Читать параллельно с  Английский  Французский 
Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 20.
< Назад  |  Дальше >
Шрифт: 

Por la mañana, Laurent y Thérèse se despertaron, cada cual en su cuarto, con el mismo pensamiento hondamente alegre: ambos se dijeron que acababa de concluir su última noche de terror. Ya no volverían a dormir solos, se defenderían mutuamente del ahogado.

Thérèse miró en torno y sonrió con extraña expresión al calibrar con la mirada su ancha cama. Se levantó y se vistió despacio, mientras esperaba a Suzanne, que iba a venir a ayudarla en su avío de novia.

Laurent se sentó en la cama. Se quedó así unos minutos, despidiéndose de su buhardilla, que le parecía infame. Al fin iba a dejar aquella perrera y tener mujer propia. Corría el mes de diciembre. Tiritaba. Puso los pies en los baldosines diciéndose que aquella noche estaría bien calentito.

La señora Raquin, que sabía los apuros que pasaba, le había puesto en la mano, ocho días antes, una bolsa en la que había quinientos francos, todos sus ahorros. El joven la aceptó sin más miramientos y se compró ropa nueva. El dinero de la anciana mercera le permitió, además, comprarle a Thérèse los regalos al uso.

El pantalón negro el frac y también el chaleco blanco, la camisa y la corbata de tela fina, estaban colocados en dos sillas. Laurent se jabonó, se perfumó el cuerpo con un frasco de agua de colonia y luego se vistió y arregló con gran primor. Quería estar guapo. Cuando se estaba poniendo el cuello postizo, un cuello alto y rígido, notó un vivo dolor en la garganta; el botón se le escurría de los dedos; se impacientaba y le parecía que la tela almidonada se le hincaba en la carne. Quiso saber qué sucedía y alzó la barbilla; vio entonces que el mordisco de Camille estaba muy rojo; el cuello duro le había despellejado un poco la cicatriz. Laurent apretó los labios y se puso pálido; contemplar, en esos momentos, aquella mancha que le jaspeaba la garganta lo asustó y lo irritó. Arrugó el cuello duro y cogió otro, que se puso con mil cuidados. Acabó luego de vestirse. Cuando bajó, iba muy tieso con la ropa nueva; no se atrevía a girar la cabeza, con el pescuezo preso en el apresto de los tejidos. Cada vez que se movía, algún doblez de esos tejidos le pellizcaba la llaga con que los dientes del ahogado le habían horadado la carne. Y padeciendo aquellos agudos pinchazos subió al coche y fue a buscar a Thérèse para llevarla al Ayuntamiento y a la iglesia.

Recogió al pasar a un empleado de los ferrocarriles de Orleáns y a Michaud padre, que iban a ser sus testigos. Cuando llegaron a la tienda, todo el mundo estaba ya listo: los esperaban Grivet y Olivier, que eran testigos de Thérèse, y Suzanne, que miraba a la novia igual que miran las niñas a las muñecas que acaban de vestir. La señora Raquin, aunque no podía ya andar, quiso ir con sus hijos a todas partes. La subieron a un coche y se fueron.

Todo transcurrió debidamente en el Ayuntamiento y en la iglesia. El comportamiento reposado y modesto de los novios fue notado y celebrado. Dieron el sí sacramental con una emoción que enterneció al mismísimo Grivet. Se hallaban como en un sueño. Mientras estaban sentados o arrodillados, uno junto al otro, tranquilos, cruzaban por ellos, a su pesar, desatentados pensamientos que los desgarraban. Evitaron mirarse a la cara. Cuando volvieron a subir al coche, les pareció que eran más ajenos entre sí que antes.

Se había adoptado la decisión de cenar en familia, en un restaurante pequeño de los altos de Belleville. Los únicos invitados eran los Michaud y Grivet. Mientras esperaban que dieran las seis, los asistentes a la boda pasearon en coche por los bulevares; luego, fueron al figón en que estaba puesta la mesa para siete personas, en un reservado pintado de amarillo que apestaba a polvo y vino.

La comida no fue alegre en exceso. Los novios estaban serios y pensativos. Tenían desde por la mañana extrañas sensaciones en las que no intentaban calar. Ya desde primera hora, los había aturdido la rapidez de los trámites y la ceremonia que acababan de unirlos para siempre. A continuación, fue como si el prolongado paseo por los bulevares los arrullase y los durmiese; les parecía que aquel paseo había durado meses enteros; por lo demás, se habían entregado sin impaciencia a la monotonía de las calles, fijándose en las tiendas y los transeúntes con ojos muertos, presas de un embotamiento que los atontaba e intentaban quitarse de encima probando a reír a carcajadas. Cuando llegaron al restaurante, un abrumador cansancio les agobiaba los hombros, un creciente pasmo se apoderaba de ellos.

Sentados a la mesa frente por frente, sonreían con expresión cohibida y volvían a caer, una y otra vez, en una agobiada ensoñación; comían, respondían y se movían igual que máquinas. La misma secuencia de pensamientos escurridizos pasaba sin cesar por el perezoso cansancio de sus mentes. Eran marido y mujer, pero no tenían conciencia de haber cambiado de estado; y eso era algo que los tenía muy asombrados. Les parecía que aún los separaba un abismo; de vez en cuando, se preguntaban cómo podrían cruzar ese abismo. Creían estar aún en los tiempos anteriores al crimen, cuando se alzaba entre ellos un obstáculo material. Luego, de pronto, se acordaban de que aquella noche, en cuanto transcurrieran unas horas, iban a dormir juntos; entonces se miraban asombrados, sin comprender por qué ya les era permitido. No sentían su unión; antes bien, soñaban que acaban de apartarlos con violencia y arrojarlos lejos uno de otro.

Balbucieron y se ruborizaron cuando los invitados, que reían como necios en torno a ellos, quisieron oír cómo se tuteaban para disipar toda tirantez, y no consiguieron resolverse a comportarse como amantes delante de todo el mundo.

Sus deseos se habían vuelto romos durante la espera, todo el pasado había desaparecido. Perdían sus violentos apetitos de voluptuosidad, olvidaban incluso su alegría de por la mañana, aquella honda alegría que los había invadido al pensar que ya no volverían a tener miedo. Estaban, sencillamente, cansados y aturdidos por todo lo que les estaba sucediendo; los acontecimientos del día les rondaban por la cabeza, incomprensibles y monstruosos. Allí estaban, mudos, sonrientes, sin espera ni esperanza. En lo hondo de su abatimiento, bullía una ansiedad vagamente dolorosa.

Y Laurent, cada vez que movía el cuello, notaba un ardiente escozor que le mordía la carne; el cuello duro se le hincaba en el mordisco de Camille y se lo pellizcaba. Mientras el alcalde le leía el código civil, mientras el sacerdote le hablaba de Dios, durante todos y cada uno de los minutos de aquel día tan largo, estuvo notando los dientes del ahogado, que se le clavaban en la carne. A veces le parecía que un hilillo de sangre le corría por el pecho y le iba a manchar de rojo la blancura del chaleco.

La señora Raquin agradeció, en su fuero interno, la circunspección de los recién casados; una ruidosa alegría habría herido a la pobre madre; para ella, su hijo estaba presente, invisible, y ponía a Thérèse en manos de Laurent. No opinaba lo mismo Grivet, a quien le parecía la boda triste e intentaba en vano animarla, pese a las miradas de Michaud y Olivier, que lo clavaban en la silla cada vez que quería ponerse de pie para decir alguna necedad. Consiguió, no obstante, levantarse en una ocasión para hacer un brindis

—Bebo a la salud de los hijos de estos señores —dijo con tono chusco.

No quedó más remedio que brindar. Thérèse y Laurent se habían puesto muy pálidos al oír la frase de Grivet. Nunca se habían parado a pensar que podían tener hijos. Aquel pensamiento cruzó por ellos como un escalofrío gélido. Chocaron los vasos con ademán nervioso y se miraron atentamente; sorprendidos, asustados de estar allí, frente por frente.

Se levantaron pronto de la mesa. Los invitados quisieron acompañar a los novios hasta el tálamo. No eran mucho más de las nueve y media cuando el cortejo nupcial regresó a la tienda del pasadizo. La vendedora de bisutería estaba aún metida en su armario, con su caja forrada de terciopelo azul. Alzó la cabeza con curiosidad y miró a los recién casados con una sonrisa. Éstos sorprendieron aquella mirada y se quedaron aterrados. A lo mejor aquella anciana había estado al tanto de sus citas de antaño, por haber visto a Laurent escurriéndose por la estrecha galería.

Thérèse se retiró casi en el acto, en compañía de la señora Raquin y de Suzanne. Los hombres se quedaron en el comedor mientras la novia se aprestaba para la noche. Laurent, desmadejado y decaído, no sentía la menor impaciencia; atendía de buen grado a las chocarrerías de Michaud padre y de Grivet, que ya no se andaban con chiquitas ahora que las señoras no estaban delante. Cuando Suzanne y la señora Raquin salieron de la cámara nupcial y la anciana mercera dijo al joven con conmovida voz que su mujer lo estaba esperando, éste se sobresaltó, se quedó aturullado por un momento y, luego, estrechó con nerviosismo las manos que le tendían y entró en el dormitorio de Thérèse sujetándose a la puerta, igual que un borracho.