La Isla del Tesoro.  Robert Louis Stevenson
Capítulo 25. Cómo arrié la bandera negra
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Apenas había conseguido encaramarme sobre el bauprés, cuando el petifoque dio una sacudida y se tensó con el viento, batiendo con un violento sonido. La goleta se estremeció hasta la quilla con aquel tremendo impulso, pero un instante después, aunque las otras velas aún recogían viento, dio otra sacudida, como un aletazo, y quedó de nuevo caído.

Casi a punto estuve de caer a la mar; así que me apresuré a gatear por el bauprés hasta dar de cabeza en la cubierta.

Vine a caer a sotavento del alcázar, y la vela mayor, que continuaba tensa por el viento, sirvió para ocultarme.

No descubrí a los piratas. En la tablazón, que nadie había baldeado desde el motín, podían contarse las huellas de muchos pies; y una botella, vacía y rota por su cuello, rodaba de un lado a otro por cubierta como una cosa viva entre los imbornales.

De repente la Hispaniola orzó y los foques restallaron; el timón dio un giro y toda la goleta se inclinó con una violentísima sacudida. La botavara cobró hacia la otra borda, chirriando su escota en los motones, y toda la banda de barlovento quedó ante mi vista. Allí estaban los dos piratas: el del gorro rojo, caído de espaldas, tieso, con los brazos abiertos en cruz y mostrando sus dientes por la boca entreabierta. Israel Hands estaba sentado y caído contra la amurada, con su barbilla hundida en el pecho, las manos abiertas apoyadas en la cubierta y el rostro, pese a su piel curtida, tan blanco como la cera de una vela.

Durante cierto tiempo, el barco continuó su rumbo a grandes bandazos como un caballo resabiado, a toda vela y sintiéndose crujir su arboladura. Su proa cortaba las aguas embravecidas, y las olas rompían y caían como lluvia de espuma sobre cubierta; cuánto más violentos resultaban estos bandazos en aquel hermoso barco, que en mi pequeño y rudimentario coraclo que ya estaba en el fondo del mar.

A cada bandazo de la goleta el pirata del gorro rojo resbalaba hacia un lado u otro, pero a pesar de tan tremendo zarandeo -lo que producía una macabra impresión- no se modificaba su aspecto ni aquella siniestra mueca que le hacía enseñar los dientes. También Hands a cada oscilación p arecía hundirse más y más en sí mismo, escurriéndose sobre cubierta; su cuerpo empezó a inclinarse hacia popa y pronto lo único visible de su rostro fue una oreja y el rizo medio pelado de una patilla.

En torno a ellos observé grandes manchas oscuras en la tablazón, y vi que era sangre, lo que me hizo pensar que ambos habían muerto uno a manos de otro en el extravío de la borrachera.

Estaba yo mirándolos y pensando en todas estas cosas, cuando, en un momento en que el barco se mantenía bastante quieto, Israel Hands se volvió un poco hacia un lado, con un quejido sordo, y se movió lentamente volviendo a colocarse en su anterior postura. El quejido, propio de un terrible dolor o una mortal debilidad, y más que otra cosa aquel gesto de abatimiento con su cabeza hundida en el pecho casi me ablandaron el corazón. Pero me bastó recordar la conversación que había escuchado desde la barrica de manzanas para que toda piedad desapareciera de mí.

Fui a popa hasta acercarme a él, que estaba junto al palo mayor.

-He subido a bordo, señor Hands -dije irónicamente. Entonces él volvió sus ojos hacia mí casi sin fue rzas; estaba tan desfallecido como para mo strar sorpresa y sólo pudo articular una palabra:

-Brandy.

Pensé que estaba muriéndose, y pasando bajo la botavara, que de nuevo barría la cubierta, bajé a los camarotes de popa.

Ante mis ojos se ofreció el mayor de los desastres. Todos los armarios y cajones habían sido forzados, supongo que en busca del mapa. El piso estaba enfangado, porque seguramente aquellos malvado s se habían revolcado allí en sus borracheras y deliberaciones tras regresar de la marisma cercana a nuestro fortín.

Los mamparos, que recordaba pintados de blanco con cenefas doradas, estaban ahora manchados con señales de manos. Docenas de botellas vacías chocaban unas contra otras por todos los rincones del camarote.

Uno de los libros de medicina del doctor estaba abierto sobre la mesa y la mitad de sus páginas habían sido arrancadas, imagino que para encender sus pipas. Y en medio de aquella visión, una lámpara, todavía encendida, iluminaba con una luz humosa, débil y sombría.

Fui a la bodega: los barriles de vino habían desaparecido y un sorprendente número de botellas había sido ya consumido y luego arrojado fuera.

No cabía duda de que desde que el motín comenzara ni uno solo de aquellos piratas había estado sobrio ni por un instante. Buscando por aquel desorden encontré una botella en la que aún quedaba un poco de brandy para Hands; y también descubrí galleta, frutas en conserva, un gran racimo de pasas y un trozo de queso, lo que aproveché. Volví a cubierta, puse mis provisiones detrás del timón y, evitando las posibles miradas del contramaestre, me dirigí hacia el tanque de agua y bebí un largo y maravilloso trago. Después me acerqué a Hands y le di el brandy.

Se bebió más de medio cuartillo antes de quitarle la botella de los labios.

-¡Ay! -exclamó-, ¡qué demonios! ¡Lo necesitaba!

Yo estaba en mi rincón y empecé a comer.

-¿Se encuentra muy mal? -le pregunté. Dio un gruñido o, para decirlo mejor, aulló.

-Si aquel medicucho estuviera a bordo - dijo-, me pondría en pie de dos pases, pero no tengo suerte, ya ves, y eso es lo peor que me sucede. En cuanto a ese espantapájaros -añadió señalando al del gorro rojo -, está muerto y bien muerto. No era un marin ero, ni siquiera un hombre. Y ahora dime, ¿de dónde sales tú? - Bien -dije-, estoy a bordo para tomar posesión de este barco, señor Hands; y tendrá la amabilidad de considerarme su capitán hasta nuevas órdenes.

Me miró perplejo, pero no dijo nada. El color empezaba a volver a sus mejillas, aunque continuaba bastante pálido y a cada bandazo de la goleta seguía escurriéndose por la cubierta.

-Y a propósito -continué-, no puedo aceptar esa bandera, señor Hands; así que con su permiso la voy a arriar. Mejor no ondear ninguna que ver izada ésa.

Y sorteando de nuevo la botavara, fui hasta donde estaba amarrada la driza y arrié aquella maldita bandera negra y la arrojé a las aguas.

-¡Dios salve al Rey! -grité, haciendo un alarde con mi sombrero -. ¡Este es el final del capitán Silver!

El me miraba ya con aire de astucia, aunque seguía sin variar su postura.

-Calculo -dijo finalmente-, calculo yo, capitán Hawkins, que bien le gustaría ahora poder tocar puerto.

Podríamos charlar de ello.

-Sí -dije-, con todo mi corazón, señor Hands. Diga qué se le pasa por la cabeza -y continué comiendo con un excelente apetito.

-Ese tipejo -empezó, señalando, tembloroso por la debilidad, el cadáver-... O'Brien se llamaba... un apestoso irlandés. Bien, ese hombre y yo largamos velas para volver al fondeadero. El está ya muerto y más tieso que un pantoque, y no sé quién va a poder gobernar este barco. Si yo no le digo lo que tiene usted que hacer, usted w es hembre que sepa de esto, por lo que a mí se me alcanza. Así que podemos hacer un trato:

usted me da de comer y de beber y algún trapo para vendarme la herida, y yo le diré cómo debe go bernar el barco. Así cuadran las cuentas, y cada cual toma lo suyo.

-Voy a decirle una cosa -le contesté-: No voy a regresar al fondeadero del capitán Kidd. Mi idea es llevar la goleta a la Cala del Norte y vararla allí tranquilamente.

-Así tendrá que ser -exclamó-. No soy ningún estúpido marino de agua dulce, después de todo. Tengo ojos en la cara, ¿no? He jugado y perdido, yes usted quien ahora manda. ¿A la Cala del Norte? ¡No me da donde elegir! Pero estoy dispuesto a ayudarlo, aunque me conduzca al Muelle de las Ejecuciones, ¡rayos!, así lo haré.

No me pareció que sus palabras careciesen de cierto buen sentido. Y cerré aquel trato. En tres minutos la Hispaniola ya navegaba apaciblemente con buen viento a lo largo de la costa de la Isla del Tesoro, y esp erábamos doblar el cabo septentrional antes del mediodía y alcanzar la Cala del Norte antes de la pleamar, porque ése era el momento en que podríamos embarrancarla sin que sufriera daños, y desde allí, con el reflujo, desembarcar.

Fijé con un cabo la rueda del timón y bajé a buscar mi cofre, del que saqué un pañuelo de seda de mi madre, de gran suavidad. Ayudé a Hands a vendarse la cuchillada, pues aún sangraba, en el muslo, y tras haber comido un poco y con otro par de tragos de brandy, noté que empezaba a revivir, y hasta enderezó su po stura y hablaba con más vigor. Era ya otro hombre.

La brisa nos impulsaba favoreciendo nuestros deseos. La goleta cortaba el mar navegando ligera como un pájaro; la costa de la isla pasaba rápidamente ante nosotros y el paisaje cambiaba a cada minuto. Pronto dejamos de ver las tierras altas y empezamos a navegar a la altura de un territorio bajo y arenoso poblado de pinos enanos; y pronto también aquel paisaje quedó atrás, hasta que doblamos el promontorio de la colina rocosa con que la isla termina por el norte.

Yo me sentía eufórico con mi flamante mando y fascinado por la belleza de la luz del sol y los variados matices, y la conciencia, que antes me había amonestado por esta aventura, callaba ahora ante la gran victoria que había representado. Creo que mi alegría hubiera sido completa de no tener presentes los ojos del contramaestre, que me seguían donde me encontrase y con la extraña sonrisa que no se borraba dé su cara.

Era una sonrisa en la que se mezclaban dolor y desfallecimiento -parecía la macilenta sonrisa de un anciano-, pero con un tinte sombrío de felonía, y ese rictus seguía todos mis movimientos, espiándome, aguardando.