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El Hombre invisible.  Herbert George Wells
Capítulo 10. El señor Thomas Marvel llega a Iping
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CUANDO PASÓ EL PÁNICO, LA GENTE DEL pueblo empezó a sacar conclusiones. Apareció el escepticismo, un escepticismo nervioso y no muy convencido, pero al fin y al cabo escepticismo. Es mucho más fácil no creer en hombres invisibles; y los que realmente lo habían visto, o los que habían sentido la fuerza de su brazo, podían contarse con los dedos de las dos manos. Y, entre los testigos, el señor Wadgers, por ejemplo, se había refugiado tras los cerrojos de su casa, y Jaffers, todavía aturdido, estaba tumbado en el salón del Coach and Horses. En general, los grandes acontecimientos, así como los extraños, que superan la experiencia humana, con frecuencia afectan menos a los hombres y mujeres que detalles mucho más pequeños de la vida cotidiana. Iping estaba alegre, lleno de banderines, y todo el mundo se había vestido de gala. Todos esperaban ansiosos que llegara el día de Pentecostés desde hacía más de un mes. Por la tarde, incluso los que creían en lo sobrenatural, estaban empezando a disfrutar, al suponer que aquel hombre ya se había ido, y los escépticos se mofaban de su existencia. Todos, tanto los que creían como los que no, se mostraban amables ese día.

El jardín de Haysman estaba adornado con una lona, debajo de la cual el señor Bunting y otras señoras preparaban el té; y mientras tanto, los niños de la Escuela Dominical, que no tenían colegio, hacían carreras y jugaban bajo la vigilancia del párroco y de las señoras Cuss y Sackbut. Sin duda, cierta incomodidad flotaba en el ambiente, pero la mayoría tenía el suficiente sentido común para ocultar las preocupaciones sobre lo ocurrido aquella mañana. En la pradera del pueblo se había colocado una cuerda ligeramente inclinada por la cual, mediante una polea, uno podía lanzarse con mucha rapidez contra un saco puesto en el otro extremo y que tuvo mucha aceptación entre los jóvenes. También había columpios y tenderetes en los que se vendían cocos. La gente paseaba, y, al lado de los columpios, se sentía un fuerte olor a aceite, y un organillo llenaba el aire con una música bastante alta. Los miembros del Club, que habían ido a la iglesia por la mañana, iban muy elegantes con sus bandas de color rosa y verde, y algunos, los más alegres, se habían adornado los bombines con cintas de colores. Al viejo Fletcher, con una concepción de la fiesta muy severa, se le podía ver por entre los jazmines que adornaban su ventana o por la puerta abierta (según por donde se mirara), de pie, encima de una tabla colocada entre dos sillas, encalando el techo del vestíbulo de su casa.

A eso de las cuatro de la tarde apareció en el pueblo un extraño personaje que venía de las colinas. Era una persona baja y gorda, que llevaba un sombrero muy usado, y que llegó casi sin respiración. Sus mejillas se hinchaban y deshinchaban alternativamente. Su pecoso rostro expresaba inquietud, y se movía con forzada diligencia.

Al llegar, torció en la esquina de la iglesia y fue directamente hacia Coach and Horses. Entre otros, el viejo Fletcher recuerda haberlo visto pasar y, además, se quedó tan ensimismado con ese paso agitado, que no advirtió cómo le caían unas cuantas gotas de pintura de la brocha en la manga del traje.

Según el propietario del tenderete de cocos, el extraño personaje parece que iba hablando solo, también el señor Huxter comentó este hecho. Nuestro personaje se paró ante la puerta de Coach and Horses y, de acuerdo con el señor Huxter, parece que dudó bastante antes de entrar. Por fin subió los escalones y el señor Huxter vio cómo giraba a la izquierda y abría la puerta del salón. El señor Huxter oyó unas voces que salían de la habitación y del bar y que informaban al personaje de su error.

-Esa habitación es privada -dijo Hall. y el personaje cerró la puerta con torpeza y se dirigió al bar.

Al cabo de unos minutos, reapareció pasándose la mano por los labios con un aire de satisfacción, que, de alguna forma, impresionó al señor Huxter. Se quedó parado un momento y, después, el señor Huxter vio cómo se dirigía furtivamente a la puerta del patio, adonde daban las ventanas del salón. El personaje, después de dudar unos instantes, se apoyó en la puerta y sacó una pipa, y se puso a prepararla. Mientras lo hacía, los dedos le temblaban. La encendió con torpeza y, cruzando los brazos, empezó a fumar con una actitud lánguida, comportamiento al que traicionaban sus rápidas miradas al interior del patio.

El señor Huxter seguía la escena por encima de los botes del escaparate de su establecimiento, y la singularidad con la que aquel hombre se comportaba le indujeron a mantener su observación.

En ese momento, el forastero se puso de pie y se guardó la pipa en el bolsillo. Acto seguido, desapareció dentro del patio. En seguida el señor Huxter, imaginando ser testigo de alguna ratería, dio la vuelta al mostrador y salió corriendo a la calle para interceptar al ladrón. Mientras tanto el señor Marvel salía, con el sombrero ladeado, con un bulto envuelto en un mantel azul en una mano y tres libros atados, con los tirantes del vicario, como pudo demostrarse más tarde, en la otra. Al ver a Huxter, dio un respingo, giró a la izquierda y echó a correr.

-¡Al ladrón! -gritó Huxter, y salió corriendo detrás de él.

Las sensaciones del señor Huxter fueron intensas pero breves. Vio cómo el hombre que iba delante de él torcía en la esquina de la iglesia y corría hacia la colina. Vio las banderas y la fiesta y las caras que se volvían para mirarlo.

-¡Al ladrón! -gritó de nuevo, pero, apenas había dado diez pasos, lo agarraron por una pierna de forma misteriosa y cayó de bruces al suelo. Le pareció que el mundo se convertía en millones de puntitos de luz y ya no le interesó lo que ocurrió después.