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Como el tiempo era espléndido, la gente de la granja había comido antes de lo acostumbrado y se había marchado al campo.

Rose, la criada, se quedó sola en medio de la vasta cocina en la que se iba extinguiendo el fuego del hogar bajo la marmita llena de agua caliente. De vez en cuando, sacaba un poco de aquella agua e iba lavando lentamente la vajilla, interrumpiéndose para mirar los dos cuadros luminosos que el sol, a través de la ventana, proyectaba sobre la larga mesa, y en los que aparecían las imperfecciones de los cristales.

Tres gallinas audaces buscaban migas debajo de las sillas. Por la puerta entreabierta entraban los olores del gallinero y el tufo cálido y fermentado del establo; y en el silencio de aquel mediodía ardiente se oía cantar a los gallos.

Después de haber fregado la vajilla y limpiado la mesa y la chimenea, y después de haber colocado los platos sobre el alto aparador del fondo, cerca del reloj de madera de sonoro tic-tac, la muchacha respiró, un poco aturdida, oprimida sin saber por qué. Miró las ennegrecidas paredes de arcilla, las tiznadas vigas del techo, de las que colgaban telas de araña, arenques ahumados y ristras de cebollas; luego se sentó, importunada por antiguos efluvios que el calor de aquel día hacía salir de la tierra aplastada del suelo, en la que se habían secado tantas cosas que, durante mucho tiempo, se habían ido derramando allí. A estos efluvios se unía el agrio perfume de la leche que, puesta al fresco, se cubría de nata en la habitación de al lado. La muchacha intentó, a pesar de todo, ponerse a coser, como de costumbre, pero le faltaron las fuerzas y salió al umbral para respirar un poco.

Entonces, bajo la caricia de la luz ardiente, sintió una suavidad que le traspasaba el corazón, un bienestar que invadía todos sus miembros.

Ante la puerta, el estiércol desprendía sin cesar un hilo de vapor reluciente. Las gallinas se revolcaban sobre él, tendidas lado, y escarbaban un poco con una sola pata para encontrar lombrices. En medio de ellas se erguía el gallo, soberbio. A cada momento escogía una y se ponía a dar vueltas alrededor de ella llamándola con un pequeño cacareo. La gallina se levantaba perezosamente y lo recibía con aire tranquilo, doblando las patas y soportándolo sobre sus alas; luego, sacudía las plumas, de las que salía el polvo, y se tendía otra vez sobre el estiércol, mientras el gallo cantaba, contando sus triunfos; y en todos los corrales, respondían todos los gallos, como si de una granja a otra se enviaran desafíos amorosos.

La criada los miraba sin pensar en nada; luego, alzó la vista y se quedó deslumbrada por el estallido de los manzanos flor, blanquísimos, como cabezas empolvadas.

De pronto, un potrillo, loco de alegría, pasó galopando ante ella. Dio dos vueltas alrededor de las zanjas llenas de árboles y luego se paró bruscamente y volvió la cabeza, como si se extrañara de estar solo.

También ella sentía ganas de correr, una necesidad de moverse y, al mismo tiempo, un deseo de tenderse, de estirarse, descansar en aquel aire cálido e inmóvil. Dio algunos pasos, idecisa, con los ojos cerrados, invadida por un bienestar animal; luego, muy despacio, fue a buscar los huevos al gallinero. Había trece; los cogió y se los llevó. Después de haberlos guardado en el aparador, volvieron a molestarle los olores de la cocina y salió para sentarse un rato en la hierba.

El patio de la granja, rodeado de árboles, parecía dormir. La alta hierba, en la que los amarillos dientes de león estallaban como fogonazos, era de un verde fuerte, de un verde completamente nuevo, como en primavera. Las sombras de los manzanos se acortaban, dibujando un círculo al pie de cada árbol. Y tejados de paja de los cobertizos, encima de los cuales brotaban los lirios con hojas como sables, despedían un hilo de vapor, como si la humedad de las caballerizas y de los graneros se escapara a través de la paja.

La criada se adentró en el cobertizo en donde se guardaban los carros y los coches. Allá, al fondo de la zanja, habían un amplio rincón verde, lleno de violetas que exhalaban un intenso perfume, y, por encima del talud, se veía el campo, una vasta llanura en la que crecían las mieses, con bosquecillos diseminados. Aquí y allá, se distinguían grupos de trabajadores lejanos, diminutos como muñecos, y caballos blancos que parecían de juguete, arrastrando un arado de niño empujado por un hombrecillo no más alto que un dedo.

Fue a buscar un haz de paja a un granero y lo echó en aquel rincón para sentarse encima; luego, como no estaba a gusto, desató el haz, desparramó la paja y se tendió boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza y las piernas estiradas.

Poco a poco, se le iban cerrando los ojos, amodorrada en una deliciosa lasitud. Iba, incluso, a quedarse completamente dormida cuando sintió dos manos que le cogían los pechos, y se incorporó de un brinco. Era Jacques, el mozo de granja, un picardo alto y bien plantado, que la cortejaba desde hacía algún tiempo.

Aquel día estaba en el aprisco y, al ver que ella se tendía a la sombra, había venido sigilosamente, reteniendo el aliento, con los ojos brillantes y el pelo lleno de briznas de paja.

Trató de besarla, pero ella, que era tan fuerte como él, le dio una bofetada; entonces, astutamente, él pidió perdón. Se sentaron uno junto al otro y charlaron amigablemente. Hablaron del tiempo, que era favorable para las cosechas, del año, que se anunciaba bien, de su amo, un buen hombre, y luego de los vecinos, de toda la comarca, de ellos mismos, de su aldea, de su juventud, de sus recuerdos, de los padres, de los que se habían separado para una larga ausencia, quizá para siempre. Ella se enterneció pensando en aquello y él, con su idea fija, se acercaba, se pegaba contra ella, trémulo, completamente poseído por el deseo. Ella decía:

—Hace mucho que no he visto a mi madre; parece que no, pero cuesta estar así, separadas.

Y su mirada errante contemplaba la lejanía, atravesando el espacio hasta la aldea abandonada allá, allá, hacia el norte.

De pronto, él la cogió por el cuello y la besó otra vez; pero ella, con el puño cerrado, le golpeó en plena cara, con tanta violencia que le hizo sangrar por la nariz. El tuvo que levantarse para ir a apoyar la cabeza contra un tronco de árbol. Entonces, ella se ablandó y, acercándose, le preguntó:

—¿Te duele?

Pero él se echó a reír. No, no era nada; sólo que le había dado justo en medio de la cara. Murmuraba: "¡Demontre", y la miraba con admiración, lleno de un respeto y de una afección muy distinta, de un comienzo de amor verdadero por aquella mocetona tan fuerte.

Cuando dejó de sangrar, le propuso que dieran una vuelta, temiendo, si se quedaban así, uno junto al otro, los rudos puños de su vecina. Pero ella, sin que se lo pidiera, le cogió del brazo, como hacen los novios por la tarde, en la avenida, y le dijo:

—Jacques, no está bien eso de despreciarme así.

El protestó. No, no la despreciaba; es que estaba enamorado, eso era todo.

—¿Entonces, me quieres para casarte conmigo? —.——dijo ella.

El vaciló; luego se puso a observarla de reojo, mientras ella tenía la mirada perdida en la lejanía. Tenía las mejillas rojas y carnosas, un voluminoso pecho saliente bajo la chambra de indiana, unos labios gruesos y frescos, y su cuello, casi desnudo, estaba cubierto de pequeñas gotas de sudor. El se sintió otra vez lleno de deseo y, con la boca pegada a su oído, murmuró:

—Sí, sí te quiero.

Entonces ella le echó los brazos al cuello y lo besó durante tanto tiempo que los dos se quedaron sin aliento.

Desde aquel momento, empezó entre ellos la eterna historia del amor. Se hacían diabluras en los rincones; se daban citas a la luz de la luna, al abrigo de un almiar, y se hacían cardenales en las piernas, por debajo de la mesa, con sus gruesos zapatos herrados.

Luego, poco a poco, Jacques pareció aburrirse de ella, la evitaba, apenas le hablaba ya, ya no trataba de encontrarla Entonces ella se llenó de dudas y la invadió una gran tristeza y, al cabo de algún tiempo, se dio cuenta de que estaba encinta.

Al principio, se quedó consternada; luego le entró una rabia; cada día más grande, porque no lograba encontrarle, tanto era el empeño que ponía él en evitarla.

Al fin, una noche, mientras todo el mundo dormía en la granja, salió sin ruido, en enaguas, descalza, atravesó el patio y empujó la puerta de la cuadra donde Jacques estaba acostado en un gran cajón lleno de paja, encima de donde se hallaban los caballos. Cuando la oyó venir, hizo como que roncaba; pero ella subió hasta donde él estaba y, poniéndose de rodillas a su lado, lo sacudió hasta que él se incorporó.

Cuando se sentó, preguntando: "¿Qué es lo que quieres?", ella, con los dientes apretados y temblando de ira, declaró:

—Quiero..., quiero que te cases conmigo, porque me lo prometiste.

Él se echó a reír y respondió:

—¡Vaya! Si uno se fuera a casar con todas las chicas con las que ha hecho algo, menuda gracia.

Pero ella le echó las manos al cuello, lo derribó, sin que él pudiera librarse de su feroz abrazo y, sin dejarle respirar, le espetó a la cara: Estoy preñada, ¿te enteras? Estoy preñada.

El jadeaba, sofocado; y ambos permanecían inmóviles, mudos en el oscuro silencio, turbado solamente por el ruido de las mandíbulas de un caballo, que iba engullendo la paja del pesebre y luego la trituraba lentamente.

Cuando Jacques comprendió que ella era la más fuerte, balbució:

—Bueno, ya que es así, me casaré contigo.

Pero ella ya no creía en sus promesas.

—En seguida —le dijo—; te encargarás de que publiquen las amonestaciones.

Él contestó:

—En seguida.

—Júralo por Dios.

Él dudó algunos segundos; luego, resignándose, dijo:

—Lo juro por Dios.

Entonces ella soltó su cuello y, sin añadir ni una sola palabra, se marchó.

Estuvo algunos días sin poder hablarle y, como desde entonces la cuadra estaba cerrada con llave todas las noches, no se atrevía a hacer ruido, por miedo al escándalo.

Una mañana vio que entraba a comer un mozo nuevo. Preguntó: ¿Se ha ido Jacques?

Sí —contestó el otro—, yo vengo en su lugar.

Ella se puso a temblar tan violentamente que no podía descolgar la olla; luego, cuando todos se marcharon al trabajo, subió a su habitación y lloró, con la cara hundida en la almohada para que no la oyeran.

A lo largo del día trató de informarse sin levantar sospechas; pero estaba tan obsesionada por la idea de su desgracia que le parecía que todas las personas a quienes preguntaba reían maliciosamente. Por lo demás, no pudo averiguar nada; sólo que él se había esfumado de la comarca.

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