Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 8. Monseñor en el campo
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Un paisaje encantador, en el que brillaba el trigo aunque no abundante. En algunos campos se cultivaba el centeno, aunque habrían podido dedicarlos a trigo, y en otros se veían guisantes y habas, pobres sustitutivos del trigo. El señor marqués iba en su carroza de viaje (que podría haber sido más ligera) tirada por cuatro caballos de posta; la guiaban dos postillones y subía entonces una cuesta. El color que se veía entonces en las mejillas del marqués nada decía contra su buena cuna, pues se debía a una circunstancia externa, a la que no alcanzaba su autoridad, pues era el sol que se ponía.

Tan rojos eran los resplandores que el astro derramaba sobre la carroza, cuando llegaba a lo alto de la colina, que su ocupante estaba rodeado de rojiza luz.

—Pronto se pondrá —dijo el señor marqués mirándose las manos.

En efecto, el sol estaba tan bajo que se ocultó enseguida. Cuando se hubieron apretado los frenos sobre las ruedas y la carroza emprendió el descenso, desapareció en el acto el rojizo resplandor. Se ofreció a los ojos del marqués un terreno quebrado, una aldea al pie de la colina, una llanura que terminaba en un altozano, la torre de una iglesia, un molino de viento, un bosque para la caza y una fortaleza que se usaba como prisión, situada junto a un despeñadero. Miraba el marqués todas esas cosas a la luz del crepúsculo con la expresión de quien llega a su país.

El pueblo tenía solamente una pobre calle, en la que había una pobre taberna, una tenería muy pobre, una cervecería pobre, una cuadra pobre para los relevos de caballos, una fuente pobre y la gente pobre. Muchos de los habitantes del pueblo estaban sentados a la puerta de sus casas, aderezando cebollas de desecho y otras cosas por el estilo para la cena, en tanto que otros, junto a la fuente, lavaban hojas y hierba y los míseros productos comestibles que producía la tierra. No faltaban señales de lo que hacia pobres a aquella gente desgraciada: los impuestos del Estado, los diezmos para la iglesia, los impuestos para el señor, los impuestos locales y generales, habían de ser pagados sin remedio, de acuerdo con un cartel fijado en el pueblo de modo visible, y lo que más raro parecía es con todos esos impuestos estuviera el pueblecillo todavía en pie.

Pocos niños se veían y ningún perro. En cuanto a los hombres y a las mujeres, sus esperanzas en esta tierra se comprendían o en vivir de la manera más mísera en el pueblo, a la sombra del molino, o gemir en la prisión de la fortaleza que dominaba el despeñadero.

Anunciado por un correo que lo precedía y por el restallar de los látigos de los postillones que ondulaban como sierpes por encima de sus cabezas, como si llegase servido por las furias, el señor marqués llegó en su carroza a la puerta del relevo. Estaba cerca de la fuente y los campesinos interrumpieron sus ocupaciones para mirarlo. El también los miró y vio en ellos, aunque sin darse cuenta, la miseria que se pintaba en sus rostros y que hizo proverbial la delgadez de los franceses e ingleses por espacio de más de un siglo, cuando ya las cosas habían cambiado.

El señor marqués posó la mirada sobre los humildes rostros que se inclinaban ante él, así como él se inclinó ante Monseñor en la Corte —aunque la diferencia estaba en que los que tenía delante se inclinaban para sufrir y no para hacerse gratos— cuando un peón caminero vino a reunirse con el grupo.

—Tráeme a ese hombre —ordenó el marqués al correo.

Se acercó el peón caminero gorro en mano y los demás campesinos se aproximaron deseosos de ver y de oír, de la misma manera que lo hicieran los parisienses.

—¿Te pasé en el camino?

—Es verdad, Monseñor. Tuve el honor de que pasarais a mi lado.

—¿Tanto al subir como al bajar la colina?

—En efecto, Monseñor.

—¿Qué mirabas con tanta atención?

—Monseñor, miraba al hombre.

Hizo una pausa y con la punta de su gorro azul señalaba la parte inferior de la caja de la carroza y todas sus paisanos se inclinaron para mirar.

—¿Qué hombre, animal? ¿Y por qué miras ahí?

—Perdonad, Monseñor, iba colgado de la cadena del freno.

—¿Quién? —preguntó el viajero.

—El hombre, Monseñor.

—¡Así se os lleve el diablo, idiotas! ¿Cómo se llama ese hombre? Tú conoces a toda la gente de por aquí. ¿Quién era?

—Piedad, Monseñor. No era de este país y no lo había visto en los días de mi vida.

—¿Colgado de la cadena? ¿Ahorcado?

—Con vuestro permiso, Monseñor, eso era lo más maravilloso. Llevaba la cabeza colgando... así.

Se volvió hacia el carruaje, se tendió de espalda con la cara vuelta al cielo y la cabeza colgando. Luego se puso en pie de nuevo e hizo una reverencia.

—¿Cómo era?

—Monseñor, más blanco que el molinero. Iba todo cubierto de polvo, blanco como un espectro y alto como un aparecido.

Tal retrato produjo inmensa sensación en los oyentes, pero todos los ojos miraban al marqués, tal vez para observar si tenía algún espectro en la conciencia.

—La verdad es que obraste perfectamente— exclamó el marqués. Ves a un ladrón que acompaña mi carroza y no eres capaz de abrir la boca para gritar. ¡Bah! Soltadlo, señor Gabelle.

El señor Gabelle era el maestro de postas y desempeñaba otros cargos oficiales, como el de recaudador de impuestos, y se había presentado obsequiosamente para ayudar en el interrogatorio y se apresuró a agarrar por el brazo al peón caminero.

—Prended a ese desconocido si se acerca esta noche al pueblo y cercioraos de que es un hombre honrado.

—Monseñor, me cabrá el honor de obedecer vuestras órdenes.

—¿Huyó aquel?... ¿Pero dónde está ese maldito?

El maldito estaba nuevamente bajo el carruaje con medía docena de amigos particulares, señalando la cadena con su puntiagudo gorro azul. Pero otra media docena de amigos se apresuraron a sacarlo y lo presentaron jadeantes, al señor marqués.

—¿Viste si aquel hombre huyó cuando nos detuvimos para apretar los frenos?

—Monseñor, vi que se arrojaba por la pendiente de la colina, de la misma manera como cuando alguien se arroja al río.

—Está bien. Gabelle, averiguadme eso. ¡En marcha!

La media docena de campesinos estaba aún entre las ruedas, mirando la cadena, y la carroza echó a correr tan impensadamente que por milagro salvaron la piel y los huesos.

La velocidad de la carroza, bastante grande al salir del pueblo, fue aminorando a medida que ascendía por la pendiente que tenía delante, hasta que llegó al paso. La noche de verano era hermosa y los postillones, asaltados por los mosquitos, procuraban ahuyentarlos con las cuerdas de los látigos; el lacayo iba andando al lado de los caballos y a corta distancia se oía el trote del caballo que llevaba al correo.

En el punto más alto de la colina había un pequeño cementerio, con una cruz y la imagen del Crucificado. Era obra de algún artista rústico; pero la figura, tallada en madera, era copiada de la realidad. Por eso el Cristo estaba tan flaco.

Junto al Crucifijo estaba arrodillada una mujer y cuando la carroza llegó junto a ella volvió la cabeza y se acercó a la portezuela.

—¡Monseñor! —exclamó.— ¡Monseñor, he de haceros una súplica!

—¡Qué hay! —exclamó el marqués con impaciencia.— ¿Una petición?

—¡Por el amor de Dios, Monseñor! ¡Mi marido, el guardabosque...!

—¿Qué le pasa a tu marido? ¡Siempre lo mismo con esta gente! ¿Que no puede pagar?

—Ya no ha de pagar nada, Monseñor. Ha muerto.

—Perfectamente. Ya tiene paz. ¿Puedo devolvértelo?

—¡Por desgracia no, Monseñor! ¡Pero está enterrado ahí, bajo la hierba!

—¿Y qué?

Miró a la mujer que parecía vieja, pero era joven. La pobre retorcía sus manos nudosas y luego puso una sobre la portezuela que acariciaba como si fuera un pecho humano y quisiera ablandarlo.

—¡Monseñor, oídme! Mi marido murió de hambre; muchos morimos de lo mismo.

—¿Qué quieres? ¿Puedo alimentarlos a todos?

—Dios lo sabe, Monseñor, pero no pido nada de eso. Lo que os pido, Monseñor, es un trozo de piedra o de madera que lleve el nombre de mi marido, pues de otra manera se olvidará pronto en qué lugar reposa. ¡Os lo ruego, Monseñor!

El lacayo separó a la mujer y el carruaje avanzó al trote de los caballos, de manera que la pobre se quedó muy pronto atrás. Monseñor, mientras tanto, escoltado nuevamente por las furias, recorría rápidamente la legua que lo separaba de su castillo.

A su alrededor estaban los dulces aromas de la noche estival y lo perfumaban todo de la misma manera como la lluvia cae imparcialmente sobre los que están sucios de polvo, sobre los miserables cubiertos de harapos y sobre el grupo agobiado por el trabajo que estaba en la fuente no lejana; y a quienes el peón caminero, con ayuda de su gorro azul, sin el cual no era nada, les hablaba aún de aquel hombre parecido a un espectro que iba debajo de la carroza de monseñor el marqués. Gradualmente desertó el auditorio y parpadearon algunas luces en las casuchas, luces que, en vez de apagarse, no parecía sino que habían huido al cielo para convertirse en estrellas.

Mientras tanto a los ojos del señor marqués se presentó la sombría masa de una enorme casa, de alto tejado y rodeada de árboles; de pronto la sombra desapareció ante la claridad despedida por una antorcha. Luego se detuvo la carroza y se abrió ante él la gran puerta del castillo.

—¿Ha llegado ya de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?

—Todavía no, Monseñor.