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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 30.
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Llegó un momento en que a la señora Raquin, para librarse de los sufrimientos que padecía, se le ocurrió la idea de dejarse morir de hambre. Había agotado su coraje y no podía soportar ya por más tiempo el martirio que le imponía la presencia continua de los asesinos; soñaba con hallar en la muerte un supremo alivio. Cada día eran mayores sus angustias cuando la besaba Thérèse, cuando Laurent la tomaba en brazos y la llevaba como a un niño. Decidió que se libraría de esas caricias y de esos abrazos que le causaban una espantosa repugnancia. Puesto que no tenía ya vida bastante para vengar a su hijo, prefería morir del todo y no dejar entre las manos de los asesinos más que un cadáver que no sintiese nada y con el que pudiesen hacer lo que les viniera en gana.

Estuvo dos días rechazando todo alimento, empeñando sus últimas fuerzas en apretar los clientes, escupiendo lo que conseguían meterle en la boca. Thérèse estaba desesperada; se preguntaba al pie de qué hito iría a llorar y a arrepentirse cuando faltase su tía. Le espetó interminables sermones para demostrarle que tenía que vivir, lloró, llegó incluso a enfadarse, volviendo a sus antiguas furias, separándole las mandíbulas a la paralítica como se abren las de un animal que se resiste. La señora Raquin no cejaba. Era un combate odioso.

Laurent seguía neutral e indiferente por completo. Lo asombraba el rabioso empeño que ponía Thérèse en impedir el suicidio de la inválida. Ahora que la presencia de la anciana no les valía ya para nada, deseaba que muriera. No la habría matado, pero, puesto que deseaba morir, no veía la necesidad de negarle los medios para ello.

—¡Pero déjala! —le gritaba a su mujer—. Eso que nos quitamos de encima... A lo mejor somos más felices cuando ella no esté.

Aquella frase, que Laurent repitió en varias ocasiones delante de ella, causó una singular emoción a la señora Raquin. Temió que la esperanza de Laurent se cumpliese y que, tras su muerte, el matrimonio disfrutase de horas apacibles y felices. Se dijo que era una cobardía morir, que no tenía derecho a irse antes de haber presenciado el desenlace de la siniestra aventura. Sólo entonces podría bajar a la oscuridad, para decirle a Camille: «Ya estás vengado». La idea del suicidio le resultó penosa cuando pensó, de pronto, en la ignorancia que se llevaría consigo a la tumba; allí, en el frío y el silencio de la tierra, dormiría con el eterno tormento de no saber si sus verdugos habían recibido el castigo. Para dormir a gusto el sueño de la muerte, tenía que adormecerse con la dolorosa alegría de la venganza, tenía que llevarse consigo un sueño de odio saciado, un sueño que pudiese soñar por toda la eternidad. Aceptó los alimentos que le ofrecía su sobrina, consintió en seguir viviendo.

Se daba, por lo demás, perfecta cuenta de que el desenlace no podía ya tardar mucho. La situación era cada día más tensa e insostenible entre marido y mujer. Era inminente el estallido que debía dar al traste con todo. Thérèse y Laurent se enfrentaban a todas horas, cada vez más amenazadores. Estar juntos ya no los hacía padecer sólo por las noches; pasaban el día entero entre ansiedades y desgarradoras crisis. Todo se les tornaba miedo y sufrimiento. Vivían en un infierno, hiriéndose, convirtiendo en amargo y cruel cuanto hacían y decían, pretendiendo arrojarse mutuamente al abismo que intuían bajo sus pies, y cayendo en él al tiempo.

Cierto es que ambos habían pensado en separarse. Habían soñado, cada cual por su cuenta, con huir, con ir a disfrutar de un poco de paz lejos de aquel pasadizo de Le Pont-Neuf cuya humedad y mugre parecían pensadas para su desconsolada existencia. Pero no se atrevían, no podían escapar. Les parecía inconcebible no destrozarse mutuamente, no quedarse en donde estaban para padecer y que el otro padeciera. Tenían el empecinamiento del odio y la crueldad. Los desviaba y los sujetaba a la vez algo parecido a la repulsión y la atracción; tenían esa peculiar sensación de dos personas que, tras haber discutido, desean separarse, pero, no obstante, vuelven continuamente a la carga para seguir insultándose a voces. Había, además, obstáculos materiales que les impedían huir; no sabían ni qué hacer con la inválida ni qué decir a los invitados de los jueves. Si salían huyendo, era posible que sospechasen algo; Thérèse y Laurent imaginaban entonces que los perseguían, que los guillotinaban. Y no se iban por cobardía; se quedaban e iban a rastras, miserablemente, por el horror de sus existencias.

Cuando, por la mañana y por la tarde, no estaba Laurent, Thérèse iba del comedor a la tienda, ansiosa y alterada, no sabiendo cómo llenar el vacío que cada día ahondaba más en ella. Cuando no estaba llorando a los pies de la señora Raquin o no estaba pegándole e insultándola su marido, se sentía desocupada. En cuanto se veía sola en la tienda, la invadía el abatimiento, miraba con expresión alelada a la gente que iba por el pasadizo sucio y negro, le entraba una tristeza de muerte en lo hondo de aquella sepultura que apestaba a cementerio. Acabó por rogarle a Suzanne que viniese a hacerle compañía días enteros, con la esperanza de que la presencia de aquella humilde criatura, dulce y pálida, la tranquilizaría.

Suzanne aceptó con alegría el ofrecimiento; seguía apegada a Thérèse con algo así como una respetuosa amistad; llevaba tiempo con ganas de acudir a la tienda y trabajar con ella mientras Olivier estaba en la oficina. Trajo su labor de bordado y ocupó, tras el mostrador, el sitio vacío de la señora Raquin.

A partir de ese día, Thérèse se olvidó un poco de su tía. Subió menos veces a llorar en el regazo de ésta y besar su rostro muerto. Tenía otra ocupación. Se esforzaba por escuchar con interés la pausada charla de Suzanne, que hablaba de su casa, de las trivialidades de su vida monótona. Ello la obligaba a salir de sí misma. A veces se sorprendía interesándose por bobadas, cosa que le arrancaba luego una sonrisa amarga.

Poco a poco, se fue quedando sin todas las parroquianas. Desde que su tía yacía en su sillón, en el piso de arriba, no le importaba que la tienda se fuera pudriendo, dejaba que el polvo y la humedad fueran apoderándose de la mercancía. Rondaban por el local olores de moho, las arañas bajaban del techo, el entarimado estaba casi siempre sin barrer. Por lo demás, lo que ahuyentó sobre todo a las clientes fue la curiosa forma en que Thérèse las recibía a veces. Cuando le estaba dando una paliza Laurent en el piso de arriba o se había adueñado de ella un ataque de pánico, si la campanilla de la puerta de la tienda sonaba imperativamente, tenía que bajar sin tomarse apenas el tiempo ni de recogerse el pelo ni de secarse las lágrimas; atendía entonces con brusquedad a la cliente que la estaba esperando; a veces, incluso, se ahorraba el trabajo de tener que despachar y contestaba, desde la parte de arriba de la escalera, que ya no trabajaba el artículo que le estaban pidiendo. Aquel comportamiento tan poco alentador no era el más adecuado para que la gente volviese. Las jóvenes operarias del barrio, acostumbradas a la dulzona amabilidad de la señora Raquin, dejaron de entrar al ver las rudezas y las miradas dementes de Thérèse. Cuando ésta hizo que Suzanne viniese a hacerle compañía, la deserción fue completa: las dos jóvenes, para que no interrumpiesen su charla, se las apañaron para despedir a las últimas compradoras que aún venían. A partir de ese momento, el comercio de mercería dejó de aportar ni un céntimo para las necesidades de la casa; fue menester empezar a gastarse los cuarenta mil y pico francos del capital.

A veces, Thérèse salía y se pasaba fuera toda la tarde. Nadie sabía adónde iba. No cabía duda de que había hecho venir a Suzanne no sólo para tener quien la acompañase, sino también para cuidar la tienda mientras ella no estaba. Por la noche, cuando volvía, rendida, con las ojeras negras de agotamiento, encontraba a la mujercita de Olivier detrás del mostrador, apoltronada, sonriendo con sonrisa desvaída, en la misma postura en que la había dejado cinco horas antes.

Unos cinco meses después de su boda, Thérèse tuvo un gran susto. Supo con seguridad que estaba embarazada. La idea de tener un hijo de Laurent le parecía monstruosa sin saber por qué. Sentía el impreciso temor de parir un ahogado. Le parecía sentir en las entrañas el frío de un cadáver desbaratado y reblandecido. Quiso librarse a toda costa de aquel niño que la atería y no podía seguir llevando en el vientre. No le dijo nada a su marido y, un día, tras haberlo provocado cruelmente, cuando alzaba él la pierna para darle una patada, adelantó el vientre. Dejó que la golpease de esta forma hasta darla casi por muerta. Al día siguiente, tuvo un aborto.

Por su parte, Laurent llevaba una vida horrorosa. Los días le parecían insoportablemente largos; todos traían consigo las mismas angustias, los mismos y abrumadores tedios, que lo agobiaban siempre a la misma hora, con monotonía y regularidad aplastantes. Iba a rastras por la existencia, espantándose cada noche con el recuerdo del día transcurrido y la espera del siguiente. Sabía que, en adelante, todos los días de su vida iban a ser iguales, que todos le traerían sufrimientos parejos. Y veía las semanas, los meses, los años que lo esperaban, sombríos e implacables, acudiendo en fila, viniéndosele encima y asfixiándolo poco a poco. Cuando no hay esperanza para el futuro, el presente se tiñe de una infame amargura. Laurent no se rebelaba ya, se aflojaba, cedía al anonadamiento que le iba robando todo su ser. La ociosidad lo mataba. Salía de casa, desde por la mañana, sin saber adónde ir, asqueado al pensar en hacer lo mismo que la víspera y no quedándole más remedio que volverlo a hacer. Iba a su estudio por hábito, por manía. Aquel cuarto de paredes grises, desde donde no se veía sino un trozo de cielo cuadrado y desierto, lo colmaba de taciturna tristeza. Se repantingaba en el sofá, con los brazos colgando y el pensamiento torpe. No se atrevía ya, por lo demás, a tocar un pincel. Había hecho más intentos y, en todas las ocasiones, la cara de Camille había empezado a reír con sarcasmo en el lienzo. Para no caer por la pendiente de la locura, acabó por dejar tirada la caja de óleos en un rincón y obligarse a la más absoluta pereza. Aquella pereza forzosa era para él un peso implacable. Por las tardes, se hacía angustiadas preguntas para saber en qué las iba a emplear. Se quedaba media hora en la acera de la calle Mazarine cavilando, vacilando acerca de a qué distracciones dedicarse. Descartaba la idea de volver a su estudio y adoptaba siempre la decisión de tomar por la calle de Guénégaud e ir a pasear luego por los muelles. Y hasta la noche caminaba sin desviarse, alelado, con escalofríos repentinos cuando miraba el Sena. Ya estuviera en su estudio, ya por la calle, su abatimiento era siempre igual. Al día siguiente, hacía otro tanto, pasaba la mañana en el sofá y rondaba por los muelles por la tarde. La situación duraba desde hacía meses y podía durar años.

Laurent pensaba a veces que había matado a Camille para poder, luego, estar sin nada que hacer; y lo asombraba sobremanera, ahora que no tenía nada que hacer, estar pasando por tales padecimientos. Habría querido obligarse a ser feliz. Se demostraba a sí mismo que cometía un error al sufrir, que acababa de alcanzar la dicha suprema, que consiste en cruzarse de brazos, y que era un necio por no disfrutar en paz de esa dicha. Pero los hechos desbarataban sus razonamientos. No le quedaba más remedio que reconocer en su fuero interno que la ociosidad hacía que sus angustias fueran más crueles, pues le dejaba todas las horas de su vida para pensar en cuán desesperado estaba y ahondar en la incurable aspereza de esa desesperación. La pereza, esa existencia de animal irracional con la que había soñado, tal era su castigo. A ratos, ansiaba fervientemente una ocupación que lo arrancase a sus pensamientos. Luego consentía, volvía a ceder bajo el peso de la sorda fatalidad que le ataba los miembros para aplastarlo con mayor certeza.

A decir verdad, sólo sentía algún alivio cuando pegaba a Thérèse por las noches, pues así salía de su entumecido dolor.

Su padecimiento más agudo, padecimiento físico y moral, venía del mordisco que le había dado Camille en el cuello. Había momentos en que se imaginaba que esa cicatriz le cubría el cuerpo entero. Si por ventura olvidaba el pasado, su carne y su pensamiento recordaban el crimen con el ardoroso pinchazo que le parecía notar. No podía ponerse delante de un espejo sin presenciar el fenómeno que con tanta frecuencia había observado y siempre lo llenaba de espanto: la emoción que sentía hacía que la sangre le subiera al cuello y le enrojeciera la llaga, que empezaba a roerle la piel. Aquella suerte de herida que vivía en su cuerpo, despertándose, arrebolándose y mordiéndolo en cuanto se alteraba lo más mínimo, lo asustaba y lo atormentaba. Creía, a la postre, que los dientes del ahogado le habían clavado en ese lugar un animal que lo estaba devorando. Le parecía que la parte del cuello en que se hallaba la cicatriz no pertenecía ya a su cuerpo; era como una carne ajena que alguien hubiera pegado en ese lugar, como una carne muerta y envenenada que le pudría los músculos.

Llevaba así consigo, dondequiera que fuese, el recuerdo vivo y voraz de su crimen. Cuando pegaba a Thérèse, ésta intentaba arañarlo en ese lugar; a veces le hincaba las uñas y le hacía dar alaridos de dolor. Solía fingir sollozos en cuanto veía el mordisco, para que a Laurent le resultase éste más insoportable. No tomaba más venganza de su brutal trato que la de martirizarlo valiéndose de ese mordisco.

Más de una vez había sentido Laurent la tentación, cuando se afeitaba, de darse un tajo en el cuello para que desaparecieran las señales de los dientes del ahogado. Cuando, delante del espejo, alzaba la barbilla y veía la mácula roja bajo la espuma blanca del jabón, se adueñaban de él súbitos arrebatos de rabia y arrimaba con vehemencia la navaja para hundirla en plena carne. Pero el frío de la navaja en la piel lo hacía volver en sí siempre; le daba un vahído, tenía que sentarse y esperar a que su cobardía se calmase y le permitiese acabar de afeitarse.

No salía, por las noches, de su embotamiento más que para caer en iras ciegas y pueriles. Cuando ya estaba cansado de pelearse con Thérèse y de pegarle, daba patadas en las paredes, como los niños, y buscaba algo que romper. Le servía de alivio. Odiaba muy especialmente al gato atigrado, François, que, en cuanto aparecía Laurent, iba a buscar refugio en el regazo de la inválida. Si Laurent no lo había matado aún era porque, en realidad, no se atrevía a cogerlo. El gato lo miraba con sus ojos grandes y redondos, de diabólica fijeza. Eran esos ojos siempre abiertos lo que exasperaba al joven; se preguntaba qué le querían esos ojos que no se apartaban de él; acababa por sentir auténtico espanto y tener imaginaciones absurdas. Cuando durante las comidas, o en cualquier otro momento, en medio de una pelea o de un prolongado silencio, veía de pronto, al volver la cabeza, los ojos de François, que lo miraba detenidamente con expresión insistente e implacable, se ponía pálido, perdía la cabeza, estaba en un tris de gritarle al gato: «i Eh, tú! Habla ya, dime de una vez qué quieres». Cuando podía pisarle una pata o el rabo, lo hacía con medroso gozo y, entonces, el maullido del infeliz animal lo llenaba de un impreciso terror, como si hubiera oído el grito de dolor de una persona. Laurent temía, literalmente, a François. Sobre todo desde que el gato vivía en el regazo de la inválida como en el seno de una fortaleza inexpugnable, desde donde podía con total impunidad clavar los ojos verdes en su enemigo, el asesino de Camille hallaba un remoto parecido entre aquel animal irritado y la paralítica. Se decía que el gato, al igual que la señora Raquin, estaba al tanto del crimen y lo denunciaría si llegaba algún día a poder hablar.

Por fin, una noche, François miró a Laurent con tal fijeza que éste, en el colmo de la irritación, decidió que aquello no podía seguir así. Abrió de par en par la ventana del comedor y se acercó para coger al gato por la piel del pescuezo. La señora Raquin comprendió lo que iba a pasar y dos lagrimones le corrieron por las mejillas. El gato empezó a bufar y a ponerse tieso, intentando revolverse para morderle la mano a Laurent. Pero éste pudo más; le hizo dar dos o tres molinetes y luego lo lanzó, con toda la fuerza del brazo, contra el elevado muro negro de enfrente. François se aplastó contra la pared, se partió la espalda y cayó sobre la cristalera del pasadizo. Toda la noche estuvo el desdichado animal arrastrándose por el canalón, con el espinazo roto, lanzando roncos maullidos. Aquella noche, la señora Raquin lloró a François casi tanto como había llorado a Camille, y Thérèse tuvo un espantoso ataque de nervios. En la oscuridad, debajo de las ventanas, los quejidos del gato eran siniestros.

No tardó Laurent en tener nuevas preocupaciones. Lo asustaron ciertos cambios que vio en el comportamiento de su mujer.

Thérèse se volvió sombría y taciturna. Dejó de prodigar a la señora Raquin efusiones de arrepentimiento y besos agradecidos. Recobró para con la paralítica su expresión de fría crueldad e indiferencia egoísta. Habríase dicho que tras probar el remedio del remordimiento y, al no haber podido el remordimiento aliviarla, había buscado otro recurso. La tristeza le venía probablemente de la impotencia para apaciguar su vida. Miró a la inválida con algo parecido al desdén, como a algo inútil que ni siquiera valía ya para consolarla. No la atendió ya más que lo imprescindible para que no se muriese de hambre. A partir de ese momento, anduvo rondando por la casa muda y agobiada. Salía cada vez con mayor frecuencia, hasta cuatro y cinco veces por semana.

Aquellos cambios sorprendieron y alarmaron a Laurent. Creyó que el remordimiento de Thérèse estaba tomando nueva forma y se manifestaba ahora en aquel hastío taciturno que le llamaba la atención y le pareció harto más preocupante que la charlatana desesperación con que lo agobiara en otro tiempo. Thérèse no decía ya nada, no buscaba rencillas, parecía guardárselo todo para sí. Laurent habría preferido oír cómo apuraba su sufrimiento que verla replegada sobre sí misma de esa forma. Tuvo miedo de que, un día, la ahogase la angustia y, para aliviarse, fuera a contárselo todo a un sacerdote o a un juez de instrucción.

Las frecuentes salidas de Thérèse tomaron entonces para él un pavoroso sentido. Pensó que andaba buscando fuera un confidente, que estaba preparando su traición. Quiso seguirla en dos ocasiones y la perdió por las calles. Empezó a acecharla de nuevo. Se había apoderado de él una idea fija: Thérèse iba a revelárselo todo a alguien, movida por el sufrimiento, y él tenía que amordazarla, que detenerle la confesión en la garganta.