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Se casaron. Ella se sentía hundida en un agujero sin fondo, del que no podría salir jamás, y sobre su cabeza gravitaba toda suerte de desgracias, como gruesas rocas que podían caer en cualquier momento. Ante su marido, se sentía culpable de un robo que él descubriría un día u otro. Y pensaba en su niño, de donde venía toda su desgracia, pero de donde venía también toda su felicidad sobre la tierra.

Iba a verlo dos veces al año, y cada vez volvía más triste.

Sin embargo, con el hábito, sus aprensiones se calmaron, su corazón se apaciguó, y vivía más confiada, pero con un vago temor que flotaba aún en su alma.

Pasaron los años; el niño iba a cumplir seis. Ella empezaba a ser casi feliz, cuando, de pronto, el humor del granjero se ensombreció.

Hacía ya dos o tres años que parecía alimentar una inquietud, tener dentro una preocupación, alguna enfermedad del espíritu que iba creciendo poco a poco. Después de comer, se quedaba mucho tiempo sentado a la mesa, con la cabeza hundida en las manos, y triste, muy triste, roído por el dolor. Sus palabras en más impacientes, a veces brutales; y parecía incluso que tenía algún secreto propósito contra su mujer, porque a veces le contestaba con dureza, casi con rabia.

Un día, el chiquillo de una vecina vino a buscar huevos, ella lo trató desabridamente, porque había mucho trabajo y tenía prisa. De pronto, apareció su marido, y le dijo con voz insidiosa:

—Si fuera el tuyo, no lo tratarías así.

Ella se quedó sorprendida, sin acertar a responder; luego volvió a casa, sintiendo que se despertaban todas sus angustias.

A la hora de cenar, el granjero no le habló, no la miró, parecía detestarla, despreciarla, como si realmente supiese algo.

Ella, enloquecida, no se atrevió a quedarse sola con él después de la cena; se escapó y corrió hasta la iglesia.

Caía la noche; la estrecha nave estaba envuelta en sombra pero se oían unos pasos allá, hacia el coro, porque el sacristán estaba preparando para la noche la lámpara del sagrario. Aquel punto de luz vacilante, sumergido en las tinieblas de la bóveda apareció ante Rose como una última esperanza y, con los ojos fijos en él, cayó de rodillas.

La débil lamparilla se elevó de nuevo en el aire con un ruido de cadenas. Pronto resonó en el pavimento el taconeo regular de unos zuecos, al que siguió el roce de una cuerda, y la triste campana lanzó el Angelus de la tarde a través de las brumas que iban espesando. Cuando el hombre iba a salir, ella lo alcanzó.

—¿Está en casa el señor cura? —le dijo.

—Supongo que sí; siempre cena a la hora del Angelus.

Entonces ella empujó temblando la puerta de la rectoral.

El cura estaba sentándose a la mesa. En seguida la hizo sentar también.

—Sí, sí, ya sé; su marido me ha hablado ya del asunto que la trae.

La pobre mujer desfallecía. El eclesiástico añadió:

—¿Qué quiere usted, hija mía?

Y, mientras tanto, iba engullendo rápidamente las cucharadas de sopa cuyas gotas caían sobre la sotana que se abultaba, mugrienta, en el vientre.

Rose ya no se atrevía a hablar, ni a implorar, ni a suplicar; se levantó; el cura le dijo:

—Animo...

Y ella salió.

Volvió a la granja sin saber lo que hacía. El amo la estaba esperando, porque, en su ausencia, los braceros se habían ido. Entonces ella cayó pesadamente a sus pies y gimió, deshaciéndose en lágrimas.

—¿Qué es lo que tienes contra mí?

El empezó a gritar, jurando:

—¡Pues que no tengo hijos, rediez! Cuando se busca una mujer, no es para quedarse solos los dos hasta la muerte. Eso es lo que me pasa. Cuando una vaca no tiene terneros, es que no vale nada. Cuando una mujer no tiene niños, es que tampoco vale nada.

Ella lloraba y repetía balbuciendo:

—¡No es por culpa mía, no es por culpa mía!

Entonces él se calmó un poco, y añadió:

—No te digo eso, pero, aún así, es una desgracia.