Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 7. Llaman a la puerta
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“Yo lo he salvado.” No era uno de tantos sueños antiguos que volvía, sino que Carlos estaba realmente allí. Y, sin embargo, su mujer temblaba y sentía un temor vago pero intenso.

Era imposible, en efecto, olvidar que otros tan inocentes como su esposo habían muerto en aquellos tiempos en que el pueblo se mostraba tan cruel y vengativo. Su padre, en cambio, le daba ánimos y se sentía satisfecho de haber logrado el éxito en su empeño de salvar a Carlos.

El menaje de la casa era sumamente sencillo, no solamente porque eso era lo más prudente, sino que también porque no eran ricos, y Carlos, durante su largo encierro, había tenido que pagar bastante caro el mal alimento que le vendían. Por estas razones y para evitarse un espía doméstico, no tenían criada; los ciudadanos que hacían de porteros les prestaban algunos servicios, y Jeremías, que el señor Lorry les había cedido casi por completo, dormía en la casa todas las noches.

La República Una e Indivisible de Libertad, Igualdad y Fraternidad o Muerte, había ordenado que sobre las puertas de todas las casas se inscribiera el nombre de sus habitantes. Por consiguiente en casa del doctor figuraba también el nombre de Jeremías Roedor, y cuando se acentuaron ya las sombras de la tarde, el posesor de este nombre regresó de llamar a un pintor que había de añadir a la lista el nombre de Carlos Evremonde, llamado Darnay.

En aquellos tiempos en que reinaba la desconfianza y el temor, la familia del doctor, como muchas otras, adquirían todos los días los comestibles y artículos necesarios, en pocas cantidades y en diversas tiendas. Desde hacía algún tiempo la señorita Pross y el señor Roedor llenaban las funciones de proveedores; la primera llevaba el dinero y el segundo el cesto. Todas las tardes, al encenderse el alumbrado público, salían en cumplimiento de sus deberes y compraban lo que se necesitaba en la casa. A pesar de que la señorita Pross pudiera haber conocido el francés perfectamente, aprendiéndolo en los largos años que llevaba viviendo con una familia francesa, no conocía más este idioma que el mismo señor Roedor, es decir, nada absolutamente. Por eso sus compras las hacía pronunciando un nombre ante el vendedor y si no había acertado agarraba lo que quería comprar y no lo soltaba hasta haber cerrado el trato. Y el regateo lo llevaba a cabo señalando siempre con un dedo menos que el vendedor, cualquiera que fuese el precio.

—Señor Roedor —dijo la señorita Pross con los ojos encarnados por haber llorado de felicidad— yo estoy dispuesta. Si queréis podemos salir.

Jeremías se puso a la disposición de su compañera.

—Hoy necesitamos muchas cosas, pero tenemos tiempo. Entre otras cosas hemos de comprar vino. Adonde vayamos encontraremos a esos gorros colorados brindando y emborrachándose.

—¡Cuidado, querida! —exclamó Lucía.— Tened cuidado.

—Seré prudente —contestó la señorita Pross.— Vos quedaos junto al fuego, cuidando de vuestro marido que habéis recobrado y no os mováis hasta que regrese.

Salieron dejando a la familia junto al fuego. Esperaban que llegase de su Banco el señor Lorry y estaban todos tranquilos, gozando de la dicha de verse reunidos.

De pronto Lucía preguntó:

—¿Qué es eso?

—Hija mía, cálmate —le dijo el doctor.— Cualquier cosa te sobresalta.

—Me pareció haber oído un ruido en la escalera —contestó Lucía.

—No se oye nada.

Apenas acababa de decir el doctor estas palabras, cuando se oyó llamar a la puerta.

—¿Qué será, padre? ¡Escóndete, Carlos! ¡Salvadlo, padre mío!

—Ya lo he salvado —contestó el doctor levantándose.— Déjame ahora que vaya a ver quién llama.

Tomó una lámpara de mano, cruzó las dos estancias vecinas y abrió. Se oyó enseguida cómo unos rudos pies pisaban el suelo y al mismo tiempo entraron en la estancia cuatro hombres cubiertos con el gorro rojo y armados de sables y pistolas.

—¿El ciudadano Evremonde, llamado Darnay?

—¿Quién le busca? —preguntó Darnay.

—Nosotros. Te conozco, Evremonde. Hoy te vi en el tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.

Y los cuatro hombres lo rodearon mientras su esposa y su hija se abrazaban a él.

—¿Por qué se me prende de nuevo?

—Ven con nosotros a la Conserjería y mañana lo sabrás. Mañana mismo has de ser juzgado.

El doctor Manette, que se había quedado como petrificado, con la lámpara en la mano, cual si se hubiese convertido en estatua, dejó la lámpara, dio un tirón de la camisa del que acababa de hablar y le dijo:

—Acabas de asegurar que le reconoces. ¿Me conoces a mí?

—Sí, eres el ciudadano doctor.

—Todos te conocemos —dijeron los otros tres.

—¿Queréis contestarme a mí la pregunta que os ha hecho? ¿Qué sucede?

—Ciudadano doctor —contestó el primero de mala gana,— ha sido denunciado a la Sección de San Antonio.

—¿De qué se le acusa?

—No me preguntes más, ciudadano doctor —contestó el otro.— Si la República te pide un sacrificio, sin duda tú, como buen patriota, te sentirás feliz haciéndolo. La República antes que todo El Pueblo es soberano. Evremonde, tenemos prisa.

—Una palabra — rogó el doctor.— ¿Queréis decirme quién lo ha denunciado?

—Es contra mi deber —dijo el interpelado,— pero, en fin, ha sido denunciado por el ciudadano y la ciudadana Defarge y, además, por otro.

—¿Quién?

—¿Tú lo preguntas, ciudadano doctor?

—Sí.

—Pues lo sabrás mañana. Ahora he de ser mudo.