Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 20. Una súplica
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Cuando regresaron los recién casados de su viaje, la primera persona que acudió a felicitarles fue Sydney Carton. No parecía haber mejorado de traje, de ademanes ni de aspecto, pero se advertía en él cierta expresión de fidelidad que llamó la atención de Carlos Darnay.

Sydney aprovechó la primera oportunidad para hablar a solas con Carlos, y en cuanto lo hubo llevado al hueco de una ventana le dijo:

—Señor Darnay, tengo los mayores deseos de que seamos amigos.

—Me parece que lo somos ya contestó Darnay.

—Sois lo bastante amable para contestarme así, pero no deseo oír de vuestros labios palabras de pura fórmula. Lo que deseo es lograr vuestra amistad sincera y verdadera.

—Casi no os comprendo —le contestó Carlos sonriendo.

—Es difícil darme a entender —dijo Sydney,— pero voy a intentarlo. ¿Os acordáis de cierta ocasión en que yo estaba más borracho que de costumbre?

—Recuerdo una ocasión en que me obligasteis a confesar que habíais bebido algo más de la cuenta.

—También yo me acuerdo. Pues bien, en aquella ocasión estuve insufrible acerca de si me erais simpático o no. Quisiera rogaros que olvidarais todo aquello.

—Hace tiempo que lo olvidé.

—¡Vuelta a las amabilidades de pura fórmula! Yo no me olvido con esa facilidad, y una respuesta ligera como la que acabáis de darme no ha de contribuir a que olvide.

—Os ruego que me perdonéis si mi respuesta os pareció ligera —contestó Carlos Darnay— Creo que es una cuestión que no vale la pena, aunque a vos parece importaros mucho. Os repito, a fe de caballero, que hace mucho tiempo que había olvidado tal cosa, lo cual no tiene gran mérito, porque aquel día me prestasteis un favor inmenso.

—En cuanto a ese favor inmenso —replicó Carton— debo confesaros que lo hice tan sólo para lucirme profesionalmente, pero nada me importaba lo que pudiera ser de vos.

—Hacéis ligera mi obligación —dijo Darnay,— pero no vamos a disputar acerca de vuestra respuesta ligera.

—Es la verdad, señor Darnay. Os lo aseguro. Pero me he desviado de mi propósito. Hablaba de mi deseo de que seamos amigos. Ya me conocéis; sabéis que soy incapaz de cualquiera cosa noble y elevada, y si lo dudáis preguntad a Stryver.

—Siempre he preferido formar mis opiniones por mí mismo.

—Perfectamente. Ya sabéis que soy un perro vicioso que jamás ha hecho bien alguno ni lo hará.

—No estoy muy seguro de que “no lo haréis”.

—Os lo aseguro. Pero vamos al asunto. Si podéis soportar a una persona tan indigna como yo y permitís que venga a vuestra casa de vez en cuando, para entrar y salir cuando me convenga y que se me considere sencillamente como un mueble o algo por el estilo, me consideraré feliz. Puedo añadir que no abusaré de vuestro permiso y estoy seguro de que no os molestaré cuatro veces por año, aunque me gustaría saber que abuso.

—Probadlo.

—Es un modo de decirme que me concedéis lo que pido. Muchas gracias, Darnay. ¿Me permitís que use de ese permiso?

—Desde ahora estáis autorizado.

Se estrecharon las manos y Sydney se alejó de Darnay.

Un minuto después era, exteriormente, tan insubstancial como siempre.

Cuando estuvo Carlos Darnay habló al doctor, al señor Lorry y a la señorita Pross, de su conversación con Sydney, al que calificó de indiferente y de atolondrado y aunque no se refirió a él con amargura ni con dureza, expresó el sentir de cada uno acerca de aquel hombre. Desde luego Darnay no tenía idea de que Sydney pudiera existir en la mente de su joven y bella esposa, pero cuando se reunió con ella en sus habitaciones particulares, la encontró, en apariencia, preocupada.

—¿Qué tienes? —le preguntó Darnay, rodeándole el talle con su brazo.— ¿Estás preocupada?

—Sí, querido Carlos —contestó la joven.— Tengo algo que decirte.

— ¿Qué es ello?

— ¿Quieres prometerme no preguntarme si te ruego que no lo hagas?

—Te lo prometo.

—Creo, Carlos, que el pobre señor Sydney Carton merece más consideración y respeto del que has expresado esta noche.

—¿De veras, querida mía? ¿Por qué?.

—Te ruego que no me lo preguntes, pero te aseguro que es así como te digo.

—Si lo sabes ya es bastante. ¿Qué quieres que haga, vida mía?

—Te ruego que seas siempre generoso, con él y que disculpes sus faltas cuando no esté con nosotros. Te ruego que creas que posee un corazón que pocas veces se revela y que está cubierto de profundas heridas. Créeme, querido mío, que lo he visto sangrando.

—Me duele —contestó Carlos asombrado— haberle tratado mal. Pero nunca me figuré eso de él.

—Pues así es. Temo que no hay esperanza de que pueda corregirse, pero estoy segura de que es capaz de hacer cosas nobles, buenas y hasta magnánimas.

Estaba tan hermosa en la pureza de su fe en aquel hombre perdido, que su marido no se habría cansado de contemplarla.

—Y además, amor mío —añadió reclinando su hermosa cabeza en el pecho de su marido,— piensa en cuánta es nuestra felicidad y cuán desgraciado es él en su miseria.

Esta súplica llegó al corazón de Carlos, que exclamó:

—Siempre me acordaré de eso, amor mío. Lo tendré presente mientras viva.

Se inclinó sobre la dorada cabeza, besó los labios rosados de su esposa y la estrechó entre sus brazos. Y si un paseante nocturno, que recorría entonces las obscuras calles, pudiera haber sido testigo de aquella inocente súplica, o viera las lágrimas de conmiseración que besaba su marido en los suaves y azules ojos tan amantes, habría exclamado —y tales palabras no saldrían por vez primera de sus labios:

—¡Dios la bendiga por su dulce compasión!.