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Así empezó, y así continuó, con distintos grados de intensidad, en el mismo tono, hasta el desenlace. Dexter entregó una parte de sí mismo a la persona más abierta y con menos principios que jamás había conocido. Judy conseguía, gracias al poder de su encanto, cualquier cosa que pudiera desear. Y no recurría a distintas estrategias y maniobras para conseguir posiciones o efectos premeditados: en sus asuntos amorosos contaba muy poco el aspecto racional. Sólo se preocupaba de que los hombres fueran conscientes del alto grado de su belleza física. Dexter no quería que Judy cambiara. Una energía apasionada superaba todos sus defectos, trascendiéndolos y justificándolos.

Cuando, apoyando la cabeza en el hombro de Dexter, aquella primera noche murmuró: «No sé qué me pasa. Anoche creía que estaba enamorada de un hombre y esta noche creo que estoy enamorada de ti», a él le parecieron palabras hermosas y románticas. Dexter aún podía dominar aquella emotividad deliciosa. Pero una semana después no tuvo más remedio que mirar de manera distinta la misma cualidad. Judy lo llevó en su descapotable a una comida en el campo, y después de la comida desapareció con otro en el mismo descapotable. Dexter, de muy mal humor, apenas si fue capaz de tratar con un mínimo de eduación a los demás invitados. Y, cuando Judy le aseguró que no había besado al otro, supo que mentía, pero le alegró que se molestara en mentirle.

Era, como descubrió antes de que el verano acabara, uno de los muchos que daban vueltas alrededor de Judy. Todos habían sido alguna vez el favorito, y la mitad todavía se consolaba con ocasionales renacimientos sentimentales. Si alguno daba señales de retirarse tras un largo periodo de indiferencia, Judy le dedicaba una hora escasa de ternura que lo animaba a resistir un año o mucho más. Semejantes incursiones contra los indefensos y derrotados las emprendía sin malicia y, desde luego, sin apenas darse cuenta de que había algo perverso en lo que hacía.

Cuando aparecía en la ciudad un hombre nuevo, se olvidaba de todos: todas las citas eran canceladas automáticamente.

Era inútil pretender hacer algo al respecto, porque Judy lo hacía todo. No era una chica que pudiera ser conquistada, en el sentido cinético del término: estaba hecha a prueba de astucias y hechizos; si alguno se lanzaba al asalto con demasiado ímpetu, Judy resolvía inmediatamente el asunto en el plano físico, y bajo la magia de su esplendor físico tanto los impetuosos como los avispados acababan aceptando plenamente su juego. Sólo se divertía satisfaciendo sus deseos y ejercitando sus encantos. Puede que, asediada por tanto amor juvenil y tantos jóvenes enamorados, hubiera terminado, en defensa propia, alimentándose exclusivamente de sí misma.

A la euforia inicial de Dexter siguieron el desasosiego y el disgusto. El éxtasis, irremediable, de perderse en Judy era más un opiáceo que un tónico. Fue una suerte para su trabajo durante el invierno que fueran raros aquellos momentos de éxtasis.

Cuando se conocieron, en los primeros días, parecía existir una profunda atracción recíproca: aquel primer agosto, por ejemplo, tres días de largos anocheceres en la terraza, a oscuras, y aquellos besos tristes y extraños, a la caída de la tarde, en rincones sombríos, o en el jardín, tras el emparrado del cenador, y mañanas en las que era fresca como un sueño y casi tímida, cuando se encontraban en la claridad del nuevo día. Vivían el éxtasis de un noviazgo, un éxtasis fortalecido por la consciencia de que no era un noviazgo. Por primera vez, durante aquellos tres días, Dexter le pidió que se casara con él. Ella dijo: «Quizá algún día», ella dijo: «Bésame», ella dijo: «Me gustaría casarme contigo», ella dijo: «Te quiero»..., ella dijo... nada.

Aquellos tres días fueron interrumpidos por la llegada de un tipo de Nueva York, invitado a pasar la mitad de septiembre en casa de Judy. Corrió el rumor de que eran novios, para dolor de Dexter. Era el hijo del presidente de una gran empresa. Pero a final de mes se decía que Judy bostezaba. En un baile pasó la noche sentada en una motora con un galán local, mientras el neoyorquino la buscaba frenéticamente por el club. Judy le dijo al galán local que su invitado la aburría, y dos días después el invitado se fue. Los vieron juntos en la estación, y se decía que el neoyorquino tenía un aspecto verdaderamente lastimoso.

Así acabó el verano. Dexter tenía veinticuatro años y cada vez se sentía más capaz de conseguir todo lo que se propusiera. Se había hecho socio de dos clubes de la ciudad y vivía en uno de ellos. Aunque no formaba parte de los grupos de hombres sin pareja, procuraba asistir a los bailes en los que era probable que apareciera Judy Jones. Hubiera podido brillar en sociedad cuanto hubiera querido: ya era un soltero cotizado y apreciado por los padres de las mejores familias de la ciudad. Su confesada devoción por Judy Jones había contribuido a solidificar su posición. Pero no tenía aspiraciones sociales y despreciaba a los fanáticos del baile, siempre listos para la fiesta del jueves y el sábado, y para llenar un hueco en las cenas con las parejas más jóvenes de recién casados. Le estaba dando vueltas a la idea de irse al Este o a Nueva York. Y quería llevarse a Judy Jones. Ninguna desilusión procedente del mundo en el que Judy había crecido podría curarle la ilusión que le causaba su atractivo.

Conviene recordarlo, porque sólo a esta luz es comprensible lo que hizo por ella.

Dieciocho meses después de haber conocido a Judy Jones, se comprometió con otra chica. Se llamaba Irene Sheerer, y su padre era de los que siempre habían creído en Dexter. Irene tenía el pelo claro y era dulce y honesta, y un poco gorda, y tenía dos pretendientes a los que delicadamente abandonó cuando Dexter le pidió formalmente que se casara con él.

Un verano, un otoño, un invierno, una primavera, otro verano y otro otoño: así de grande era el trozo de vida plena que había entregado a los incorregibles labios de Judy Jones. Judy lo había tratado con interés, aprobación, malicia, indiferencia, desprecio. Le había infligido los innumerables desaires y afrentas que suelen darse en semejantes casos: como si quisiera vengarse de haberle tenido cariño. Lo había atraído, se había aburrido, lo había vuelto a atraer, y Dexter, muchas veces, había respondido con amargura y malas caras. Judy le había dado una arrebatada felicidad y una angustia intolerable. Había sido causa de molestias indecibles y de no pocos problemas. Lo había insultado y pisoteado, había contrapuesto el interés por ella al interés por su trabajo sólo por divertirse. Le había hecho todo tipo de cosas, excepto hablar mal de él —nunca lo hizo—, porque, según Dexter, aquello hubiera manchado la absoluta indiferencia que le demostraba y que sinceramente sentía.

Cuando pasó el segundo otoño, Dexter reconoció que jamás conquistaría a Judy Jones. Tuvo que metérselo a la fuerza en la cabeza, pero por fin acabó convenciéndose. Una noche, antes de dormirse, reflexionó. Recordó los problemas y el dolor que le había causado, y enumeró sus evidentes defectos como esposa. Luego se dijo que la quería, y se durmió. Durante una semana, para no imaginarse su voz ronca al teléfono o sus ojos frente a él mientras comían juntos, trabajó mucho, hasta muy tarde, y de noche iba a su despacho y planeaba el futuro.

Y, cuando llegó el fin de semana, fue a una fiesta y la invitó a bailar cuando hubo cambio de pareja. Puede que fuera la primera vez desde que se conocían que no le pidió que salieran a la terraza ni le dijo que estaba preciosa. Le dolió que Judy ni se diera cuenta, pero no sintió nada más. No se puso celoso cuando vio que aquella noche iba con un nuevo acompañante. Hacía tiempo que era inmune a los celos.

Se quedó en el baile hasta muy tarde. Pasó una hora con Irene Sheerer, hablando de libros y música. Dexter entendía poco de esas cosas. Pero ahora empezaba a ser dueño de su tiempo, y se le ocurrió la idea, un poco pedante, de que él —el joven y ya fabulosamente próspero Dexter Green— debería entender un poco de semejantes asuntos.

Fue en octubre, cuando tenía veinticinco años. En enero Dexter e Irene se hicieron novios. El compromiso se haría público en junio, y tres meses después se casarían.

El invierno de Minnesota se alargó interminablemente, y casi era mayo cuando por fin los vientos se apaciguaron y la nieve se derritió en el lago Black Bear. Por primera vez, desde hacía más de un año, Dexter disfrutaba de cierta paz de espíritu. Judy Jones había estado en Florida, y en Hot Springs, y en algún sitio se había prometido, y en algún sitio había roto el compromiso. Al principio, cuando había renunciado definitivamente a ella, lo entristecía que la gente creyera que todavía estaban enamorados y le preguntara por Judy, pero, cuando empezaron a sentarlo en las comidas junto a Irene, dejaron de preguntarle por Judy: ahora le contaban cosas de Judy. Dexter había, dejado de ser una autoridad en la materia.

Y llegó mayo. Dexter paseaba de noche por las calles, cuando la oscuridad era húmeda como la lluvia, maravillándose de que una pasión tan grande lo hubiera abandonado tan pronto, sin demasiado esfuerzo. Mayo, el año anterior; había estado marcado por la turbulencia arrebatadora, inolvidable pero olvidada, de Judy: había sido uno de esos raros periodos en que Judy imaginaba que podía quererlo.

Dexter había cambiado aquellas monedas de felicidad pasada por un poco de paz.

Sabía que Irene sólo sería unos visillos que se cierran, una mano que se mueve entre relucientes tazas de té, una voz que llama a los niños: la pasión y la belleza se habían ido para siempre, la magia de las noches y la maravilla incesante de las horas y las estaciones. Labios suaves, curvados, posándose en sus labios y transportándolo al paraíso de las miradas: todo lo llevaba muy adentro. Y Dexter era demasiado fuerte y estaba demasiado vivo para que aquello muriera sin más.

A mediados de mayo, cuando el clima se estabilizó durante unos días en el puente inconsistente que conducía al corazón del verano, Dexter llegó una noche a casa de Irene. Su compromiso sería anunciado dentro de una semana, y no sorprendería a nadie. Aquella noche, sentados juntos en el salón del Club Universitario, pasarían una hora mirando a las parejas que bailaban. Estar con Irene le daba una sensación de solidez: todos la admiraban tanto, era tan intensamente grande.

Subió las escaleras de la casa de piedra oscura y entró.

—Irene —llamó.

La señora Sheerer salió del cuarto de estar para recibirlo.

—Dexter —dijo—, Irene se ha subido a su cuarto con un dolor de cabeza terrible.

Quería salir contigo, pero la he mandado a la cama.

—Espero que no sea nada importante...

—Claro que no. Mañana jugaréis al golf. Puedes pasar sin ella una noche, ¿no, Dexter?

Su sonrisa era agradable. Se tenían simpatía. Charlaron un rato en la sala de estar antes de que Dexter se despidiera.

Volvió al Club Universitario, donde tenía un apartamento, y se entretuvo un rato en la entrada, mirando a las parejas que bailaban. Se apoyó en el quicio de la puerta, saludó con la cabeza a un par de conocidos, bostezó.

—Hola, querido.

La voz familiar, a su lado, lo sobresaltó. Judy Jones había dejado a su acompañante y había atravesado el salón para acercarse a Dexter: Judy Jones, delgada muñeca de porcelana vestida de oro: dorada la cinta del pelo, dorados los zapatos que asomaban bajo el traje de noche. El fulgor frágil de su cara pareció alcanzar la plenitud cuando le sonrió a Dexter. Una brisa cálida y luminosa sopló en el salón de baile. Las manos de Dexter se cerraron espasmódicamente en el bolsillo del esmoquin. Se había emocionado de repente.

—¿Cuando has vuelto? —preguntó con naturalidad.

—Ven y te lo diré.

La siguió. Había estado lejos: Dexter tenía ganas de llorar por la maravilla de que hubiera regresado. Había recorrido calles encantadas, había hecho cosas que eran como una música excitante. Todo misterio y toda esperanza renovadora y vivificante se habían ido con ella, y con ella acababan de volver.

Se detuvo a la salida.

—¿Tienes aquí el coche? Si no, yo he traído el mío —dijo Judy.

—Tengo el descapotable.

Subió al coche con un frufrú de tela dorada. Dexter cerró la puerta. A cuántos coches habría subido... como éste... como ahora... la espalda contra el cuero... así... el codo descansando en la puerta... a la espera. Hacía mucho que estaría manchada si algo que no fuera ella misma hubiera podido mancharla, pero aquellos gestos sólo eran una efusiva manifestación de su personalidad.

Con esfuerzo, se obligó a arrancar el coche y salir del aparcamiento. Debía recordar que aquello no significaba nada. Judy ya había hecho lo mismo otras veces, pero Dexter no se lo tenía en cuenta, como si hubiera tachado un error en sus libros de contabilidad.

Condujo hacia el centro, despacio, y, haciéndose el distraído, atravesó las calles desiertas de los barrios comerciales: había gente que salía de un cine, jóvenes tísicos o fuertes como boxeadores perdían el tiempo ante las salas de billar. El tintineo de los vasos y el ruido de las palmadas sobre el mostrador escapaba de los bares, claustros de vidrio esmerilado y luz amarilla y sucia.

Judy lo miraba con atención y el silencio era embarazoso, pero Dexter no logró encontrar una sola palabra que profanara aquel instante. Dio la vuelta donde pudo, en un zigzag, para volver al Club Universitario.

—¿Me has echado de menos? —preguntó Judy de pronto. —Todos te hemos echado de menos.

Dexter se preguntó si conocía a Irene Sheerer. Había vuelto hacía apenas un día: su ausencia casi había coincidido con su noviazgo. —¡Vaya respuesta! —Judy reía tristemente, pero sin melancolía. Lo miraba con ojos escrutadores. Dexter se concentró en el cuadro de mandos.

—Estás más guapo que antes —dijo pensativamente—. Dexter, tienes unos ojos inolvidables.

Dexter se podría haber echado a reír, pero no se rió: cosas así les decían a los alumnos de segundo. Fue como una puñalada.

—Estoy terriblemente cansada de todo, querido —les llamaba querido a todos, repartiendo la palabra cariñosa con camaradería despreocupada, muy personal—.

Quiero que te cases conmigo.

Tanta franqueza lo desarmó. Tendría que haberle dicho que iba a casarse con otra, pero no fue capaz. Y hubiera podido jurar, con la misma facilidad, que no la había querido nunca.

—Creo que no nos llevaríamos mal —continuó Judy en el mismo tono—, aunque quizá me hayas olvidado y te hayas enamorado de otra.

Su seguridad era, evidentemente, extraordinaria. Había dicho, en realidad, que le parecía increíble una cosa así, y que, si fuera verdad, Dexter había cometido una imprudencia infantil, probablemente por despecho. Lo perdonaría, porque sólo habría sido un desliz, al que no había que darle la menor importancia.

—Claro que no podrías querer a nadie sino a mí —continuó—. Me gusta cómo me quieres. Ay, Dexter, ¿ya no te acuerdas del año pasado?

—Sí, me acuerdo.

—¡Yo también me acuerdo!

¿Estaba verdaderamente conmovida... o se dejaba llevar por la fuerza de su interpretación?

—Me gustaría que todo volviera a ser igual —dijo, y Dexter se vio obligado a contestar:

—No creo que sea posible.

—Me lo figuro... Me han dicho que te dedicas a perseguir a Irene Sheerer.

Pronunció el nombre de Irene sin el menor énfasis, pero Dexter sintió vergüenza de repente.

—¡Llévame a casa! —exclamó Judy de improviso—. No quiero volver a ese baile idiota, con esos niñatos.

Y entonces, mientras enfilaban la calle que subía hasta el barrio residencial, Judy empezó a llorar, tranquila, en silencio, para sí misma. Nunca la había visto llorar.

La calle oscura se iluminó: las casas de los ricos surgieron a su alrededor, y Dexter detuvo el descapotable frente a la casa, blanca e inmensa, de Mortimer Jones, soñolienta, suntuosoa, sumergida en la claridad húmeda de la luna llena. Lo sorprendió su solidez. Los muros consistentes, el acero de las vigas, su magnitud, fortaleza y magnificencia sólo servían para resaltar el contraste con la belleza juvenil que tenía al lado. Y era difícil subrayar su fragilidad: como lo hubiera sido señalar qué corriente de aire generaría el ala de una mariposa.

Dexter permanecía completamente inmóvil en su asiento, con los nervios crispados, temiendo que, si se movía, se la encontraría irresistiblemente entre los brazos. Dos lágrimas habían resbalado por la cara de Judy y le temblaban en el labio superior.

—Soy más guapa que nadie —dijo de repente—. ¿Por qué no puedo ser feliz? —sus ojos húmedos quebrantaban la firmeza de Dexter; una tristeza honda le curvaba poco a poco los labios—: Me gustaría casarme contigo si me quisieras, Dexter. Me figuro que no me consideras digna, pero por ti sería la más bella, Dexter.

Un millón de frases de indignación, orgullo, pasión, odio y ternura pugnaron por salir de los labios de Dexter. Y entonces lo atravesó una oleada de emoción, que arrastró un sedimento de sabiduría, convenciones, dudas y sentido del honor. Era su chica la que le hablaba, toda suya, su belleza, su orgullo.

—¿No quieres entrar?

A Dexter le pareció percibir un sollozo.

Ella estaba esperando.

—De acuerdo —le temblaba la voz—, entraré.