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Cuando comenzó la guerra, se fue y no lo volvimos a ver durante unos quince o dieciséis años.

Cuando regresó lo hizo sin aviso y me sorprendí mucho al notar que no había envejecido ni cambiado nada. En presencia de otros, era el mismo: alegre y ocurrente como siempre; pero lo he visto, cuando se creía solo, quedarse sentado horas y horas mirando el infinito con una expresión anhelante y desesperanzada. A la noche solía quedarse de la misma forma, escudriñando el cielo, buscando quién sabe qué secretos. Años más tarde, después de leer su manuscrito, descubrí cuáles eran.

Nos contó que había estado explorando en busca de minas en Arizona, después de la guerra. Era evidente que le había ido bien por la ilimitada cantidad de dinero que manejaba. Con respecto a los detalles de la vida que había llevado durante esos años, era muy reservado. Más aún, se negaba a hablar de ellos totalmente.

Permaneció con nosotros aproximadamente un año y luego partió hacia Nueva York, donde compró un pequeño campo sobre el río Hudson. Mi padre y yo teníamos una cadena de negocios que se extendía a lo largo de toda Virginia, de modo que yo solía visitarlo en su finca una vez al año, al hacer mi habitual viaje al mercado de Nueva York. Por aquel entonces el Capitán Carter tenía una cabaña pequeña pero muy bonita, ubicada en los riscos que daban al río. Durante una de mis últimas visitas, en el invierno de 1885, observé que estaba muy ocupado escribiendo algo. Ahora pienso que era el manuscrito que aquí presento.

Fue entonces cuando me dijo que si algo llegaba a pasarle esperaba que me hiciera cargo de sus bienes, y me dio la llave de un compartimiento secreto de la caja de seguridad que tenía en su estudio, diciéndome que podría encontrar allí su testamento y algunas instrucciones, que debía comprometerme a llevar a cabo con toda fidelidad.

Después de haberme retirado a mi habitación, por la noche, lo vi a través de mi ventana, parado a la luz de la luna, al borde del risco que daba al río, con sus brazos extendidos hacia el firmamento, en un gesto de súplica. En ese momento supuse que estaba rezando, a pesar de que nunca hubiera pensado que fuera tan creyente en el estricto sentido de la palabra.

Algunos meses más tarde, cuando ya había regresado a casa de mi última visita, el 10 de marzo de 1886 - creo - recibí un telegrama suyo en el que me pedía que fuera a verlo enseguida. Fui siempre su preferido entre los más jóvenes de los Carter y por lo tanto no dudé un instante en cumplir sus deseos.

Llegué a la pequeña estación, que quedaba más o menos a dos kilómetros de sus tierras, la mañana del 4 de marzo de 1886, y cuando le pedí al conductor que me llevara a casa del Capitán Carter me dijo que, si era amigo suyo, tenía malas noticias para mí: el cuidador de la finca lindera había encontrado muerto al Capitán, poco después del amanecer.

Por algún motivo, esta noticia no me sorprendió, pero me apresuré a llegar a su casa para hacerme cargo de su entierro y sus asuntos.

Encontré al cuidador que había descubierto su cadáver, junto con la policía local y varias personas del lugar, reunidos en el pequeño estudio del Capitán. El cuidador estaba relatando los detalles del hallazgo, diciendo que el cuerpo todavía estaba caliente cuando lo encontró. Yacía cuan largo era en la nieve, con los brazos extendidos sobre su cabeza hacia el borde del risco, y cuando me señaló el sitio donde lo había encontrado recordé que era exactamente el mismo donde yo lo había visto aquellas noches, con sus brazos tendidos en súplica hacia el cielo.

No había rastros de violencia en su cuerpo, y con la ayuda de un médico local, el médico forense llegó a la conclusión de que había muerto de un síncope cardíaco.

Cuando quedé solo en el estudio, abrí la caja fuerte y retiré el contenido del compartimiento donde me había indicado que podría encontrar las instrucciones. Eran por cierto algo extrañas, pero traté de seguirlas lo más precisamente posible.

Me indicaba que su cuerpo debía ser llevado a Virginia sin embalsamar, y debía ser depositado en un ataúd abierto, dentro de una tumba que él había hecho construir previamente y que, como luego comprobé, estaba bien ventilada. En las instrucciones me recalcaba que controlara personalmente el cumplimiento fiel de sus instrucciones, aun en secreto si fuera necesario.

Había dejado su patrimonio de tal forma que yo recibiría la renta íntegra durante veinticinco años.

Después de ése lapso, los bienes pasarían a mi poder. Sus últimas instrucciones con respecto al manuscrito eran que debía permanecer lacrado y sin leer por once años y que no debía darse a conocer su contenido hasta veintiún años después de su muerte.

Una característica extraña de su tumba, donde aún yace su cuerpo, es que la puerta está provista de una sola cerradura de resorte, enorme y bañada en oro, que sólo puede abrirse desde adentro.

EDGAR RICE BURROUGHS

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