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Conviene recordar que esta historia no es su biografía, aunque en ella se deslicen anécdotas que no tienen nada que ver con sus sueños juveniles. Y poco queda que contar de Dexter y sus sueños: apenas un episodio que sucedió siete años después.

Tuvo lugar en Nueva York, donde a Dexter le iba bien, tan bien que para él no existían barreras demasiado altas. Había cumplido treinta y dos años, y, con excepción de un viaje en avión recién acabada la guerra, hacía siete años que no había vuelto al Oeste. Un tal Devlin, de Detroit, lo visitó en su despacho por asuntos de negocios, y allí y entonces ocurrió el episodio que cerró, por así decirlo, este capítulo de su vida.

—Así que eres del Medio Oeste —dijo el tal Devlin con despreocupada curiosidad—.

Tiene gracia: creía que los hombres como tú sólo podían nacer y crecer en Wall Street. ¿Sabes? La mujer de uno de mis mejores amigos de Detroit es de tu ciudad. Fui testigo en la boda.

Dexter esperó, sin ponerse en guardia, lo que venía a continuación.

—Judy Simms —dijo Devlin sin especial interés—; de soltera se llamaba Judy Jones.

—Sí, la conocí.

Una impaciencia subterránea se iba apoderando de Dexter. Ya sabía, desde luego, que se había casado, pero, quizá deliberadamente, no había llegado a saber más.

—Una chica terriblemente simpática —meditó Devlin en voz alta, irreflexivamente— . Me da un poco de pena.

—¿Por qué? —algo en Dexter se había despertado, alerta, receptivo.

—Ah, yo diría que Lud Simms no va por muy buen camino. No digo que la trate mal, pero bebe y sale mucho.

—¿Ella no sale?

—No. Se queda en casa con los niños.

—Ah.

—Quizá sea demasiado mayor para él —dijo Devlin.

—¡Demasiado mayor! —exclamó Dexter—. Pero, hombre, sólo tiene veintisiete años.

Sentía un deseo intensísimo de correr a tomar el tren a Detroit. No pudo dominarse: se puso de pie.

—Me figuro que estás ocupado —se disculpó Devlin—. No me había dado cuenta...

—No, no estoy ocupado —dijo Dexter, intentando mantener firme la voz—. No tengo absolutamente nada que hacer. Nada. ¿Has dicho que tenía... veintisiete años?

No. Lo he dicho yo.

—Sí, has sido tú —asintió Devlin, cortante.

—Sigue, entonces. Sigue.

—¿Cómo?

—Sigue hablándome de Judy Jones.

Devlin lo miró indeciso.

—Bueno, es... No hay mucho más que decir. La trata fatal. No, no se divorciarán ni nada por el estilo. Cuando Lud es especialmente aborrecible, Judy lo perdona. La verdad es que me inclino a pensar que lo quiere. Era mona cuando llegó a Detroit.

¡Mona! A Dexter la expresión le pareció ridicula.

—¿Ya no es... mona?

—Ah, no está mal.

—Mira —dijo Dexter, sentándose de pronto—, no te entiendo. Has dicho que era mona y ahora dices que no está mal. No te entiendo: Judy Jones no era mona, en absoluto. Era una belleza. Yo la conocí, la conocí. Era...

Devlin se echó a reír amablemente.

—No quiero llevarte la contraria —dijo—. Creo que Judy es simpática, y la aprecio.

No puedo entender cómo un hombre como Lud Simms pudo enamorarse perdidamente de ella, pero así fue —y añadió—: Le cae simpática a casi todas las mujeres.

Dexter miró fijamente a Devlin, pensando, insensatamente, que debía de tener alguna razón para hablar de aquella manera, una insensibilidad innata o algún rencor secreto.

—Montones de mujeres se marchitan así —Devlin chasqueó los dedos—. Tú mismo lo habrás comprobado. Tal vez he olvidado lo guapa que estaba en la boda. Después la he visto demasiado, ¿sabes? Tiene los ojos bonitos.

Una especie de torpeza, de flojedad, envolvía a Dexter. Por primera vez en su vida le entraron ganas de emborracharse de verdad. Se dio cuenta de que se reía a carcajadas de algo que Devlin había dicho, pero no sabía qué había dicho ni por qué tenía tanta gracia. Cuando, minutos después, Devlin se fue, se echó en el diván y contempló a través de la ventana el horizonte de los edificios de Nueva York, donde el sol se hundía entre pálidas, hermosas tonalidades rosa y oro.

Había creído que, al no quedarle nada más que perder, por fin era invulnerable: pero ahora sabía que acababa de perder algo más, tan cierto como si se hubiera casado con Judy Jones y la hubiera visto marchitarse día a día.

El sueño había terminado. Algo le había sido arrebatado. Con algo parecido al pánico se apretó los ojos con las manos e intentó rescatar una imagen de las aguas que lamían Sherry Island, y la terraza a la luz de la luna, y los trajes de algodón en los campos de golf, y el sol árido y el color dorado de la delicada nuca de Judy. Y los labios de Judy húmedos de sus besos, y sus ojos doloridos de melancolía, y su frescor, por la mañana, como de sábanas de lino finas y nuevas. ¡Todo aquello ya no formaba parte del mundo! Había existido y ya no existía.

Por primera vez en muchos años se le saltaban las lágrimas. Pero ahora lloraba por él. No le importaban los labios, los ojos, las manos que acarician. Quería que le importaran, pero no le importaban. Porque se había ido de aquel mundo, y no podría volver jamás. Las puertas se habían cerrado, el sol se había puesto, y la única belleza que quedaba era la belleza gris del acero que resiste al tiempo. Incluso el dolor que podía haber sentido había quedado atrás, en el país de las ilusiones, de la juventud, de la plenitud de la vida, donde habían florecido sus sueños de invierno.

—Hace mucho, mucho tiempo —dijo—, existía algo en mí, y ahora eso ha desaparecido. Ahora eso ha desaparecido, eso ha desaparecido. No puedo llorar. No puedo lamentarlo. Ha desaparecido y no volverá nunca.

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