Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 5. El chacal
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En aquel tiempo se bebía mucho, y tanto es lo que el tiempo ha mejorado las costumbres, que si ahora diese una moderada cuenta de la cantidad de vino y de ponche que un hombre podía ingerir en una noche, sin detrimento de su cualidad de perfecto caballero, en nuestros días parecería ridícula exageración. Los que se dedicaban al foro, así como los de cualquiera otra profesión liberal, no estaban exentos de tal inclinación a los placeres de Baco; y ni siquiera el señor Stryver, que avanzaba muy aprisa en el camino de su lucrativa profesión, estaba por debajo de otros compañeros de carrera, por lo que se refiere a la afición a la bebida, como tampoco de cualquiera otro de sus amigos.

Favorito como era en Old Bailey y en los juicios que allí se celebraban, el señor Stryver destruía los peldaños inferiores de la escalera por la que se encaramaba rápidamente en su aspiración de ocupar los más altos puestos. Se había notado en el foro, que así como Stryver era hombre suelto de lengua, nada escrupuloso y atrevido, le faltaba, en cambio, la cualidad de extraer la quinta esencia de los asuntos que se le confiaban, condición imprescindible en un buen abogado, pero, inesperadamente, mejoró mucho acerca del particular y se pudo observar que a medida que iba teniendo más asuntos, mejor los resolvía, y aunque se pasaba las noches de claro en claro, bebiendo con su amigo Sydney Carton, no por eso dejaba de recordar a la mañana siguiente todos los puntos que le convenía conservar en la memoria.

Carton, el más perezoso de los hombres y el más incapaz de llegar a ser algo, resultaba el mejor aliado de Stryver. En el líquido que llegaban a beber los dos en un año, habría podido flotar un navío real. Ambos llevaban la misma vida y prolongaban sus orgías hasta altas horas de la noche; incluso se decía que, más de una vez, se vio a Carton en pleno día, dirigiéndose a su casa con paso vacilante, como gato calavera. Y por fin, los que podían sentir interés por aquellos dos hombres, convinieron en que si Carton no podía llegar a ser un león, por lo menos quedaba reducido a chacal y que en este carácter prestaba excelentes servicios a Stryver.

—Son las diez, señor —dijo el mozo de la taberna, a quien Carton encargara despertarle.— Las diez, señor.

—¿Qué hay?

—Son las diez, señor.

—¿Qué quieres decirme con eso? ¿Las diez de la noche?

—Sí, señor. Vuestro honor me ordenó despertarle.

—Es verdad. Ya me acuerdo. Muy bien.

Después de hacer algunos esfuerzos por dormirse otra vez, esfuerzos que contrarrestó el mozo removiendo el fuego por espacio de cinco minutos, se levantó, se puso el sombrero y salió. Se dirigió hacia el Temple y después de haberse refrescado con un ligero paseo, se dirigió a casa de Stryver.

El oficial de Stryver, que nunca asistía a estas conferencias, se había marchado ya a su casa, y el mismo Stryver acudió a abrir la puerta. Iba en zapatillas, se cubría con una bata y, para mayor comodidad, llevaba el cuello desabrochado. En sus ojos se veían dos círculos amoratados, propios de los que llevan una vida disipada.

—Llegas un poco tarde —dijo Stryver.

—A la hora de costumbre. Tal vez un cuarto de hora más tarde.

Se dirigieron a una habitación algo obscura, cuyas paredes estaban cubiertas de libros y con papeles por todas partes. El fuego estaba encendido y junto a él hervía una tetera; y en medio de la balumba de papeles se veía una mesa, en la que había algunas botellas de vino, de aguardiente y de ron, y también azúcar y limones.

—Veo que ya te has bebido tu botella correspondiente, Sydney.

—Esta noche me parece que han sido dos. He cenado con el cliente de hoy, o, mejor dicho, he visto como cenaba. Es lo mismo.

—Me sorprendió, Sydney, tu intervención acerca de la identificación del individuo. ¿Cómo te fijaste en el parecido?

—Me fijé en que era un hombre guapo y me dije que yo habría podido ser lo mismo si la suerte me hubiese favorecido.

El señor Stryver se echó a reír hasta el punto de que se movió su desarrollada panza.

—¡Tu suerte! —exclamó.— Pero ¡ea! Vamos a trabajar.

De mala gana el chacal se quitó algunas prendas de su vestido y, dirigiéndose luego a una habitación vecina, regresó con un cubo de agua fría, una palangana y una o dos toallas. Empapó éstas en el agua, las retorció para quitarles el exceso de líquido y se envolvió la cabeza con ellas, cosa que le dio feísimo aspecto, y sentándose a la mesa, exclamó:

—Estoy dispuesto.

—Esta noche no hay mucho que hacer, Sydney —exclamó Stryver mirando complacido los papeles.

—¿Cuánto?

—Dos procesos.

—Dame antes el peor.

—Aquí está, Sydney. Despáchalo pronto.

El león se sentó en un sofá, a un lado de la mesa, en tanto que el chacal se aposentaba en una silla, ante la mesa cargada de papeles y con las botellas y vasos al alcance de su mano. Ambos hacían frecuentes libaciones, pero cada uno a su modo, porque mientras el león estaba con las manos apoyadas en la cintura, mirando al fuego, o bien consultando distraídamente un documento, el chacal, por su parte, con las cejas fruncidas, estaba tan absorto en su tarea, que sus ojos no seguían los movimientos de la mano y a veces tanteaba con ella por espacio de un minuto, antes de hallar el vaso que llevar a los labios. Dos o tres veces el asunto le pareció tan enrevesado, que el chacal halló necesario levantarse y humedecer de nuevo sus toallas. Y de esos viajes en busca de agua volvía de un modo tan excéntrico, que no hay palabras para describirlo y resaltaba más aún por la gravedad que se pintaba en su rostro.

Por fin, el chacal terminó la minuta para el león y se la ofreció. El león la tomó con precaución, la leyó con cuidado, hizo algunas observaciones y el chacal las tomó en cuenta. Cuando el asunto quedó suficientemente discutido, el león volvió a apoyar las manos en la cintura y se quedó meditabundo. El chacal se dio nuevos bríos con algunos tragos y nuevas aplicaciones de agua fresca a la cabeza, y se dedicó a la confección de la segunda minuta, que entregó al león de la misma manera, cuándo ya daban las tres de la madrugada.

—Ahora que hemos terminado, Sydney, vamos a tomar un ponche —dijo Stryver.

El chacal se quitó las toallas de la cabeza, que ya estaban casi secas, se desperezó, bostezó y empezó a preparar el ponche.

—Tenías razón, Sydney, por lo que se refiere a los testigos de hoy.

—Siempre la tengo.

—No lo niego. Pero, ¿qué te pasa que vienes tan malhumorado? Tómate un vaso de ponche y te alegrarás.

El chacal profirió un gruñido e hizo lo que su amigo le indicaba.

—Siempre ha sido lo mismo —exclamó Stryver.— Tan pronto estás arriba como abajo; a veces lleno de entusiasmo y a los dos minutos desesperado.

—Sí —contestó el aludido dando un suspiro.— Soy el mismo Sydney, con la misma suerte. Ya cuando estudiaba me dedicaba a hacer los temas y los ejercicios de los demás muchachos y descuidaba los míos.

—Y ¿por qué?

—Sólo Dios lo sabe. Porque era así.

—La verdad es, Sydney —le dijo Stryver,— siempre has llevado mal camino. Careces de energía y de voluntad. Mírame a mí.

Lo menos que puedo pedirte —contestó Sydney— es que no me vengas con sermones.

—¿Cómo he logrado lo que tengo? —exclamó Stryver. —¿Cómo hago lo que hago?

—En parte, porque me pagas para que te ayude, supongo. Pero no hay necesidad de que me dirijas reproches. La verdad es que siempre has hecho lo que has querido.

—Cuando estudiábamos eras siempre el primero y yo el último.

—Porque me lo proponía. Ya comprenderás que no nací en primera fila.

—Yo no estaba presente en la ceremonia, pero creo que sí —exclamó Carton riéndose.— Pero dejemos esta conversación y hablemos, si quieres, de otra cosa…

—Pues hablaremos de la linda testigo...

—¿Quién es?— preguntó Sydney malhumorado.

—La hermosa hija del doctor Manette.

—¿Te parece bonita?

—¿No lo es?

—No.

—¡Pero si fue la admiración de toda la sala!

—¿Y quién ha hecho de Old Bailey juez de belleza? ¡Aquella muchacha no era más que una muñeca rubia!

—¿Sabes, Sydney, que empiezo a sospechar que simpatizaste más de la cuenta con aquella muñeca rubia y por eso viste en seguida que se ponía mala?

—Me parece que no se necesita un anteojo para darse cuenta de que se desmaya una muchacha a una yarda de distancia. Pero conste, por eso, que niego que aquella muchacha fuese hermosa. Y si no tenemos nada más que beber me iré a la cama.

Stryver acompañó a su amigo hasta la escalera, llevando una vela en la mano para alumbrarle, pero ya se filtraba la luz del día a través de las sucias ventanas. Cuando Sydney salió de la casa el aire era fresco, el cielo estaba sombrío, el río tenebroso y la calle desierta. El aire de la mañana levantaba nubes de polvo, como si a lo lejos estuvieran las arenas del desierto.

Lleno de fuerzas que despilfarraba y en medio de un desierto como parecía la ciudad a aquella hora, ante aquel hombre se ofreció el espejismo de honrosa ambición, austeridad y perseverancia. En la encantada ciudad de su visión había hermosas galerías espléndidas, desde las cuales lo miraban los amores y las gracias, y había también jardines en que maduraban los frutos de la vida, y las aguas de la esperanza brillaban ante sus ojos. Pero un momento después la visión desapareció, y encaramándose a su alta habitación en una especie de pozo de viviendas de casas, se echó sin desnudarse en la descuidada cama y mojó la almohada con sus lágrimas.

El sol se levantó tristemente, pero salió sobre una noche no más triste que aquel hombre dotado de talento y de buen corazón, incapaz de dirigir convenientemente sus cualidades, incapaz de ayudarse a sí mismo y de conquistar la felicidad, aunque se daba cuenta de que cada vez se hundía más y más y por fin se abandonaba a su lamentable destino.