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Thérèse Raquin.  Émile Zola
Capítulo 6.
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A partir de ese día, Laurent fue casi todas las noches a casa de los Raquin. Vivía en la calle de Saint Victor, enfrente del Puerto de los Vinos, en un cuarto amueblado, pequeño, que le costaba dieciocho francos al mes; era una habitación abuhardillada de apenas seis metros cuadrados, en cuyo techo se abría un tragaluz que dejaba ver el cielo por una estrecha rendija. Laurent regresaba a aquel cuchitril lo más tarde que podía. Antes de encontrarse con Camille, como no tenía dinero para andar rodando por los divanes de los cafés, se quedaba las horas muertas en la lechería en la que cenaba por la noche. Fumaba una cuantas pipas y se tomaba a continuación un café con aguardiente que le costaba quince céntimos. Luego se iba despacio hacia la calle de Saint Victor, paseando por los muelles, sentándose en los bancos cuando el aire era tibio.

La tienda del pasadizo de Le Pont-Neuf llegó a ser para él un gratísimo refugio, cálido, apacible, rebosante de palabras y agasajos amistosos. Se ahorraba los quince céntimos del café con aguardiente y bebía con golosina el excelente té de la señora Raquin. Se quedaba en aquella casa hasta las diez, amodorrado, haciendo la digestión, como si estuviera en la suya propia. No se iba sino tras haber ayudado a Camille a cerrar la tienda.

Una noche, trajo el caballete y la caja de óleos. Iba a empezar al día siguiente a pintar el retrato de Camille. Compraron un lienzo e hicieron minuciosos preparativos. Por fin puso el artista manos a la obra en el propio dormitorio del matrimonio, pues decía que había allí mejor luz.

Necesitó tres veladas para dibujar la cabeza. Paseaba con mucho cuidado el carboncillo por el lienzo, escuetamente, dando toques menudos; el dibujo, tieso y seco, recordaba de forma grotesca a los pintores primitivos. Copió la cara de Camille como copia un alumno un desnudo de estudio, con mano vacilante y torpe fidelidad que prestaron al rostro una expresión enfurruñada. El cuarto día, puso en la paleta diminutos montoncitos de óleo y empezó a pintar con la punta de los pinceles; punteaba el lienzo de magras manchas de tonos sucios, marcaba trazos cortos y muy juntos, como si estuviera usando un lápiz.

Al concluir cada sesión, la señora Raquin y Camille manifestaban su entusiasmo. Laurent decía que había que esperar, que pronto empezaría a verse el parecido.

Desde que estaba empezado el retrato, Thérèse no salía ya del dormitorio convertido en estudio. Dejaba a su tía sola tras el mostrador; aprovechaba el menor pretexto para subir y quedarse embobada mirando cómo pintaba Laurent.

Siempre circunspecta, angustiada, más pálida y callada que de costumbre, se sentaba y contemplaba la labor de los pinceles. No obstante, el espectáculo no parecía divertirla mucho; acudía como si tirase de ella una fuerza, y allí se quedaba, como si la hubieran clavado en el sitio. Laurent se daba la vuelta a veces, le sonreía, le preguntaba si le gustaba el retrato. Ella apenas si contestaba; se estremecía y volvía luego a su ensimismado éxtasis.

Laurent, mientras volvía por la noche a la calle de Saint Victor, iba cavilando largamente; debatía consigo mismo si debía o no convertirse en amante de Thérèse.

—Esta mujercita —se decía— será mía en cuanto yo quiera. La tengo siempre encima, pasándome revista, midiéndome, calibrándome... Se estremece y pone una cara de lo más raro, muda y apasionada. Seguro que necesita un amante; se le ve en los ojos... También es verdad que Camille es un pobre hombre.

Laurent se reía para sus adentros al acordarse de la macilenta delgadez de su amigo. Luego seguía pensando:

—Thérèse se aburre en esa tienda... Yo voy por allí porque no sé adónde ir. Porque en caso contrario poco me iban a ver a mí en el pasadizo de Le Pont-Neuf Qué humedad, qué tristeza... Una mujer tiene que morirse ahí metida... Estoy seguro de que le gusto. Así que, ¿por qué no yo mejor que cualquier otro?

Se detenía, se ponía muy ufano, miraba correr el Sena con cara absorta.

—¡Sea, pues! —exclamaba—. La beso en cuanto se me presente una ocasión... Apuesto a que cae en mis brazos inmediatamente.

Seguía andando; y le volvían las indecisiones.

—Es que, bien pensado, no es guapa —pensaba—. Tiene la nariz larga, la boca grande. Además, no la quiero nada. A lo mejor me meto en una historia fea. Es cosa de pensárselo.

Laurent, que era persona prudente, estuvo una semana larga dando vueltas a esos pensamientos. Previó todos los incidentes posibles de una relación con Thérèse y sólo se decidió a intentar la aventura cuando se hubo demostrado cumplidamente a sí mismo que le beneficiaba mucho hacerlo.

Era cierto que Thérèse le parecía fea y que no la quería; pero, en resumidas cuentas, no le iba a costar nada; por descontado que las mujeres que compraba a precio vil no eran ni más hermosas ni más queridas. El sentido del ahorro le aconsejaba, ya de entrada, tomar la mujer de su amigo. Además, hacía mucho que no había satisfecho sus apetitos; como andaba corto de dinero, ponía la carne a dieta. Y no quería dejar pasar la ocasión de satisfacerla un poco. Y, en último lugar, esa relación, pensándolo bien, no podía tener consecuencias enfadosas: a Thérèse le interesaba mantenerlo todo en secreto; a él le resultaría fácil dejarla en cuanto quisiera; incluso admitiendo que Camille se enterase y se enfadase, ya lo tumbaría él de un buen puñetazo si se ponía de malas. A Laurent le parecía asunto fácil y prometedor lo mirase por donde lo mirase.

Vivió a partir de entonces en un dulce sosiego, esperando que llegase el momento. Estaba decidido a no andarse con rodeos en cuánto se presentase la ocasión. Veía un porvenir de cálidas veladas. Todos los Raquin se dedicarían a satisfacerlo: Thérèse le apaciguaría la quemazón de la sangre; la señora Raquin lo mimaría como una madre; Camille charlaría con él e impediría así que se aburriera demasiado por las noches en la tienda.

Estaba ya concluyendo el retrato y seguía sin presentarse una ocasión. Thérèse continuaba en el mismo sitio, agobiada y ansiosa; pero Camille nunca salía del dormitorio; y Laurent se desconsolaba al no poder alejarlo ni tan siquiera una hora. Un día no le quedó, sin embargo, más remedio que anunciar que terminaría el retrato al día siguiente. La señora Raquin anunció que cenarían todos juntos para celebrar la obra del pintor.

Al día siguiente, tras dar al cuadro la última pincelada, toda la familia se reunió para admirarse del parecido. Era un retrato infame, de un sucio color gris con extensas manchas violáceas. Laurent no era capaz de utilizar los colores más brillantes sin convertirlos en apagados y fangosos; había exagerado, sin hacerlo aposta, los tonos macilentos del modelo, y el rostro de Camille parecía la cara verdosa de un ahogado; el contorsionado dibujo convulsionaba los rasgos y, así, el siniestro parecido saltaba aún más a la vista. Pero Camille estaba encantado; decía que en el cuadro tenía un aspecto muy distinguido.

Tras admirarse bien admirado, dijo que iba a buscar dos botellas de vino de Champagne. La señora Raquin volvió a la tienda. El artista se quedó a solas con Thérèse.

La joven seguía acurrucada, mirando al frente con mirada perdida. Parecía estar esperando algo, entre temblores. Laurent vaciló; contemplaba el cuadro, jugueteaba con los pinceles. El tiempo urgía. Camille podía regresar y quizá no se presentase otra ocasión. El artista se dio media vuelta con brusquedad y se encontró cara a cara con Thérèse. Se estuvieron mirando durante unos segundos.

Luego, con violento ademán, Laurent se inclinó y apretó a la joven contra su pecho. Le echó hacia atrás la cabeza, aplastándole la boca con la suya. Ella reaccionó con rebeldía salvaje, arrebatada; y, de pronto, se entregó, dejándose resbalar hasta el suelo, en los baldosines. No cruzaron ni una palabra. El acto fue silencioso y brutal.