vejez. Se espantaba al pensar que iba a meter a un extraño en su vida cotidiana; sólo ese pensamiento le impedía hablarle abiertamente a su sobrina de asuntos de matrimonio.

Mientras Thérèse interpretaba, con aquella perfecta hipocresía que le había proporcionado su educación, la comedia del hastío y el abatimiento, Laurent había tomado el papel de hombre sensible y servicial. Se desvivía por las dos mujeres, sobre todo por la señora Raquin, a la que colmaba de exquisitas atenciones. Poco a poco, acabó por hacerse indispensable en la tienda; era el único en traer algo de alegría a aquel agujero negro. Cuando él no estaba, por las noches, la anciana mercera miraba en torno molesta, como si le faltase algo, casi temerosa de enfrentarse sola a la desesperación de Thérèse. Por lo demás, si Laurent dejaba de ir alguna que otra velada era sólo para asentar mejor su poder; acudía todos los días a la tienda al salir de la oficina y se quedaba hasta que cerraban el pasadizo. Hacía los recados; le acercaba a la señora Raquin a quien le costaba trabajo andar, las pequeñeces que necesitaba. Luego se sentaba y charlaba. Había dado con una voz de actor, suave y penetrante, a la que recurría para halagar los oídos y el corazón de la bondadosa anciana. Parecía, ante todo, muy preocupado por la salud de Thérèse, como amigo, como hombre sensible cuya alma sufre con el sufrimiento ajeno. En varias ocasiones, habló aparte con la señora Raquin y la aterrorizó fingiéndose muy alarmado por los cambios y los estragos que decía ver en el rostro de la joven.

—No vamos a tardar en perderla —susurraba con voz preñada de lágrimas—. No podemos ocultarnos que está muy enferma. ¡Ay de nuestra modesta felicidad, de nuestras veladas, tan gratas y apacibles!

La señora Raquin lo escuchaba angustiada. Laurent era incluso tan audaz que se refería a Camille.

—Tiene usted que hacerse cargo —le decía a la mercera— de que la muerte de mi desdichado amigo ha sido un golpe tremendo para ella. Lleva dos años muriéndose, desde el nefasto día en que perdió a Camille. Nada podrá consolarla ni curarla. Debemos resignarnos.

Tan descaradas mentiras hacían que la anciana llorase a lágrima viva. El recuerdo de su hijo la alteraba y la cegaba. Cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Camille, rompía en sollozos, se confiaba, habría besado al que pronunciaba el nombre de su pobre hijo. Laurent se había fijado en la alteración y el enternecimiento que producía en ella aquel nombre. Podía hacerla llorar cuando quería, quebrantarla con una emoción que le impedía enfocar con claridad las cosas, y abusaba de ese poder para tenerla siempre, manejable y dolorida, en la palma de la mano. Todas las noches, pese a los sordos arrebatos de rebeldía que le sobresaltaban las entrañas, orientaba la conversación hacia los insólitos méritos, el tierno corazón y el ingenio de Camille; alababa a su víctima con total impudicia. A veces, cuando se cruzaban sus ojos con los de Thérèse, clavados en los suyos con peculiar expresión, se estremecía y acababa por creerse todas las cosas buenas que estaba diciendo del ahogado; se callaba entonces, al apoderarse de él súbitamente unos celos atroces, temeroso de que la viuda estuviese enamorada del hombre que él había arrojado al agua y al que elogiaba ahora con alucinado convencimiento. La señora Raquin lloraba durante toda la conversación y no veía nada de cuanto la rodeaba. Y mientras le corrían las lágrimas pensaba que Laurent tenía un corazón amante y generoso; sólo él se acordaba de su hijo, sólo él hablaba aún de Camille con voz trémula y emocionada. Se secaba los ojos, miraba al joven con infinita ternura y lo quería como si fuera su propio hijo.

Un jueves por la noche, Michaud y Grivet estaban ya en el comedor cuando entró Laurent y se acercó a Thérèse, preguntándole por su salud con afectuosa preocupación. Se sentó unos instantes a su lado, interpretando, para que lo vieran los presentes, su papel de amigo cariñoso y alarmado. Mientras los jóvenes seguían juntos, cruzando unas palabras, Michaud, que los estaba mirando, se inclinó Y dijo en voz baja a la anciana mercera, al tiempo que le señalaba a Laurent:

—Mire, ése es el marido que necesita su sobrina. Arregle lo antes posible esa boda. Si es preciso, le echaremos una mano.

Michaud sonreía con cara pícara; opinaba que Thérèse necesitaba seguramente un marido vigoroso. A la señora Raquin le pareció que la cegaba un rayo de luz; vio de golpe todas las ventajas que sacaría ella del matrimonio de Thérèse y Laurent. Aquella boda no haría sino estrechar más los lazos que ya las unían, a su sobrina y a ella, con el amigo de su hijo, a aquel hombre de tan buen corazón que venía a distraerlas por las noches. Así no metería a un extraño en casa, no correría el riesgo de ser desdichada; antes bien, al tiempo que proporcionaba un apoyo a Thérèse, pondría una alegría más en su propia vejez, hallaría otro hijo en aquel muchacho que, desde hacía tres años, le manifestaba un afecto filial. Y además le parecía que si Thérèse se casaba con Laurent sería menos infiel al recuerdo de Camille. Las religiones del corazón tienen curiosos melindres. La señora Raquin, que habría llorado al ver cómo un desconocido besaba a la joven viuda, no sentía rebelión alguna en su fuero interno cuando pensaba en entregarla a los abrazos del ex compañero de clase de su hijo. Pensaba, como suele decirse, que así todo se quedaba en casa.

Durante toda la velada, mientras sus invitados jugaban al dominó, la anciana mercera estuvo mirando a la pareja con un enternecimiento que permitió a ambos jóvenes intuir que su comedia había tenido éxito y se acercaba el desenlace. Michaud, antes de retirarse, tuvo una breve conversación en voz baja con la señora Raquin; luego tomó con afectación el brazo de Laurent y dijo que iba a acompañarlo durante parte del camino de vuelta. Laurent, al irse, cruzó una rápida mirada con Thérèse, una mirada llena de apremiantes recomendaciones.

Michaud había tomado a su cargo la tarea de indagar qué posibilidades había. Se encontró con que al joven, aunque muy afecto a las señoras, lo sorprendía mucho un proyecto de matrimonio entre Thérèse y él. Laurent añadió, con conmovida voz, que quería como a una hermana a la viuda de su infeliz amigo y creería cometer un auténtico sacrilegio si se casaba con ella. El ex comisario de policía insistió; alegó cien excelentes razones para conseguir que accediera, llegó incluso a mencionar la palabra abnegación y a decir al joven que su deber era devolverle un hijo a la señora Raquin y un marido a Thérèse. Laurent se fue dejando vencer poco a poco; fingió sucumbir a la emoción, aceptar esa idea de boda como un pensamiento llovido del cielo, que le dictaban la abnegación y el deber, tal y como decía Michaud padre. Cuando obtuvo éste un sí formal, se separó de su acompañante frotándose las manos; creía que acababa de obtener una gran victoria, se congratulaba de haber sido el primero en pensar en ese matrimonio que iba a devolver por completo a las veladas de los jueves su antigua alegría.

Mientras Michaud charlaba de esta suerte con Laurent, mientras caminaban ambos despaciosamente por los muelles, la señora Raquin mantenía una conversación casi idéntica con Thérèse. Cuando su sobrina, tan pálida y titubeante como solía, iba ya a retirarse, la anciana mercera le pidió que se quedase un momento. La interrogó con voz tierna, le suplicó que fuese sincera, que le confesase las causas de aquel hastío que la quebrantaba. Luego, al no obtener sino respuestas imprecisas, habló del vacío de la viudedad y fue concretando poco a poco la propuesta de un nuevo matrimonio para, por fin, preguntar sin rodeos a Thérèse si no sentía el secreto deseo de volver a casarse. Thérèse protestó, dijo que no pensaba en tal cosa y deseaba seguir siendo fiel a Camille. La señora Raquin se echó a llorar. Abogó en contra de los sentimientos de su corazón, dio a entender que la desesperación no puede ser eterna; y, por fin, respondiendo a una exclamación de la joven, que decía que nunca le pondría un sustituto a Camille, nombró de repente a Laurent. Se extendió, entonces, con gran lujo de palabras, sobre la conveniencia y las ventajas de esa unión, dijo cuanto llevaba dentro, repitió en voz alta lo que había estado pensando durante la velada; pintó, con candoroso egoísmo, el cuadro de sus postreras dichas entre sus dos hijos queridos. Thérèse la escuchaba con la cabeza gacha, resignada y dócil, dispuesta a satisfacer los mínimos deseos de su tía.

—Quiero a Laurent como a un hermano —dijo con tono doliente cuando ésta calló—. Puesto que tal es el deseo de usted, intentaré quererlo como a un marido. Quiero que sea dichosa... Albergaba la esperanza de que me permitiría llorar en paz, pero enjugaré las lágrimas puesto que se trata de su felicidad.

Besó a la anciana, que se quedó sorprendida y asustada por haber sido la primera en olvidarse de su hijo. Mientras se acostaba, la señora Raquin sollozó amargamente, acusándose de tener menor entereza que Thérèse y desear sólo por egoísmo un matrimonio que la viuda aceptaba por simple abnegación.

A la mañana siguiente, Michaud y su antigua amiga mantuvieron una breve conversación en el pasadizo, ante la puerta de la tienda. Se informaron mutuamente del resultado de sus gestiones y estuvieron de acuerdo en que no había que andarse con demoras y era preciso obligar a los jóvenes a comprometerse esa misma noche.

A las cinco, cuando llegó Laurent, ya estaba Michaud en la tienda. No bien hubo tomado asiento el joven, el ex comisario de policía le dijo al oído:

—Thérèse acepta.

La joven oyó aquella brutal información y se quedó pálida, con los ojos insolentemente fijos en Laurent. Los dos amantes se miraron durante unos segundos, como para pedirse opinión. Comprendieron ambos que había que acceder a la propuesta sin vacilar y acabar de una vez. Laurent se puso de pie y fue a tomarle la mano a la señora Raquin, quien se esforzaba cuanto podía por contener las lágrimas.

—Querida madre —dijo, sonriente—, estuve anoche hablando con el señor Michaud de su felicidad. Sus hijos quieren que sea dichosa.

La pobre anciana, al oír cómo la llamaban «querida madre», dejó correr las lágrimas. Cogió enseguida la mano de Thérèse y la puso en la de Laurent, sin conseguir pronunciar palabra.

Los dos amantes se estremecieron al sentir el mutuo roce de la piel. Se quedaron con los dedos ardientes enlazados en un nervioso apretón. El joven añadió, con voz vacilante:

—Thérèse, ¿quiere usted que le brindemos a su tía una existencia alegre y tranquila?

—Sí —respondió débilmente la joven—, tenemos una misión que cumplir.

Entonces Laurent se volvió hacia la señora Raquin y añadió, muy pálido:

—Al caer Camille al agua, me gritó: «Salva a mi mujer; la dejo en tus manos». Creo que, al casarme con Thérèse, cumplo con su última voluntad.

Al oír tales palabras, Thérèse soltó la mano de Laurent. Había recibido en el pecho algo parecido a un golpe. La impudicia de su amante la anonadó. Lo miró con ojos atónitos, mientras la señora Raquin, a quien ahogaban los sollozos, balbucía:

—Sí, sí, mi buen muchacho, cásese con ella y hágala feliz. Mi hijo se lo agradecerá desde lo hondo de la tumba.

Laurent notó que se le doblaban las piernas y se apoyó en el respaldo de una silla. Michaud, que también estaba a punto de llorar de emoción, lo empujó hacia Thérèse, diciendo:

—Dénse un beso de esponsales.

El joven notó un extraño malestar al poner los labios en las mejillas de la viuda, y ésta se echó hacia atrás bruscamente, como si los dos besos de su amante la abrasaran. Eran las primeras caricias que le hacía aquel hombre delante de testigos; toda la sangre se le subió a la cara, que notó sofocada y ardiente, por más que no supiera lo que era el pudor y nunca se hubiera ruborizado durante sus vergonzosos amores.

Pasada esta crisis, los dos asesinos respiraron con alivio. Ya estaba decidido el matrimonio; al fin alcanzaban la meta que tanto tiempo llevaban persiguiendo. Todo quedó acordado esa misma noche. El jueves siguiente, anunciaron la boda a Grivet y a Olivier y su mujer. Michaud, al dar la noticia, estaba satisfechísimo y se frotaba las manos repitiendo:

—Se me ocurrió a mí; los he casado yo. ¡Ya verán qué buena pareja van a hacer!

Suzanne se acercó sin hacer ruido a Thérèse para besarla. Aquel pobre ser, tan muerto y tan blanco, había empezado a sentir gran amistad por la joven viuda, sombría y férrea. La quería como una niña, con un a modo de temor respetuoso. Olivier dio la enhorabuena a la tía y a la sobrina. Grivet se atrevió a algunas bromas subidas de tono que tuvieron muy poca aceptación. En resumidas cuentas, todo el mundo estaba encantado y muy satisfecho; todos dijeron que no podía haber ocurrido nada mejor; lo cierto es que ya se veían de boda.

Thérèse y Laurent se comportaron con sabia dignidad. Se daban muestras, sin más, de una amistad afectuosa y cumplida. Parecían estar llevando a cabo un acto de suprema abnegación. Nada en sus rostros podía hacer sospechar los espantos y los deseos que los inmutaban. La señora Raquin los miraba con débiles sonrisas, con blanda Y agradecida benevolencia.

Había que cumplir con algunos trámites. Laurent tuvo que escribir a su padre para pedirle su consentimiento. El anciano labriego de Jeufosse, que ya casi ni se acordaba de que tenía un hijo en París, le contestó cuatro líneas en que le decía que podía casarse o irse al infierno, si tal era su deseo; le dio a entender que, como no pensaba darle ni un cuarto en la vida, lo dejaba dueño y señor de su cuerpo y le daba permiso para hacer cuantas locuras quisiera. Esta autorización preocupó grandemente a Laurent.

La señora Raquin, tras leer la carta de aquel padre desnaturalizado, tuvo un arranque de bondad que la llevó á cometer una tontería. Puso a nombre de su sobrina los cuarenta mil y pico francos que tenía y se quedó sin nada para dárselo todo al nuevo matrimonio, fiándose de su generosidad y no queriendo deber su dicha sino a ellos. Laurent no aportaba nada a la comunidad; insinuó incluso que no pensaba seguir siempre en su empleo y que, a lo mejor, volvía a pintar. Por lo demás, el porvenir de la familia estaba asegurado; las rentas de los cuarenta mil y pico francos, junto con las ganancias de la mercería, daban para que tres personas viviesen sin apuros. Tendrían lo imprescindible para ser dichosos.

Se aceleraron los preparativos de la boda. Se abreviaron los trámites cuanto fue posible. Era como si todos tuvieran prisa por meter a Laurent en el dormitorio de Thérèse. Al fin llegó el ansiado día.