La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 10. La travesía
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Aquella noche la pasamos en el natural ajetreo que precede a zarpar, dando las últimas disposiciones sobre los pertrechos, y atendiendo a las amistades del squire, que como el señor Blandly y otros, se acercaban con sus botes a desear una buena travesía y un feliz regreso. Jamás en la «Almirante Benbow» había yo pasado noche tan agitada; y rendido por la fatiga me sorprendió, poco antes del amanecer, el silbato del contramaestre y el movimiento de la tripulación empezando a situarse en sus puestos junto a las barras del cabrestante. Así hubiera estado mil veces más cansado, nada en el mundo hubiera podido hacerme abandonar en ese momento la cubierta. Todo era tan nuevo y fascinante para mí: las voces de órdenes, las agudas notas del silbato, los marineros que corrían a ocupar sus puestos bajo la luz de los faroles.

-¡Barbecue! -gritó alguien -, ¡cántanos una canción!

-Aquella antigua canción -dijo otro.

-Bien, bien, compañeros - dijoJohn «el Largo», que apoyado en su muleta los miraba; y entonces empezó a cantar aquella canción que tantas veces ya había yo escuchado:

«Quince hombres en el cofre del muerto... «

Y toda la tripulación coreó sus palabras:

«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!»

Y con la tercera carcajada, las barras empezaron a girar briosamente.

A pesar de la emoción, mi pensamiento me llevó a la vieja «Almirante Benbow», y creí oír de nuevo la voz del capitán que se unía a la de estos marineros. El ancla surgió de las aguas y quedó fijada, goteando agua y algas enarenadas. Las velas y largadas restallaron con el viento del amanecer y casi de inmediato los barcos fondeados y la tierra empezaron a alejarse, y antes de que, rendido, me tumbase para gozar de ese ensueño, la Hispaniola abrió su travesía hacia la Isla del Tesoro.

No voy a relatar todos los pormenores de nuestro viaje. Diré que, en su conjunto, fue satisfactorio. La goleta era un magnífico barco; la tripulación demostró su competencia y el capitán Smolett dio pruebas de su talento en el mando. Pero sucedieron dos o tres cosas, antes de alcanzar el término de nuestro viaje, que debo relatar.

Para empezar, el señor Arrow resultó ser aún mucho peor de lo que el capitán imaginaba. Carecía de autoridad sobre los marineros y éstos desobedecían sus órdenes a su antojo; pero lo más grave fue que, casi desde el día siguiente a nuestra partida, empezó a deambular por cubierta con ojos vidriosos, el rostro enrojecido, la lengua estropajosa y dando numerosas muestras de embriaguez. Una vez y otra se le ordenó el arresto en su camarote, lo que dio lugar a bochornosas situaciones; pero todo fue inútil, pues continuó emborrachándose sin cesar, y, cuando no se encontraba amodorrado en su litera, se le veía dar trompicones por la cubierta. Algún instante tuvo de lucidez, en los que atendía a sus obligaciones, aunque jamás como debiera.

Y nunca pudimos averiguar dónde se procuraba la bebida. Ese fue el misterio del barco; por mucho que lo vigilábamos, no lográbamos dar con su escondite, y, cuando incluso se le llegó a preguntar con toda franqueza, se limitó a sonreír, si estaba borracho, o a negar, si sobrio, solemnemente, que hubiese bebido más que agua.

Si resultó inútil como oficial y su presencia constituía el peor ejemplo para la tripulación, con todo lo más grave es que aquel camino lo llevaba rápidamente a un fin desdichado. Y así nadie se sorprendió cuando en una noche sin luna, con la mar de frente y marejada, desapareció para siempre arrastrado por las olas.

-Se lo había buscado -dijo el capitán-. Bien, caballeros, nos ha evitado tener que engrilletarlo en el sollado.

Pero el hecho es que nos habíamos quedado sin piloto; y así no hubo otro medio que ascender de grado a otro de los tripulantes. El contramaestre, Job Anderson, era el más indicado de cuantos íbamos a bordo, y, aun conservando su categoría, empezó a desempeñar el oficio de segundo. El señor Trelawney, que como he referido ya había viajado mucho con anterioridad y poseía notables conocimientos como navegante, también desempeñó un buen papel en aquellas circunstancias, llegando incluso a prestar guardias en días serenos. También nos fue de mucha ayuda el timonel, Israel Hands, un viejo marinero con experiencia y cuidadoso de su desempeño y en quien además se podía confiar como en uno mismo.

Hands era el amigo más cercano de John Silver «el Largo», del cual ya es hora que hable: nuestro cocin ero, «Barbecue» como le llamaban los otros tripulantes.

Desde que subió a bordo, y para moverse con mayor soltura, había sujetado su muleta al brazo con una correa que ataba a su cuello, lo que le permitía usar ambas manos. Era admirable verlo cómo atendía a sus guisos apoyando el pie de la muleta contra un 1 mamparo, lo que le daba el mejor sostén ante el bandear de la goleta. Y mas aún contemplar su paso por la cubierta en medio de los más recios temporales. Para ay udarse había amarrado unas guindalezas que lo defendía en los tramos más abiertos -«empuñaduras de John», las apodaron los marineros -y asiéndose a ellas volaba de un sitio a otro lo mismo usando su muleta que arrastrándola, con la misma prestancia que otro de piernas vigorosas. Sólo quienes habían navegado ya antes con él se lamentaban de sus perdidas facultades.

-No ha habido dos como Barbecue -me contó un día el timonel-. Y no creas que no tuvo buena educación en su mocedad, y cuando quiere saber hablar como los libros, y en cuanto a valor... ¡un león es nada a su lado! Con estos ojos lo he visto trincar a cuatro y romperles a los cuatro la cabeza de un solo golpe... ¡y estando él desarmado!

Desde luego toda la tripulación lo respetaba y obedecía. Tenía una maña especial para hacerse con cada uno y a todos sabía prestarles la ayuda precisa. Conmigo no tuvo sino la mejor disposición, y me trató siempre con alegría al verme aparecer por la cocina, y he de decir que cuidaba de ésta como el más escrupuloso de los criados limpiaría la plata: todas las cacerolas lucían brillantes y ordenadas. Y allí, en un rincón, colgaba una jaula donde vivía su loro.

-Pasa, Hawkins -me decía-; siéntate a echar un párrafo con el viejo John. Eres la persona que veo con más gusto, hijo. Siéntate y vamor a oír lo que tenga que decirnos el Capitán Flint. Le puse ese nombre a mi loro por el famoso pirata. Bien, Capitán Flint, predice el éxito de nuestro viaje. ¿No es así, Capitán?

Y el loro empezaba a decir a toda velocidad:

-¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones! -y seguía sin parar hasta que parecía enronquecer y John le echaba por encima de la jaula un paño bajo el que enmudecía.

-Ahí donde lo ves, Hawkins -me decía-, este pájaro tiene lo menos doscientos años... y hay quien dice que algunos viven eternamente. Este ha visto ya pasar más condenaciones que el mismísimo Satanás. Ha navegado con England, con el gran capitán England, el pirata. Ha estado en Madagascar y en Malabar, en Suriman, en Providence, en Portobello. En Portobello, cuando el rescate de los famosos galeones de la Plata.

Allí aprendió a gritar «¡Doblones!», y no es para menos: ¡más de trescientos cincuenta mil que sacaron a flote, eh, Hawkins! Estuvo cuando el abordaje al Virrey de las Indias, a la altura de Goa; allí estuvo, y lo miras y parece inocente como un niño. Pero tú no has olvidado el olor de la pólvora, ¿verdad, Capitán?

-¡Todos a sus puestos! -chillaba el loro.

-¡Ah, qué alhaja! -decía el cocinero, y le ofrecía entonces unos terrones de azúcar que llevaba en el bolsillo; y el lo ro se agarraba con su pico a los barrotes de la jaula y empezaba a lanzar maldiciones sin tino.

-Ya ves -añadía John- cómo no se puede tocar la pez sin mancharse. Este pobrecito pájaro mío, tan viejo como inocente, y blasfemando como el peor desalmado, aunque sin malicia, tenlo por seguro, porque igual es capaz de soltarlas delante de un capellán -y John se llevaba la mano al sombrero con el solemne ademán que le era usual, y que me hacía ver en él al mejor de los hombres.

Entretanto las relaciones entre el squire y el capitán Smollett continuaban siendo tirantes. El squire no trataba de disimular su desprecio por el capitán, y éste, por su parte, tan sólo se le dirigía para responder a alguna cuestión y, aún así, con secas, firmes y escasas palabras. En algún momento reconoció haberse equivocado con respecto a la tripulación, y que ciertos marineros eran tan diligentes como él deseaba y hasta que en su conjunto todos se portaban bastante aceptablemente. En cuanto a la goleta, le había cobrado un verdadero afecto: «Se ciñe mejor de lo que uno podría esperar hasta de su propia esposa -solía repetir-, pero sigo pensando que esta travesía no termina de gustarme y que aún no estamos de regr eso.»

El squire, cuando oía estas palabras, acostumbraba a volver ostentosamente la espalda y recorrer la cubierta agrandes zancadas, mientras murmuraba entre dientes:

-Una estupidez más y estallaré.

Sufrimos algunos temporales que no hicieron sino poner a prueba lo marinera que era la Hispaniola. Y todos cuantos navegábamos en ella estábamos contentos, lo que tampoco es tan difícil de entender, porque no creo que nunca hubiera dotación tan correspondida desde que Noé cruzó los mares. Por el más nimio pretexto se le regalaba una ronda de grog, y con motivo de cualquier celebración, lo que era constante, porque el squire encontraba continuamente razones en el cumpleaños de éste o aquél, siempre había una barrica de manzanas destapada en mitad del combés para que cualquiera que quisiese las tomara.

-Nunca he visto que este comportamiento lleve a ningún buen puerto -decía el capitán al doctor Livesey-.

Así se echa a perder a la tripulación. Ya lo veréis.

Y fue precisamente del barril de manzanas de donde vino nuestra salvación, pues a no ser por él no hubiéramos tenido aviso alguno del peligro en que nos encontrábamos y todos hubiéramos perecido a m anos de la traición.

Así fue como sucedió.

Navegábamos ya con los vientos alisios, que nos conducían hacia la isla -como el lector conoce, he prometido no dar ningún dato sobre su posición-, y nuestro rumbo hacía inminente su aparición, que noche y día aguardaban los vigías. Según nuestros cálculos aquella noche, o lo más tardar, antes del mediodía si- guiente, debíamos divisarla. Llevábamos rumbo S.S.O., con una brisa firme de costado y la mar estaba en calma, hundiendo majestuosa su bauprés en las olas y levantando un abanico de espuma.

El viento tensaba las velas. Y todos abordo gozábamos el mejor humor al ver ya tan cerca el final del primer capítulo de nuestra aventura.

Y fue entonces, a poco de atardecer. La tripulación descansaba; yo me dirigía hacia mi litera, cuando de pronto sentí ganas de comerme una manzana. Subí a cubierta. El vigía estaba en su guardia, en proa, aguardando la aparición de la isla en el horizonte. El timonel miraba la arboladura y silbaba por lo bajo una canción; sólo se escuchaba el sonido de ese silbido y el chapoteo del agua cortada por la proa y que barría el casco de la goleta.

Tuve que meterme en el barril para poder coger una manzana, ya que sólo quedaban unas pocas en el fondo. Me senté en aquella oscuridad para comérmela, y, por el rumor de las olas o el balanceo del barco, el hecho es que me adormecí. Entonces noté que al guien, y debió ser alguno de los marineros más corpulentos, se sentó apoyando su espalda en el barril, lo que dio a éste un violento empujón. Me despejé de go lpe y ya iba a saltar fuera de la barrica, cuando un hombre, cuya voz me era conocida, empezó a hablar. Era Silver, y no bien escuché una docena de sus palabras, cuando ya ni por todo el oro del mundo hubiera dejado de permanecer escondido, pues no sé qué fue más fuerte en mí si la curiosidad o el temor: aquellas pocas palabras me habían hecho comprender que las vidas de todos los hombres honrados que iban a bordo dependían únicamente de mí.