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La escena representa un jardín y parte de la fachada de la casa ante la que se extiende una terraza. En la alameda, bajo un viejo tilo, esta dispuesta la mesa del té. Sillas, bancos y, sobre uno de ellos, una guitarra. A corta distancia de la mesa, un columpio. Son más de las dos de la tarde. El tiempo es sombrío.

Escena primera MARINA, viejecita tranquila, hace calceta sentada junto al «samovar»; ASTROV pasea a su lado por la escena.

MARINA. -(Sirviéndole un vaso de té.) Toma, padrecito.

ASTROV. -(Cogiendo con desgana el vaso.) Creo que no me apetece.

MARINA. -Puede que quieras un poco de vodka.

ASTROV. -No... No la bebo todos los días... El aire, además, es sofocante. (Pausa.) ¡Ama!...

¿Cuánto tiempo hace ya que nos conocemos?

MARINA. -(Cavilando.) ¿Cuántos?... ¡Que Dios me dé memoria!... Verás... Tú viniste aquí..., a esta región.... ¿cuándo?... Vera Petrovna, la madre de Sonechka, estaba todavía en vida. Por aquel tiempo, antes que muriera, viniste dos inviernos seguidos..., lo cual quiere decir que hará de esto unos once años. (Después de meditar unos momentos.) Y hasta puede que más.

ASTROV. -¿He cambiado mucho desde entonces?

MARINA. -Mucho. Antes eras joven, guapo..., mientras que ahora has envejecido... ¿Y dónde se te ha ido la belleza? También hay que decir que bebes vodka.

ASTROV. -Sí. En diez años me he vuelto otro hombre... ¿Y por qué causa?... Porque trabajo demasiado, ama... No conozco el descanso, y hasta por la noche, bajo la manta, estoy siempre temiendo que vengan a llamarme para ir a ver a algún enfermo. Desde que nos conocemos no he tenido un día libre, y así..., ¿quién no va a envejecer? Además, la vida de por sí es aburrida, tonta, sucia... Eso también influye mucho. A tu alrededor no ves más que gentes absurdas, y cuando llevas viviendo con ellas dos o tres años, tú mismo, poco a poco y sin darte cuenta, te vas volviendo también absurdo... En un destino inevitable. (Rizándose los largos bigotes.)

¡Qué bigotazo más enorme he echado! ¡Qué bigote más tonto! ¡Me he vuelto absurdo, ama!...

Tonto todavía no me he vuelto. ¡Dios es misericordioso! Mis sesos están en su sitio; pero tengo, en cierto modo, atrofiado el sentimiento. No deseo nada, no necesito de nadie y no quiero a nadie. Acaso sólo te quiero a ti. (Le besa la cabeza.) Cuando era niño, tuve también un ama como tú.

MARINA. -Puede que quieras comer algo.

ASTROV. -No. En la tercera semana de Cuaresma, durante la epidemia, tuve que ir a Malitzkoe... Cuando el tifus exantemático... Allí, en las «isbas», se morían las gentes como moscas... ¡Suciedad..., pestilencia..., humo..., terneros por el suelo, junto a los enfermos!...

¡Hasta cerdos había!... Yo no me senté en todo el día, ni probé bocado; pero, eso sí..., cuando llegué a casa, tampoco me dejaron descansar. Me traían al guardagujas de la estación... Le tendí sobre la mesa para operarle, y se me murió bajo el cloroformo... Pues bien.... entonces..., cuando menos falta hacía, el sentimiento despertó dentro de mí. La conciencia me dolía como si le hubiera matado premeditadamente. Me senté, cerré los ojos..., así..., y pensé: aquellos que hayan de sucedernos dentro de cien o doscientos años, y para los que ahora desbrozamos el camino..., ¿tendrán para nosotros una palabra buena?... ¡No la tendrán, ama!

MARINA. -La gente no la tendrá, pero Dios, sí, ASTROV. -Sí. Gracias... Has hablado muy bien.

Escena II Entra VOINITZKII.

VOINITZKII. -(Ha salido de la casa con aspecto de haber estado durmiendo después del almuerzo y, sentándose en el banco, endereza su corbata de petimetre.) Bueno... (Pausa.) Bueno...

ASTROV. -¿Has dormido bien?

VOINITZKII. -Muy bien, sí. (Bosteza.) Desde que viven aquí el profesor y su mujer..., mi vida se ha salido de su carril. No duermo a las horas en que sería propio hacerlo; en el almuerzo y la comida, como cosas que no me convienen; bebo vinos... ¡Nada de esto es sano!... Antes no disponía de un minuto libre. Sonia y yo trabajábamos mucho; pero ahora es ella sola la que trabaja, mientras yo duermo, como, bebo... ¡No está bien, desde luego!

MARINA. -(Moviendo la cabeza.) ¡Vaya orden de vida!... ¡El «samovar» esperando desde por la mañana temprano, y el profesor levantándose a las doce!... Antes de venir ellos, comíamos, como todo el mundo, a poco de dar las doce; pero, con ellos, a las seis pasadas...

Luego, por la noche, el profesor se pone a leer y a escribir, y, de repente..., a eso de las dos, un timbrazo... «¿Qué se le ofrece, padrecito?»... «¡El té!»... Y, por él, tiene una que despertar a la gente..., preparar el «samovar»... ¡Vaya orden de casa!

ASTROV. -¿Piensan quedarse mucho tiempo todavía?

VOINITZKII. -(Silbando.) Cien años... El profesor ha decidido establecerse aquí.

MARINA. -Pues ahora está pasando igual. El «samovar» lleva ya dos horas sobre la mesa, y ellos..., de paseo.

VOINITZKII. -Ahí vienen ya... Ya vienen, no te alteres.

Escena III Se oyen primero voces y, después, surgiendo del fondo del jardín, entran en escena, de vuelta del paseo, SEREBRIAKOV, ELENA ANDREEVNA, SONIA y TELEGUIN.

SEREBRIAKOV. -¡Magnífico! ¡Magnífico!... ¡Las vistas son maravillosas!...

TELEGUIN. -¡Maravillosas, excelencia!

SONIA. -Mañana iremos al campo forestal, papá. ¿Quieres?

VOINITZKII. -¡Señores! ¡A tomar el té!

SEREBRIAKOV. -¡Amigos míos! ¡Sean buenos y mándenme el té al despacho! ¡Hoy tengo todavía que hacer!

SONIA. -¡Seguro que te gustará el campo forestal! (Salen ELENA ANDREEVNA, SEREBRIAKOV y SONIA. TELEGUIN se acerca a la mesa y se sienta al lado de MARINA.) VOINITZKII. -¡Con el calor que hace y este aire sofocante, nuestro gran sabio lleva abrigo, chanclos, paraguas y guantes!

ASTROV. -Lo que quiere decir que se cuida.

VOINITZKII. -¡Y qué maravillosa es ella!... ¡Qué maravillosa! ¡En toda mi vida no he visto una mujer más bonita!

TELEGUIN. -¡María Timofeevna!... ¡Lo mismo cuando voy por el campo, que cuando me paseo por la fonda de este jardín, o miro a esta mesa..., experimento una inefable beatitud!...

¡El tiempo es maravilloso, los pajarillos cantan y la paz y la concordia reinan entre todos!

¿Qué más se puede desear? (Aceptando un vaso de té.) Se lo agradezco con toda el alma.

VOINITZKII. -(Soñando alto.) ¡Qué ojos! ¡Qué mujer maravillosa!

ASTROV. -Cuéntame algo, Iván Petrovich.

VOINITZKII. -(En tono apático.) ¿Qué quieres que te cuente?...

ASTROV. -¿No ocurre nada nuevo?

VOINITZKII. -Nada... ¡Todo es viejo! Yo..., igual que antes, o quizá peor, porque me he vuelto perezoso, no hago nada y gruño como un viejo caduco... Mi vieja «maman» balbucea todavía algo sobre «la emancipación femenina», y mientras con un ojo mira a la tumba, con el otro busca, en sus libros doctos, «la aurora de una nueva vida»...

ASTROV. -¿Y el profesor?

VOINITZKII. -El profesor, como siempre, se pasa el día, de la mañana a la noche, sentado, escribe que te escribe... «¡Con la frente fruncida y la mente tersa, escribimos y escribimos odas, sin que para ellas ni para nosotras oigamos alabanzas!»... ¡Pobre papel! ¡Mejor haría en escribir su autobiografía!... ¡Sería un argumento magnífico!... «Un profesor retirado, vicio mendrugo, enfermo de gota, de reumatismo, de jaqueca y con el hígado inflamado por los celos y la envidia... Este pescado seco reside, a pesar suyo, en la hacienda de su primera mujer -porque su bolsillo no le permite vivir en la ciudad- y se lamenta constantemente de sus desdichas, aunque la realidad sea que es extraordinariamente feliz». ¡Hazte cargo de la cantidad de suerte que tiene!... (Nervioso.) Hijo de un simple sacristán, ha subido por los grados de la ciencia y ha alcanzado una cátedra. Es excelencia, ha tenido por suegro un senador, etcétera... No es que importe mucho nada de eso, dicho sea de paso, pero ten en cuenta lo siguiente: este hombre, durante exactamente veinticinco años, escribe sobre arte sin comprender absolutamente nada de arte... Durante veinticinco años exactamente, mastica las ideas ajenas sobre realismo, naturalismo y toda otra serie de tonterías... Durante veinticinco años lee y escribe sobre lo que para la gente instruida hace tiempo es conocido y para los necios no ofrece ningún interés... Lo cual quiere decir que su trabajo ha sido vano... No obstante..., ¡qué vanidad!, ¡qué pretensiones!... Retirado, no hay alma viviente que le conozca.

Se le ignora completamente. Lo cual quiere decir que durante veinticinco años ha estado ocupando un lugar que no le correspondía... Y fíjate..., cuando anda, su paso es el de un semidiós.

ASTROV. -Parece enteramente que tienes envidia.

VOINITZKII. -Tengo envidia, sí... ¡Y qué éxito el suyo con las mujeres! ¡Ni Don Juan supo de un éxito tan rotundo!... Su primera mujer -mi hermana-, criatura maravillosa, tímida, límpida como este cielo azul; noble, generosa, contando con más admiradores que él alumnos..., le quiso como sólo los ángeles pueden querer a otros ángeles tan puros y maravillosos como ellos... Mi madre, a la que inspira un terror sagrado, continúa adorándole...

Su segunda mujer..., bonita, inteligente -ahora mismo acaba usted de verla-, se casó con él cuando ya era viejo, entregándole su juventud, su belleza, su libertad y su esplendor... ¿Por qué?... ¿Para qué?

ASTROV. -¿Y es fiel al profesor?

VOINITZKII. -Desgraciadamente, sí.

ASTROV. -¿Por qué «desgraciadamente»?...

VOINITZKII. -Porque esa fidelidad es falsa desde el principio hasta el fin. Le sobra retórica y carece de lógica. Engañar a un viejo marido al que no se puede soportar es inmoral, mientras que el esforzarse en ahogar dentro de sí la pobre juventud y el sentimiento vivo, no lo es.

TELEGUIN. -(Con voz llorosa.) ¡Vania! ¡No me gusta oírte hablar así!... ¡El que engaña a su mujer o al marido es un ser infiel!... ¡Capaz también de traicionar a la patria!

VOINITZKII. -(Con enojo.) ¡Cierra el grifo, Vaflia!

TELEGUIN. -¡Permíteme, Vania!... ¡Mi mujer..., y sin duda por culpa de mi exterior poco atrayente..., se fugó, al día siguiente de la boda, con un hombre a quien quería!... ¡Pues bien..., después de esto, yo seguí cumpliendo con mi deber! ¡Todavía la quiero y le guardo fidelidad!... ¡La ayudo cuanto puedo, y le he hecho entrega de todos mis bienes, para que atienda a la educación de los niños que tuvo con aquel hombre a quien quiso! ¡Me falló la dicha, pero me quedó el orgullo!... ¿Y ella, en cambio?... Su juventud pasó, su belleza -sujeta a las leyes de la Naturaleza- acabó marchitándose, y el hombre a quien quería falleció... ¿Qué le ha quedado?

Escena IV Entran SONIA y ELENA ANDREEVNA. Un poco después, y con un libro entre las manos, MARÍA VASILIEVNA. Ésta, después de sentarse, se pone a leer. Le sirven el té, que bebe sin alzar la vista del libro.

SONIA. -(Al ama, en tono apresurado.) ¡Amita! Ahí han venido unos mujiks. Vete a hablar con ellos. Yo me ocuparé del té. (Sirve este. Sale el ama. ELENA ANDREEVNA coge su taza, que bebe sentada en el columpio.) ASTROV. -(A ELENA ANDREEVNA.) Venía a ver a su marido. Me escribió usted diciéndome que tenía reuma y no sé qué más cosas, y resulta que está sanísimo...

ELENA ANDREEVNA. -Ayer, anochecido, se quejaba de dolor en las piernas; pero hoy ya no tiene nada.

ASTROV. -¡Y yo recorriendo a toda prisa treinta verstas! ¡Qué se le va a hacer! ¡No es la primera vez que ocurre!... ¡Eso sí, como recompensa, me quedaré en su casa, por lo menos, hasta mañana!... ¡Siquiera, dormiré «quantum satis»!...

SONIA. -¡Magnífico! ¡Es tan raro que se quede a dormir! Seguro que no ha comido usted.

ASTROV. -En efecto, no he comido.

SONIA. -Pues así comerá con nosotros. Ahora no comemos hasta después de las seis. (Bebe.) El té está frío.

TELEGUIN. -Sí, la temperatura del «samovar» ha descendido considerablemente.

ELENA ANDREEVNA. -No importa, Iván Ivanich. Lo beberemos frío.

TELEGUIN. -Perdón...; pero no soy Iván Ivanich, sino Ilia Ilich..., Ilia Ilich Teleguin, o - como me llaman algunos, por mi cara picada de viruelas- Vaflia. En tiempos fui padrino de Sonechka, y su excelencia, su esposo, me conoce mucho. Ahora vivo en su casa, en esta hacienda... Si se ha servido usted reparar en ello, todos los días como con ustedes.

SONIA. -Ilia Ilich es nuestro ayudante..., nuestro brazo derecho. (Con ternura.) Traiga, padrinito. Le daré más té.

MARÍA VASILIEVNA. -¡Ah!...

SONIA. -¿Qué le pasa, abuela?

MARÍA VASILIEVNA. -He olvidado decir a Alexander -se me va la memoria- que he recibido hoy carta de Jarkov. De Pavel Alekseevich... Enviaba su nuevo artículo.

ASTROV. -¿Y es interesante?

MARÍA VASILIEVNA. -Sí, pero un poco extraño. Se retracta de cuanto hace siete años era el primero en defender. ¡Es terrible!

VOINITZKII. -No veo lo terrible por ninguna parte. Bébase el té, «maman».

MARÍA VASILIEVNA. -Pero ¡si quiero hablar!

VOINITZKII. -Desde hace cincuenta años no hacemos más que hablar, hablar y leer artículos.

Ya es hora de terminar.

MARÍA VASILIEVNA. -No sé por qué no te agrada escuchar cuando yo hablo... Perdona.

«Jean», pero en este último año has cambiado tanto, que no te reconozco. Antes eras un hombre de convicciones definidas... Tenías una personalidad clara.

VOINITZKII. -¡Oh, sí!... ¡Tenía una personalidad clara con la que no daba claridad a nadie!...

(Pausa.) ¡Tenía una personalidad clara! ¡Imposible emplear ingenio conmigo más venenosamente!... Tengo ahora cuarenta y siete años. Pues bien..., como usted, hasta el año pasado me apliqué ex profeso a embrumar mis ojos con su escolástica, para no ver la verdadera vida, e incluso pensaba que hacía bien... Ahora, en cambio... ¡Si usted supiera!...

¡Mi rabia, mi enojo por haber malgastado el tiempo de modo tan necio, cuando podía haber tenido todo cuanto ahora la vejez rehúsa, me hace pasar las noches en vela!

SONIA. -¡Tío Vania! ¡Es aburrido!

MARÍA VASILIEVNA. -(A su hijo.) ¡Parece que echas algo la culpa de eso a tus anteriores convicciones, cuando la culpa no es de ellas, sino tuya! ¡Olvidas que las convicciones por sí solas no son nada!... ¡Nada más que letra muerta! ¡Había que actuar!

VOINITZKII. -¡Actuar!... ¡No todo el mundo es capaz de convertirse en un «perpetuum mobile» de la escritura, como su» «Herr» profesor!

MARÍA VASILIEVNA. -¿Qué quieres decir con eso?

SONIA. -(En tono suplicante.) ¡Abuela!... ¡Tío Vania!... ¡Os lo ruego!

VOINITZKII. -Me callo... Me callo y me someto... (Pausa.) ELENA ANDREEVNA. -La verdad es que el tiempo hoy está hermoso. No hace ningún calor... (Pausa.) VOINITZKII. -Un tiempo muy bueno para ahorcarse. (TELEGUIN afina la guitarra, MARINA da vueltas ante la casa, llamando a las gallinas.) MARINA. -¡Pitas, pitas, pitas!

SONIA. -¡Amita! ¿A qué venían esos «mujiks»?

MARINA. -A lo de siempre. Otra vez para lo del campito... ¡Pitas, pitas, pitas!...

SONIA. -¿A quién llamas?

MARINA. -¡Es que Petruschka se ha escapado con los pollitos!... ¡Pueden robarlos los cuervos! (Sale. TELEGUIN toca a la guitarra una polca. Todos escuchan en silencio.) Escena V Entra un MOZO de labranza.

EL MOZO. -¿Está aquí el señor doctor? (A ASTROV.) Vienen a buscarle, Mijail Lvovich.

ASTROV. -¿De dónde?

EL MOZO. -De la fábrica.

ASTROV. -(Con enojo.) ¡Pues tantas gracias!... ¡Qué se le va a hacer! (Buscando con los ojos la gorra.) Tengo que ir... ¡Qué lástima diablos!

SONIA. -¡Qué lástima, verdaderamente!... Cuando esté de vuelta de la fábrica, véngase aquí a comer.

ASTROV. -Imposible. Será demasiado tarde. Cómo voy a poder... (Al MOZO.) ¡Oye, amigo!

¡Tráeme una copa de vodka! (Sale el MOZO.) Cómo voy a poder... (Encontrando la gorra.) En una de sus obras teatrales, Ostrovsky presenta un personaje de largos bigotes y cortas capacidades... Pues bien, ese soy yo... Así es que..., tengo el honor, señores, de saludarles. (A ELENA ANDREEVNA.) Me proporcionará una sincera alegría si un día va a visitarme con Sofía Alexandrovna. Soy dueño de una pequeña hacienda, que no tendrá arriba de unas treinta «desiatin», pero si le interesa ver un jardín modelo y un invernadero como no lo hay igual en mil verstas a la redonda, allí lo encontrará. Tengo junto a mí los viveros del Estado, y, como el guarda forestal es viejo y está siempre enfermo, soy yo, en realidad, el que se ocupa de ellos.

ELENA ANDREEVNA. -Ya me han dicho que tiene usted gran amor a los bosques. Claro que es mucho el servicio que puede usted prestarles; pero..., ¿acaso ello no perjudica a su verdadera vocación? ¡Es usted médico!

ASTROV. -¡Solo Dios sabe cuál es nuestra verdadera vocación!

ELENA ANDREEVNA. ¿Y resulta interesante?

ASTROV. -Sí. Es un trabajo interesante.

VOINITZKII. -(Con ironía.) ¡Mucho!

ELENA ANDREEVNA. -(A ASTROV.) Es usted todavía joven. Representa usted tener treinta y seis o treinta y siete años, y la cosa, seguramente, no es tan interesante como dice.

¡Bosques, bosques y bosques siempre!... ¡Se me figura que es muy monótono!

SONIA. -No... Es muy interesante. Mijail Lvovich todos los años planta nuevos bosques, y ya ha sido premiado con una medalla de bronce y un diploma. Se preocupa también de que los viejos bosques no se pierdan. Si le oye usted, acabará siendo de su opinión... Dice que los bosques adornan la tierra y enseñan al hombre a penetrar en sus maravillas, inspirándole grandeza de ánimo... Que los bosques dulcifican la severidad del clima y que en los países donde este es más benigno, se consumen menos fuerzas en la lucha con la Naturaleza, por lo que el hombre allí es más suave y más tierno. Allí -dice- la gente es bella, flexible, fácil a la sensibilidad. Su lenguaje es fino, sus movimientos gráciles; florecen sus ciencias y su arte; su filosofía no es sombría, y su relación hacia la mujer está impregnada de una fiera nobleza.

VOINITZKII. -(Riendo.) ¡Bravo, bravo!... ¡Todo eso resulta grato, pero nada convincente!...

Por tanto... (A ASTROV.) Permíteme, amigo mío, que continúe encendiendo mis estufas con leña y construyendo mis cobertizos de madera.

ASTROV. -Podrías encender tus estufas con turba y construir los cobertizos de piedra; pero, bueno..., admito que se corten por necesidad, pero destruirlos..., ¿por qué? Los bosques rusos crujen bajo el hacha, perecen millones de árboles, se vacían las moradas de los animales y de los pájaros, los ríos pierden profundidad y se secan; desaparecen, para nunca volver, paisajes maravillosos, y todo porque el hombre, perezoso, carece del sentido que le haría agacharse y extraer de la tierra el combustible. (A ELENA ANDREEVNA.) ¿No es verdad, señora?... Es preciso ser un bárbaro sin juicio para quemar en la estufa esa belleza... Para destruir lo que nosotros somos incapaces de crear... Si el hombre está dotado de juicio y de fuerza creadora, es para multiplicar lo que le ha sido dado y, sin embargo, hasta ahora, lejos de crear nada, lo que hace es destruir... Cada día es menor y menor el número de bosques... Los ríos se secan, las aves desaparecen, el clima pierde benignidad, y la tierra se empobrece y se afea. (A VOINITZKII.) Me miras con ironía, como si todo cuanto estoy diciendo no te pareciera serio... Y puede que, en efecto, sea una chifladura...; pero cuando paso ante bosques de campesinos, a los que he salvado de la tala; cuando oigo el rumor de un joven bosque plantado por mí, reconozco que el clima está algo en mis manos y que si, dentro de mil años, el hombre es feliz, será un poco por causa mía... Cuando planto un pequeño abedul, al que veo después verdear y mecerse con el viento, se me llena el alma de orgullo y... (Viendo avanzar al MOZO con la copa de vodka.) A todo esto... (Bebe.), ya es hora de marcharse. Esto, seguramente, es una chifladura. ¡Tengo el honor de saludaros!... (Se encamina hacia la casa.) SONIA. -(Siguiéndole, le coge del brazo.) ¿Cuándo vendrá a vernos?

ASTROV. -No lo sé.

SONIA. -¿Va a estar otro mes sin venir? (Salen ASTROV y SONIA. MARÍA VASILIEVNA y TELEGUIN continúan al lado de la mesa y ELENA ANDREEVNA y VOINITZKII se dirigen a la terraza.) ELENA ANDREEVNA. -¡Iván Petrovich! ¡Ha vuelto usted a comportarse de un modo imposible! ¿Qué necesidad tenía de excitar a María Vasilievna diciéndole eso del «perpetuum mobile»? ¡Otra vez hoy, durante el almuerzo, empezó usted a discutir con Alexander! ¡Eso no puede ser!

VOINITZKII. -Pero ¡si le aborrezco!

ELENA ANDREEVNA. -¡No hay motivo ninguno para aborrecer a Alexander! ¡Es un hombre como todo el mundo! ¡No es peor que usted!

VOINITZKII. -¡Si hubiera usted podido verle el rostro y los movimientos!... ¡Qué pereza tiene de vivir!... ¡Oh, qué pereza!

ELENA ANDREEVNA. -¡Pereza, sí, y aburrimiento!... ¡Todos critican a mi marido! ¡Todos me miran con compasión!... «¡Qué desgraciada!»... «¡Tiene un marido viejo!»... ¡Y, oh, cómo comprendo ese interés por mí!... ¡Todos ustedes -como acaba de decir Astrov-, insensatamente, dejan perecer los bosques, y pronto en la tierra no habrá nada! ¡Pues bien..., del mismo modo insensato, labran la pérdida del hombre, y pronto sobre la tierra -gracias a ustedes- no quedará ni fidelidad, ni pureza, ni capacidad de sacrificio! ¿Por qué no pueden ver con indiferencia a una mujer que no es suya?... ¡Sencillamente, porque -tiene razón el doctorcada uno de ustedes lleva dentro el demonio de la destrucción! ¡No tienen piedad ni para los bosques, ni para los pájaros, ni para las mujeres, ni el uno para el otro!

VOINITZKII. -No me gusta en absoluto esa filosofía. (Pausa.) ELENA ANDREEVNA. -Ese doctor, por la cara, parece cansado y nervioso. Es una cara interesante la suya. Por lo visto, le gusta a Sonia. Está enamorada de él, y lo comprendo...

Durante mi estancia aquí, ya ha venido tres veces; pero, como soy tímida, no he hablado con él una sola, como es debido..., afectuosamente. Me creerá de un carácter atravesado...

Seguramente usted y yo, Iván Petrovich, somos tan buenos amigos porque los dos somos aburridos y tristes... No me mire de esa manera. No me gusta.

VOINITZKII. -¿Y cómo voy a mirarla de otra manera, si la quiero?... ¡Es usted mi dicha, mi vida, mi juventud! ¡Sé que mis probabilidades a una reciprocidad por su parte equivalen a cero; pero no necesito nada!... ¡Permítame tan solo que la mire, que oiga su voz!...

ELENA ANDREEVNA. -¡Cuidado! ¡Pueden oírle! (Se dirige a la casa.) VOINITZKII. -(Siguiéndola.) ¡Permítame que la hable de mi amor! ¡No me rechace! ¡Esa será para mí la mayor felicidad!

ELENA ANDREEVNA. -¡Es martirizante! (Salen ambos, TELEGUIN toca a la guitarra una polca. MARÍA VASILIEVNA anota algo en el margen del libro.)