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El Hombre invisible.  Herbert George Wells
Capítulo 13. El señor Marvel presenta su dimisión
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Al atardecer, cuando Iping volvía tímidamente a la normalidad, un hombre bajito rechoncho, que llevaba un gastado sombrero de seda, caminaba con esfuerzo por la orilla del hayedo de la carretera de Bramblehurst. Llevaba tres libros atados con una especie de cordón elástico y un bulto envuelto en un mantel azul. Su cara rubicunda mostraba preocupación y cansancio; parecía tener mucha prisa. Le acompañaba una voz que no era la suya, y, de vez en cuando, se estremecía empujado por unas manos a las que no veía.

-Si vuelves a intentar escaparte -dijo la voz-, si vuelves a intentar escapar...

-¡Dios santo! -dijo el señor Marvel-. ¡Pero si tengo el hombro completamente destrozado!

-...te doy mi palabra -dijo la voz-. Te mataré.

-No he intentado escaparme-dijo el señor Marvel, echándose casi a llorar-. Le juro que no. No sabía que hubiese una curva. ¡Eso fue todo! ¿Cómo demonios iba a saber que había una curva? Y me dieron un golpe.

-Y te darán muchos más, si no tienes más cuidado -dijo la voz, y el señor Marvel se calló. Dio un resoplido, y en sus ojos se veía la desesperación-. Ya he tenido bastante permitiendo a esos paletos sacar a la luz mi secreto, para dejarte escapar con mis libros. ¡Algunos tuvieron la suerte de poder salir corriendo! ¡Nadie sabía que era invisible! ¿Qué voy a hacer ahora?

-¿Y qué voy a hacer yo? -preguntó el señor Marvel en voz baja.

-Es de dominio público. ¡Saldrá en los periódicos! Todos me buscarán; cada uno por su cuenta...

-La voz soltó algunas imprecaciones y se calló.

La desesperación del señor Marvel aumentó y aflojó el paso.

-¡Vamos! -dijo la voz.

La cara del señor Marvel cambió de color, poniéndose gris.

-¡No deje caer los libros, estúpido! -dijo secamente la voz, adelantándosele-. Y en realidad -prosiguió- lo necesito. Usted no es más que un instrumento, pero necesito utilizarlo.

-Soy un vulgar instrumento -dijo el señor Marvel.

-Así es -dijo la voz.

-Pero soy el peor instrumento que se puede tener, pues no soy muy fuerte -dijo después de unos tensos momentos de silencio-. No soy fuerte -repitió.

-¿No?

-No. Y tengo un corazón débil. Todo lo ocurrido pasado está, desde luego, pero, ¡maldita sea!, podría haber muerto.

-¿Y qué?...

-Pues que no tengo ni fuerza ni el ánimo para hacer lo que quiere que haga.

-Yo te animaré.

-Mejor sería que no lo hiciera. Sabe que me gustaría echar sus planes a perder, pero tendré que hacerlo..., soy un pobre desgraciado. Desearía morirme -dijo Marvel-. No es justo -añadió más tarde-. Debe admitir... tengo derecho a...

-Venga, date prisa -gritó la voz.

El señor Marvel aceleró el paso y, durante un buen rato, los dos hombres caminaron en silencio.

-Esto se me hace muy duro -comenzó el señor Marvel, pero, al ver que no surtía efecto, intentó una nueva táctica-. Y, ¿qué saco yo de todo esto? -comenzó de nuevo, subiendo el tono.

-¡Cállate de una vez! -dijo la voz con un repentino y asombroso vigor-. Yo me ocuparé de ti. Harás todo lo que te diga, y lo harás bien. Ya sé que eres un loco, pero harás...

-Le repito, señor, no soy el hombre adecuado. Con todos mis respetos, creo que...

-Si no te callas, te volveré a retorcer la muñeca -dijo el hombre invisible-. Tengo que pensar.

En ese momento dos rayos de luz se divisaron entre los árboles, y la torre cuadrada de una iglesia se perfiló en el resplandor.

-Te pondré la mano en el hombro-dijo la voz-, mientras atravesamos el pueblo. Sigue recto y no intentes ninguna locura. Será peor para ti, si intentas algo.

-Ya lo sé -suspiró el señor Marvel-. Claro que lo sé.

La infeliz figura del sombrero de seda atravesó la calle principal de aquel pueblecito con su carga y desapareció en la oscuridad, una vez pasadas las luces de las casas.