Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 21. Pasos que repite el eco
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El rincón de la calle en que vivía el doctor era maravilloso por los ecos que repetía. Mientras se ocupaba activamente en retorcer el hilo de oro que unía a su marido, a su padre, a sí misma y a su antigua ama y compañera, en una vida dichosa y tranquila, Lucía estaba sentada en el sonoro rincón escuchando el eco de los pasos del tiempo.

Al principio, a pesar de ser una esposa feliz, muchas veces se le caía la labor del regazo y se nublaban sus ojos. Porque algo llegaba a sus oídos con los ecos, algo ligero y muy lejano, apenas audible, que estremecía su corazón. Eran esperanzas y dudas, dudas de permanecer en la tierra, de gozar de aquella nueva delicia. Entre los ecos oía, a veces, el ruido de pasos sobre su temprana tumba y pensaba en el esposo que se quedaría desolado y que tanto la lloraría. Y estas ideas hacían que el llanto acudiese a sus ojos y se echaba a llorar.

Pasó aquel tiempo y en su regazo descansaba la pequeña Lucía. Luego entre los ecos se oían los pasos de sus piececitos y el rumor de sus balbuceos infantiles. Y Lucía siempre ocupada en retorcer el hilo de oro que los reunía a todos, en los ecos de los años oía solamente sonidos amistosos. El paso de su marido era fuerte y próspero; el de su padre firme e igual y el de la señorita Pross despertaba los ecos como un indómito corcel que sufre el castigo de la fusta y que relincha y patea.

Y hasta cuando se oían ruidos tristes, no eran crueles ni despiadados. Cuando una cabellera dorada, como la suya propia, descansaba en una almohada, en torno del rostro pálido de un niño que con radiante sonrisa dijo: “Querido papá y querida mamá, mucho siento tener que dejaros a vosotros y a mi hermanita; pero me llaman y he de marcharme”, no fueron lágrimas de agonía las que mojaron las mejillas de la madre cuando de entre sus brazos huyó el alma que le había sido confiada. Con el rumor de las alas de un ángel se confundieron otros que no eran por completo terrestres, pues contenían un aliento celestial. Suspiros de los vientos que soplaban sobre una pequeña tumba llegaban a oídos de Lucía, en tanto que su hijita estudiaba con seriedad cómica las lecciones de la mañana o vestía una muñeca charloteando en la lengua de las dos ciudades que se habían combinado en su vida.

Raras veces repetían los ecos los pasos reales de Sydney Carton. A lo sumo seis veces al año iba a ejercitar su derecho de llegar a la casa sin ser invitado y sentarse entre ellos en la velada. Nunca llegó allí cargado de vino.

En cuanto al señor Stryver, se franqueaba el paso a través de las leyes, como poderosa nave de vapor que cruza por las turbias aguas y arrastraba a su amigo en su camino como aquélla arrastra un bote por la estela que va dejando.

Stryver era rico; se había casado con una hermosa viuda que tenía extensas propiedades y tres hijos, que no tenían de particular otra cosa que las púas aceradas que cubrían sus cabezas a guisa de cabello.

Esos tres personajes echaron a andar ante Stryver, que exudaba la más ofensiva protección por todos sus poros, en dirección a la casita de Soho, donde fueron ofrecidos al esposo de Lucía como discípulos, en tanto que Stryver decía con la mayor delicadeza:

—Aquí os traigo tres pedazos de pan con queso para aumentar el almuerzo matrimonial, Darnay.

La cortés negativa a aceptarlos irritó sobremanera al señor Stryver, quien, en adelante, contribuyó a la educación de aquellos caballeritos, poniéndoles en guardia contra el orgullo de los mendigos como aquel profesor. También tenía la costumbre de referir a su esposa, cuando estaba cargado de vino, las artimañas de que se valió la señora Darnay para “pescarle” y de las habilidades de que tuvo que valerse para no ser “pescado”. Algunos de sus compañeros de profesión le excusaban diciendo que lo había referido tantas veces que acabó por creerlo. Estos eran, entre otros, los ecos que Lucía escuchaba, a veces pensativa y otras divertida, hasta que su hija tuvo seis años. Inútil es decir cuán cerca de su corazón resonaban los ecos de los pasos de su hija, de su padre y de su marido.

Pero había otros ecos distintos que rugían amenazadores. En el sexto cumpleaños de Lucía empezaron a ser espantosos, como si se desencadenara una gran tempestad en Francia y los mares se alborotaran.

Una noche, a mediados de julio de mil setecientos ochenta y nueve, el señor Lorry llegó algo tarde, desde el Banco Tellson, y se sentó al lado de Lucía y de su marido, junto a la obscura ventana. Hacía mucho calor, la noche era pesada y todos recordaron la de aquel domingo en que vieran relampaguear desde el mismo sitio.

—Empiezo a creer —dijo el señor Lorry echándose la peluca hacia atrás — que pronto tendré que pasar la noche en el Banco. Tenemos tanto que hacer que no sabemos siquiera por dónde empezar. Parece que en París cunde la intranquilidad y que todo el mundo se apresura a testimoniar su confianza en nosotros. Nuestros clientes parece que no vean el momento de confiarnos su fortuna. Positivamente, entre muchos de ellos reina la manía de mandar dinero a Inglaterra.

—Esto es un mal síntoma —dijo Darnay.

—Es cierto, aunque no conocernos la causa. La gente apenas raciocina.

—Sin embargo, ya sabéis cuán cargado y amenazador está el cielo.

—Lo sé. Naturalmente —dijo el señor Lorry tratando de convencerse a sí mismo de que estaba de mal humor,— pero deseo pelearme con alguien después de trabajar tanto. ¿Dónde está Manette?

—Aquí —dijo el doctor entrando.

—Me complace que estéis en casa, porque las prisas y los presentimientos de todo el día me han puesto nervioso sin motivo. ¿Vais a salir?

—No, pero voy a jugar al chaquete con vos, si queréis —contestó el doctor.

—No tengo ganas esta noche. ¿Está el té dispuesto, Lucía? No puedo verlo con tan poca luz.

—Se os ha guardado.

—Gracias, querida. ¿Está dormida la niña?

—Profundamente.

—Así me gusta, que todos estén en casa y en buena salud. Estoy preocupado, a causa del mucho trabajo del día. Ya no soy joven.

Mientras aquellos amigos estaban sentados en la casa de Soho, resonaban en París y en el barrio de San Antonio ruido de pies alocados y peligrosos que penetran a la fuerza en la vida de cualquiera y que son difíciles de limpiar si alguna vez se tiñen de rojo.

Aquella mañana San Antonio se vio invadido por una masa de gente miserable que iba de una parte a otra, sobre cuyas cabezas ondulantes brillaba, a veces, la luz al reflejarse en los sables y las bayonetas. Tremendo rugido surgía de la garganta de San Antonio, y se agitaba en el aire un verdadero bosque de armas desnudas, como ramas de árboles sacudidas por el viento invernal; todos los dedos oprimían con fuerza un arma o cualquier cosa que sirviera de tal.

Nadie habría podido decir quién se las daba ni de dónde procedían; pero en breve se distribuyeron mosquetes, cartuchos, pólvora y balas, barras de hierro y de madera, cuchillos, hachas, picas y toda arma que se pudiera encontrar o imaginar. Y los que no tenían otra cosa se dedicaban con ensangrentadas manos a sacar de las paredes las piedras y los ladrillos. Todos los corazones, en San Antonio, latían con el apresuramiento de la fiebre, y todo ser que tenía vida estaba dispuesta a sacrificarla.

Así como un remolino de agua hirviente tiene su vorágine, así aquel remolino humano tenía su centro en la taberna de Defarge, y cada una de las gotas humanas que había en el monstruoso caldero mostraba tendencia a dirigirse hacia el punto en que se hallaba Defarge, sucio de sudor y de pólvora, que daba órdenes, entregaba armas, hacía avanzar a unos y retroceder a otros, desarmaba a uno para armar a otro y trabajaba como un endemoniado en lo más espeso de aquella confusión.

—¡Ponte cerca de mí, Jaime Tres! —gritó Defarge;— y vosotros, Jaime Uno y Jaime Dos, separaos o poneos a la cabeza de tantos patriotas como os sea posible. ¿Dónde está mi mujer?

—¡Aquí! —le gritó su esposa siempre tranquila aunque sin estar entregada a su labor de calceta. La decidida mano derecha de aquella mujer tenía asida un hacha y en su cintura llevaba una pistola y un cuchillo.

—¿Adónde vas, mujer?

—Ahora contigo —le contestó ella.— Luego ya me verás a la cabeza de las mujeres.

—¡Ven, pues! —exclamó Defarge con fuerte voz.— ¡Ya estamos listos, patriotas y amigos! ¡A la Bastilla!

Con un rugido como si, al oír la detestada palabra, resonaran todas las voces de Francia, se levantó aquel mar viviente, y sus numerosas oleadas se extendieron por parte de la ciudad. Se oían campanadas de alarma, redoblar de tambores y aquel mar alborotado empezó el ataque.

Profundos fosos, doble puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho enormes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... A través del fuego, y del humo, en el fuego y en el humo, porque aquel mar lo arrojó contra un cañón, y en un instante se convirtió en artillero, Defarge, el tabernero, trabajó como valeroso soldado por espacio de dos horas. Profundo foso, un solo puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo. ¡Animo, camaradas! ¡Animo, Jaime Uno, Jaime Dos, Jaime Mil, Jaime Dos Mil, Jaime Veinticinco Mil! ¡En nombre de los ángeles o de los diablos, como queráis! ¡Animo! Así gritaba Defarge, el tabernero, junto a su cañón, que estaba ya rojo.

—¡A mí las mujeres!— gritaba Madame Defarge: ¡Cómo! ¿No podremos matar como los hombres cuando haya caído la plaza?

Y acudían a su lado gritando numerosas mujeres diversamente armadas, pero todas iguales por el hambre y la sed de venganza que las animaba.

Cañones, mosquetes, fuego y humo... pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres. En el mar que atacaba se veían pequeños desplazamientos originados por los heridos que caían. Chispeantes armas, antorchas ardientes, carros humeantes llenos de paja húmeda, enormes esfuerzos junto a las barricadas, gritos, maldiciones, actos de valor, estruendos, chasquidos y los furiosos rugidos del viviente mar; pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres; no obstante, Defarge, el tabernero, seguía disparando su cañón doblemente enrojecido por el incesante fuego de cuatro horas.

Una bandera blanca desde dentro de la fortaleza y un parlamentario... apenas visible entre aquella tempestad y por completo inaudible. De pronto el mar se encrespó y arrastró a Defarge, el tabernero, sobre el tendido puente levadizo, lo hizo pasar más allá de los macizos muros de piedra, entre las ocho enormes torres que se habían rendido.

Tan irresistible era la fuerza del océano que lo arrastraba, que, para él, era tan impracticable respirar como volver la cabeza, como si hubiera estado luchando contra la resaca del mar del Sur, hasta que, por fin, se vio dentro del patio exterior de la Bastilla.

Allí, apoyado en una pared, hizo un esfuerzo para mirar a su alrededor. Cerca de él, estaba Jaime Tres, y la señora Defarge, capitaneando a algunas mujeres, se hallaba a poca distancia empuñando el cuchillo. El tumulto era general, reinaba la alegría, la estupefacción y se oía un ruido espantoso.

—¡Los presos!

—¡Los registros!

—¡Los calabozos secretos!

—¡Los instrumentos de tortura!

—¡Los presos!

Entre estos gritos y otras mil incoherencias, el grito más general entre aquel mar de cabezas era el de: “¡Los presos!” Cuando penetraron los más en el interior de la fortaleza, llevando consigo a los oficiales, y amenazándolos de muerte inmediata si dejaban de mostrarles el más pequeño rincón, Defarge dejó caer su fuerte mano sobre el pecho de uno de aquellos hombres, ya de alguna edad, que sostenía una antorcha encendida, lo separó del resto y lo acorraló contra la pared.

—¡Llévame a la Torre del Norte! —ordenó.— ¡Vivo!

—Con mucho gusto —contestó el hombre,— si queréis acompañarme. Pero no hay nadie allí.

— ¿Qué significa “Ciento cinco, Torre del Norte? —preguntó Defarge— ¡Contesta!

—¿Que qué significa?

—¿Se refiere a un hombre o a un calabozo? ¿Quieres que te mate?

—¡Mátale! —gritó Jaime Tres que se había acercado.

—Señor, es un calabozo.

—¡Enséñamelo!

—Venid por aquí.

Jaime Tres, evidentemente desilusionado por el giro que tomaba, el diálogo y que no hacía presumir que hubiera sangre, cogió el brazo de Defarge mientras éste asía al carcelero. En aquellos momentos los tres habían estado con las cabezas juntas, pero ni aun así habrían podido oírse, tan tremendo era el ruido de aquel océano viviente cuando hizo irrupción en la fortaleza e inundó los patios, los pasadizos y las escaleras. Pero fuera el escándalo era también formidable y a veces entre los clamores de todos surgían algunos gritos más fuertes que se elevaban en el aire como chorros de agua.

A través de lóbregos corredores en que nunca había brillado la luz del día, pasando ante las horribles puertas de obscuras mazmorras y jaulas, bajando cavernosas escaleras o subiendo pendientes ásperas de piedra y de ladrillo, más semejantes a cascadas secas que a escaleras, Defarge, el carcelero y Jaime Tres, cogidos del brazo, iban con toda la rapidez posible. De vez en cuando, especialmente al principio, la inundación les cerraba el paso o los arrastraba, pero en cuanto empezaron a subir una torre se vieron solos.

Cercados entonces por el macizo, espesor de los muros y de las arcadas, se oía muy débilmente la tempestad que se desarrollaba dentro y fuera de la fortaleza, como si el ruido que antes tuvieron que soportar les hubiese destrozado los oídos.

Se detuvieron, por fin, ante una puerta baja, el carcelero puso una llave en la cerradura, se abrió la puerta lentamente y dijo cuando sus compañeros inclinaban la cabeza para entrar:

—¡Ciento cinco, Torre del Norte!

Había en lo alto de la pared una ventanita enrejada y con una especie de pantalla de piedra ante ella, de manera que solamente se pudiera ver el cielo después de echarse casi al suelo. A poca distancia había una chimenea, también cerrada por espesa reja y en el hogar se veían los restos carbonizados de un poco de leña. Había un taburete, una mesa y un lecho de paja. Las paredes estaban ennegrecidas y en una de ellas se veía una anilla de hierro oxidado.

—Pasa la antorcha, despacio, a lo largo de estas paredes, porque quiero verlas —ordenó Defarge al carcelero.

Este obedeció y Defarge siguió atentamente la luz que proyectaba sobre las paredes.

—¡Alto! ¡Mira aquí, Jaime!

—¡A. M.! —exclamó Jaime leyendo estas iniciales.

—¡Alejandro Manette! —le dijo Defarge al oído, siguiendo con el dedo el dibujo de las letras.— Y aquí escribió: “Un pobre médico.” Él fue, sin duda, el que grabó un calendario en la piedra. ¿Qué llevas en la mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!

Defarge tenía aún en la mano el botafuego del cañón. Cambió este instrumento por el otro y derribando la mesa y el taburete los redujo a astillas de unos cuantos golpes.

—¡Levanta la luz! —gritó enojado al carcelero.— Mira con cuidado entre las astillas, Jaime. Toma, ahí va mi cuchillo —dijo entregándoselo.— Abre ese jergón y busca entre la paja. ¡Levanta la luz, tú! Dirigiendo una mirada amenazadora al carcelero, se echó al suelo y con la barra de hierro empezó a hacer fuerza en las rejas de la chimenea. Poco después cayó algo de mortero, y entre los huecos que aparecieron y hasta en la ceniza buscó con el mayor cuidado.

—¿No hay nada entre la madera ni entre la paja, Jaime?

—Nada.

—Hagamos un montón con todo en el centro del calabozo. Tú préndele fuego. El carcelero prendió fuego al montón, que ardió perfectamente. Luego, dejando aquella hoguera encendida, los tres hombres salieron y regresaron por el mismo camino; les parecía que iban recobrando gradualmente el sentido del oído a medida que bajaban al nivel del suelo, hasta que, por fin, se hallaron, una vez más, entre las turbulentas olas de la multitud.

Las encontraron revueltas en busca de Defarge. San Antonio gritaba y profería clamores en su deseo de que su tabernero fuese el jefe de la guardia del gobernador que defendiera la Bastilla y ordenara disparar contra el pueblo. De otra manera el gobernador no podría ir al Hôtel de Ville para ser juzgado. De otra suerte se escaparía, y la sangre del pueblo (que de pronto había adquirido algún valor, después de muchos años de no valer nada) no podría ser vengada.

Entre aquellos gritos apasionados y airados que cercaban a aquel severo y anciano oficial, a quien hacía más visible su casaca gris con adornos rojos, sólo había una persona que estuviera tranquila y era una mujer.

—¡Aquí está mi marido! —dijo señalándolo.— Este es Defarge.

Estaba inmóvil al lado del severo oficial y no se separó de él cuando ya se encontraba cerca de su destino, ni cuando las turbas empezaron a herirlo por la espalda; permaneció a su lado mientras sobre el desgraciado empezaba a caer una lluvia de cuchilladas y de golpes y a su lado continuaba cuando el pobre cayó muerto. Entonces pareció animarse, y poniéndole el pie sobre el cuello le cortó la cabeza con su cruel cuchillo. Había llegado la hora en que San Antonio se disponía a ejecutar la terrible idea de colgar hombres de los faroles para mostrar quién era él y lo que podía hacer. La sangre de San Antonio se calentaba a medida que se enfriaba la de la tiranía y del despotismo, ante los golpes asestados por el hierro, y corría por los escalones del Hôtel de Ville, en donde yacía el cuerpo del gobernador, bajo la suela del zapato de la señora Defarge mientras lo tuvo aprisionado para mutilarlo.

—¡Bajad aquel farol! —exclamó San Antonio después de mirar a su alrededor en busca de nuevos instrumentos de muerte.— ¡Aquí hay uno de sus soldados que se quedará de guardia en él! —Y el centinela se quedó balanceándose mientras el mar viviente se alejaba.

Pero en el océano de caras, en las que se representaba vívidamente toda la furia de que es capaz el hombre, había dos grupos de rostros —siete en cada uno— que contrastaban de tal manera con los restantes, que nunca el mar arrastró otros más tétricos y demacrados. Eran los rostros de siete presos, de pronto libertados por la tempestad que abrió sus tumbas, y que eran llevados a cierta altura sobre los demás.

Todos estaban atónitos, espantados y aturdidos, como si ya hubiese llegado el Día del juicio y los que los rodeaban fuesen espíritus perdidos. Otros siete rostros se veían también, a mayor altura que los de los presos, siete rostros muertos, cuyos párpados caídos y ojos medio cerrados esperaban el Día del juicio. Eran rostros impasibles, en los que la vida parecía suspendida solamente y no extinguida; rostros sumidos en temible duda, como si fueran a levantar los caídos párpados de sus ojos y se dispusieran a prestar testimonio con los exangües labios, exclamando: “¡Tú lo hiciste!”

Siete presos libertados, siete cabezas ensangrentadas, las llaves de la maldita fortaleza, de las ocho fuertes torres, algunas cartas y memoriales de antiguos presos, ya muertos o desaparecidos... y algo más por el estilo, todo eso iba con los sonoros pasos de la escolta de San Antonio a través de las calles de París, a mediados de julio de mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de Lucía Darnay el eco de aquellos pies! Porque son pies alocados y peligrosos; y como en los años tan lejanos ya, cuando se rompió un barril de vino ante la taberna de Defarge, no se limpiaban fácilmente cuando una vez se habían teñido de rojo.