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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 4.
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Cada siete días, los jueves por la noche, la familia Raquin recibía. Encendían en el comedor una lámpara de gran tamaño y ponían a la lumbre un hervidor para hacer té. Era todo un acontecimiento. Aquella velada destacaba sobre las demás; se había afincado en los hábitos de la familia como una orgía burguesa desaforadamente alegre. No se acostaban hasta las once.

La señora Raquin volvió a coincidir en París con uno de sus antiguos amigos, el comisario de policía Michaud, destinado durante veinte años en Vernon, en donde vivía en la misma casa que la mercera. Nació así entre ellos una estrecha confianza; más adelante, cuando la viuda vendió el negocio para irse a vivir a la casa a orillas del río, se fueron perdiendo poco a poco de vista. Michaud se marchó a la capital pocos meses después, para gastarse apaciblemente en París, en la calle de Seine, los mil quinientos francos que le correspondían de retiro. Un día de lluvia, se encontró con su antigua conocida en el pasadizo de Le Pont-Neuf; esa misma noche, vino a cenar a casa de los Raquin.

Quedaron así establecidas las recepciones de los jueves. El ex comisario de policía tomó la costumbre de acudir puntualmente todas las semanas. Acabó por traer consigo a su hijo Olivier, un joven alto, de treinta años, flaco y seco, que estaba casado con una mujer muy menuda, pausada y enfermiza. Olivier tenía en la prefectura de policía un empleo en el que ganaba tres mil francos; Camille se lo envidiaba mucho. Era oficial de primera en las oficinas de la Brigada de Orden y Seguridad. Ya desde el primer día, Thérèse aborreció a aquel joven tieso y frío, que creía honrar la tienda del pasadizo sólo con pasear por ella la flacura de su corpachón y los desfallecimientos de su infeliz mujer.

Camille trajo consigo otro invitado, un empleado que llevaba ya mucho tiempo en los ferrocarriles de Orleáns. Grivet trabajaba en esas oficinas desde hacía veinte años, era primer oficial y ganaba dos mil cien francos. Era de su incumbencia el reparto del trabajo a los empleados de la sección de Camille, y éste le tenía cierto respeto; en sus sueños, se decía que Grivet había de morirse algún día y que quizá podría él ocupar su puesto al cabo de unos diez años. Grivet quedó satisfechísimo de la forma en que lo recibió la señora Raquin y volvió todas las semanas con irreprochable regularidad. Seis meses después, la visita del jueves era para él un deber: acudía al pasadizo de Le Pont-Neuf de la misma forma que acudía todas las mañanas a la oficina, mecánicamente, movido por un instinto imbécil.

A partir de aquel momento, las reuniones fueron gratísimas. A las siete, la señora Raquin encendía el fuego, colocaba la lámpara en el centro de la mesa, ponía junto a ella un juego de dominó, pasaba un paño al juego de té que estaba en el aparador. A las ocho en punto, Michaud padre y Grivet coincidían delante de la tienda, procedente uno de la calle de Seine y el otro, de la calle Mazarine. Entraban y toda la familia subía al primer piso. Se sentaban en torno a la mesa y esperaban a Olivier Michaud y su mujer, que siempre llegaban con retraso. Cuando ya estaban todos, la señora Raquin servía el té, Camille volcaba la caja de fichas de dominó encima del hule y se ensimismaban en el juego. Sólo se oía ya el choque de las fichas. Después de cada partida, los jugadores charlaban durante uno o dos minutos; luego volvía el silencio, taciturno, repleto de golpes secos.

Thérèse jugaba con una indiferencia que irritaba a Camille. Se ponía en el regazo a François, el gato gordo y atigrado que la señora Raquin había traído de Vernon y lo acariciaba con una mano mientras colocaba las fichas con la otra. Las veladas del jueves eran para ella un suplicio; con frecuencia decía que se encontraba indispuesta, se quejaba de una fuerte jaqueca para no tener que jugar, para quedarse sin hacer nada, medio dormida. Con un codo encima de la mesa y la mejilla apoyada en la palma de la mano, miraba a los invitados de su tía y de su marido y los veía a través de la humareda, parecida a una neblina amarilla, que soltaba la lámpara. Aquellas caras la exasperaban. Las miraba sucesivamente con hondo asco y sordos arrebatos de irritación. Michaud padre mostraba un rostro macilento con manchas rojas, uno de esos rostros muertos de anciano chocho; Grivet era de cara estrecha, ojos redondos, labios delgados de cretino; Olivier, a quien se le marcaban los huesos en las mejillas, tenía un cuerpo ridículo que remataba, con mucha formalidad, una cabeza tiesa e insignificante; en cuanto a Suzanne, la mujer de Olivier, era palidísima, con mirada perdida y rostro blando. Y Thérèse no hallaba ni un hombre, ni una persona viva, entre aquellos seres grotescos y tétricos con los que estaba encerrada; a veces, la asaltaban alucinaciones; le parecía que estaba enterrada en lo más hondo de un sepulcro junto con cadáveres mecánicos que meneaban la cabeza y movían las piernas y los brazos cuando se tiraba del hilo. El ambiente cargado del comedor la asfixiaba; el estremecido silencio y los resplandores amarillentos de la lámpara hacían que la invadiera un espanto inconcreto, una angustia indecible.

Abajo, en la puerta de la tienda, habían puesto una campanilla cuyo agudo tintineo avisaba si entraba una parroquiana. Thérèse aguzaba el oído; cuando sonaba la campanilla, bajaba deprisa, aliviada, dichosa de poder irse del comedor. Despachaba despacio. Cuando se quedaba sola, se sentaba detrás del mostrador, se demoraba allí cuanto podía, temiendo tener que subir de nuevo, saboreando una auténtica dicha por no tener ya a Grivet y Olivier ante los ojos. El aire húmedo de la tienda le calmaba la fiebre que le abrasaba las manos. Y volvía a caer en esa ensoñación adusta que le era habitual.

Pero no podía estar allí mucho tiempo. A Camille lo enojaba su ausencia. No podía entender que, los jueves por la noche, alguien prefiriese la tienda al comedor. Así que se asomaba a la barandilla y buscaba a su mujer con la vista.

—¿Qué pasa? —voceaba—. ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no subes?... Grivet tiene una suerte endiablada. Ha ganado otra vez.

La joven se levantaba trabajosamente y volvía a sentarse frente a Michaud padre, que sonreía de forma repulsiva con labios colgantes. Y hasta las once seguía desplomada en la silla, con François en brazos, mirándolo para no ver los muñecos de cartón que la rodeaban haciendo muecas.