Historia de dos ciudades.  Charles Dickens
Capítulo 1. Cinco años después
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El Banco Tellson era un lugar de viejísimo aspecto en el año mil setecientos ochenta. El local era muy pequeño, obscuro, feo e incómodo. Todo respiraba antigüedad, pero los socios de la casa estaban orgullosos de la pequeñez del local, de la obscuridad reinante, de su fealdad y hasta de su incomodidad. Y no solamente estaban orgullosos, sino que, muchas veces, hacían gala de todos estos inconvenientes, convencidos de que si la casa no los tuviera, seria menos respetable. Tellson no necesitaba grandes habitaciones, ni abundante luz, ni mayor embellecimiento. Otras casas de banca podían tener necesidad de tales ventajas, pero, a Dios gracias, a Tellson no le hacían ninguna falta.

Cualquiera de los socios habría sido capaz de desheredar a su propio hijo que le propusiera la atrevida idea de reconstruir el establecimiento. Y así había sido como Tellson fue el triunfo de toda incomodidad. Después de abrir una puerta que se obstinaba en permanecer cerrada, aparecían dos escalones y el visitante se encontraba en una tiendecita provista de dos mesas, en donde los empleados más viejos examinaban minuciosamente el cheque que se les presentaba y la legitimidad de la firma, a la luz de las ventanitas, siempre cubiertas de barro por la parte exterior y provistas de rejas, que contribuían a impedir el paso de la luz escasa que consentía la proximidad y la sombra del Tribunal del Temple. Si los negocios del visitante le obligaban a entrevistarse con “La Casa”, se le conducía a una especie de mazmorra situada en la parte posterior, en donde sentía tentaciones de emprender serias reflexiones acerca de la vida, hasta que la misma Casa se presentaba con las manos en los bolsillos, sin que el visitante fuese capaz de divisarla en los primeros momentos.

El dinero entraba y salía de cajones medio comidos por la polilla y hasta los mismos billetes salían penetrados de un olor especial, producido por la humedad, como sí estuvieran a punto de descomponerse y de convertirse nuevamente en trapos. Las alhajas se guardaban en lugares que más bien merecían el nombre de letrinas, y en pocos días perdían su brillo característico. Los valores y los papeles de familia se guardaban en una especie de cocina, donde nunca se guisó nada, y al salir de allí parecían sentir todavía el horror de haber estado encerrados en tal lugar, desde el cual podían divisar las cabezas expuestas en el Tribunal del Temple, con una ferocidad digna de los abisinios o de los aschantis.

En aquella época era cosa muy corriente la sentencia de muerte. La muerte es un remedio de la Naturaleza para todas las cosas y la Ley no tenía razón para ser distinta.

Por eso se condenaba a muerte al falsificador, al poseedor de un billete falso, al que estafaba cuarenta chelines y seis peniques, al que robaba un caballo y al que acuñaba un chelín falso; en realidad las tres cuartas partes de los delincuentes eran condenados a muerte, lo cual tenía la ventaja de simplificar considerablemente los procedimientos legales.

El Banco Tellson también había contribuido, como otras casas de negocios, a la muerte de muchos de sus semejantes, y no hay duda de que si las cabezas que hizo caer estuvieran aún expuestas en el Tribunal del Temple, en vez de haber sido enterradas, habrían sido bastantes para interceptar la poca luz que recibía la casa de banca.

En los más obscuros rincones, los viejos empleados del Banco Tellson trabajaban en los negocios de la casa, En la calle y nunca dentro, a no ser que se llamara especialmente, estaba siempre un hombre que, a la vez, hacía de mozo y de mensajero.

Nunca estaba ausente durante las horas de oficina, a no ser que se le mandara a un recado, y aun en tales casos quedaba representado por su hijo, feo engendro de doce años, que era su vivo retrato. El apodo de este mozo era el de Roedor y como nombre de pila tenía el de Jeremías.

La escena ocurría en la vivienda particular del señor Roedor, a las seis y media de la mañana de un ventoso día de marzo. Las habitaciones de la vivienda eran dos, contando como una un pequeño retrete separado, de la otra por una vidriera, y aunque era muy temprano, la estancia había sido perfectamente barrida y limpiada y las vasijas dispuestas ya para el desayuno aparecían sobre un blanco mantel. El señor Roedor estaba durmiendo todavía; pero, por fin, empezó a surgir de la cama hasta que sus acerados pelos parecieron a punto de convertir la sábana en tiras, y al mirar al exterior exclamó exasperado:

—¡Demonio! ¿no ha vuelto otra vez?

Una mujer muy limpia y aseada, que estaba arrodillada en el rincón, se levantó apresuradamente, demostrando así que la exclamación del señor Roedor se refería a ella.

—¿Qué haces? —exclamó el señor Roedor buscando a tientas una bota para tirársela por la cabeza. —¿Ya estás otra vez con lo mismo?

Y habiendo encontrado lo que buscaba, tiró a la mujer una bota llena de barro. Y hemos de llamar la atención acerca de la particularidad de que aun cuando el señor Roedor regresaba, por las tardes, del Banco con las botas limpias, por la mañana las tenía siempre llenas de barro.

—¿Se puede saber lo que estabas haciendo?

—Estaba rezando mis oraciones —contestó la pobre mujer.

—¿Conque rezando, eh? ¿Se puede saber qué te propones pasando el tiempo de rodillas y rezando contra mí?

—No rezaba contra ti, sino por ti.

—No es verdad, y, por otra parte, no quiero consentírtelo. Mira, hijo, aquí tienes a tu madre rezando contra la prosperidad de tu padre. ¡A fe que tienes suerte, hijo mío, de que tu religiosa madre se pase el día entero rezando para que no puedas llevarte a la boca tu pan de cada día!

El joven Roedor, que iba en mangas de camisa, miró a su madre muy disgustado.

—Te repito —insistió el señor Roedor —que no quiero que reces más. No quiero que venga la mala suerte por tu causa. Si fueras otra y no llamaras la desgracia contra tu marido y contra tu hijo, tendríamos ya buenos cuartos. Levántate, chico, y mientras yo me limpio las botas, vigila a tu madre y si ves que vuelve a arrodillarse me lo dices.

Obedeció el chico y fijó sus ojos en su madre, a la que, de vez en cuando, asustaba fingiendo que iba a llamar a su padre, el cual volvió al poco rato para tomar su desayuno. Hacia las nueve de la mañana se arregló convenientemente y salió para desempeñar sus deberes diarios.

A pesar de que se llamaba a sí mismo “un honrado menestral” nada podía justificar esta denominación. Sus herramientas de trabajo consistían en un taburete de madera, que en otros tiempos fue una silla, taburete que su hijo llevaba cada mañana junto a la puerta de la casa de banca inmediata al Tribunal del Temple. Allí, con el auxilio de algunos puñados de paja, que arrebataba a cualquier carro que pasara, podía guarecerse del frío y de la humedad que, de otra manera, habría sufrido en su campamento.

Aquella mañana ventosa de marzo, Jeremías se instaló en su sitio, cuando, al poco rato, apareció uno de los empleados de la casa, exclamando:

—¡Que entre el mozo!

—Ya tenemos qué hacer, padre —exclamó el muchacho sentándose en el taburete que el autor de sus días acababa de dejar desocupado.

—¿Por qué tendrá mi padre los dedos siempre cubiertos de orín? —se preguntó el chico.— Porque aquí no hay hierro ninguno que tocar.