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El Hombre invisible.  Herbert George Wells
Capítulo 21. En Oxford Street
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Cuando bajé las escaleras por primera vez, tuve grandes dificultades, porque no podía verme los pies; tropecé dos veces y notaba cierta torpeza al agarrarme a la barandilla. Sin embargo, pude caminar mejor evitando mirar hacia abajo. Estaba completamente exaltado, como el hombre que ve y que camina sin hacer ningún ruido, en una ciudad de ciegos. Me entraron ganas de bromear, de asustar a la gente, de darle una palmada en la espalda a algún tipo, de tirarle el sombrero a alguien, de aprovecharme de mi extraordinaria ventaja. Apenas acababa de salir a Great Portland Street (mi antigua casa estaba cerca de una tienda de telas), cuando recibe un golpe muy fuerte en la espalda; al volverme, vi a un hombre con una cesta con sifones, que miraba con asombro su carga. Aunque el golpe me hizo daño, no pude aguantar una carcajada, al ver la expresión de su rostro. «Lleva el diablo en la cesta», le dije, y se la arrebaté de las manos.

Él la soltó sin oponer resistencia -y yo alcé aquel peso en el aire. Pero, en la puerta de una taberna había un cochero y el idiota quiso coger la cesta y, para esto, me dio un manotazo en una oreja. Dejé la carga en el suelo v le di un puñetazo, y, me di cuenta de lo que había organizado cuando empecé a oír gritos y noté que me pisaban, y vi gente que salía de las tiendas y se dirigían hacia donde yo estaba, y vehículos que se paraban allí. Maldije mi locura, me apreté contra una ventana y me preparé para escapar de aquella confusión. En un momento, vi cómo me rodeaba la gente, que, inevitablemente, me descubriría. Di un empujón al hijo del carnicero que, por fortuna, no se volvió para ver el vacío con el que se habría encontrado v me escondí detrás del vehículo del cochero. \o sé cómo acabó aquel lío. Crucé la calle, aprovechando que, en ese momento, no pasaba nadie v, sin tener en cuenta la dirección, por el miedo a que me descubrieran por el incidente, me metí entre la multitud que suele haber a esas horas en Oxford Street. Intenté confundirme, pero era demasiada gente para ti. Me empezaron a pisar los talones. Entonces me bajé a la calzada, pero era demasiado dura v me hacían daño los pies; un cabriolé, que venía apoca velocidad, me clavó el varal en un hombro, recordándome la serie de contusiones que había su me aparté de su camino, evité chocar contra un cochecito de niño con un movimiento rápido y me encontré justo detrás del cabriolé. En ese momento me vi salvado, pues, como el carruaje iba lentamente, me puse detrás, temblando de miedo y asombrado de ver cómo habían dado la vuelta las cosas. No sólo temblaba de miedo, sino que tiritaba de frío. Era un hermoso día de enero y yo andaba por ahí desnudo, pisando la capa de barro que cubría la calzada, que estaba completamente helada. Ahora me parece una locura, pero no se me había ocurrido que, invisible o no, estaba expuesto a las inclemencias del tiempo y a todas sus consecuencias. De pronto se me ocurrió una brillante idea. Di la vuelta al coche y me metí dentro. De esta manera, tiritando, asustado y estornudando (esto último era un síntoma claro de resfriado), me llevaron por Oxford Street hasta pasar Tottenham Court Road. Mi estado de ánimo era bien distinto a aquel con el que había salido diez minutos antes, como puedes imaginarte. Y, además, ¡aquella invisibilidad! En lo único que pensaba era en cómo iba a salir del lío en el que me había metido. Circulábamos lentamente hasta llegar cerca de la librería Mudie, en donde una mujer, que salía con cinco o seis libros con una etiqueta amarilla, hizo señas al carruaje para que se detuviera; yo salté justo a tiempo para no chocarme con ella, esquivando un vagón de un tranvía, que pasó rozándome. Me dirigí hacia Bloomsbury Square con la intención de dejar atrás el Museo y, así, llegar a un distrito más tranquilo. Estaba completamente helado, y aquella extraña situación me había desquiciado tanto, que eché a correr medio llorando. De la esquina norte de la plaza, de las oficinas de la Sociedad de Farmacéuticos, salió un perro pequeño y blanco que, olisqueando el suelo, se dirigía hacia mí. Hasta entonces no me había dando cuenta, pero la nariz es para el perro lo que los ojos para el hombre. Igual que cualquier hombre puede ver a otro, los perros perciben su olor. El perro empezó a ladrar y a dar brincos, y me pareció que! o hacía sólo para hacerme ver que se había dado cuenta de mi presencia. Crucé Great Russell Street, mirando por encima del hombro, y ya había recorrido parte de Montague Street cuando me di cuenta de hacia dónde me dirigía. Oí música, y, al mirar para ver de dónde venía, vi a un grupo de gente que venía de Russell Square. Todos llevaban jerseys rojos y, en vanguardia, la bandera del Ejército de Salvación. Aquella multitud venía cantando por la calle, y me pareció imposible pasar por en medio. Temía retroceder de nuevo y alejarme de mi camino, así que, guiado por un impulso espontáneo, subí los escalones blancos de una casa que estaba en frente de la valla del Museo, y me quedé allí esperando a que pasara la multitud. Felizmente para mí, el perro también se paró al oír la banda de música, dudó un momento y, finalmente, se volvió corriendo hacia Bloomsbury Square. La banda seguía avanzando, cantando, con inconsciente ironía, un himno que decía algo así como «¿Cuándo podremos verle el rostro?», y me pareció que tardaron una eternidad en pasar. Pom, pom, pom, resonaban los tambores, haciendo vibrar todo a su paso, y, en ese momento, no me había dando cuenta de que dos muchachos se habían parado a mi lado. «Mira» dijo uno. «¿Que mire qué?», contestó el otro. «Mira, son las huellas de un pie descalzo, como las que se hacen en el barro». Miré hacia abajo y vi cómo dos muchachos que se habían parado, observaban las marcas de barro que yo había dejado en los escalones recién fregados. La gente que pasaba los empujaba y les daba codazos, pero su condenada imaginación hacía que siguieran allí parados. La banda seguía: Pom, pom, pom. «Cuándo, pom, volveremos, pom, a ver, pom, su rostro, pom, pom..» «Apuesto lo que sea a que un hombre descalzo ha subido estos escalones», dijo uno, «y no ha vuelto a bajarlos. Además un pie está sangrando». La mayoría de aquella gente había pasado ya. «Mira, Ted», dijo el más joven, señalando a mis pies y con cierta sorpresa en la voz. Yo miré y vi cómo se perfilaba su silueta, débilmente, con las salpicaduras del barro. Por un instante, me quedé paralizado. «Qué raro», dijo el mayor. « ¡Esto es muy extraño! Parece el fantasma de un pie, ¿no te parece?» Estuvo dudando y se decidió a alargar el brazo para tocar aquello. Un hombre se acercó para ver lo que quería coger y luego lo hizo una niña. Si hubiera tardado un minuto más en saber qué hacer, habría conseguido tocarme, pero di un paso y el niño se echó hacia atrás, soltando una exclamación. Después, con un rápido movimiento, salté al pórtico de la casa vecina. El niño más pequeño, que era muy avispado, se dio cuenta de mi movimiento, y, antes de que yo bajara los escalones y me encontrara en la acera, él ya se había recobrado de su asombro momentáneo y gritaba que los pies habían saltado el muro. Rápidamente dieron la vuelta y vieron mis huellas en el último escalón y en la acera. «¿Qué pasa?», preguntó alguien. «Que hay unos pies, ¡mire! ¡Unos pies que corren solos!». Todas las personas que había en la calle, excepto mis tres perseguidores, iban detrás del Ejército de Salvación, y ello me impedía, tanto a mí como a ellos, correr en esa dirección. Durante un momento, sorprendidos, todos se preguntaban unos a otros. Después de derribar a un muchacho, logré cruzar la calle y, un momento más tarde, eché a correr por Russell Square. Detrás de mí iban seis o siete personas siguiendo mis huellas, asombrados. No tenía tiempo para dar explicaciones, si no quería que aquel montón de gente se me echase encima. Di la vuelta a dos esquinas, y crucé tres veces la calle, volviendo sobre mis propias huellas y, al mismo tiempo que mis pies se iban calentando y secando, las huellas, húmedas, iban desapareciendo. Al final, tuve un momento de respiro, que aproveché para quitarme el barro de los pies con las manos y, así, me salvé. Lo último que vi de aquella persecución fue un grupo de gente, quizá una docena de personas, que estudiaban con infinita perplejidad una huella, que se secaba rápidamente, y que yo había dejado en un charco de Tavistock Square. Una huella tan aislada e incomprensible para ellos como el descubrimiento solitario de Robinson Crusoe. La carrera me había servido para entrar en calor y caminaba mucho mejor por las calles menos frecuentadas que había por aquella zona. La espalda se me había endurecido y me dolía bastante y también la garganta, desde que el cochero me diera el manotazo. El mismo cochero me había hecho un arañazo en el cuello; los pies me dolían mucho y, además, cojeaba, porque tenía un corte en uno. Vi a un ciego y en ese momento me aparté. Tenía miedo de la sutileza de su intuición. En un par de ocasiones me choqué, dejando a la gente asombrada por las maldiciones que les decía. Después me cayó algo en la cara, y, mientras cruzaba la plaza, noté un velo muy fino de copos de nieve, que caían lentamente. Había cogido un resfriado y, a pesar de todo, no podía evitar estornudar de vez en cuando. Y cada perro que veía con la nariz levantada, olfateando, significaba para mí un verdadero terror. Después vi a un grupo de hombres y niños que corrían gritando. Había un incendio. Corrían en dirección a mi antiguo hospedaje, y, al volverme para mirar calle abajo, vi una masa de humo negro por encima de los tejados y de los cables de teléfono. Estaba ardiendo mi casa. Toda mi ropa, mis aparatos y mis posesiones, excepto la libreta de cheques y los tres libros que me esperaban en Great Portland Street, estaban allí. ¡Se estaba quemando todo! Había quemado mis cosas. Todo aquel lugar estaba en llamas.

El hombre invisible dejó de hablar y se quedó pensativo. Kemp miró nerviosamente por la ventana.

-¿Y qué más? -dijo-. Continúa.