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La Máquina del Tiempo.  Herbert George Wells
Capítulo 9. LOS MORLOCKS
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Podrá parecerles raro, pero dejé pasar dos días antes de seguir la reciente pista que llevaba evidentemente al camino apropiado. Sentía una aversión especial por aquellos cuerpos pálidos. Tenían exactamente ese tono semiblancuzco de los gusanos y de los animales conservados en alcohol en un museo zoológico. Y al tacto eran de una frialdad repugnante. Mi aversión se debía en gran parte a la influencia simpática de los Eloi, cuyo asco por los Morlocks empezaba yo a comprender.

La noche siguiente no dormí nada bien. Sin duda mi salud estaba alterada.

Sentíame abrumado de perplejidad y de dudas. Tuve una o dos veces la sensación de un pavor intenso al cual no podía yo encontrar ninguna razón concreta.

Recuerdo haberme deslizado sin ruido en el gran vestíbulo donde los seres aquellos dormían a la luz de la luna -aquella noche Weena se hallaba entre ellas- y sentíame tranquilizado con su presencia. Se me ocurrió, en aquel momento, que en el curso de pocos días la luna debería entrar en su último cuarto, y las noches serían oscuras; entonces, las apariciones de aquellos desagradables seres subterráneos, de aquellos blancuzcos lémures, de aquella nueva gusanera que había sustituido a la antigua, serían más numerosas. Y durante esos dos días tuve la inquieta sensación de quien elude una obligación inevitable. Estaba seguro de que solamente recuperaría la Máquina del Tiempo penetrando audazmente en aquellos misterios del subsuelo. Sin embargo, no podía enfrentarme con aquel enigma. De haber tenido un compañero la cosa sería muy diferente. Pero estaba horriblemente solo, y el simple hecho de descender por las tinieblas del pozo me hacía Palidecer. No sé si ustedes comprenderán mi estado de ánimo, pero sentía sin cesar un peligro a mi espalda.

Esta inquietud, esta inseguridad, era quizá la que me arrastraba más y más lejos en mis excursiones exploradoras. Yendo al sudoeste, hacia la comarca escarpada que se llarna ahora Combe Wood, observé a lo lejos, en la dirección del Banstead[14] del siglo XIX, una amplia construcción verde, de estilo diferente a las que había visto hasta entonces. Era más grande que el mayor de los palacios o ruinas que conocía, y la fachada tenía un aspecto oriental: mostraba ésta el brillo de un tono gris pálido, de cierta clase de porcelana china, Esta diferencia de aspecto sugería una diferencia de uso, y se me ocurrió llevar hasta allí mi exploración. Pero el día declinaba ya, y llegué a la vista de aquel lugar después de un largo y extenuante rodeo; por lo cual decidí aplazar la aventura para el día siguiente, y volví hacia la bienvenida y las caricias de la pequeña Weena. Pero a la mañana siguiente me di cuenta con suficiente claridad que mi curiosidad referente al Palacio de Porcelana Verde era un acto de autodecepción, capaz de evitarme, por un día más, la experiencia que yo temía. Decidí emprender el descenso sin más pérdida de tiempo, y salí al amanecer hacia un pozo cercano a las ruinas de granito y aluminio.

La pequeña Weena vino corriendo conmigo, Bailaba junto al pozo, pero, cuando vio que me inclinaba yo sobre el brocal mirando hacia abajo, pareció singularmente desconcertada. «Adiós, pequeña Weena», dije, besándola; y luego, dejándola sobre el suelo, comencé a buscar sobre el brocal los escalones y los ganchos. Más bien de prisa –debo confesarlo-, ¡pues temía que flaquease mi valor! Al principio ella me miró con asombro. Luego lanzó un grito quejumbroso y, corriendo hacia mí, quiso retenerme con sus manitas. Creo que su oposición me incitó más bien a continuar. La rechacé, acaso un poco bruscamente, y un momento después estaba adentrándome en el pozo. Vi su cara agonizante sobre el brocal y le sonreí para tranquilizarla. Luego me fue preciso mirar hacia abajo a los ganchos inestables a que me agarraba.

Tuve que bajar un trecho de doscientas yardas, quizá. El descenso lo efectuaba por medio de los barrotes metálicos que salían de las paredes del pozo, y como estaban adaptados a las necesidades de unos mucho más pequeños que yo, pronto me sentí entumecido y fatigado por la bajada. ¡Y no sólo fatigado! Uno de los barrotes cedió de repente bajo mi peso, y casi me balanceé en las tinieblas de debajo. Durante un momento quedé suspendido por una mano, y después de esa prueba no me atreví a descansar de nuevo. Aunque mis brazos y mi espalda me doliesen ahora agudamente, seguía descendiendo de un tirón, tan de prisa como era posible. Al mirar hacia arriba, vi la abertura, un pequeño disco azul, en el cual era visible una estrella, mientras que la cabeza de la pequeña Weena aparecía como una proyección negra y redonda. El ruido acompasado de una máquina, desde el fondo, se hacía cada vez más fuerte y opresivo. Todo, salvo el pequeño disco de arriba, era profundamente oscuro, y cuando volví a mirar hacia allí, Weena había desaparecido. Sentíame en una agonía de inquietud. Pensé vagamente Intentar remontar del pozo y dejar en su soledad al Mundo Subterráneo.

Pero hasta cuando estaba dándole vueltas a esa idea, seguía descendiendo. Por último, con un profundo alivio, vi confusamente aparecer, a un pie a mi derecha, una estrecha abertura en la pared. Me introduje allí y descubrí que era el orificio de un reducido túnel horizontal en el cual pude tenderme y descansar. Y ya era hora. Mis brazos estaban doloridos, mi espalda entumecida, y temblaba con el prolongado terror de una caída. Además, la oscuridad ininterrumpida tuvo un efecto doloroso sobre mis ojos. El aire estaba lleno del palpitante zumbido de la maquinaria que ventilaba el pozo.

No sé cuánto tiempo permanecí tendido allí. Me despertó una mano suave que tocaba mi cara. Me levanté de un salto en la oscuridad y, sacando mis cerillas, encendí una rápidamente: vi tres seres encorvados y blancos semejantes a aquel que había visto sobre la tierra, en las ruinas, y que huyó velozmente de la luz.

Viviendo, como vivían, en las que me parecían tinieblas impenetrables, sus ojos eran de un tamaño anormal y muy sensibles, como lo son las pupilas de los peces de los fondos abisales, y reflejaban la luz de idéntica manera. No me cabía duda de que podían verme en aquella absoluta oscuridad, y no parecieron tener miedo de mí, aparte de su temor a la luz. Pero, en cuanto encendí una cerilla con objeto de verlos, huyeron veloces, desapareciendo dentro de unos sombríos canales y túneles, desde los cuales me miraban sus ojos del modo más extraño.

Intenté llamarles, pero su lenguaje era al parecer diferente del de los habitantes del Mundo Superior; por lo cual me quedé entregado a mis propios esfuerzos, y la idea de huir antes de iniciar la exploración pasó por mi mente.

Pero me dije a mí mismo: «Estás aquí ahora para eso», y avancé a lo largo del túnel, sintiendo que el ruido de la maquinaria se hacía más fuerte.

Pronto dejé de notar las paredes a mis lados, llegué a un espacio amplio y abierto, y encendiendo otra cerilla, vi que había entrado en una vasta caverna arqueada que se extendía el, las profundas tinieblas más allá de la claridad de mi cerilla. Vi lo que se puede ver mientras arde una cerilla.

Mi recuerdo es forzosamente vago. Grandes formas parecidas a enormes máquinas surgían de la oscuridad y proyectaban negras sombras entre las cuales los inciertos y espectrales Morlocks se guarecían de la luz. El sitio, dicho sea de paso, era muy sofocante y opresivo, y débiles emanaciones de sangre fresca flotaban en el aire. Un poco más abajo del centro había una mesita de un metal blanco, en la que parecía haberse servido una comida. ¡Los Morlocks eran, de todos modos, carnívoros! Aun en aquel momento, recuerdo haberme preguntado qué voluminoso animal podía haber sobrevivido para suministrar el rojo cuarto que yo veía. Estaba todo muy confuso: el denso olor, las enormes formas carentes de significado, la figura repulsiva espiando en las sombras, ¡y esperando tan sólo a que volviesen a reinar las tinieblas para acercarse a mí de nuevol Entonces la cerilla se apagó, quemándome los dedos, y cayó, con una roja ondulación, en las tinieblas.

He pensado después lo mal equipado que estaba yo para semejante experiencia.

Cuando la inicié con la Máquina del Tiempo, lo hice en la absurda suposición de que todos los hombres del futuro debían ser infinitamente superiores a nosotros mismos en todos los artefactos. Había llegado sin armas, sin medicinas, sin nada que fumar -¡a veces notaba atrozmente la falta del tabaco!-; hasta sin suficientes cerillas. ¡Si tan sólo hubiera pensado en una Kodak! Podría haber tomado aquella visión del Mundo Subterráneo en un segundo, y haberlo examinado a gusto. Pero, sea lo que fuere, estaba allí con las únicas armas y los únicos poderes con que la Naturaleza me ha dotado: manos, pies y dientes; esto y cuatro cerillas suecas que aún me quedaban.

Temía yo abrirme camino entre toda aquella maquinaria en la oscuridad, y solamente con la última llama descubrí que mi provisión de cerillas habíase agotado. No se me había ocurrido nunca hasta entonces que hubiera necesidad de economizarlas, y gasté casi la mitad de la caja en asombrar a los habitantes del Mundo Superior, para quienes el fuego era una novedad. Ahora, como digo, me quedaban cuatro, y mientras permanecía en la oscuridad, una mano tocó la mía, sentí unos dedos descarnados sobre mi cara, y percibí un olor especial muy desagradable. Me pareció oír a mi alrededor la respiración de una multitud de aquellos horrorosos pequeños seres. Sentí que intentaban quitarme suavemente la caja de cerillas que tenía en la mano, y que otras manos detrás de mí me tiraban de la ropa. La sensación de que aquellas criaturas invisibles me examinaban érame desagradable de un modo indescriptible. La repentina comprensión de mi desconocimiento de sus maneras de pensar y de obrar se me presentó de nuevo vivamente en las tinieblas. Grité lo más fuerte que pude. Se apartaron y luego los sentí acercarse otra vez. Sus tocamientos se hicieron más osados mientras se musitaban extraños sonidos unos a otros. Me estremecí con violencia, y volví a gritar, de un modo más bien discordante. Esta vez se Mostraron menos seriamente alarmados, y se acercaron de nuevo a mí con una extraña y ruidosa risa. Debo confesar que estaba horriblemente asustado. Decidí encender otra ¿erilla y escapar amparado por la claridad. Así lo hice, y acreciendo un poco la llama con un pedazo de papel que saqué de mi bolsillo, llevé a cabo mi retirada hacia el estrecho túnel. Pero apenas hube entrado mi luz se apagó, y en tinieblas pude oír a los Morlocks susurrando como el viento entre las hojas, haciendo un ruido acompasado como la lluvia, mientras se Precipitaban detrás de mí.

En un momento me sentí agarrado por varias manos, y no Pude equivocarme sobre su propósito, que era arrastrarMe hacia atrás. Encendí otra cerilla y la agité ante sus deslumbrantes caras. Dificilmente podrán ustedes imaginar lo nauseabundos e inhumanos que parecían -¡rostros líVidos y sin mentón, ojos grandes, sin párpados, de un gris rosado!- mientras que se paraban en su- ceguera y aturdimiento. Pero no me detuve a mirarlos, se lo aseguro a ustedes: volví a retirarme, y cuando terminó mi segunda cerilla, encendí la tercera. Estaba casi consumida cuando alcancé la abertura que había en el pozo. Me tendí sobre el borde, pues la palpitación de la gran bomba del fondo rne aturdía. Luego palpé los lados para buscar los asideros salientes, y al hacerlo, me agarraron de los pies Y fui tirado violentamente hacia atrás. Encendí mi última cerilla... y se apagó en el acto. Pero había yo empuñado ahora uno de los barrotes, y dando fuertes puntapiés, me desprendí de las manos de los Morlocks, y ascendí rápidamente por el pozo, mientras ellos se quedaban abajo atisbando y guiñando los ojos hacia mí: todos menos un pequeño miserable que me siguió un momento, y casi se apoderó de una de mis botas como si hubiera sido un trofeo.

Aquella escalada me pareció interminable. En los últimos veinte o treinta pies sentí una náusea mortal. Me costó un gran trabajo mantenerme asido. En las últimas yardas sostuve una lucha espantosa contra aquel desfallecimiento. Me dieron varios vahídos y experimenté todas las sensaciones de la caída. Al final, sin embargo, pude, no sé cómo, llegar al brocal y escapar tambaleándome fuera de las ruinas bajo la cegadora luz del sol. Caí de bruces. Hasta el suelo olía dulce y puramente. Luego recuerdo a Weena besando mis manos y mis orejas, y las voces de otros Eloi. Después estuve sin sentido durante un rato.