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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 29.
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Llegó una nueva etapa. Thérèse, a quien el miedo había llevado al límite de sus fuerzas, al no saber ya dónde hallar un pensamiento que la consolase, empezó a llorar a Camille delante de Laurent.

Sufrió un repentino hundimiento. Sus nervios, demasiado tensos, cedieron; su temple seco y violento se aflojó. Ya había tenido algunos enternecimientos así en los primeros días de matrimonio. Y esos enternecimientos volvieron, como una reacción necesaria y fatal. Tras luchar la joven con toda su energía nerviosa contra el espectro de Camille, tras vivir varios meses en una sorda irritación, rebelada contra sus padecimientos, pretendiendo remediarlos sin más firmeza que la que en ella había, sintió súbitamente un cansancio tal, que cedió y admitió la derrota. Volvió entonces a ser una mujer, e incluso una niña, sin fuerza ya para mostrar rigidez, para aguantar a pie firme, febrilmente, ante sus espantos. Y cayó en la compasión, en las lágrimas y los arrepentimientos, esperando hallar en ello algún alivio. Intentó sacar partido de aquellas debilidades de la carne y el pensamiento que se apoderaban de ella; quizá el ahogado, que no se había doblegado ante sus enfados, se doblegaría ante su llanto. Tuvo así remordimientos calculados, diciéndose que debía de ser el medio mejor para apaciguar y contentar a Camille. Como algunas devotas, que piensan que engañan a Dios y pueden arrancarle el perdón orando de labios afuera y adoptando la humilde actitud de la penitencia, Thérèse se humilló, se dio golpes de pecho, halló palabras de arrepentimiento, aunque sin tener en lo hondo del corazón más que temor y cobardía. Por lo demás, sentía algo así como un placer físico al ceder, al sentirse floja y quebrantada, al brindarse al dolor sin resistencia.

Abrumó a la señora Raquin con su lacrimógena desesperación. Usó de la paralítica a diario; le hacía ésta las veces, por decirlo de alguna manera, de reclinatorio, de mueble ante el que podía, sin temor, confesar sus faltas y pedir perdón. En cuanto sentía necesidad de llorar, de distraerse sollozando, se arrodillaba ante la inválida y allí gritaba, se atragantaba, interpretaba ella sola una escena de remordimiento que la aliviaba al tiempo que la debilitaba.

—Soy una miserable —balbucía—; no merezco indulgencia. La engañé a usted; llevé a su hijo a la muerte. Nunca me perdonará... Y, sin embargo, si pudiera ver en mi interior los remordimientos que me destrozan, si supiera cuánto sufro, quizá se compadecería... No, no debe haber compasión para mí. Querría morirme así, a los pies de usted, aniquilada de dolor y vergüenza.

Hablaba de esta forma durante horas, pasando de la desesperación a la esperanza, condenándose para perdonarse después; ponía voz de niña enferma, tan pronto entrecortada como quejumbrosa; se tendía en los baldosines, como aplastada, para enderezarse luego, obedeciendo a cuantas ideas de humildad y orgullo, de arrepentimiento y rebeldía se le iban ocurriendo. A veces, llegaba incluso a olvidar que estaba arrodillada ante la señora Raquin y proseguía su monólogo en el sueño. Cuando se había aturdido por completo con sus propias palabras, se incorporaba, titubeante, atontada, y bajaba a la tienda, calmada, no temiendo ya estallar en sollozos nerviosos en presencia de las clientes. Cuando se adueñaba de ella una nueva necesidad de remordimientos, se apresuraba a subir de nuevo y volver a arrodillarse a los pies de la inválida. Y la escena se repetía diez veces al día.

A Thérèse no se le ocurría nunca pensar que sus lágrimas y sus muestras de arrepentimiento no podían por menos de someter a su tía a indecibles angustias. Lo cierto era que, si alguien hubiera querido idear un suplicio para torturar a la señora Raquin, no habría podido hallar ninguno más espantoso que aquella comedia del remordimiento que interpretaba su sobrina. La paralítica adivinaba el egoísmo oculto tras aquellas efusiones de dolor. Sufría terriblemente con aquellos largos monólogos que no le quedaba más remedio que soportar a cada momento y le hacían presente continuamente el asesinato de Camille. No podía perdonar, se recluía en un pensamiento implacable de venganza que su invalidez tornaba más acuciante, y tenía que estar todo el día oyendo peticiones de perdón, ruegos humildes y cobardes. Habría querido contestar; algunas frases de su sobrina le ponían en la garganta aplastantes negativas, pero tenía que seguir muda y dejar que Thérèse abogase por sí sin interrumpirla nunca. La imposibilidad en que se hallaba de gritar y de taparse los oídos la colmaban de un indecible tormento. Y, una tras otra, las palabras de la joven se le iban metiendo en la cabeza, lentas y quejumbrosas, como un canto irritante. Creyó por un momento que los asesinos le infligían aquella clase de suplicio movidos por una diabólica idea de crueldad. Su único medio de defensa era cerrar los ojos en cuanto su sobrina se arrodillaba ante ella; la oía, pero, al menos, no la veía.

Thérèse acabó por envalentonarse hasta atreverse a besar a su tía. Un día, durante un ataque de arrepentimiento, fingió que había sorprendido en los ojos de la paralítica un pensamiento misericordioso; se arrastró, de rodillas, y se alzó, gritando con voz desatentada: «¡Me perdona! ¡Me perdona! ». Besó, luego, la frente y las mejillas de la pobre anciana, que no pudo echar hacia atrás la cabeza. La carne fría en la que posó Thérèse los labios le causó una profunda repugnancia. Pensó que esa repugnancia sería, al igual que las lágrimas y los remordimientos, un medio excelente de calmar los nervios; siguió besando á diario a la inválida, como penitencia y para hallar alivio.

—¡Ay, qué buena es usted! —exclamaba a veces—. Bien veo que mis lágrimas la han conmovido... Sus miradas están llenas de compasión... Estoy salvada...

Y la abrumaba a caricias, le apoyaba la cabeza en las rodillas, le besaba las manos, le sonreía con dicha, la atendía con muestras de apasionado afecto. Al cabo de cierto tiempo, creyó que la comedia era realidad, imaginó que había conseguido el perdón de la señora Raquin. Y no le habló ya más que de cuán feliz se sentía al contar con su clemencia.

Aquello fue demasiado para la impedida. A punto estuvo de morirse. Cuando la besaba su sobrina, notaba la misma sensación agria de repugnancia y rabia que la embargaba mañana y tarde cuando Laurent la tomaba en brazos para levantarla o acostarla. No le quedaba más remedio que tolerar las inmundas caricias de la miserable que había traicionado y matado a su hijo; ni siquiera podía limpiarse con la mano los besos que le ponía aquella mujer en las mejillas. Durante largas horas, notaba cómo la abrasaban aquellos besos. Fue convirtiéndose así en la muñeca de los asesinos de Camille, una muñeca a la que vestían, a la que daban la vuelta a derecha e izquierda, a la que utilizaban según sus necesidades y caprichos. Se hallaba inerte entre sus manos, como si sólo hubiese tenido serrín en las entrañas; y, no obstante, sus entrañas estaban vivas, y se sublevaban y desgarraban al menor contacto de Thérèse o de Laurent. Lo que más la exasperaba era la burla atroz de la joven, que pretendía leerle en la mirada pensamientos misericordiosos, siendo así que lo que habrían querido aquellas miradas suyas hubiera sido fulminar a la asesina. Hizo con frecuencia supremos esfuerzos para lanzar un grito de protesta, puso en sus ojos todo el odio que sentía. Pero Thérèse, a quien le convenía repetirse veinte veces al día que estaba perdonada, acrecentó sus caricias y no quiso intuir nada. La paralítica tuvo que aceptar unos agradecimientos y unas efusiones que rechazaba su corazón. Vivió, a partir de entonces, colmada de una irritación amarga e impotente, frente a su sobrina, ablandada, que ideaba deliciosas muestras de ternura para recompensar a su tía de lo que había dado en llamar su celestial bondad.

Cuando Laurent estaba presente y su mujer se arrodillaba delante de la señora Raquin, la hacía incorporarse con brutalidad.

—Ya está bien de comedias —le decía—. ¿Acaso lloro yo? ¿Acaso me prosterno yo?... Haces todas esas cosas para alterarme.

Los remordimientos de Thérèse le causaban una singular congoja. Sufría más desde que su cómplice rondaba con los ojos enrojecidos por las lágrimas y los labios suplicantes. Ver aquel arrepentimiento viviente doblaba sus espantos, hacía crecer su malestar. Era como un perpetuo reproche que anduviera por la casa. Temía, además, que el arrepentimiento impulsara a su mujer un buen día a contarlo todo. Habría preferido que siguiera rígida y amenazadora, defendiéndose acerbamente de sus acusaciones. Pero Thérèse había cambiado de táctica; ahora reconocía de buen grado la parte que había tomado en el crimen, se acusaba a sí misma, se tornaba blanda y medrosa, y se apoyaba en todo ello para implorar la redención con ardorosos arrebatos de humildad. Aquel comportamiento irritaba a Laurent. Sus peleas eran cada noche más abrumadoras y siniestras.

—Mira —le decía Thérèse a su marido—, somos unos grandísimos culpables; tenemos que arrepentirnos si queremos gozar de alguna paz... Fíjate, desde que lloro estoy más tranquila. Haz como yo. Digamos juntos que estamos padeciendo el justo castigo por haber cometido un horrendo crimen.

—¡Bah! —contestaba Laurent con brusquedad—. Tú di lo que quieras. Bien sé que eres endiabladamente hábil e hipócrita. Llora, si eso te entretiene. Pero te ruego que no me des la lata con tus lágrimas.

—¡Pero qué malvado eres! Te niegas al remordimiento. Y, sin embargo, eres cobarde. Cogiste a Camille a traición.

—¿Quieres decir que soy el único culpable?

—No, no digo eso. Soy culpable, más culpable que tú. Habría debido salvar a mi marido de tus manos. Ay, bien sé todo el horror de mi culpa, pero intento obtener el perdón, y lo conseguiré, Laurent, mientras que tú seguirás llevando una vida desconsolada... Ni siquiera tienes el coraje de ahorrarle a mi pobre tía el espectáculo de tus infames enojos; y nunca le has dicho ni una palabra de arrepentimiento.

Y besaba a la señora Raquin, que cerraba los ojos.

Daba vueltas a su alrededor, subiéndole la almohada que le sostenía la cabeza, prodigándole mil ternezas. Laurent se exasperaba.

—¡Déjala ya! —voceaba—. ¿No te das cuenta de que le resulta odioso verte y soportar tus cuidados? Si pudiera levantar la mano, te abofetearía.

Las palabras lentas y quejumbrosas de su mujer, sus actitudes resignadas, iban llevando gradualmente a Laurent a unas iras ciegas. Se daba perfecta cuenta de cuál era su táctica; quería dejar de hacer causa común con él, colocarse aparte, sumida en su arrepentimiento, para sustraerse al abrazo del ahogado. Se decía a veces que quizá había tomado Thérèse el camino correcto, que las lágrimas la curarían de los espantos, y temblaba al pensar en la posibilidad de sufrir él solo, de tener miedo él solo. Habría querido arrepentirse también, interpretar, al menos, la comedia de los remordimientos, por ver qué pasaba; pero no podía dar con los sollozos y las palabras necesarias, tornaba a la violencia, azuzaba a Thérèse para irritarla y hacer que volviese con él a la locura absoluta. La joven tenía buen cuidado de no salir de su inercia, de responder con lacrimógenos sometimientos a los gritos de enojo de Laurent, de mostrarse tanto más humilde y arrepentida cuanto más rudo se mostraba él. Laurent iba encrespándose así hasta la rabia. Para llevar al colmo su irritación, Thérèse acababa siempre haciendo el panegírico de Camille, exponiendo las virtudes de la víctima.

—Era bueno —decía—, y muy crueles tuvimos que ser para ensañarnos con ese gran corazón que nunca tuvo un mal pensamiento.

—Era bueno, sí, ya... —decía Laurent con sarcástica risa—; lo que quieres decir es que era tonto, ¿verdad?... ¿Es que ya se te ha olvidado? Decías que cualquier palabra suya te irritaba, que no podía abrir la boca sin soltar una sandez.

—No te burles... Sólo te faltaba insultar al hombre al que asesinaste... No sabes nada del corazón de las mujeres, Laurent; Camille me quería, y yo lo quería a él.

—Sí, claro, lo querías, no está mal el invento... Debe de ser porque querías a tu marido por lo que me tomaste por amante... Recuerdo el día en que te frotabas contra mi pecho diciéndome que Camille te daba asco cuando hundías los dedos en su carne como si fuera arcilla... Si ya sé por qué me quisiste a mí. Necesitabas unos brazos bastante más vigorosos que los de ese pobre diablo.

—Lo quería como una hermana. Era el hijo de mi bienhechora, tenía todos los detalles delicados de las naturalezas débiles; era noble y generoso, cariñoso y servicial... ¡Y lo hemos matado, Dios mío, Dios mío!

Lloraba, se privaba. La señora Raquin le lanzaba miradas punzantes, indignada al oír las alabanzas de Camille en boca tal. Laurent, impotente ante aquella inundación de lágrimas, caminaba con paso febril, buscando algún medio supremo para reprimir los remordimientos de Thérèse. Todo lo bueno que oía decir de su víctima acababa por producirle una dolorosa ansiedad; a veces, caía en la red del desgarrado acento de su mujer y creía de verdad en las virtudes de Camille, con lo que crecían sus espantos. Pero lo que lo sacaba de sus casillas, lo que lo abocaba a acciones violentas, era el paralelismo que la viuda del ahogado no dejaba nunca de trazar entre su primer marido y el segundo, dándole toda la ventaja al primero.

—Pues sí —exclamaba—, era mejor que tú; preferiría que aún estuviera vivo y estuvieras tú metido bajo tierra, en vez de él.

Laurent empezaba por encogerse de hombros.

—Por mucho que digas —añadía ella, cada vez más exaltada—, es posible que no lo quisiera cuando estaba vivo, pero ahora me acuerdo y lo quiero... Lo quiero y a ti te odio, ¿sabes? Tú eres un asesino...

—¿Callarás? —vociferaba Laurent.

—Y él es una víctima, un hombre honrado al que mató un bribón. No, no te tengo miedo... Sabes muy bien que eres un miserable, un hombre brutal, sin corazón y sin alma. ¿Cómo te voy a querer ahora que te cubre la sangre de Camille?... ¡Camille era tan tierno conmigo! Y yo te mataría, ¿me oyes?, si eso pudiera resucitar a Camille y devolverme su amor.

—¿Callarás, miserable?

—¿Por qué iba a callarme? Digo la verdad. Compraría el perdón pagándolo con tu sangre. ¡Ay, cuánto lloro y cuánto sufro! ¡Yo tengo la culpa de que este malhechor matase a mi marido! Tendré que ir una noche a besar la tierra en que descansa. Ésos serán mis últimos placeres.

Laurent, ebrio de rabia ante los atroces cuadros que Thérèse le ponía ante la vista, se abalanzaba sobre ella, la tiraba al suelo y le ponía una rodilla encima, alzando el puño.

—Sí —decía ella—; pégame, mátame... Nunca me levantó la mano Camille, pero tú eres un monstruo.

Y Laurent, al azuzarlo tales palabras, la zarandeaba con rabia, la golpeaba, le mortificaba el cuerpo con el puño cerrado. En dos ocasiones, estuvo a punto de estrangularla. Thérèse cedía bajo los golpes; sentía una acerba voluptuosidad cuando le pegaba; lo consentía, se brindaba, provocaba a su marido para que la maltratase más. Era éste otro remedio contra los sufrimientos de su vida; dormía mejor por la noche si antes la habían zurrado bien. La señora Raquin gozaba con doloroso deleite cuando Laurent arrastraba por los baldosines a su sobrina, castigándole el cuerpo a patadas.

La existencia del asesino era espantosa desde el día en que a Thérèse se le había ocurrido el infernal invento de sentir remordimiento y llorar a voces a Camille. A partir de entonces, el infeliz vivió continuamente con su víctima, tenía que oír cómo su mujer, a todas horas, elogiaba y echaba de menos a su primer marido. Cualquier circunstancia era un pretexto: Camille hacía esto, Camille hacía lo otro. Camille tenía tal virtud, Camille quería de tal manera. Siempre Camille, siempre frases compungidas que lloraban la muerte de Camille. Thérèse ponía toda su perversidad en hacer aún más cruel aquella tortura a la que sometía a Laurent para salvaguardarse ella. Entró en los detalles más íntimos, refirió las mil naderías de su juventud con suspiros de añoranza y mezcló así el recuerdo del ahogado con todos y cada uno de los acontecimientos de la vida cotidiana. El cadáver rondaba ya antes la casa, pero ahora entró en ella abiertamente. Se sentó en las sillas y a la mesa, se tendió en la cama, usó los muebles y los objetos que había por allí. Laurent no podía tocar un tenedor, un cepillo o cualquier otra cosa sin que Thérèse le recalcase que Camille la había tocado antes que él. Tropezando continuamente con el hombre al que había matado, el asesino acabó por notar una peculiar sensación que a punto estuvo de hacerlo enloquecer; a fuerza de ver cómo lo comparaban con Camille y de utilizar los objetos que antes había utilizado Camille, se imaginó que era Camille, que se identificaba con su víctima. Le estallaba la cabeza y se abalanzaba entonces sobre su mujer para hacerla callar, para no seguir oyendo aquellas palabras que lo llevaban al delirio. Todas sus peleas acababan con golpes.