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Habitación de IVÁN PETROVICH: su dormitorio y, a la vez, su despacho en la hacienda.

Junto a la ventana hay una gran mesa, cubierta de libros de contabilidad y papeles de todas clases; una mesita escritorio, armarios y balanzas. Otra pequeña mesa -utilizada por ASTROV- aparece llena de instrumentos de dibujo y pinturas. A su lado, una carpeta, una jaula con un chorlito y, colgando de la pared, un mapa de África -por supuesto, absolutamente innecesario para cualquiera de los habitantes de la casa-. Hay también un enorme diván forrado de hule. A la izquierda, una puerta conduce a los demás aposentos; a la derecha, otra se abre sobre el zaguán. Al lado de esta, un polovik. Es un anochecer de otoño. Reina el silencio.

Escena primera MARINA, ayudada por TELEGUIN, devana una madeja para su calceta.

TELEGUIN. -Dese prisa, María Timofeevna... Van a llamarnos de un momento a otro para despedirse de nosotros. Ya han pedido el coche.

MARINA. -(Esforzándose por devanar más velozmente.) Falta muy poco.

TELEGUIN. -Sí..., se marchan a Jarkov y se quedan a vivir allí.

MARINA. -¡Pues mejor!... ¡El susto que se llevaron!... «¡Ni una sola hora -decía Elena Andreevna- quiero seguir viviendo aquí! ¡Vámonos y vámonos!... ¡Viviremos -decía- en Jarkov!... ¡Cuando veamos cómo van las cosas, ya mandaremos por todo!...» TELEGUIN. -Los preparativos se han hecho muy a la ligera... Esto quiere decir, Marina Timofeevna, que su destino no es vivir aquí. ¡No es su destino!... ¡Obedece, sin duda, a una fatal predestinación!

MARINA. -¡Pues mejor! ¡Hay que ver el alboroto que armaron..., los tiros!... ¡Una vergüenza!

TELEGUIN. Sí. El argumento es digno del pincel de Aivasovsky.

MARINA. -¡Ojalá no los hubieran visto nunca mis ojos! (Pausa.) Ahora volveremos otra vez a vivir como antes..., como antiguamente... Por la mañana, pasadas las siete, el té...; pasadas las doce, la comida...; al anochecer, la cena... Todo con su debido orden; como gentes cristianas... (Con un suspiro.) ¡Cuánto tiempo hace ya, pecadora de mí, que no he comido tallarines!

TELEGUIN. -Hace mucho, en efecto, que en casa no se comen tallarines. (Pausa.) Hace mucho... Figúrese, Marina Timofeevna, que esta mañana, cuando iba por la aldea, el tendero me dijo al pasar: «¡Oye tú, gorrón!»... ¡Sentí tal amargura!

MARINA. -¡No te importe, padrecito!... ¡Todos somos gorrones en la casa de Dios!... ¡Lo mismo tú, que Sonia y que Iván Petrovich..., ninguno escapa al trabajo!... ¡Todos trabajan!

¡Todos!... ¿Y Sonia..., dónde está?

TELEGUIN. -Con el doctor, en el jardín, buscando a Iván Petrovich. Tienen miedo de que vaya a quitarse de en medio.

MARINA. -¿Y su pistola?

TELEGUIN. -(Bajando la voz.) La tengo escondida en la cueva.

MARINA. -¡Qué pecados!

Escena II Por la puerta que da al exterior entran VOINITZKII y ASTROV.

VOINITZKII. -¡Déjame! (A MARINA y a TELEGUIN.) ¡Váyanse de aquí! ¡Déjenme estar solo, aunque sea una hora! ¡No aguanto la tutela!

TELEGUIN. -Al instante, Vania. (Sale de puntillas.) MARINA. -Igual que los gansos: «Go, go, go...» (Recoge su lana y sale.) VOINITZKII. -¡Déjame!

ASTROV. -Con sumo gusto. Ya hace mucho tiempo que debía haberme marchado de aquí; pero repito que no me marcharé hasta que me devuelvas lo que me has cogido.

VOINITZKII. -No te he cogido nada.

ASTROV. -Te estoy hablando en serio. No me detengas. Ya hace mucho que tenía que haberme marchado.

VOINITZKII. -No te he cogido nada. (Ambos se sientan.) ASTROV. -¿Sí?... Pues ¿qué se le va a hacer? Esperaré un poco, y después..., perdona, pero tendré que emplear la fuerza. Te ataremos y te registraremos. Esto te lo digo completamente en serio.

VOINITZKII. -Como quieras. (Pausa.) ¡Hice el tonto! ¡Disparar dos veces y no dar ni una sola en el blanco! ¡No me lo perdonaré jamás!

ASTROV. -Pues si tenías ganas de disparar, haberte disparado a la propia frente.

VOINITZKII. -¡Es extraño!... He intentado un homicidio y no se me detiene ni se me entrega a la justicia... Ello quiere decir que me consideran loco. (Con risa sarcástica.) ¡Yo estoy loco, sí...; pero no lo están, en cambio, los que, bajo la careta de profesor, de mago de la ciencia, ocultan su falta de talento, su necedad y su enorme sequedad de corazón!... ¡No están locos los que se casan con viejos para engañarles después a la vista de todo el mundo!... ¡Vi cómo la abrazabas!

ASTROV. -¡Pues sí..., la abrazaba..., mientras tú te quedabas con un palmo de narices! (Le hace burla con los dedos.) VOINITZKII. -(Mirando a la puerta.) ¡No! ¡La que está loca es la tierra por sosteneros aún!

ASTROV. -No dices más que tonterías.

VOINITZKII. -¿Y qué?... ¿No estoy loco?... ¡Ello me da derecho a decir tonterías!

ASTROV. -¡Esa ya es vieja broma!... Tú no eres un loco, sino, sencillamente, un chiflado..., un bufón. Yo también, antes, solía considerar a los chiflados como enfermos, como anormales...; pero ahora opino que el estado normal del hombre es la chifladura. Tú eres completamente normal.

VOINITZKII. -(Cubriéndose el rostro con las manos.) ¡Qué vergüenza!... ¡Si supieras qué vergüenza es la mía!... ¡Este agudo sentimiento de vergüenza no puede compararse a ningún dolor! (Con tristeza.) ¡Es insoportable! (Inclinando la cabeza sobre la mesa.) ¿Qué hago?...

¿Qué hago?

ASTROV. -Nada.

VOINITZKII. -¡Dime algo!... ¡Oh Dios mío!... ¡Tengo cuarenta y siete años, y, suponiendo que viva hasta los sesenta, son todavía trece los que me quedan!... ¡Es mucho!... ¿Cómo vivir estos trece años?... ¿Qué hacer?... ¿Cómo llenarlos?... ¡Oh!... ¿Comprendes?... (Estrechando convulsivamente la mano de ASTROV.) ¿Comprendes?... ¡Oh, si pudiera vivir el resto de mi vida de una manera nueva!... ¡Despertarme en una tranquila y clara mañana sintiendo que empezaba a vivir otra vez y con todo el pasado olvidado y disuelto como el humo!... (Llora.)

¡Empezar una vida nueva!... ¡Sóplame! ¡Dime cómo empezar!... ¡Con qué empezar!

ASTROV. -(Con enojo.) ¡Qué vida nueva ni qué monsergas!... ¡En nuestra posición, en la tuya y en la mía, no hay esperanzas!

VOINITZKII. -¿No?

ASTROV. -Estoy convencido de ello.

VOINITZKII. -¡Dame algo! (Llevándose la mano al corazón.) ¡Me quema aquí!

ASTROV. -(Con un grito de enfado.) ¡Basta! (Apaciguándose.) Los que dentro de cien o doscientos años hayan de sucedernos en la vida, puede que hayan encontrado el medio de ser felices; pero nosotros -tú y yo- sólo tenemos una esperanza: la de que nuestras tumbas sean visitadas por gratas apariciones. (Suspirando.) ¡Sí, hermano!... En toda la región no habrá habido más que dos hombres inteligentes y honrados: tú y yo... Sólo que, en cosa de diez años, la vida despreciable, la vida cotidiana..., nos absorbió con sus putrefactas emanaciones, nos envenenó la sangre y... nos volvimos tan cínicos como los demás. (En tono vivo.) Pero, bueno..., a todo esto, no desvíes la conversación y devuélveme lo que me has cogido.

VOINITZKII. -No te he cogido nada.

ASTROV. -Has cogido de mi botiquín un frasco de morfina. (Pausa.) Escucha... Si quieres suicidarte a toda costa..., vete al bosque y pégate allí el tiro... La morfina tienes que entregármela, porque si no, habrá habladurías, se harán conjeturas, y pensarán que fui yo el que te la di... Para mí ya es bastante el tener que hacerte la autopsia... ¿Crees que es interesante? (Entra SONIA.) VOINITZKII. -¡Déjame!

ASTROV. -(A SONIA.) ¡Sofía Alexandrovna!... ¡Su tío ha escamoteado de mi botiquín un frasco de morfina y no quiere devolvérmelo!... ¡Dígale que la cosa no tiene nada de inteligente por su parte!... Además, no tengo tiempo que perder. Ya es hora de que me marche.

SONIA. -¡Tío Vania!... ¿Has cogido, en efecto, la morfina? (Pausa.) ASTROV. -La ha cogido, sí. Estoy seguro.

SONIA. -¡Devuélvela!... ¿Por qué asustarnos? (Con ternura.) ¡Devuélvela, tío Vania!... ¡Yo no soy quizá menos desgraciada que tú, pero no me desespero!... ¡Resisto y resistiré hasta que mi vida acabe por sí misma!... ¡Resiste tú también! (Pausa.) ¡Devuélvelo! (Besándole las manos.) ¡Mi tío querido..., mi amado tío..., devuélvelo!... (Llorando.) ¡Eres bueno y te apiadarás de nosotros y lo devolverás!... ¡Resiste, tío, resiste!...

VOINITZKII. -(Cogiendo un frasco de la mesa y entregándoselo a ASTROV.) Toma... (A SONIA.) Hay que apresurarse a trabajar, a hacer algo... De otra manera no podré..., no podré...

SONIA. -Sí, sí... ¡A trabajar!... Tan pronto como hayamos despedido a los nuestros, nos pondremos al trabajo... (Removiendo nerviosamente los papeles.) ¡Lo tenemos todo abandonado!

ASTROV. -(Guardando el frasco en el botiquín y ajustando las correas.) Ahora ya puede uno ponerse en camino.

ELENA ANDREEVNA. -(Entrando.) ¿Está usted aquí, Iván Petrovich?... Ya nos vamos...; pero vaya a ver a Alexander. Quiere decirle algo.

SONIA. -¡Ve, tío Vania! (Cogiendo a VOINITZKII por el brazo.) ¡Anda, vamos! ¡Tú y papá tenéis que hacer las paces! ¡Es imprescindible! (Salen SONIA y VOINITZKII.) ELENA ANDREEVNA. -Me marcho. (Tendiendo la mano a ASTROV.) Adiós.

ASTROV. -¿Ya?

ELENA ANDREEVNA. -El coche está esperando.

ASTROV. -Adiós.

ELENA ANDREEVNA. -Me prometió usted hoy que se marcharía de aquí.

ASTROV. -Lo recuerdo, en efecto. Me voy ahora mismo. (Pausa.) ¿Se ha asustado usted?

(Cogiéndole una mano.) ¿Tanto miedo tiene?

ELENA ANDREEVNA. -Sí.

ASTROV. -¿Y si se quedara?... ¿Eh?... Mañana en el campo forestal...

ELENA ANDREEVNA. -No. Está decidido. Por eso le miro tan valientemente..., porque nuestra marcha está decidida... Solo quiero rogarle una cosa: que tenga mejor opinión de mí...

Quisiera que me estimara.

ASTROV. -(Con un gesto de impaciencia.) ¡Ah!... ¡Quédese! ¡Se lo ruego!... ¡Confiese que en este mundo no tiene nada que hacer!... ¡Que carece de objetivo en que ocupar su atención y que, más tarde o más temprano, cederá inevitablemente al sentimiento!... Y entonces, ¿no sería mejor aquí, en plena Naturaleza, que en Jarkov o en Kursk?... ¡Más poético, por lo menos, y hasta bonito!... ¡Aquí tenemos un campo forestal y una hacienda medio derruida al gusto de Turgueniev!...

ELENA ANDREEVNA. -¡Qué gracioso es usted!... Aunque esté enfadada, me agradará recordarle. Es usted un hombre interesante y original. No hemos de volvernos a ver, y, por tanto, ¿por qué guardar el secreto?... Me sentí un poco atraída hacia usted... Bueno..., estrechémonos la mano y separémonos como amigos. No guarde mal recuerdo de mí.

ASTROV. -(Después de cambiar con ella un apretón de manos.) Sí... Márchese. (Pensativo.)

¡Parece usted una persona buena..., con alma...; pero, sin embargo, diríase que su ser contiene algo extraño!... Desde que con su marido llegó aquí, todos cuantos antes trabajaban y trajinaban abandonaron sus asuntos y se pasaron todo el verano ocupados solamente de la gota de su marido y de usted... Ambos nos contagiaron de ociosidad... Yo me sentía tan interesado por usted, que estuve un mes entero sin hacer nada, aunque durante este tiempo la gente seguía enfermando y los «mujiks» llevando a pastar su ganado a mis bosques... Así, pues, usted y su marido -con solo su presencia- llevan la destrucción por dondequiera que van... Hablo en broma; pero lo cierto es que es extraño, y que estoy convencido de que, si hubiera continuado aquí, el destrozo hubiera sido enorme... Yo hubiera sucumbido, pero tampoco usted hubiera resultado ilesa... Pero bien, márchese. «¡Finita la comedia!»...

ELENA ANDREEVNA. -(Cogiendo de la mesa un lápiz y guardándoselo rápidamente.) Me llevo este lápiz como recuerdo.

ASTROV. -¡Qué extraño!... Nos conocimos, y de pronto, sin saber por qué, resulta que no hemos de volvernos a ver. ¡Así son las cosas de este mundo! Ahora que no hay nadie aquí..., antes que venga el tío Vania con su ramo de flores..., permítame que le dé un beso. Como despedida... ¿Sí?... (La besa en la mejilla.) ¡Así, pues, ya está!

ELENA ANDREEVNA. -Le deseo cuanto mejor pueda desearse. (Mirando a su alrededor.)

¡Sea lo que sea! ¡Por una vez en la vida!... (De un súbito impulso le abraza, separándose ambos en el acto rápidamente.) ¡Hay que marcharse!

ASTROV. -Váyase pronto. Si el coche está dispuesto, váyase en seguida.

ELENA ANDREEVNA. -Me parece que aquí vienen ya. (Ambos escuchan.) ASTROV. -«¡Finita!» Escena III Entran SEREBRIAKOV, VOINITZKII, MARÍA VASILIEVNA con un libro entre las manos, TELEGUIN y SONIA.

SEREBRIAKOV. -(A VOINITZKII.) No lo recordemos más. Después de lo ocurrido en estas pocas horas, he sufrido y he meditado tanto, que creo hubiera podido escribir y legar a mis descendientes todo un tratado sobre «el arte de vivir»... De buen grado acepto tus excusas y, a mi vez, te ruego me perdones. Adiós. (Él y VOINITZKII se besan tres veces.) VOINITZKII. -Seguirás recibiendo puntualmente lo de costumbre. Todo irá como antes.

(ELENA ANDREEVNA abraza a SONIA.) SEREBRIAKOV. -(Besando la mano a MARÍA VASILIEVNA.) «Maman»...

MARÍA VASILIEVNA. -(Besándole.) Retrátese y mándeme una fotografía... Ya sabe usted cuán querido me es.

TELEGUIN. -Adiós, excelencia. No nos olvide.

SEREBRIAKOV. -(Después de besar a su hija.) Adiós... Adiós a todos. (Tendiendo la mano a ASTROV.) Gracias por su grata compañía. Aprecio su manera de pensar, sus aficiones y sus ímpetus..., pero permita a este viejo añadir a sus palabras de despedida solamente una observación: ¡hay que trabajar, señores, hay que trabajar! (Con un saludo general.) ¡Deseo mucho bien a todos! (Sale, seguido de MARÍA VASILIEVNA y de SONIA.) VOINITZKII. -(Besando apretadamente la mano de ELENA ANDREEVNA.) ¡Adiós!

¡Perdóneme!... ¡No volveremos a vernos más!

ELENA ANDREEVNA. -(Conmovida.) ¡Adiós, querido amigo! (Le besa en la cabeza y sale.) ASTROV. -(A TELEGUIN.) ¡Di que, de paso, preparen también mi coche, Vaflia!

TELEGUIN. -¡A tus órdenes, querido! (Sale. ASTROV y VOINITZKII quedan solos en la escena.) ASTROV. -(Recogiendo las pinturas y guardándolas en la maleta.) Y tú..., ¿por qué no sales a despedirlos?

VOINITZKII. -¡Que se marchen!... ¡Yo..., yo no puedo!... ¡Me es muy penoso!... ¡Habrá que ocuparse cuanto antes de algo!... ¡Trabajar! ¡Trabajar!... (Rebusca entre los papeles que hay sobre la mesa. Pausa. Se oyen algunos timbrazos.) ASTROV. -¡Se fueron!... El profesor se va, seguramente, contento. Nada le atraerá ya aquí.

MARINA. -(Entrando.) ¡Se fueron! (Se sienta en la butaca y empieza a hacer calceta.) SONIA. -(Entrando y secándose los ojos.) ¡Se fueron!... ¡Que Dios les proteja!... (A su tío.) Bueno... Ahora tú y yo, tío Vania, vamos a hacer algo.

VOINITZKII. -¡A trabajar, a trabajar!...

SONIA. -Hace mucho que no nos sentamos el uno junto al otro ante esta mesa. (Enciende la lámpara sobre ella.) Me parece que no hay tinta. (Cogiendo el tintero, se dirige al armario para llenarlo.) ¡Me da pena que se hayan marchado!

MARÍA VASILIEVNA. -(Entrando lentamente.) ¡Se fueron! (Sentándose, se sumerge en la lectura.) SONIA. -(Levantándose de la mesa y hojeando el libro de las facturas.) Haremos primero las facturas, tío Vania. Lo tenemos todo en un atraso terrible. Hoy han vuelto a pedir esa cuenta...

Escribe... Escribiremos una tú y otra yo.

VOINITZKII. -(Escribiendo.) «Factura a nombre del señor...» (Ambos escriben en silencio.) MARINA. -(Bostezando.) Tengo ya ganas de irme a la camita.

ASTROV. -¡Silencio, plumas que chirrían y un grillo cantando!... ¡Calor..., un ambiente de intimidad!... ¡No le dan a uno ganas de marcharse! (Se oye un ruido de cascabeles.) ¡Ahí está ya el coche!... ¡No me queda otro remedio, amigos míos, que despedirme de ustedes, de mi mesa, y largarme! (Mete en la carpeta los cartogramas.) MARINA. -¿Y por qué esa prisa? ¿Por qué no te quedas?

ASTROV. -No puedo.

VOINITZKII. -(Escribiendo.) «Y las dos setenta y cinco de la deuda anterior». (Entra el MOZO.) EL MOZO. ¡Mijail Lvovich! ¡Tiene ahí el coche!

ASTROV. -Ya le he oído venir. (Entregándole el botiquín, la maleta y la carpeta.) Toma..., pero cuida de no arrugarla.

EL MOZO. -Como usted mande. (Sale.) ASTROV. -Bien... (Se dispone a despedirse.) SONIA. -¿Cuándo volvemos a vernos, entonces?

ASTROV. -Antes del verano, seguramente no... ¡No creo que en invierno!... ¡Si algo ocurriera..., claro está..., avísenme! (Estrechándoles la mano.) ¡Gracias por su pan, su sal y su afecto!... ¡Por todo, en una palabra! (Yendo hacia el ama, la besa en la cabeza.) ¡Adiós, vieja!

MARINA. -¿Y te vas así..., sin el té?

ASTROV. -No tengo ganas, ama.

MARINA. -Puede que quieras un poco de vodka.

ASTROV. -(Indeciso.) Quizá... (MARINA sale. Después de una pausa.) Uno de mis caballos cojea un poco. Me fijé en ello ayer, cuando Petruschka lo llevaba al abrevadero.

VOINITZKII. -Habrá que volver a herrarle.

ASTROV. -No tendré más remedio que llevarle a Rojdestvennoe, a casa del herrero... No tendré más remedio. (Acercándose al mapa de África y contemplándolo.) En esa África hará seguramente ahora un calor terrible...

VOINITZKII. -Seguramente.

MARINA. -(Volviendo a entrar con una bandeja en la que descansan una copa de vodka y un trocito de pan.) ¡Sírvete! (ASTROV se bebe el vodka.) Que te aproveche a la salud, padrecito.

(Con una inclinación de cabeza.) ¿Y por qué no lo tomas con un poco de pan?

ASTROV. -No. Lo prefiero así... Adiós entonces... (A MARINA.) No me acompañes, ama.

No hace falta. (ASTROV, seguido de SONIA; ésta, con una vela en la mano, sale. MARINA se sienta en su butaca.) VOINITZKII. -(Escribiendo.) «Veinte libras de aceite, el dos de febrero... Otras veinte libras, el dieciséis... Granos de sarraceno...» (Pausa. Se oye un ruido de cascabeles.) MARINA. ¡Se fue! (Pausa.) SONIA. -(Volviendo a entrar y depositando la vela sobre la mesa.) ¡Se fue!

VOINITZKII. -(Apuntando después de hacer la cuenta en el ábaco.) «Total..., quince..., veinticinco...» (SONIA se sienta y empieza a escribir.) MARINA. -(Bostezando.) ¡Ay, pecadores de nosotros!...

Escena IV TELEGUIN entra de puntillas y, sentándose junto a la puerta, comienza a templar bajito la guitarra.

VOINITZKII. -(A SONIA y acariciándola el cabello con la mano.) ¡Niña mía!... ¡Cuánto sufro!... ¡Oh, si supieras cuánto sufro!...

SONIA. -¡Qué se le va a hacer!... ¡Hay que vivir! (Pausa.) ¡Viviremos, tío Vania!...

¡Pasaremos por una hilera de largos, largos días..., de largos anocheceres..., soportando pacientemente las pruebas que el destino nos envíe!... ¡Trabajaremos para los demás, lo mismo ahora que en la vejez, sin saber de descanso!... ¡Cuando llegue nuestra hora, moriremos sumisos, y allí, al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos padecido amargura!... ¡Dios se apiadará de nosotros, y entonces, tío..., querido tío..., conoceremos una vida maravillosa..., clara..., fina!... ¡La alegría vendrá a nosotros y, con una sonrisa, volviendo con emoción la vista a nuestras desdichas presentes..., descansaremos!... ¡Tengo fe, tío!... ¡Creo apasionadamente! ¡Ardientemente!... (Con voz cansada, arrodillándose ante él y apoyando la cabeza en sus manos.) ¡Descansaremos!

(TELEGUIN rasguea bajito en la guitarra.) ¡Descansaremos!... ¡Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos, se ahogan en una misericordia que llenará el Universo!... ¡y nuestra vida será quieta, tierna, dulce como una caricia!... ¡Tengo fe!... ¡Tengo fe!... (Secándole las lágrimas.) ¡Pobre!... ¡Pobre!... ¡Pobre tío Vania!... ¡Estás llorando! (Entre lágrimas.) ¡Tu vida no conoció la alegría..., pero espera, tío Vania, espera!... ¡Descansaremos!

(Abrazándole.) ¡Descansaremos! (Se oye el golpeteo del cavado del guarda. TELEGUIN rasguea en la guitarra; MARÍA VASILIEVNA anota algo en el margen del artículo que está leyendo; MARINA hace calceta.) ¡Descansaremos! (El telón desciende lentamente.)

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