La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 16. Narración continuada por el doctor
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Sería la una y media -los tres toques del mar - cuando dos chinchorros fueron arriados desde la Hispaniola y algunos marineros se dirigieron a tierra. El capitán, el squire y yo volvimos al camarote y continuamos deliberando sobre los acontecimientos. Si el viento hubiera estado a nutro favor, no habríamos dudado en deshacernos de los seis amotinados que permanecían a bordo y zarpar. Pero no corría ni la menor brisa y, para completar nuestras cuitas, Hunter nos comunicó que Jim Hawkins había saltado a uno de los botes y estaba en la isla con los demás.

Ni por un instante se nos ocurrió dudar de la lealtad de Jim Hawkins, pero sentimos una profunda preocup ación por su seguridad. Conociendo la determinación de los marineros, creímos tener pocas esperanzas de ver de nuevo al muchacho. Preocupados, subimos a cubierta: la brea hervía en las ensambladuras de los tablones; el olor insano de aquel fondeadero me revolvió el estómago -se respiraba la fiebre, la disentería-; vimos a lo s seis bribones que andaban de conciliábulo sentados a la sombra de una vela en el castillo de proa. Allá en tierra se divisaban los dos botes amarrados y un marirnero en cada uno, en la desembocadura del riachuelo. Uno de los forajidos silbaba la vieja canción «Lilibulero».

La espera destrozaba nuestros nervios, por lo que decidimos que Hunter y yo nos acercáramos a tierra en otro chinchorro en busca de noticias. Los botes se habían dirigido hacia la derecha, pero nosotros remamos en línea recta, hacia la empalizada que el mapa señalaba. Cuando nos vieron aparecer los dos que estaban de guardia en los botes, se sobresaltaron; dejé de oír la canción, y me di cuenta de que discutían qué hacer con nosotros. De haber ido alguno de ellos a avisar a Silver, seguramente hubiésemos podido tomarles delantera, pero probablemente habían recibido órdenes de permanecer en su puesto; de nuevo escuché la vieja canción.

La costa presentaba un pequeño saliente rocoso y yo maniobré de forma que sirviera para ocultarnos de ellos, por lo que incluso antes de desembarcar ya los habíamos perdido de vista. Salté a tierra y empecé a caminar rápidamente, aunque con prudencia; hacía tanto calor, que me protegí la cabeza con un pañuelo de seda; también portaba dos pistolas cargadas para mi defensa. No había caminado ni cien yardas, cuando me encontré con la empalizada.

Estaba levantada en la cima de una gran duna aprovechando que allí manaba un pequeño manantial, al que se había dejado dentro del recinto junto a una especie de fuerte construido con troncos, y capaz de albergar, en caso de necesidad, lo menos cuarenta hombres; se veían aspilleras practicadas en los cuatro lados, lo que garantizaba una defensa de mosquetería. Alrededor se había rozado un espacio considerable y la obra se cerraba con una empalizada de seis pies de altura, lo suficientemente sólida como para resistir cualquier ataque y, por otra parte, hábilmente levantada con separaciones que impedían el ocultamiento de los asaltantes. Sin duda los que disparasen desde el fuerte tendrían a su merced a los que atacaran; casi como cazadores que disparasen contra perdices. Ni un regimiento hubiera podido tomar aquel fortín, si los defensores estaban alerta y con suficientes provisiones. Consideré sobre todo la importancia de contar con un manantial en el mismo fortín, porque, si bien en la Hispaniola gozábamos de buen alojamiento, abundancia de armas y municiones, y víveres suficientes, amén de nuestros buenos vinos, algo había sido descuidado:

no teníamos agua. Meditaba sobre ello cuando hasta mí llegó, como si resonara sobre toda la isla, un esp eluznante grito de agonía. La muerte violenta no era algo a lo que yo no estuviera acostumbrado -pues serví con Su Alteza el Duque de Cumberland, y mi cuerpo muestra una cicatriz consecuencia de Fontenoy-, pero debo confesar que mi corazón se detuvo y de pronto empezó a latir sin medida. Pensé quejim Hawkins había muerto. Haber sido un viejo soldado me sirvió en ese instante, pero aún más mi dedicación a la medi- cina, pues exige reacciones inmediatas; y esta educación me hizo decidir al instante, y sin pérdida de tiempo corrí hacia la playa y salté a bordo del chinchorro.

Afortunadamente, Hunter era un buen remero y parecía que volábamos sobre las aguas; pronto amarramos al costado de la goleta, y subí a bordo.

Todos estaban allí sobresaltados, lógicamente. El squire, pálido como un papel, aguardaba sentado, imagino que considerándose culpable de habernos arrastrado a aquella situación. En el alcázar uno de los marineros no demost raba mejor humor.

-Fijaos en ese marinero -me dijo el capitán Smollett senalándolo con disimulo -. Es novato. Cuando escuchó ese grito terrible, estuvo a punto de desmayarse. Creo que bastaría orientar su miedo para que se pasara a nuestras filas.

Comuniqué al capitán mi criterio de fortificarnos en la empalizada, y entre los dos convinimos los det alles para llevarlo a cabo. Apostamos entonces al viejo Redruth en el pasillo entre el camarote y el castillo de proa, con tres o cuatro mosquetes cargados y una colchoneta como protección. Hunter situó el chinchorro en la portañuela de popa, y Joyce y yo lo pertrechamos con sacos de pólvora, mosquetes, cajas de galleta, barricas de salazón de cerdo, un tonel de brandy y mi inapreciable botiquín.

Entre tanto, el squire y el capitán permanecían en cubierta; este último llamó al timonel, que obviamente era el jefe de los amotinados a bordo.

-Señor Hands -le dijo, apuntándolo con sus pistolas-, el señor Trelawney y yo estamos decididos a disp arar sobre usted. Al menor movimiento por parte de cualquiera de los suyos, es usted hombre muerto.

Los forajidos se quedaron desconcertados, y después de una breve consulta empezaron a bajar uno a uno por la escalera de rancho, seguramente pensando en sorprendernos de alguna manera por la espalda. Pero allí se encontraron con Redruth en el pasadizo, y no tuvieron otra salida que dar la vuelta y regresar a cubierta, donde comenzaron a asomar cautelosamente sus cabezas.

-¡Abajo, perros! -gritó el capitán.

Volvieron a ocultarse, y por el momento ninguno de aquellos marineros, tan poco animosos, continuó inquietándonos.

El chinchorro estaba ya dispuesto, tan cargado como nuestra temeridad permitía, y Joyce y yo subimos a él, desde la portañuela de popa, y remamos hacia la costa tan de prisa como nos permitieron las circunstancias.

Este segundo viaje despertó ya claramente las sospechas de los dos bandidos que vigilaban en la playa.

Una vez más dejé de oír sus silbidos, y, antes de perdernos de su vista tras el saliente, pude asegurarme de que uno de ellos saltaba del bote y desaparecía en la maleza. Me dieron ganas de cambiar mi plan y aprovechar para destruir los botes, pero temí que Silver y los otros estuvieran muy cerca, y no podía arriesgar todo por tan poco.

Pronto atracamos en el mismo lugar que la primera vez, y nos dedicamos a aprovisionar el fortín. Trasladamos los pertrechos que pudimos hasta la empalizada, y dejando allí a Joyce de vigilancia -que, aunque fuera sólo un hombre, disponía de media docena de mosquetes-, Hunter y yo volvimos al chinchorro a por más provisiones. No terminó nuestra faena hasta que todo estuvo almacenado, y entonces los dos criados del squire ocuparon posiciones en el fortín y yo regresé, remando con todas mis fuerzas, a la Hispaniola.

Trasladar un segundo cargamento puede parecer más osadía de la que en verdad representaba, porque, si los piratas tenían sin duda la ventaja de su número, nuestras eran las armas. Ninguno de los que permanecían en tierra tenía mosquete y, antes de que pudieran acercársenos a tiro de pistola, ya habríamos dado buena cuenta de media docena, al menos.

El squire me aguardaba en la portañuela, sin demostrar su pasada debilidad. Fijó la amarra y me ayudó a cargar nuevamente el botecillo con la presteza de quien se juega en ello la vida. Más carne de cerdo, más pólvora y galleta, y un mosquete y un machete para cada uno de nosotros, el squire, el capitán, Redruth y yo. El resto de las armas y de la pólvora lo arrojamos al mar, y, dado el poco calado y la claridad de las aguas, podíamos ver en el fondo el brillo del acero sobre la arena.

Empezaba ya a bajar la marea y el barco a derivar suavemente en torno al ancla. Escuchamos voces lejanas en dirección de los dos botes, y aunque ello nos tranquilizó pensando en joyce y en Hun ter, que estaban más hacia el este, también nos advertía que no podíamos perder un minuto en zarpar.

Redruth fue retrocediendo desde su parapeto y se descolgó hasta el chinchorro; dimos entonces una vuelta para recoger al capitán en la escalerilla de babor.

Antes departir, el capitán Smollett se dirigió a los amotinados, que aún permanecían escondidos en el castillo de proa:

-¡Eh, vosotros! ¿Me oís?

Pero no escuchamos respuesta alguna.

-¡Gray! -llamó el señor Smollett, en un último intento-. Voy a abandonar el barco, y te ordeno que sigas a tu capitán. Sé que en el fondo eres un buen hombre, y hasta diría que ninguno de vosotros está definitiv amente perdido. Tengo el reloj en la mano; te doy treinta segundos para que me obedezcas.

Hubo un silencio.

-¡Ven conmigo, muchacho! -insistió el capitán-, rompe amarras. No puedo esperar más, cada segundo que pasa arriesgo mi vida y la de estos caballeros.

Entonces escuchamos un repentino estrépito, como de lucha, y vimos a Abraham Gray surgir como un rayo, con una cuchillada en el rostro, y correr hacia el capitán, junto al que se situó como un perro que acude al silbido de su amo.

-Estoy con usted, señor -dijo.

Inmediatamente el capitán y él embarcaron con nosotros y empezamos a remar.

Habíamos conseguido salir salvos del barco, pero aún teníamos que alcanzar la empalizada.